Grilleta (parte II)

Continúa…

<< Despierte>>

La fría y torpe voz del capullo nacía del interior de la cabeza de Pablo. Sintió tubos en ambos brazos, y la sonda deslizarse por su propia cuenta de la garganta. El capullo se abrió y lo dejó salir. Puso los temblorosos pies en tierra ignota. Los andamios de una gran estructura robaron su aliento, espinas metálicas sosteniendo el cielo, y una pared de concreto que rodeaba el horizonte, alimentada por cientos de miles de hombre trabajando, con la vista omnisapiente de la Cárcel Productiva sobre sus cabezas. Los capullos pululaban sobre la superficie, acompañando a sus reos en los trabajos forzados.

<< Sector de excavación >>

Empujado por su perro robot carcelero, se abrió paso entre más reos como él, con ojos secos y perdidos. Nadie hablaba entre sí.

<< Tome una pala >>

A Pablo le alegró la ausencia de guardias en el depósito de herramientas. Podría tomar un pico y tratar de…

<< Tome una pala >>

El agudo zumbido que atacó sus oídos lo trajo de vuelta a la realidad. ¿De que serviría un pico? No podía hacer nada con él.

<< Cave hasta la señal >>

Pocos metros más adelante, se abría un canal de kilómetros de largo. Pocas máquinas excavadoras andaban en las orillas. Pablo miró a sus compañeros reos. Uno de ellos murmuraba insistentemente.

– moriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivir…

Otro lucía extraño con esos implantes de piel interespecies en el rostro, pues rechazaba el injerto y se le caía a pedazos. Colgado de la estructura, un reo trabajaba en la unión de vigas, con ayuda de las dos máquinas soldadoras que tenía en lugar de brazos. Ante la espantosa visión, trató de concentrarse en cavar.

Tres guardias pasaron por ahí, conversando.

– Mantente en forma o lo único que conseguirás es que te engorde el trasero. Yo fui herido en acción, por ello me asignaron aquí, las cinco semanas de recuperación – levantó los brazos empaquetados en cubiertas plásticas llenas de líquido manteniendo a los nanobots médicos que reparaban sus huesos y músculos – Después de eso, regreso a fuerzas especiales.

– Comparado con milicias, estoy en el cielo. Regresaré a desactivar bombas en cuatro meses. Soy  grupo de choque, en escuadrón antiterrorista. Extraño el café y el estrés…

– Tú lo has dicho. Por mi parte, hago ciberinvestigación en ratos libres. Ganas buen dinero, mientras engordas tu expediente. Claro que no se compara a cazarrecompensas profesional, pero me entretiene mientras tramitan mi traslado a la SI

– Servicios de Inteligencia, me sorprendes. Regresando al punto, todo lo hace el capullo, tu único deber es vigilar que no hagan tonterías. De hecho, mientras dure tu estancia, debes llevar un curso. Dan mantenimiento de armamento, técnicas de combate, ingeniería, manejo de explosivos, entre muchos más. Yo tomé “Manejo de multitudes”

– Mi favorita es “Psicología en criminales no humanoides”

– A resumidas cuentas – intervino uno de ellos – te asignan aquí solo por un lapso de tiempo. ¿Hay manera de quedarse definitivamente en las instalaciones?

– Ni en sueños. Todo el personal, absolutamente todo, se renueva en seis meses. Desde mantenimiento, pilotos, limpieza, equipo científico, guardias, navegación. Al salir entregas un reporte, que será cotejado con el reporte de tu sustituto. Y nunca sabes quien revisará el desastre que dejes al final. Y si tú no reportas las irregularidades del que quedo atrás tuyo, serás sancionado. Porque alguien si lo hará.

-Eso explica porque la bullabesa sabe diferente.

Los tres, dijeron al unísono, con una alegre carcajada.

– ¡Cambiaron al cocinero!

Una pala vuela a las cabezas de los guardias. Ellos la esquivan con facilidad, a la vez que una alarma en sus muñequeras les indicó que un prisionero echó a correr.

– ¡Deténgase! ¡Es incapaz de alejarse más de cinco metros!

El frenético reo avanza en línea recta hacia Pablo, sin embargo, justo antes de arrollarlo, cae victima de violentas convulsiones. Su cuerpo se sacude pavorosamente, los músculos destrozaban los huesos sin piedad, y cada extremidad formaba arcos que desafiaban la física de las articulaciones. Incluso su rostro era caótico, los ojos giraban vertiginosamente, con gestos grotescos, la lengua parecía querer arrancarse sola de esa boca gimiente y babeante. El dolor que originaba debía ser inconmensurable. Pablo se mantiene a su lado, vomitando de impresión.  Los guardias alcanzaron al instante la escena, y se dispusieron a arreglarlo.

– Capullo, dispón del interno.

El capullo mandó una señal para detener la tortura. Levantó el ahora fláccido cuerpo y lo reintegró a su interior, para después partir a la prisión vigilante. Un guardia se dirige al resto de los reos.

– Recuerden, existen tres advertencias que se activarán cuando cualquiera de ustedes decida imitar la misma insensatez que su compañero cometió. La primera advertencia es quedar cuadripléjico, confinado en el interior de su capullo por 12 meses seguidos. Acaban de ser testigos de la segunda advertencia. Todos sus nervios estallaran para causarles el máximo dolor posible en el mínimo de tiempo, y después, se les encerrará en su capullo por 6 meses. La tercera advertencia, es la final. El chip se autodestruirá. Y el cerebro en donde esta metido, se irá con él.

