Grilleta (parte IV)

(Continúa…)

– Reacher – continúo Thunder – tengo el honor de informarte que tu y tus amigotes pueden considerase libres. Los veremos cuando los encontremos. Manténgase vivos hasta entonces.

La llamada terminó. Thunder estiró la espalda hasta tronarse varios huesos, miró a Ranchi chapoteando en un charco de detergente y a Alex aún de lleno en sus asuntos digitales.

– Chica – dijo al fin, después de un suspiro, haciendo que Ranchi volteara a verlo, aún en el suelo – Tenemos trabajo.

Tres días después. Sector de habitaciones personales.

Derek tenía una lista de reparaciones pendientes colgando en la puerta de su cuarto, la cual alcanzaba ya los dos metros con sesenta y cuatro centímetros. Esta hecha de papel plástico  y diariamente el niño anotaba o borraba tareas o recordatorios, para mantener las cosas presentes y en su justa proporción. No tenía prisa en terminarla, porque de hacerlo, descuidarías sus otras numerosas obligaciones, y su hermana le advirtió que la sobrecarga de trabajo podía dejarlo tan loco como ella. Así que, justo en esos momentos, con una paleta de caramelo en la boca, estaba escribiendo en el número seis de la lista: “arreglar control cinético de mi consola de videojuegos”. Le había dado más prioridad que la fuga de combustible del Nexus 2.

– Derek.

– ¡Capitán!

El niño, ante la imperceptible llegada de su mentor, realizó un saludo militar algo torpe y gracioso, pues mientras ponía el borde su mano sobre la frente, sacaba el dulce de las fauces. Alex solo entrecerró los ojos.

– ¿Has iniciado trabajos en el SIBS?

– SIBS, SIBS… ¡Ah! El Sistema de Interferencia y Bloqueo de Señales – revisa nuevamente su lista – Un metro y quince centímetros. Es decir, no todavía. Usted me dijo que carecía de prioridad.

– Ya la tiene. Debo probarlo, su pudieses tenerlo listo en un máximo de cuatro días, sería excelente.

– Pero, capitán, el satélite fue golpeado de frente por un meteorito. Esta abollado, quemado, y sin ninguna pieza en su lugar. ¡Debo reconstruirlo casi desde el inicio! ¡Incluso fabricar la mitad de las piezas por mi cuenta!

Alex chasqueó la lengua y pensó un momento.

– Lo entiendo. Tienes seis días.

Derek volvió a quedarse con su lista y su paleta. Al morderla, decidió que no tenía más remedio que trabajar inmediatamente en ello.

Un día después. Almacén mecánico noreste.

– ¡RANCHI!

La chica contesta desde de la bodega de alimentos principal, y su voz vibró por los intercomunicadores de pared.

– ¡ESTOY OCUPADA!

– ¡VEN AQUÍ A LA DE YA!

– ¡AÚN NO ES HORA DE COMER!

– ¡NO JODAS CONMIGO!

– ¿QUÉ QUIERES?

– ¡DÉJATE DE ESTUPIDECES!

– ¡EL HORNO SE ENCIENDE CON EL BOTÓN VERDE QUE DICE “INICIAR”!

– ¡CON UN MALDITO DEMONIO! ¡APARÉCETE AQUÍ DE UNA RAJADA VEZ!

Thunder y Derek intentaban armar en el almacén mecánico un transporte de tamaño considerable, utilizando exclusivamente partes sobrante de vehículos de menor talla. El resultado tenía la apariencia de un contenedor de desechos viejo al cual le hubiesen adosado a las paredes varias turbinas desiguales, ordenadas por tamaño y nivel de funcionamiento.

– ¿A que tanto grito? – Ranchi daba un salto afuera de su portal – ¿Cuál es el problema?

– La grúa se reventó y nos falta colocar ésta. – Thunder señaló el nido de cables sobre los que trabajaba el niño, quien, justo en ese momento, dijo triunfal:

– ¡Terminé!

