Reporte #6

Estado

Hoy hice unos pequeños globos terráqueos para un trabajo escolar.

No se dibujar, así que me fui guiando de un mapamundi. Y mi memoria.

Pensaba en cada país al dibujar su orilla. 

Empecé en México, Baja California, la península de Yucatán, el Golfo. De ahí me fui a Florida, Cuba, las Antillas. Subí por la costa oeste, hasta Canadá. Y luego por la costa este, hasta llegar a Alaska y di con el estrecho de Bering. Continúe por Panamá, y pense en todos los países centroamericanos por los que iba pasando, Venezuela, Bolivia, Argentina (hogar de Borges y la pampa), hasta la exuberante Brasil.

Dibujar el continente euroasiático seria un problema, pero seguí la línea del estrecho de Bering hasta llegar s las costas filipinas y el archipiélago japonés, que no podía faltar, así como Australia y Nueva Zelanda, donde no puedes hacer bromas del Señor de los Anillos. Encontré Indochina y me vi en una barca surcando hacia la India y el golfo de Bengala. Llegue a la península arábiga y al golfo Pérsico. Y de ahí, el continente salvaje, la gran África, enorme, retador. Pero conseguí darle la vuelta y llegue al estrecho de Gibraltar y a España, que afortunadamente quedo mas o menos alineada al Golfo de México, para que Colón pudiera hacer su viaje. Luego, Francia, Inglaterra y dibujé algo parecido a Escocia para dejar al Imperio completo. Luego, los países nórdicos, también medio alineados con lo que seria Vinland para los vikingos. Bordear Rusia fue más fácil, además de redondear el mediterráneo, incluyendo Italia y Gracia.

Le había dado la vuelta al mundo. Y todo dentro de mi cabeza.

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Hola, amor.

mulberry-tree-1889

The mulberry tree, Vincent Van Gogh, 1889

Inicié el mes con un sentimiento detrás del esternón, quizás localizado en algún punto del saco pericárdico, para confirmarlo necesitaría tomarme una ecografía, pero, para abreviar, lo ubicaré en el corazón.

Recapitulando, incié el mes con un raro sentimiento en el corazón.

Si, ahí está. Se siente como ansiedad o desesperación, no, es como una vibración, una inquietud profunda. Tal como si fuera una fuerza sacudiendo mi espíritu, calentándolo con energía. La ansiedad es fría, helada. La desesperación es asfixiante, semejante en nadar en barro. No, esto se siente diferente. Mas profundo.

Vuelvo a examinarlo con detalle. Creo que es amor.

Pero no un amor joven,  lleno de brios y poses, el amor idealizado de los chicos que es para las fotos y frases melosas. Es un amor silencioso, que ha enraizado hasta límites insospechados. Está ahí, floreciendo, y ahora que es otoño, llenando de hojas doradas mi corazón.

Me gustaría gritarlo. Me gustaría decir, “¡miren este gran amor! ¿a que no es hermoso?” Sin embargo, no sería lo correcto, pues este amor no es efímero, este amor no es para lucirse. Los amores no son “secretos” o “publicos”. Son sólo amores. Yo lo amo, y eso no es un secreto para mí. El sabe que lo amo. Y eso es todo lo que hay que decir.

El problema, es que  nunca podré deshacerme de este amor, si es que se marchita. Arrancarlo, me destrozaría por siempre, pues ha llegado a zonas muy profundas de mi alma. Pero no debo pensar en eso. No, los arboles llegan a vivir cientos, si no es que miles de años, con agua, luz y tierra. Con cuidados, reverdecen y florecen en ciclos perpetuos. Todos diferentes, todos independientes, todos hermosos.

Así como el amor. ¿No sería magnífico tener un amor que dure mil años? Que ilumine la noche, el día, irradiando felicidad a aquellos a su alrededor… un amor tan espléndido que pudieran hacerse estrellas con su luz…

Estaba pensando en Tolkien cuando escribí el párrafo anterior, y se que el amor que tengo en el pecho aún no está listo para forjar Silmarils con él, pero va por buen camino. Es grande, es hermoso, y está forrando mi corazón con hojas doradas ahora que ha entrado el otoño. Y quizás no dure toda la eternidad, pero si se que durará al menos, toda mi vida.

 

 

Grilleta (parte II)

Continúa…

<< Despierte>>

La fría y torpe voz del capullo nacía del interior de la cabeza de Pablo. Sintió tubos en ambos brazos, y la sonda deslizarse por su propia cuenta de la garganta. El capullo se abrió y lo dejó salir. Puso los temblorosos pies en tierra ignota. Los andamios de una gran estructura robaron su aliento, espinas metálicas sosteniendo el cielo, y una pared de concreto que rodeaba el horizonte, alimentada por cientos de miles de hombre trabajando, con la vista omnisapiente de la Cárcel Productiva sobre sus cabezas. Los capullos pululaban sobre la superficie, acompañando a sus reos en los trabajos forzados.