Pablo continuó cavando y cavando, recordando sus antiguos tiempos de liderazgo, en el penal de Nueva Esperanza, donde le fue fácil organizar al resto de los presos para continuar traficando su droga e influencias. De hecho, fue su época de mayor prosperidad. Jamás imaginó algo como la cárcel de la Confederación. En el argot criminal, la llamaban “el infierno en el cerebro”. Ahora sabía por qué.

– ¡A recargar!

El robot lo apresó de nuevo, sin tardanza. La jornada había terminado, el siguiente grupo de reos continuaría los trabajos. “Recargar” significaba comer o dormir. Pero no era comer o dormir en realidad. Era ser apresado en su estrecha cárcel, donde un escáner revisaba el estado de los órganos, y el capullo se conectaba a una de las venas para suministrarle nutrimentos. La mezcla era tan buena que los reos nunca necesitaban ingerir alimento. El capullo administraba medicamentos para enfermedades leves o nanobots para cerrar heridas pequeñas. Médicamente, la salud de los reos era impecable. Cuando era encerrado en su celda cibernética personal, se sentía como una rata de laboratorio. En realidad, era una rata de laboratorio, solo que ellas tenían trocitos de queso como premio.

<< Despierte >>

El estado de sueño o vigilia era controlado por el capullo. Pablo no había dormido de cansancio durante su primera semana en la Cárcel Productiva. Únicamente se metía al robot y éste lo ponía en estado de latencia. Al principio no entendió la razón de los grilletes. Si ese aparato era hermético, ¿para que atarlo más? Lo comprendió a la tercera noche de “sueño” inducido por computadora. Las pesadillas eran terribles. Vívidas, intensas y completamente comprensibles. Y si no fuese porque estaba sujeto de cuello, muñecas y tobillos, hubiese azotado su cabeza contra el interior de su capullo hasta romperla. Cuando la máquina lo hacía despertar, tenía la impresión de estar bajo el cobijo de una fuerte droga, incapaz de saberse vivo o muerto. Pero Pablo abandonó esa ilusión cuando día a día su mente se volvía más ajena y la salida de la cordura se encontraba más lejana.

<< A cavar >>

El canal ganaba rápidamente profundidad, y las palas chocaban más frecuentemente con el rocoso subsuelo. El capullo le dio una nueva directriz, desenterrar piedras y transportarlas manualmente a un vehículo de recolección. En esas idas y venidas, tuvo la oportunidad de conocer reos con más antigüedad que él. Muchos realizaban funciones sumamente especializadas, como conducción de maquinaria pesada y ensamblaje de estructuras. A pesar de eso, continuaban con el semblante apagado y extraviado.

<< Es como si… >> pensó Pablo << se transformasen en robots >>

La máquina los iba contaminando y absorbiendo hasta dejar de ellos despojos irreconocibles. Aquel que manejaba una de pocas excavadoras en la zona, tenía las cuatro extremidades y la parte derecha del tronco completamente mecanizadas.

– Quiso suicidarse.

Otro reo se detuvo al lado de Pablo, observando al conductor cyborg.

– Saltó dentro de una fundidora de metal, lograron sacarlo. Lo poco que no se carbonizó. Como castigo, lo resucitaron. Nuestra condena consiste en mantenernos vivos aun cuando deseamos con ansias estar muertos.

Los capullos los separaron para continuar los trabajos bajo el sol, que se encontraba en lo más alto de ese extraño cielo. Pablo tenía la boca seca y los labios llagados. Pero no sentía sed. Reflexionando en ello, se dio cuenta que desde el ´día en que le pusieron el chip no tenía hambre, sed, ni cansancio, ni libido, ni dolor. No pensaba en alegría o placeres, inclusive cuando una guapa joven caminaba con toda confianza entre ellos, vestida con bata blanca y el cabello dorado libre al viento. Era acompañada por un solo guardia, y, al parecer, buscaban a alguien.

– Esta cerca – dijo ella – Pronto lo identificaremos y desconectaremos.

– ¿Por qué es tan peligroso? – preguntó el guardia.

– Sus patrones neuronales son inestables, esta al borde de un ataque psicótico. Hay que aislarlo por un tiempo hasta que dichos patrones se estabilicen.

El preso que buscaban se hallaba a unos pasos de Pablo. Al ver a la científica y al guardia, comenzó a temblar. Cayó sobre sus rodillas, farfullando, arañando el piso como si fuese un animal. Tomó una piedra lo suficientemente grande para ocupar toda su mano.

– Lo conseguí – dijo – lo conseguí. ¡Nadie va a sacármelo! ¡NO VAS A QUITÁRMELO!

Rabioso, se lanzó hacia la joven, quien, sin alterarse, tocó un comando en su computador. El reo se desvaneció como un juguete al que se le acabaron las baterías. Mas interesada en pulsar su pantalla, ignoró al capullo robótico levantando al reo inconsciente mediante sus delgados brazos, lo sujetaban en su interior, e introducía rápidamente las agujas y mangueras que hurgaban la carne y el espíritu de su prisionero.

– De seguro les dolerá cuando les meten ese tubo por la nariz. – Comentó el guardia a su protegida, antes de que la negra cubierta metálica se sellara totalmente – ¡Es mas gruesa que mi dedo pulgar!