Derek colocó a toda marcha la cubierta de la turbina remendada y Ranchi, después de crujirse los dedos y la columna, la levantó en sentido vertical, colocándola a un lado de las otras, en el ala derecha de la nave, para que Thunder pudiera unirla a su maltrecha creación.

– ¿No se supone que los motores deben estar integrados a la estructura aerodinámica de la nave? – preguntó Ranchi aún con los brazos ocupados.

Thunder colgaba de la cintura por medio de cables que le daban vueltas a la cubierta del vehículo en construcción. Apagó la soldadora y descendió, manipulando los cables a través del arnés en su pecho y cintura.

– Esta porquería va a desbaratarse ante la menos excusa. Lo único que me interesa es que aguante unos ochocientos mil kilómetros de travesía espacial antes de estallar – le hace notar a Ranchi una pequeña abertura entre dos placas de fuselaje.

– Tú, aprieta aquí.

– No va a quedar hermético.

– ¡Haz lo que te digo!

Moldeando el metal con los dedos, cerró el orificio como mejor pudo.

– Creo que tiene buena pinta. – dijo Thunder, acto seguido, le alcanzó un martillo – Vamos a darle hasta emparejarla lo más que se pueda.

– No inventes.

– ¡Ay de ti si le haces un agujero!

Cada quien tomó un lado de la nave y empezó a martillar.

– ¿Cuándo voy a terminar? – preguntó Ranchi

– Cuando yo lo diga – respondió Thunder.

– Los cazarrecompensas son unos explotadores – dijo ella a viva voz.

– Querrás decir “los cazarrecompensas SOMOS unos explotadores”. Por cierto, se me ha pasado contarles, según las leyes de la Confederación, ustedes ya pertenecen a nuestro Gremio y deben aprender el reglamento al derecho y al revés.

– ¿Y eso, porqué? – rezongó Ranchi – Todavía no he hecho ningún trabajo ni mucho menos cobrado por ello.

– Cuando nos conociste – amplió Thunder – ¿sabías que éramos cazarrecompensas y a quien íbamos a cazar?

– Si. Ustedes me lo dijeron.

– Exacto. Cuando decidieron largarse con nosotros, en lugar de bajar a su chamuscado planeta, sabías que éramos cazarrecompensas. Trabajan y cooperan con nosotros a sabiendas de que seguimos en el negocio.

– Supongo que tu lógica incluye a Derek.

– Claro. – continúo Thunder entre martillazos – Los cacharros que arregla serán utilizados por cazarrecompensas. La única forma de haberse librado de ésta hubiera sido denunciarnos a la primera oportunidad.

– ¡Pero nosotros nunca haremos eso! – intervino efusivamente Derek, interrumpiendo su recolección de herramientas – ¡No después de todo lo que han hecho por nosotros! ¿Cierto, hermanita?

Ranchi se quedó sin respuesta, refunfuñando un poco al recordar la cantidad ingente de trabajo diario asignado. Después de pensarlo unos momentos, agregó, al tiempo que soltaba unos golpes enérgicos.

– No – martillazo- Derek, nunca – otro martillazo – lo haríamos. – El último hizo vibrar la nave entera. Thunder rio con entusiasmo.

– Niñatos, ya son cazarrecompensas, avalados oficialmente por la Confederación de Sistemas. ¡Bienvenidos sean al Gremio!

– A buena hora me lo dices – concluyó Ranchi, quien ya tenía su parte del casco un poco más uniforme que al inicio.

El fortachón también dio por terminada su parte, tomó una lata de pintura y la agitó vigorosamente.

– Derek, haz los honores.

El niño sujetó la lata con emoción.

– Pon el número uno. Porque esta es la primera nave que armo con ustedes dos.

Ranchi elevó a su hermano de los hombros para que pudiese pintar fácilmente y lo más vistoso posible el signo # y el numero 1. Al terminar, observaron juntos el resultado, agotados y regocijados, hasta que el pequeño le dijo a su hermana mayor:

– Ranchi

– ¿Si, Derek?

– Tengo sed

Y Thunder dijo entonces­:

– Yo también.