<< Sector de excavación >>

Empujado por su perro robot carcelero, se abrió paso entre más reos como él, con ojos secos y perdidos. Nadie hablaba entre sí.

<< Tome una pala >>

A Pablo le alegró la ausencia de guardias en el depósito de herramientas. Podría tomar un pico y tratar de…

<< Tome una pala >>

El agudo zumbido que atacó sus oídos lo trajo de vuelta a la realidad. ¿De que serviría un pico? No podía hacer nada con él.

<< Cave hasta la señal >>

Pocos metros más adelante, se abría un canal de kilómetros de largo. Pocas máquinas excavadoras andaban en las orillas. Pablo miró a sus compañeros reos. Uno de ellos murmuraba insistentemente.

– moriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivir…

Otro lucía extraño con esos implantes de piel interespecies en el rostro, pues rechazaba el injerto y se le caía a pedazos. Colgado de la estructura, un reo trabajaba en la unión de vigas, con ayuda de las dos máquinas soldadoras que tenía en lugar de brazos. Ante la espantosa visión, trató de concentrarse en cavar.

Tres guardias pasaron por ahí, conversando.

– Mantente en forma o lo único que conseguirás es que te engorde el trasero. Yo fui herido en acción, por ello me asignaron aquí, las cinco semanas de recuperación – levantó los brazos empaquetados en cubiertas plásticas llenas de líquido manteniendo a los nanobots médicos que reparaban sus huesos y músculos – Después de eso, regreso a fuerzas especiales.

– Comparado con milicias, estoy en el cielo. Regresaré a desactivar bombas en cuatro meses. Soy  grupo de choque, en escuadrón antiterrorista. Extraño el café y el estrés…

– Tú lo has dicho. Por mi parte, hago ciberinvestigación en ratos libres. Ganas buen dinero, mientras engordas tu expediente. Claro que no se compara a cazarrecompensas profesional, pero me entretiene mientras tramitan mi traslado a la SI

– Servicios de Inteligencia, me sorprendes. Regresando al punto, todo lo hace el capullo, tu único deber es vigilar que no hagan tonterías. De hecho, mientras dure tu estancia, debes llevar un curso. Dan mantenimiento de armamento, técnicas de combate, ingeniería, manejo de explosivos, entre muchos más. Yo tomé “Manejo de multitudes”

– Mi favorita es “Psicología en criminales no humanoides”

– A resumidas cuentas – intervino uno de ellos – te asignan aquí solo por un lapso de tiempo. ¿Hay manera de quedarse definitivamente en las instalaciones?

– Ni en sueños. Todo el personal, absolutamente todo, se renueva en seis meses. Desde mantenimiento, pilotos, limpieza, equipo científico, guardias, navegación. Al salir entregas un reporte, que será cotejado con el reporte de tu sustituto. Y nunca sabes quien revisará el desastre que dejes al final. Y si tú no reportas las irregularidades del que quedo atrás tuyo, serás sancionado. Porque alguien si lo hará.

-Eso explica porque la bullabesa sabe diferente.

Los tres, dijeron al unísono, con una alegre carcajada.

– ¡Cambiaron al cocinero!

Una pala vuela a las cabezas de los guardias. Ellos la esquivan con facilidad, a la vez que una alarma en sus muñequeras les indicó que un prisionero echó a correr.

– ¡Deténgase! ¡Es incapaz de alejarse más de cinco metros!

El frenético reo avanza en línea recta hacia Pablo, sin embargo, justo antes de arrollarlo, cae victima de violentas convulsiones. Su cuerpo se sacude pavorosamente, los músculos destrozaban los huesos sin piedad, y cada extremidad formaba arcos que desafiaban la física de las articulaciones. Incluso su rostro era caótico, los ojos giraban vertiginosamente, con gestos grotescos, la lengua parecía querer arrancarse sola de esa boca gimiente y babeante. El dolor que originaba debía ser inconmensurable. Pablo se mantiene a su lado, vomitando de impresión.  Los guardias alcanzaron al instante la escena, y se dispusieron a arreglarlo.

– Capullo, dispón del interno.

El capullo mandó una señal para detener la tortura. Levantó el ahora fláccido cuerpo y lo reintegró a su interior, para después partir a la prisión vigilante. Un guardia se dirige al resto de los reos.