– Suprimimos el dolor a nivel cerebral – comentó la científica haciendo unas últimas anotaciones en la pantalla con la pluma táctil – Carecen de cualquier tipo de sensaciones. Debo informarte que esta cápsula está bajo observación, tendrá medicamentos para mejorar la salud mental del reo, y tendré que evaluarlo de nuevo. En otras palabras, volveré mañana.

– Estupendo – dijo de inmediato el guardia, segundos antes de corregirse y ruborizarse al mismo tiempo – Quiero decir, volveré a escoltarla, pues yo soy, estoy encargado… – carraspeó y le ofreció el brazo galantemente, el cual ella aceptó con una sonrisa – Regresaremos a la nave por un camino accidentado, así que cuidado de no caer. Vamos rápido antes de que continúe avergonzándome a mi mismo.

La ligera risa de la mujer, inundó a Pablo de un amargo sentimiento de desasosiego.

– Eso somos

El reo que lo había acompañado hace unos minutos estaba de nuevo junto a él. Lucía un poco más extraño que los demás, su rostro parecía guardar bastantes secretos.

– Eso somos.

– ¿Qué? – dijo Pablo

– Experimentos

Pablo resopló y trató de apartarse. Pero aquel lo siguió con insistencia.

– Nos hacen eso y mucho más.

– Cállate

– Manipulados con sustancias y señales electromagnéticas, como si fuésemos holovisores, nos sacan órganos y los sustituyen por adefesios científicos.

– Cállate

– Extremidades experimentales, nanobots de nuevo diseño.

– Cierra tu apestosa boca. No quiero saberlo, no me interesa.

– ¿Piensas que nos lo merecemos?

Pablo creyó detectar cierta  mecha de descontento. Quizás, si la alimentaba, con algo de suerte y un buen líder. Con dignidad, respondió:

– Nadie se merece esto

El reo estaba mordiéndose compulsivamente las uñas de la mano derecha.

– Yo si me lo merezco.

En sus ojos brillaba la inconfundible aura de la manía.

– Somos escoria. Basura. Lo peor de la galaxia. Ellos nos tratan según nuestra naturaleza. Nos merecemos el infierno, y ellos nos lo están dando. Cucharada a cucharada. Acostumbrándonos a la condenación eterna por ser unas bestias pecaminosas. Yo soy un asesino. ¿Y tú? ¿Violador, ladrón?

Pablo cometió esos crímenes y muchos más. Pero no quería sentirse culpable. Así que trató de darle la espalda.

– Vete al carajo.

El reo lo tomó del hombro, continuando su soliloquio.

– Eso, ¡Si! Disfruta la rabia en tu sangre, porque luego se te olvidará, e incluso la extrañarás. Te darás cuenta de que nos los merecemos, porque somos escoria. Todos somos escoria.

– ¡Suéltame, maldito orate!

– ¡Solo hay una escapatoria de la cárcel! ¡Puedo sacarte! ¡Puedo hacerte libre!

Guiado más por el morbo que por la curiosidad,  Pablo, preguntó:

– ¿Cuál? ¿Es posible eso?

El reo sonrió.

– Simple. Hay que volverse loco. Pero no un ataque como el que acabamos de ver, no, ellos pueden volverte cuerdo en un tris. Pobre, tanto esfuerzo en perder la chaveta y ellos lo regresarán a la realidad. Tienes que volverte loco de a poco. Como yo. Cucharada a cucharada.

Como un cazador hambriento, el reo observa a Pablo, quien se retira, hasta chocar con su capullo. El grito de los guardias hizo que su corazón se detuviese por momentos.

– ¡A recargar!

Si había alguna cosa que Pablo detestase más en toda la cárcel, era recargar. Pablo odiaba recargar.

– Oh no no no no no no….

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

(continuará…)

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Grilleta (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas

Sistemas Limítrofes

Grilleta

“A veces la fuga es peor que la cárcel”

Primer cartucho. El infierno en el cerebro.

El proyecto llamado “Cárceles Productivas”, propuesto y ejecutado por el general Gregorio Antonov fue aceptado por los planetas integrantes de la Confederación de Sistemas, en especial, aquellos poseedores de problemas inmensos con criminales despiadados y escurridizos. Inclusive planetas que veías motivos de controversia en los métodos de la cárcel, fueron convencidos rápidamente de su buen uso y efectividad. Las Cárceles Productivas se integraron a Justicia y Tecnología, programas gemelos que la Confederación implantaba en sus mundos miembros, y por los cuales, muchísimos más anhelaban ingresar.

Con respecto a Justicia, no solo se incluyó el envío de reos a las Cárceles Productivas, sino además el establecimiento de la Comisión Impartidora de Justicia, un departamento interplanetario de investigación y aplicación de leyes, con jurisdicción superior a las policías locales, a las cuales, eventualmente, terminaría por absorber.  La Comisión Impartidora de Justicia, o CIJ, efectuó largas y sesudas sesiones de jurisprudencia para unificar códigos penales, definición de delitos, procesamiento más rápido de las condenas y cumplimiento efectivo de castigos y multas. Aunado a lo anterior, la CIJ se conformó como una policía especial, poseedora del mejor entrenamiento físico e intelectual, equipado con avanzadas tecnologías criminalísticas y una reputación intachable. Después de cierto tiempo, no quedaron lagunas en las legislaciones de los gobiernos planetarios bajo las cuales los criminales pudiesen ampararse. Las leyes se volvieron tan estrictas, que nadie en sus cabales osaría infringirlas. Velozmente, en el pensamiento popular, quedó claro que algo peor que arder en el averno por toda la eternidad, era cumplir condena en una Cárcel Productiva.