(continuará…)

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Grilleta (parte III)

(continúa…)

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

 

Segundo cartucho. Preparando las maletas

– ¡Estoy precisamente en eso! – gritaba Ranchi a través del intercomunicador en su muñeca – ¡Solo quince minutos más!

– Te encuentro ahí, entonces. Quince minutos – sonó la voz de Alex por los altavoces.

Ranchi dio un grito histérico y se lazó por uno de sus portales hacia la sala de telcominicaciones que tenía que limpiar. Cayó de bruces en una montaña de basura, y, de inmediato, comenzó a trabajar como la desquiciada que era.

– ¡RAYOS! ¡RAYOS! ¿Cómo carajo, se me pudo haber olvidado? – vociferaba al llenar una gran bolsa de plástica de desperdicios. – ¡SI FUE LO PRIMERO QUE ME ORDENÓ! ¡RAYOS!

Las múltiples labores de la joven incluían como prioridad hacer habitables varias áreas del Deathbird. “Encargada” de mantenimiento esa una manera eufemística de decir “ama de llaves”.

– ¿Qué diablos hacían esos dos hombres aquí? ¿Probaban bombas? – gritó al entrar y salir de sus portales para llevar a los recicladores los paquetes de basura – ¡NO HAY UN MALDITO LUGAR DE LA NAVE QUE NO ESTE HECHO UN ASQUEROSO DESASTRE!

Las sillas para los operarios estaban destartaladas, el suelo, tapizado de latas de cerveza, herramientas rotas, envoltorio vacíos y cajas rellenas de alambres quemados.

– ¡Aargg! – A Ranchi casi le da un ataque al ver las manchas de óxido y costras de aceite para armas decorando el área – ¡También tengo que quitar eso!

Al desaparecer la chatarra, los treinta metros cuadrados de la sala de comunicaciones tomaban sentido. Ya eran visibles las computadoras, las consolas, los ruteadores de señales, pantallas, bocinas y controles de antenas exteriores. Inició el vaciado de los anaqueles, gavetas y cajones, y recién había sacado unas cajas de embalaje aplastadas e iniciado su batalla contra la suciedad del piso, cuando Alex entró sigilosamente y la halló en cuclillas, vaciando una botella de líquido limpiador altamente abrasivo.

– Los últimos detalles, supongo – dijo él

– Er… si – a Ranchi se le trabó la lengua – si no te molesta, voy a seguir con… – señaló el cepillo metálico que tenía en la mano – con esto.

– Adelante.

Alex dio una rápida inspección visual

– Lo hiciste demasiado rápido – comentó – o te tardaste más de la cuenta.

Ranchi se sonrojó y fingió sordera. Alex encendió la maquinaria, activando receptores de señales, haciendo que una barahúnda atroz resonara por doquier. Trató de arreglarlo, abriendo el compartimento inferior de los controles y una montaña de cartuchos vacíos de escopeta rodó sobre sus pies.

– Ranchi…

– ¡Lo siento! – dijo ella muy apenada y rogando interiormente por su vida, al correr a recoger a puños los cartuchos y meterlos en un saco de basura – ¡Es lo único que se me pasó!

Ignorando el detalle, Alex continúo trabajando en calibrar las señales. Ranchi estaba ya de nuevo tallando el piso cuando una alarma de llamada entrante interrumpió sus pensamientos. Alex estiró el cuello para ver la gran pantalla frente a ellos que parpadeaba en rojo y amarillo. Únicamente alcanzó a decir.

– Creí que Thunder arruinó ese retransmisor. La llamada también esta entrando a las computadoras del puente.

La alarma no cesaba y Ranchi volvió a interrogar a su capitán con la mirada. Él no le prestó atención, su forma de decir “contesta tú”.

– Sencillamente genial – tiró el cepillo por encima de su cabeza, y acercándose a la consola matriz. Pero después de varios intentos, nada.

– Pide una contraseña – dijo en tono de auxilio.

Alex dejó su asiento para responder. Ingresó una larga serie de números y letras en un teclado cercano. Las grandes pantallas al frente decía ahora “contraseña inválida”

– Es para Thunder – dijo Alex – Tráelo, por favor.