– Recuerden, existen tres advertencias que se activarán cuando cualquiera de ustedes decida imitar la misma insensatez que su compañero cometió. La primera advertencia es quedar cuadripléjico, confinado en el interior de su capullo por 12 meses seguidos. Acaban de ser testigos de la segunda advertencia. Todos sus nervios estallaran para causarles el máximo dolor posible en el mínimo de tiempo, y después, se les encerrará en su capullo por 6 meses. La tercera advertencia, es la final. El chip se autodestruirá. Y el cerebro en donde esta metido, se irá con él.

Pablo continuó cavando y cavando, recordando sus antiguos tiempos de liderazgo, en el penal de Nueva Esperanza, donde le fue fácil organizar al resto de los presos para continuar traficando su droga e influencias. De hecho, fue su época de mayor prosperidad. Jamás imaginó algo como la cárcel de la Confederación. En el argot criminal, la llamaban “el infierno en el cerebro”. Ahora sabía por qué.

– ¡A recargar!

El robot lo apresó de nuevo, sin tardanza. La jornada había terminado, el siguiente grupo de reos continuaría los trabajos. “Recargar” significaba comer o dormir. Pero no era comer o dormir en realidad. Era ser apresado en su estrecha cárcel, donde un escáner revisaba el estado de los órganos, y el capullo se conectaba a una de las venas para suministrarle nutrimentos. La mezcla era tan buena que los reos nunca necesitaban ingerir alimento. El capullo administraba medicamentos para enfermedades leves o nanobots para cerrar heridas pequeñas. Médicamente, la salud de los reos era impecable. Cuando era encerrado en su celda cibernética personal, se sentía como una rata de laboratorio. En realidad, era una rata de laboratorio, solo que ellas tenían trocitos de queso como premio.

<< Despierte >>

El estado de sueño o vigilia era controlado por el capullo. Pablo no había dormido de cansancio durante su primera semana en la Cárcel Productiva. Únicamente se metía al robot y éste lo ponía en estado de latencia. Al principio no entendió la razón de los grilletes. Si ese aparato era hermético, ¿para que atarlo más? Lo comprendió a la tercera noche de “sueño” inducido por computadora. Las pesadillas eran terribles. Vívidas, intensas y completamente comprensibles. Y si no fuese porque estaba sujeto de cuello, muñecas y tobillos, hubiese azotado su cabeza contra el interior de su capullo hasta romperla. Cuando la máquina lo hacía despertar, tenía la impresión de estar bajo el cobijo de una fuerte droga, incapaz de saberse vivo o muerto. Pero Pablo abandonó esa ilusión cuando día a día su mente se volvía más ajena y la salida de la cordura se encontraba más lejana.

<< A cavar >>

El canal ganaba rápidamente profundidad, y las palas chocaban más frecuentemente con el rocoso subsuelo. El capullo le dio una nueva directriz, desenterrar piedras y transportarlas manualmente a un vehículo de recolección. En esas idas y venidas, tuvo la oportunidad de conocer reos con más antigüedad que él. Muchos realizaban funciones sumamente especializadas, como conducción de maquinaria pesada y ensamblaje de estructuras. A pesar de eso, continuaban con el semblante apagado y extraviado.

<< Es como si… >> pensó Pablo << se transformasen en robots >>

La máquina los iba contaminando y absorbiendo hasta dejar de ellos despojos irreconocibles. Aquel que manejaba una de pocas excavadoras en la zona, tenía las cuatro extremidades y la parte derecha del tronco completamente mecanizadas.

– Quiso suicidarse.

Otro reo se detuvo al lado de Pablo, observando al conductor cyborg.

– Saltó dentro de una fundidora de metal, lograron sacarlo. Lo poco que no se carbonizó. Como castigo, lo resucitaron. Nuestra condena consiste en mantenernos vivos aun cuando deseamos con ansias estar muertos.

Los capullos los separaron para continuar los trabajos bajo el sol, que se encontraba en lo más alto de ese extraño cielo. Pablo tenía la boca seca y los labios llagados. Pero no sentía sed. Reflexionando en ello, se dio cuenta que desde el ´día en que le pusieron el chip no tenía hambre, sed, ni cansancio, ni libido, ni dolor. No pensaba en alegría o placeres, inclusive cuando una guapa joven caminaba con toda confianza entre ellos, vestida con bata blanca y el cabello dorado libre al viento. Era acompañada por un solo guardia, y, al parecer, buscaban a alguien.

– Esta cerca – dijo ella – Pronto lo identificaremos y desconectaremos.

– ¿Por qué es tan peligroso? – preguntó el guardia.

– Sus patrones neuronales son inestables, esta al borde de un ataque psicótico. Hay que aislarlo por un tiempo hasta que dichos patrones se estabilicen.