Pablo Castañón Weiss, originario y residente de la colonia Nueva Esperanza Terráquea, era un bandido consumado a sus 28 años.  Sus delitos incluían venta y distribución de narcóticos, extorsión, asesinato, asalto, violación y obstrucción intencional de la justicia. En cuanto su caso fue absorbido por la CIJ, se tardó dos ciclos planetarios en ser capturado. Opuso resistencia al arresto, hirió a un agente, y a él se le quebraron todos los huesos de la pierna derecha. La duración del juicio y establecimiento de la condena duró treinta minutos. Condena establecidas por el cuerpo de jueces de la Confederación: cinco cadenas perpetuas en Cárcel Productiva, es decir, de por vida.  Las malas mañas de Pablo le hacían creer que aún tenía oportunidad.

– ¡Soldado enlatado! ¡Hey! ¿Cuándo dejarán pasar a mi abogado? ¡¡Contéstame!!

Pablo estaba colgado de los barrotes, pues la armazón de recuperación mantenía su pierna multifracturada rígida para que los nanobots hicieran su trabajo. No era algo doloroso, pero sí muy incómodo.

– ¿Acaso eres mudo?

El guardia bajo la coraza de adanmátium permanecía firme a la entrada del área de detención temporal. El movió su cuerpo a la izquierda, dejando pasar al hombre que avanzó a paso firme a través de la estancia. El abogado de Pablo lucia consternado, casi aterrorizado.

– Llegas tarde, ¿Cuándo pensabas…?

Sin mirarlo, el abogado pasó de frente y entró a la siguiente puerta, justo delante de él, que lo llevó al departamento de investigaciones. Duró allí unos escasos minutos, y, al salir, trató de ignorar a Pablo, pero éste lo sujetó con violencia de la manga del saco.

– ¡A mi no me mandas al diablo! ¿Qué sucede contigo?

El abogado lo miró como si se tratase de un animal muerto.

– Suéltame.  Tengo que irme antes de que me relacionen contigo.

– Van a relacionarme contigo, lo quieras o no, ¡eres mi abogado, maldición! ¡Se supone que tienes que tienes que sacarme! ¿A cuanto asciende la fianza esta vez?

– ¡No hay fianza! ¡Ese concepto ni siquiera existe en las leyes de la Confederación! ¡No puedo sobornar a nadie porque no tengo la más mínima idea de quien o quienes te condenaron! El proceso ya esta cerrado, eres culpable, y van a encerrarte en una Cárcel Productiva, ahí acaba tu historia. ¡Si no  me alejo de ti, yo también iré!

– Tiene que haber una salida – dijo Pablo, enfriando el tono de voz. – Tienes que sacarme.

El abogado se apartó con energía y le dio la espalda. Fue hacia el imponente guardia con ojos suplicantes.

– Déjeme salir. Por favor. Yo no tengo nada que hacer aquí.

La llegada de la Estigyus, Cárcel Productiva asignada al sistema fue de solo tres ciclos. Las Cárceles Productivas están siempre en movimiento. Llevan todo lo necesario para su manutención y la asimilación de reos al sistema penitenciario. Gran parte de los alimentos se producían en el interior de la nave. Y eran en realidad una colonia viajante, acompañada por escoltas de la Confederación, naves de ciencia y alcanzada regularmente  por cargueros, quienes le suplían de refacciones y material científico. Fortalezas inhóspitas, surcando los territorios de la Confederación, amedrentando con su presencia a las corruptas consciencias.

El infierno electrónico anidando en tu iluso cerebro. Y sin marcha atrás, amiguito.

– ¡SENTADO!

Una alarma sonó, pero al prisionero no se le retiraron las esposas. Pablo creía que es una cárcel como todas en las que ha estado.

– Se procederá a leer las características de su condena. A las 1900 del día actual, usted será sometido a una operación a cráneo abierto para la implantación del regulador neurodigital de funciones primarias…

– ¡Oiga! Esto va contra de mis derechos naturales – dijo Pablo, tratando de hacerse el listo – No pueden operarme si yo no doy mi consentí…

– De acuerdo – interrumpió hastiado el guardia – Va de una vez. Olvídate del mundo exterior. Tu remedo de abogado no solo perdió el caso, sino que también esta en la mira de la CIJ. Apenas estornude de forma sospechosa, lo mandarán a hacerte compañía. Estarás aquí por el resto de tus días.

– Tengo derecho a apelar y a una revisión de la condena.

– ¿No te dijo nada? Debió decírtelo. El derecho de apelación fue suprimido bajo la enmienda 448-XC en el código penal y estatutos jurídicos de la Confederación. Perdiste. Fin. Vamos a poner ese chip en tu apestosa cabeza y picarás piedras hasta que se te deshagan las manos de podridas. – gritó ahora, dirigiéndose a otro compañero guardia apostado en la salida. – ¡El siguiente! ¡Llévense a este imbécil a la sala de operaciones!

Ver a los doctores lavarse las manos una y otra vez con cotidiana cordialidad era estresante. Los reos aguardaban su turno, apiñados en una habitación de paredes transparentes, con un par de puertas estrechas, colocadas en sitios opuestos. No había ventanas, ni guardias, pero el riesgo de escape era nulo. La habitación era fuertemente iluminada, carente de muebles, con un frío calador en su interior. Considerando que los reos solo tenían la ligera bata de cirugía sobre su desnudez, no les quedaba energía suficiente para que para tiritar, encogerse y acurrucarse entre si. Sin faltar las pláticas con los compañeros, esperando también su turno al quirófano.