Usando un portal, Ranchi fue en busca de su segundo patrón, y, de la misma manera, regresó con él. El fortachón apareció agarrado de un mechón largo azabache y teniendo los ojos bien cerrados.

– Entiendo lo del contacto físico – comentó apenas sentir el suelo  firme – pero ¿no ver nada?

– Si llegas a tener abiertos los ojos – respondió ella – los espíritus te arrancarán el alma. Ahora, ¿podrías contestar esa maldita llamada?

La alerta era insistente, pues todavía estaba en espera hasta estos momentos. Thunder introdujo su contraseña, descubriendo el remitente en las pantallas.

– ¿Nicholas Reacher? ¿No estaba muerto ese bastardo?

Pulsó el botón de aceptar, y mientras la voz recién llegada salía por las bocinas, la pantalla mostraba un visualizador de audio, dando imágenes a los sonidos.

– ¿Thunder? – la voz tenía un timbre masculino y distorsionado por interferencias

– ¡Nicky! ¡Creí que estabas muerto!

– Si eso fuese cierto, sería gracias a ti, malnacido

– ¿En serio que no estas muerto?

– ¡Desearía estar muerto que preso en este asqueroso retrete donde tu y el infeliz de tu compañero me lanzaron de cabeza!

– ¡Cierto! – exclamó Thunder tronando los dedos – Que te entregamos a Grilleta.

– ¡HASTA QUE LO RECUERDAS! ¡Se suponía que tenían que sacarme, idiotas! ¡Ése fue el trato!

– Si, pero se nos descompuso una nave, el combustible se agotó, estábamos aburridos, yo tenía hambre, las municiones eran pocas y la policía nos dio más dinero por dejarte adentro. Sin embargo, te doy la razón. Nos pasamos. En compensación, ¿quieres que acabemos con tu vida de miserias? Podemos matarte por un precio módico.

– ¡Escucha bien, tenemos un enorme problema y vamos a darte una buena paga para que lo resuelvas. El sistema decidió enviarnos a una cárcel productiva, por lo que…

Una carcajada explosiva de Thunder interrumpió la llamada.

– ¡Están rajadamente jodidos!

-¡SI! ¡LO ESTAMOS! – Gritó Nicholas desde el otro lado de la señal – ¡ESTAMOS JODIDOS! Queremos que nos saquen de esta perrera antes de que la cárcel productiva Estigyus venga a recogernos. Su llegada esta programada en dos meses.

– Eres un loco endemoniado si piensas que los guardias de Grilleta no se darán cuenta de que han perdido unos cientos de presos.

– Setenta y tres. Hemos hecho motines. Cuando nos enteramos de la Estigyus, los suicidios se volvieron una buena opción. Intentamos tomar la cárcel, pero el sistema va a matarnos sin dudar apenas surja otra sublevación.

Ranchi fregaba el piso, porque de otra manera, la hubiesen corrido de la sala. Fingía estar concentrada en una gran mancha de sarro, aun cuando en realidad estaba vigilando la reacción de Alex. Éste, quien al inicio de la conversación se mantenía al margen, volteó hacia Thunder para decir sin preámbulos.

– Se puede.

Thunder apoyó ambos brazos en la consola.

– Reacher, mándanos toda la información posible acerca de Grilleta y el complejo penitenciario. Espero que la tengas.

– Ahí va.

Incontables archivos fueron transmitidos a través de la llamada de Nicholas Reacher, recibidos por Alex mediante las computadoras de la consola de comunicaciones, quien comenzó a analizarlos, dejando a Thunder la cuestión de los honorarios.

– Digamos que aceptamos, ¿Cuántos nos darán por poner sus traseros en libertad?

– Diez millones de créditos.

– ¡Vete al carajo! Son unos malditos avaros.

– Maldito seas, Thunder. ¡Estamos encerrados! ¿De donde piensas que vamos a sacar plata?