El preso que buscaban se hallaba a unos pasos de Pablo. Al ver a la científica y al guardia, comenzó a temblar. Cayó sobre sus rodillas, farfullando, arañando el piso como si fuese un animal. Tomó una piedra lo suficientemente grande para ocupar toda su mano.

– Lo conseguí – dijo – lo conseguí. ¡Nadie va a sacármelo! ¡NO VAS A QUITÁRMELO!

Rabioso, se lanzó hacia la joven, quien, sin alterarse, tocó un comando en su computador. El reo se desvaneció como un juguete al que se le acabaron las baterías. Mas interesada en pulsar su pantalla, ignoró al capullo robótico levantando al reo inconsciente mediante sus delgados brazos, lo sujetaban en su interior, e introducía rápidamente las agujas y mangueras que hurgaban la carne y el espíritu de su prisionero.

– De seguro les dolerá cuando les meten ese tubo por la nariz. – Comentó el guardia a su protegida, antes de que la negra cubierta metálica se sellara totalmente – ¡Es mas gruesa que mi dedo pulgar!

– Suprimimos el dolor a nivel cerebral – comentó la científica haciendo unas últimas anotaciones en la pantalla con la pluma táctil – Carecen de cualquier tipo de sensaciones. Debo informarte que esta cápsula está bajo observación, tendrá medicamentos para mejorar la salud mental del reo, y tendré que evaluarlo de nuevo. En otras palabras, volveré mañana.

– Estupendo – dijo de inmediato el guardia, segundos antes de corregirse y ruborizarse al mismo tiempo – Quiero decir, volveré a escoltarla, pues yo soy, estoy encargado… – carraspeó y le ofreció el brazo galantemente, el cual ella aceptó con una sonrisa – Regresaremos a la nave por un camino accidentado, así que cuidado de no caer. Vamos rápido antes de que continúe avergonzándome a mi mismo.

La ligera risa de la mujer, inundó a Pablo de un amargo sentimiento de desasosiego.

– Eso somos

El reo que lo había acompañado hace unos minutos estaba de nuevo junto a él. Lucía un poco más extraño que los demás, su rostro parecía guardar bastantes secretos.

– Eso somos.

– ¿Qué? – dijo Pablo

– Experimentos

Pablo resopló y trató de apartarse. Pero aquel lo siguió con insistencia.

– Nos hacen eso y mucho más.

– Cállate

– Manipulados con sustancias y señales electromagnéticas, como si fuésemos holovisores, nos sacan órganos y los sustituyen por adefesios científicos.

– Cállate

– Extremidades experimentales, nanobots de nuevo diseño.

– Cierra tu apestosa boca. No quiero saberlo, no me interesa.

– ¿Piensas que nos lo merecemos?

Pablo creyó detectar cierta  mecha de descontento. Quizás, si la alimentaba, con algo de suerte y un buen líder. Con dignidad, respondió:

– Nadie se merece esto

El reo estaba mordiéndose compulsivamente las uñas de la mano derecha.

– Yo si me lo merezco.

En sus ojos brillaba la inconfundible aura de la manía.

– Somos escoria. Basura. Lo peor de la galaxia. Ellos nos tratan según nuestra naturaleza. Nos merecemos el infierno, y ellos nos lo están dando. Cucharada a cucharada. Acostumbrándonos a la condenación eterna por ser unas bestias pecaminosas. Yo soy un asesino. ¿Y tú? ¿Violador, ladrón?

Pablo cometió esos crímenes y muchos más. Pero no quería sentirse culpable. Así que trató de darle la espalda.

– Vete al carajo.

El reo lo tomó del hombro, continuando su soliloquio.

– Eso, ¡Si! Disfruta la rabia en tu sangre, porque luego se te olvidará, e incluso la extrañarás. Te darás cuenta de que nos los merecemos, porque somos escoria. Todos somos escoria.

– ¡Suéltame, maldito orate!

– ¡Solo hay una escapatoria de la cárcel! ¡Puedo sacarte! ¡Puedo hacerte libre!

Guiado más por el morbo que por la curiosidad,  Pablo, preguntó:

– ¿Cuál? ¿Es posible eso?

El reo sonrió.

– Simple. Hay que volverse loco. Pero no un ataque como el que acabamos de ver, no, ellos pueden volverte cuerdo en un tris. Pobre, tanto esfuerzo en perder la chaveta y ellos lo regresarán a la realidad. Tienes que volverte loco de a poco. Como yo. Cucharada a cucharada.

Como un cazador hambriento, el reo observa a Pablo, quien se retira, hasta chocar con su capullo. El grito de los guardias hizo que su corazón se detuviese por momentos.

– ¡A recargar!

Si había alguna cosa que Pablo detestase más en toda la cárcel, era recargar. Pablo odiaba recargar.

– Oh no no no no no no….

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

(continuará…)