– ¡Para! – Decía Pablo, castañeando los dientes – ¿Qué tanto te hacen? No es que te quiten un brazo o los ojos.

– Mucho peor, bastardo, mucho peor – su interlocutor se movía nervioso, su tez era exageradamente pálida, casi transparente – Nos pondrán un aparato en la cabeza, y después de eso, después de eso…

– ¿¡DESPUÉS DE ESO QUÉ?!

– Ya no eres tu mismo. Ellos te dicen cuando respirar, cuantas veces latirá tu corazón, ¡dejas de comer! ¡Nunca, nunca vuelves a saborear algo, a beber, a sentir! ¡A pensar! Te vuelves peor que un  muerto. Como muerto, tu mente descansa, pero aquí, te das cuenta como poco a poco te transformas en una llave de tuercas, y no dejas, ni por un segundo, de estar consciente de lo atrapado que estás.

Por fin, Pablo sintió miedo. Cuando fue su turno, temblaba. Sudaba a mares.

– ¡Buenas noches a todos! – varios saludos al unísono. El equipo parecía conocerse bien. – Hoy, Alexia invitará las bebidas.

Carcajadas joviales. Un doctor de cabello escaso y cano se encargaba de acomodar docenas de ámpulas multicolor sobre una plancha metálica. Mas al fondo, un joven trabajaba en una computadora holográfica. La enfermera afeitaba su cabeza con una máquina rasuradora.

– ¿Qué me van a hacer?

El asistente del anestesiólogo no oyó la pregunta de Pablo. O hizo caso omiso. Colocó sobre su rostro la mascarilla con oxígeno, inyectando un líquido plateado y denso en la vena más visible de su brazo izquierdo. Pablo trató de rebelarse.

– ¡Les acabo de preguntar, malnacidos que…!

Su ímpetu fue apagado por otra potente dosis de anestésico.

– Recuerda – decía el doctor de más edad en el equipo – que deben permanecer conscientes, así las lecturas del encefalograma serán mas acertadas. Pero antes de que te metas en problemas… Hito, ¿el chip esta listo? Perfecto. Procede con los trépanos, voy a sentarme un rato.

Pablo escuchó a los doctores hablar de banalidades, como si estuviesen cenando o metidos en cualquier otra actividad que no fuese agujerearle el cráneo y exponer sus sesos al aire libre.

– El lugar es encantador, sin embargo mi esposo opina lo contrario.

– Ese color te sienta, corazón.

– Gracias, amiga. Compraré uno para ti también. ¿Alguien quiere bizcochos o galletas para su café?

– Pastelillos de frutillas

– Paso. Ese té que traje del sistema Hobbo no combina con nada

– ¿Qué opina de los nuevos condominios?

– Seguros, y nada económicos…

– Dr. Evans, acabo de disecar las membranas…

Pablo se alegró de que por fin le prestasen atención. Al menos, a su cerebro.

– Inserta el chip en el cuerpo calloso, siguiendo el tallo encefálico, sin perder la vista en el escáner.  Espera, tu pulso tiembla. Déjame darte un empujón.

Pablo no sentía nada. Un poco de frío en la nuca.

– Según la imagen ya estamos en los núcleos cardíacos y respiratorios.  Iniciemos comprobación. Hito, haz los honores.

Súbitamente, sintió una fuerte opresión en el pecho. Asfixia, náuseas, mareo y al final, un aberrante dolor de cabeza. Al instante siguiente, las molestias desaparecieron.

– Comprobación finalizada. Unión neurodigital establecida.

-Acabamos. Gracias, Hito. Pones la tapa y cierras. ¿Hora, Sra. Hilde?

– 2239, Dr. Wong.

– ¡Imposible!  Debo irme, debo alcanzar al director para la firma de los documentos de traslado. ¡Me dará un infarto si no lo encuentro!

Ser un número. Una herramienta.

Aún se acariciaba la larga línea de puntos a través de su cabeza rapada, percatándose poco a poco de que toda su vida de satisfacciones físicas y crueldad animal había finalizado de golpe. Ahora era propiedad de la Confederación.

– ¡Atención, ratas!

Después de ser vestido con el austero uniforme penitenciario, fue enviado a un lugar semejante a un almacén mecánico. De pie, junto a otros cincuenta reos, escuchaba a quien debía ser el alcaide. No mencionó su nombre. Quizás no importaba.

– La anestesia ha de estar acabándoseles, por lo que explicaré esto de la forma más clara posible. Ese pequeño trozo de silicio que tienen en el cerebro es un rastreador y su única garantía de seguir viviendo. Solo podrán deshacerse de él abriéndose la cabeza con un martillo, pero no creo que sobrevivan. Háganse los listos y traten de provocarle un cortocircuito o locura similar y conseguirán freírse ustedes mismos una buena porción de cerebro. Si el dispositivo se funde o se apagan, ustedes se funden o se apaga. Más fríos que la tumba de mi madre.

Varios presos murmuraron de asombro, varios más de incredulidad.

– Y eso, gusanos, es una pequeña parte. De ahora hasta el resto de su maldita condena, estarán enlazados a un único y personal capullo robótico que los vigilará y  mantendrá a raya. Pórtense mal, golpeen, abusen, insulten o traten de amenazar a un guardia, y el capullo cocinará sus sesos en barbacoa. Aléjense cinco metros del capullo, y después de tres intentos,  éste mandará una señal para que su cabeza reviente como un globo. Más fríos que la tumba de mi madre.