– Podrán haber encadenado a Hämmersmark, pero no a su tráfico de tóxicos. Hasta donde se, el negocio va bien, y si los contadores de tu compañero de habitación aún le son fieles, Häns ha de poder bañarse en dinero. Ponlo a él en línea, quizás quiera mejorar la oferta.

Un silencio. La voz de Reacher volvió.

– Cincuenta millones. Máximo.

– Por sacarlo únicamente a él, quizás. ¿Los demás no van a poner nada? Andaba por ahí el amo supremo del tráfico de armas, un tal Meissner, y un perdedor que se hacía llamar el “dios de los defraudadores electrónicos”. Esos dos valían su peso en tibanita. Además de una red llena de peces gordos.

– Las cosas han cambiado – dijo Reacher con amargura.

– Supongo. Bueno, te dejo. Debes prepararte para tener el inferno en el cerebro. Dicen que lo único indoloro del asunto es cuando te lo ponen. Me dio gusto saber que estabas vivo. Estabas.

Otro silencio. Más corto.

– Cien millones.

– Razonable. ¿Qué opinas, supersoldado?

– Razonable – respondió Alex, sin quitar los ojos de sus pantallas.

– Reacher – continúo Thunder – tengo el honor de informarte que tu y tus amigotes pueden considerase libres. Los veremos cuando los encontremos. Manténgase vivos hasta entonces.

La llamada terminó. Thunder estiró la espalda hasta tronarse varios huesos, miró a Ranchi chapoteando en un charco de detergente y a Alex aún de lleno en sus asuntos digitales.

– Chica – dijo al fin, después de un suspiro, haciendo que Ranchi volteara a verlo, aún en el suelo – Tenemos trabajo.

(continuará…)

Grilleta (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas

Sistemas Limítrofes

Grilleta

“A veces la fuga es peor que la cárcel”

Primer cartucho. El infierno en el cerebro.

El proyecto llamado “Cárceles Productivas”, propuesto y ejecutado por el general Gregorio Antonov fue aceptado por los planetas integrantes de la Confederación de Sistemas, en especial, aquellos poseedores de problemas inmensos con criminales despiadados y escurridizos. Inclusive planetas que veías motivos de controversia en los métodos de la cárcel, fueron convencidos rápidamente de su buen uso y efectividad. Las Cárceles Productivas se integraron a Justicia y Tecnología, programas gemelos que la Confederación implantaba en sus mundos miembros, y por los cuales, muchísimos más anhelaban ingresar.

Con respecto a Justicia, no solo se incluyó el envío de reos a las Cárceles Productivas, sino además el establecimiento de la Comisión Impartidora de Justicia, un departamento interplanetario de investigación y aplicación de leyes, con jurisdicción superior a las policías locales, a las cuales, eventualmente, terminaría por absorber.  La Comisión Impartidora de Justicia, o CIJ, efectuó largas y sesudas sesiones de jurisprudencia para unificar códigos penales, definición de delitos, procesamiento más rápido de las condenas y cumplimiento efectivo de castigos y multas. Aunado a lo anterior, la CIJ se conformó como una policía especial, poseedora del mejor entrenamiento físico e intelectual, equipado con avanzadas tecnologías criminalísticas y una reputación intachable. Después de cierto tiempo, no quedaron lagunas en las legislaciones de los gobiernos planetarios bajo las cuales los criminales pudiesen ampararse. Las leyes se volvieron tan estrictas, que nadie en sus cabales osaría infringirlas. Velozmente, en el pensamiento popular, quedó claro que algo peor que arder en el averno por toda la eternidad, era cumplir condena en una Cárcel Productiva.

Pablo Castañón Weiss, originario y residente de la colonia Nueva Esperanza Terráquea, era un bandido consumado a sus 28 años.  Sus delitos incluían venta y distribución de narcóticos, extorsión, asesinato, asalto, violación y obstrucción intencional de la justicia. En cuanto su caso fue absorbido por la CIJ, se tardó dos ciclos planetarios en ser capturado. Opuso resistencia al arresto, hirió a un agente, y a él se le quebraron todos los huesos de la pierna derecha. La duración del juicio y establecimiento de la condena duró treinta minutos. Condena establecidas por el cuerpo de jueces de la Confederación: cinco cadenas perpetuas en Cárcel Productiva, es decir, de por vida.  Las malas mañas de Pablo le hacían creer que aún tenía oportunidad.