Un miedo real e inevitable nació de los presos. Pablo no podía continuar evitándolo.

– Espero que se hayan olvidado del mundo exterior, porque también se despedirán de sus funciones orgánicas. El alimento es intravenoso, proporcionado por los capullos, adiós miradas raras al cocinero por otro plato de estofado. Dormirán en el interior de su capullo y únicamente cuando éste se los indique, nada de visitas cariñosas a la celda del vecino. En caso de no obedecer alas indicaciones de su capullo, ¡estarán más fríos que la tumba de mi madre! ¡LARGO!

Fueron puestos en fila. Varios técnicos preparaban los capullos. Evitaban hablar con los reos, únicamente pasaban un lector digital por la cabeza, tecleaban en sus computadoras e introducían al condenado en las entrañas del robot. Cuando Pablo fue el siguiente, estaba ansioso por gritar.

– CAP38789. Asignado al interno 5833761A-CB

El capullo era inmenso, negro como un ataúd flotante, quien lo esperaba con el vientre abierto. Parecía tener brazos y manos, pero lucían delgados y frágiles.

– Ingrese. De espaldas.

Colocó nerviosamente un pie dentro. La máquina no tenía en su interior donde sentarse o apoyarse, solo soportes para sujetar el cuello, los codos y las piernas. Pablo tenía el plan de tomarse todo el tiempo posible, pero apenas la máquina lo sintió en su seno, se cerró herméticamente. Su cuerpo embonó sin traba entre los dispositivos electrónicos, y se relajó, gracias a las ondas de sueño que lo mantuvieron inconsciente por tres semanas seguidas.

(continuará…)

El Hechicero Metálico (parte XVIII)

(continúa…)

– ¡Carajo! ¡Con un maldito carajo! – Thunder corrió hacia la compuerta, seguido de Alex, quien hacía caso omiso del dolor en brazos y piernas – ¿Qué diablos…?

Ranchi gritaba, derrumbada en el suelo. Un terror incomprensible para ella la tenía presa. Ve fuego y cadáveres calcinados.

– El infierno… el infierno esta abierto…

– ¡Contrólate! – Alex la tomó y sacudió del hombro – ¡Mantente enfocada!

– ¡Derek esta liberando al infierno! – Ranchi estaba fuera de sí, tan desquiciada como en sus mejores días.

– ¡Mierda! – dijo Thunder – ¿No vas a hacer algo al jodido respecto?

La chica hiperventilaba. Veía las heridas y los moretones en los cuerpos de sus compañeros. Levantándose de un salto, y aún con los ojos desorbitados, se aferra al brazo musculoso de Thunder. Él aferra la pesada manija de la puerta. Así, los tres entran.

  1. Ahora

El sistema aún estaba acumulando energía para la activación. Faltaban escasos minutos para alcanzar el nivel mínimo necesario capaz de iniciar las fisiones estelares. Por esa razón, la esfera protectora externa, cristalina y perfecta, todavía permanece abierta. Está sostenida por cuatro arcos incompletos, firmemente anclados en la estructura de área circundante. El reactor, en conjunto, no debía pasar de los siete metros de altura.

<< El origen y final de la calamidad humana >> recordaba Derek al admirar la abandonada estructura << aguarda adentro. >>

Un vientre gestador de mundos, consciencia electrónica escritora de realidades a nivel de quantums, el plan digital de energía infinita y celestial, mostrábase ahora ante el niño genio, quien, a pesar de comprenderlo, no lo creía totalmente real.

– Hagamos algo de reconocimiento.

Se limpia de los labios el último sorbo de su cajita de jugo. Y agrega para sí.

– Alex lo haría.

En el polo superior, en el espacio entre los arcos de sujeción, emergían torrentes de cables conductores de energía fresca hacia los capacitores primarios, ocultos a la vista. De ese mismo punto, nacía hacia el interior un grueso cilindro de materiales tornasol. En su extremo contrario estaba sostenida una esfera de menor tamaño, cubierta de minúsculas perforaciones. En el interior, se llevaría a cabo la fisión astral y planetesimal. El poder mecánico de la Creación subatómica, aún dormía.

– Continúo grabación. – dice Derek al terminar su recorrido superficial. – El reactor permanece inactivo, y debo apresurarme a encenderlo manualmente. Los niveles de energía no se mantendrán estables mucho tiempo.

En el vestíbulo del reactor, se encontraban tres secciones de computadores y monitores, aún en estado de hibernación. Derek dedicó toda su atención a éstos, pues debía reiniciar todos los sistemas informáticos en sincronía, siendo este el primero y más sencillo de los problemas.

– Inicia preparación.

Comienza a manipular los controles, liberando el flujo de micromateria cósmica para su consolidación en el núcleo de la esfera menor, la cual desciende mediante un cable central, que, además de sostenerla, energiza su ambiente interno con plasma rico en átomos pesados. Al bajar la esfera, se descubre la boca inferior del cilindro tornasol, de donde se liberan unas largas varillas de tonalidades doradas.

– Estupendo. Continúo grabación. El escudo de vidrio blindado aún no se cierra, pero sin contar eso, faltan pocos minutos para el inicio de las fisiones. Solo se debe vigilar la secuencia de arranque. – observa unas advertencias en la pantalla frente a él. – Falla en los protocolos de autorregulación. Puede que eso demore el cierre del escudo.

De rodillas, abre varias consolas, usando su destornillador más entero. No necesitó explorar más allá de diez centímetros de profundidad en cables y circuitos para descubrir algo terrible.

– ¡Por todos los cielos! ¡Los planos no dicen nada de esto! ¡Nada! ¡Definitivamente imposible! ¿Qué clase de maniáticos suicidas enfermos harían algo como esto? ¿En que estarían pensando?

Derek libera las vísceras electrónicas de la consola, la cual aún esta en funcionamiento. Armado con una lámpara en la boca, un desarmador en la mano izquierda y una pinza maltrecha en la diestra, ataca a su nuevo enemigo, ese sabotaje colosal, que acabaría transformando al producto de sus esfuerzos y trabajos en una bomba magnífica. Una bomba capaz de destruir mundos, sistemas y estrellas.

– ¡Tiempo! ¡Necesito tiempo!

En base a los planos del reactor, almacenados en su memoria, trata de anular las alteraciones. Pero éstas son muchas, y él es solo un niño pequeño con una mente gigantesca.

– Continúo grabación. He descubierto modificaciones monstruosas a los sistemas de reactor astral, con el único fin de conducirlo a fallos catastróficos, ¡catastróficos! ¡Desde la destrucción total del Deathbird e implosión cósmica, hasta la reestructuración de un plano dimensional completo! ¿Por qué harían una locura semejante?

Nervioso, alza la cabeza. La esfera interna aún está sostenida por el cable central, pero las varillas robóticas han emergido por completo, deslizándose en el aire como serpientes de torsos rígidos, extendiéndose y recordando a los dedos de una mano que abrazan una bola de cristal. En su interior, conducidos por el cable que la sostiene, gases ricos en partículas energizan el germen del universo en miniatura.

– Una bomba. Lo han transformado en una bomba. – una máscara de incredulidad cubre su faz. – Ahora que ha arrancado, continuará las fisiones hasta el máximo de capacidad. Los controles están bloqueados para permanecerá a ese nivel de funcionamiento, volviéndose inestable el sistema en poco tiempo, rebasando fácilmente los márgenes de seguridad. Cuando eso ocurra, estallará.

La máquina comienza a revivir de su larga muerte. La luz cubre los antes negros rincones, mientras la energía eléctrica recorre los nervios y venas de cables, haciendo funcionar sus órganos sintéticos. El niño mete su cuerpo en la consola abierta. La realidad no concuerda con ninguno de los escenarios previstos. Ni siquiera con los más pesimistas. Aunque Derek trabaja a toda velocidad, acepta el hecho de no permitir que el reactor arranque por completo.

– ¡Diantre! ¡A tan poco! Continúo grabación. El proceso de fisión está al 57%, y a ese ritmo, no terminaré de enmendar los destrozos que lo convierten en una máquina suicida. Deberé detenerlo cuanto antes, y eso significa desbloquear el apagado de emergencia.

Abandona sus apresuradas reparaciones y corre hacia los arcos de sujeción del reactor. Atraviesa de un salto la esfera externa de protección, y busca un punto específico de la cara interna del arco más lejano. Sus deducciones, basadas en los planos, le indican que ahí está la falla principal. La esfera interna continúa llenándose de gas, y las varillas aguardas pacientes la siguiente indicación del cerebro informático del reactor.

– Voy a tener que descubrirlo por completo.

Usa su peso para arrancar la brillante cubierta. No es metal sólido de lo que están hechos los arcos, en realidad se tratan de extensiones electrónicas del reactor, circuitos complejos, pertenecientes a la gran máquina, cumpliendo funciones dentro de ella.

– Dementes.

Derek enfoca su atención en manos y circuitos. Ignora el siguiente paso del reactor, en donde las varillas se introducen cuidadosamente por los orificios del campo de fisión, preparándose para crear y destrozar estrellas.

– … esto parece un fideo, ¿se supone que es un puente para encubrir los niveles del sensor de fotorradiación? Que estúpidos. – el diminuto segmento de cable sale despedido por los aires – Redirigimos los flujos, una gota de soldadura funcionará. ¡Maldito cacharro de mierda! ¡Enciende! – agrega, en voz baja, al acabar su labor – Recordar lavarme la boca con jabón.

Un suave pitido en su oreja izquierda le indica que ha cumplido su objetivo. Derek dirige su mirada a las consolas, justo cuando la esfera exterior de protección se cierra por encima de su cabeza, atrapándolo al lado de su corazón de energía y poder.

– ¡NO! ¡nonononono!

El reactor está sellado ahora, minutos antes de su completa activación. El cable central se retira, y la cápsula de fisión es mantenida en el aire por las varillas robóticas, entrando y saliendo de su interior. Por un instante, Derek observa los extremos de las varillas, que, al moverse, imprimen energía cinética al cargado gas, condensando así astros minúsculos, los cuales serán automáticamente pulverizados y vueltos a reconstruir infinidad de veces, en el lapso del tiempo en que la mente humana es capaz de asimilarlo. La esfera central se mantiene en equilibrio por la acción de las varillas, que la hacen girar y moverse a velocidad asombrosa. Alrededor, dentro de la cápsula de protección, la temperatura asciende, sin miras a detenerse.

– ¡Tengo que salir de aquí! – aún cuando sabe que es inútil, pero impulsado por un terror incontenible, golpea con todas sus infantiles fuerzas la esfera de contención, sin soltar todavía sus herramientas. Libera un grito de auxilio, aún cuando de antemano sabe que también es inútil.