– ¡Soldado enlatado! ¡Hey! ¿Cuándo dejarán pasar a mi abogado? ¡¡Contéstame!!

Pablo estaba colgado de los barrotes, pues la armazón de recuperación mantenía su pierna multifracturada rígida para que los nanobots hicieran su trabajo. No era algo doloroso, pero sí muy incómodo.

– ¿Acaso eres mudo?

El guardia bajo la coraza de adanmátium permanecía firme a la entrada del área de detención temporal. El movió su cuerpo a la izquierda, dejando pasar al hombre que avanzó a paso firme a través de la estancia. El abogado de Pablo lucia consternado, casi aterrorizado.

– Llegas tarde, ¿Cuándo pensabas…?

Sin mirarlo, el abogado pasó de frente y entró a la siguiente puerta, justo delante de él, que lo llevó al departamento de investigaciones. Duró allí unos escasos minutos, y, al salir, trató de ignorar a Pablo, pero éste lo sujetó con violencia de la manga del saco.

– ¡A mi no me mandas al diablo! ¿Qué sucede contigo?

El abogado lo miró como si se tratase de un animal muerto.

– Suéltame.  Tengo que irme antes de que me relacionen contigo.

– Van a relacionarme contigo, lo quieras o no, ¡eres mi abogado, maldición! ¡Se supone que tienes que tienes que sacarme! ¿A cuanto asciende la fianza esta vez?

– ¡No hay fianza! ¡Ese concepto ni siquiera existe en las leyes de la Confederación! ¡No puedo sobornar a nadie porque no tengo la más mínima idea de quien o quienes te condenaron! El proceso ya esta cerrado, eres culpable, y van a encerrarte en una Cárcel Productiva, ahí acaba tu historia. ¡Si no  me alejo de ti, yo también iré!

– Tiene que haber una salida – dijo Pablo, enfriando el tono de voz. – Tienes que sacarme.

El abogado se apartó con energía y le dio la espalda. Fue hacia el imponente guardia con ojos suplicantes.

– Déjeme salir. Por favor. Yo no tengo nada que hacer aquí.

La llegada de la Estigyus, Cárcel Productiva asignada al sistema fue de solo tres ciclos. Las Cárceles Productivas están siempre en movimiento. Llevan todo lo necesario para su manutención y la asimilación de reos al sistema penitenciario. Gran parte de los alimentos se producían en el interior de la nave. Y eran en realidad una colonia viajante, acompañada por escoltas de la Confederación, naves de ciencia y alcanzada regularmente  por cargueros, quienes le suplían de refacciones y material científico. Fortalezas inhóspitas, surcando los territorios de la Confederación, amedrentando con su presencia a las corruptas consciencias.

El infierno electrónico anidando en tu iluso cerebro. Y sin marcha atrás, amiguito.

– ¡SENTADO!

Una alarma sonó, pero al prisionero no se le retiraron las esposas. Pablo creía que es una cárcel como todas en las que ha estado.

– Se procederá a leer las características de su condena. A las 1900 del día actual, usted será sometido a una operación a cráneo abierto para la implantación del regulador neurodigital de funciones primarias…

– ¡Oiga! Esto va contra de mis derechos naturales – dijo Pablo, tratando de hacerse el listo – No pueden operarme si yo no doy mi consentí…

– De acuerdo – interrumpió hastiado el guardia – Va de una vez. Olvídate del mundo exterior. Tu remedo de abogado no solo perdió el caso, sino que también esta en la mira de la CIJ. Apenas estornude de forma sospechosa, lo mandarán a hacerte compañía. Estarás aquí por el resto de tus días.

– Tengo derecho a apelar y a una revisión de la condena.

– ¿No te dijo nada? Debió decírtelo. El derecho de apelación fue suprimido bajo la enmienda 448-XC en el código penal y estatutos jurídicos de la Confederación. Perdiste. Fin. Vamos a poner ese chip en tu apestosa cabeza y picarás piedras hasta que se te deshagan las manos de podridas. – gritó ahora, dirigiéndose a otro compañero guardia apostado en la salida. – ¡El siguiente! ¡Llévense a este imbécil a la sala de operaciones!

Ver a los doctores lavarse las manos una y otra vez con cotidiana cordialidad era estresante. Los reos aguardaban su turno, apiñados en una habitación de paredes transparentes, con un par de puertas estrechas, colocadas en sitios opuestos. No había ventanas, ni guardias, pero el riesgo de escape era nulo. La habitación era fuertemente iluminada, carente de muebles, con un frío calador en su interior. Considerando que los reos solo tenían la ligera bata de cirugía sobre su desnudez, no les quedaba energía suficiente para que para tiritar, encogerse y acurrucarse entre si. Sin faltar las pláticas con los compañeros, esperando también su turno al quirófano.

– ¡Para! – Decía Pablo, castañeando los dientes – ¿Qué tanto te hacen? No es que te quiten un brazo o los ojos.

– Mucho peor, bastardo, mucho peor – su interlocutor se movía nervioso, su tez era exageradamente pálida, casi transparente – Nos pondrán un aparato en la cabeza, y después de eso, después de eso…

– ¿¡DESPUÉS DE ESO QUÉ?!

– Ya no eres tu mismo. Ellos te dicen cuando respirar, cuantas veces latirá tu corazón, ¡dejas de comer! ¡Nunca, nunca vuelves a saborear algo, a beber, a sentir! ¡A pensar! Te vuelves peor que un  muerto. Como muerto, tu mente descansa, pero aquí, te das cuenta como poco a poco te transformas en una llave de tuercas, y no dejas, ni por un segundo, de estar consciente de lo atrapado que estás.

Por fin, Pablo sintió miedo. Cuando fue su turno, temblaba. Sudaba a mares.

– ¡Buenas noches a todos! – varios saludos al unísono. El equipo parecía conocerse bien. – Hoy, Alexia invitará las bebidas.

Carcajadas joviales. Un doctor de cabello escaso y cano se encargaba de acomodar docenas de ámpulas multicolor sobre una plancha metálica. Mas al fondo, un joven trabajaba en una computadora holográfica. La enfermera afeitaba su cabeza con una máquina rasuradora.

– ¿Qué me van a hacer?

El asistente del anestesiólogo no oyó la pregunta de Pablo. O hizo caso omiso. Colocó sobre su rostro la mascarilla con oxígeno, inyectando un líquido plateado y denso en la vena más visible de su brazo izquierdo. Pablo trató de rebelarse.

– ¡Les acabo de preguntar, malnacidos que…!

Su ímpetu fue apagado por otra potente dosis de anestésico.

– Recuerda – decía el doctor de más edad en el equipo – que deben permanecer conscientes, así las lecturas del encefalograma serán mas acertadas. Pero antes de que te metas en problemas… Hito, ¿el chip esta listo? Perfecto. Procede con los trépanos, voy a sentarme un rato.

Pablo escuchó a los doctores hablar de banalidades, como si estuviesen cenando o metidos en cualquier otra actividad que no fuese agujerearle el cráneo y exponer sus sesos al aire libre.

– El lugar es encantador, sin embargo mi esposo opina lo contrario.

– Ese color te sienta, corazón.

– Gracias, amiga. Compraré uno para ti también. ¿Alguien quiere bizcochos o galletas para su café?

– Pastelillos de frutillas

– Paso. Ese té que traje del sistema Hobbo no combina con nada

– ¿Qué opina de los nuevos condominios?

– Seguros, y nada económicos…

– Dr. Evans, acabo de disecar las membranas…

Pablo se alegró de que por fin le prestasen atención. Al menos, a su cerebro.

– Inserta el chip en el cuerpo calloso, siguiendo el tallo encefálico, sin perder la vista en el escáner.  Espera, tu pulso tiembla. Déjame darte un empujón.

Pablo no sentía nada. Un poco de frío en la nuca.

– Según la imagen ya estamos en los núcleos cardíacos y respiratorios.  Iniciemos comprobación. Hito, haz los honores.

Súbitamente, sintió una fuerte opresión en el pecho. Asfixia, náuseas, mareo y al final, un aberrante dolor de cabeza. Al instante siguiente, las molestias desaparecieron.

– Comprobación finalizada. Unión neurodigital establecida.

-Acabamos. Gracias, Hito. Pones la tapa y cierras. ¿Hora, Sra. Hilde?

– 2239, Dr. Wong.

– ¡Imposible!  Debo irme, debo alcanzar al director para la firma de los documentos de traslado. ¡Me dará un infarto si no lo encuentro!

Ser un número. Una herramienta.

Aún se acariciaba la larga línea de puntos a través de su cabeza rapada, percatándose poco a poco de que toda su vida de satisfacciones físicas y crueldad animal había finalizado de golpe. Ahora era propiedad de la Confederación.

– ¡Atención, ratas!

Después de ser vestido con el austero uniforme penitenciario, fue enviado a un lugar semejante a un almacén mecánico. De pie, junto a otros cincuenta reos, escuchaba a quien debía ser el alcaide. No mencionó su nombre. Quizás no importaba.

– La anestesia ha de estar acabándoseles, por lo que explicaré esto de la forma más clara posible. Ese pequeño trozo de silicio que tienen en el cerebro es un rastreador y su única garantía de seguir viviendo. Solo podrán deshacerse de él abriéndose la cabeza con un martillo, pero no creo que sobrevivan. Háganse los listos y traten de provocarle un cortocircuito o locura similar y conseguirán freírse ustedes mismos una buena porción de cerebro. Si el dispositivo se funde o se apagan, ustedes se funden o se apaga. Más fríos que la tumba de mi madre.

Varios presos murmuraron de asombro, varios más de incredulidad.

– Y eso, gusanos, es una pequeña parte. De ahora hasta el resto de su maldita condena, estarán enlazados a un único y personal capullo robótico que los vigilará y  mantendrá a raya. Pórtense mal, golpeen, abusen, insulten o traten de amenazar a un guardia, y el capullo cocinará sus sesos en barbacoa. Aléjense cinco metros del capullo, y después de tres intentos,  éste mandará una señal para que su cabeza reviente como un globo. Más fríos que la tumba de mi madre.

Un miedo real e inevitable nació de los presos. Pablo no podía continuar evitándolo.

– Espero que se hayan olvidado del mundo exterior, porque también se despedirán de sus funciones orgánicas. El alimento es intravenoso, proporcionado por los capullos, adiós miradas raras al cocinero por otro plato de estofado. Dormirán en el interior de su capullo y únicamente cuando éste se los indique, nada de visitas cariñosas a la celda del vecino. En caso de no obedecer alas indicaciones de su capullo, ¡estarán más fríos que la tumba de mi madre! ¡LARGO!

Fueron puestos en fila. Varios técnicos preparaban los capullos. Evitaban hablar con los reos, únicamente pasaban un lector digital por la cabeza, tecleaban en sus computadoras e introducían al condenado en las entrañas del robot. Cuando Pablo fue el siguiente, estaba ansioso por gritar.

– CAP38789. Asignado al interno 5833761A-CB

El capullo era inmenso, negro como un ataúd flotante, quien lo esperaba con el vientre abierto. Parecía tener brazos y manos, pero lucían delgados y frágiles.

– Ingrese. De espaldas.

Colocó nerviosamente un pie dentro. La máquina no tenía en su interior donde sentarse o apoyarse, solo soportes para sujetar el cuello, los codos y las piernas. Pablo tenía el plan de tomarse todo el tiempo posible, pero apenas la máquina lo sintió en su seno, se cerró herméticamente. Su cuerpo embonó sin traba entre los dispositivos electrónicos, y se relajó, gracias a las ondas de sueño que lo mantuvieron inconsciente por tres semanas seguidas.

(continuará…)