– ¡POR FAVOR! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE! ¡RANCHI!

Las varillas parecen un resplandor dorado, con brillos de diamante en donde se origina la reacción. El niño se agacha, protegiendo instintivamente su rostro del calor y la luz intensas.

– Estoy muerto, estoy muerto, estoy muerto… – siente apoyar las piernas en carbones ardiendo, pero, a pesar del dolor, no se atreve a mover, no se atreve siquiera a girar la cabeza – Una exhalación más, un latido más, y moriré.

Como un sorprendente rayo inesperado, otra voz sacude el ambiente, un relámpago de cabellera azabache irrumpe en la sala antes vacía.

– ¡¡DEREK!! ¡¡DEREK!!

– ¡Espera un segundo!

Sin hacer caso de Alex, Ranchi se teletransporta inmediatamente al lado de su hermano, rodeándolo con sus brazos y su escudo celeste.

– ¡Chica! ¡Regresa!

– Déjala Thunder. Ella tiene sus prioridades.

Los dos individuos son golpeados por la visión de la estructura de reactor, su complejidad inhumana, el prístino núcleo con agujas veloces condensando polvo cósmico microscópico en astros efímeros, los cuales se solidificaban, para contrahacerse y expandirse en milésimas de segundo, liberando su energía intrínseca. Imágenes reducidas y multiplicadas de la creación del Universo.

– Rompe todas las leyes de la astrofísica y mecánica cuántica – dice Alex

– ¿Es real? – dice Thunder.

– Es increíble.

La luz es enceguecedora, pero intermitente, con intensidad fluctuante, bañando el área de control. Una vibración convulsiona al marco con violencia, dando la pista de que algo andaba mal en los sistemas. Alex había caído hipnotizado por pequeños soles estando y creando minúsculos agujeros negros, cuando los gritos de Ranchi le hacen recuperar el control de sí.

– ¡APAGUEN ESTA MALDITA COSA!

La joven tiene al niño hecho un ovillo, cubriéndose con pavor el rostro, temblando incontrolablemente. En su mano continúan sus desarmadores, llevados hasta el máximo.

– Lo intentaste reparar tú solo, ¡tú solo! – dice ella con reproche, sacudiéndolo para hacerlo reaccionar, hacerle sentir que en realidad estaba a su lado – Tu solo…

Afuera, Alex trataba de mantenerse frío y racional. Asunto difícil dado lo caótico de la escena.

– Es muchísimo peor de lo que pude haber previsto. Causará nuclearización incontrolada, acumulando suficiente energía para una explosión masiva. Con lo que reste, creará un nuevo agujero negro en este sector de la galaxia.

Thunder deja de observar una constelación minúscula flotando antes de evaporarse.

– Repite lo último.

– Agujero negro.

– Antes de eso.

– ¿Nuclearización incontrolada?

Thunder salta como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Vacía en el suelo el contenido de su maleta, desperdigando su variopinto contenido. Agazapado, comenzó a buscar algo entre cartuchos de escopeta, cables, pinzar, cinta de aislar y latas de cerveza.

– ¡Lo único que leí del jodido manual cuando me lo entregaron!

– Explícate.

– Nuclearización. Instrucciones o algo así. Solo recuerdo eso, “nuclearización”.

– ¡Dijiste que ese manual era inservible! – le espetó Alex

– ¡Y lo era! ¡En ese entonces! – Responde a voces mientras se levanta y aparta objetos a patadas. – ¡Ahí!

Recoge un libro pesado, de cubierta y hojas plásticas, apoyándose sobre un tablero roto. Pasa las páginas violentamente, tratando de encontrar aquellas a la cual le dedicó cinco minutos de su atención.

– Ridículamente obsoleto – dice Alex al acercarse y verlo a un lado de Thunder.

– Es práctico. No necesitas pantalla, computadora, energía o lector de datos. Solo una mano para abrirlo y ojos para leerlo.

– Además de un cerebro para entender lo que dice. ¿Esa es la página? ¿Apagado total de emergencia?

– Haz los honores, supersoldado.

Alex revisa rápidamente los primeros párrafos.

– Necesitamos un par de llaves.

Mientras Thunder busca, Alex localiza los controles principales. Teclea los códigos de emergencia mientras su compañero rompe la famosa cadena, y los centenares de llaves caen tintineando al suelo.

– ¡Carajo!

– Busca una placa de cristal y filamentos metálicos, es la llave de seguridad. Hay que quebrarla a la mitad para usarla.

Thunder está gateando de aquí a allá, en busca de la llave perdida, revolviendo con la mano y examinando las que toma a contraluz.

– Estoy en eso – responde con el rostro al piso. – ¿Tu como vas?

– Ingresando las primeras contraseñas.

La consola central indicaba falla inminente. El calor de la fisión traspasa el escudo, y la vibración de la sala es más intensa. Thunder se topa con un rectángulo opaco que cabe en la palma de su mano. Aún de rodillas, lo coloca en sus pulgares y aplica fuerza en el medio.

– ¡Mierda! ¿No tenían que ser iguales?

La luz amarilla de miles de pequeños soles brillaba con pasión, tratando de liberarse de su pequeña cápsula, luchando con ella, tambaleándola y sacudiéndola, haciéndola gemir mediante chirridos y el inquietante sonido del metal resquebrajándose. Alex y Thunder insertaron las llaves simultáneamente en las consolas correspondientes, girándolas según las instrucciones. Las computadoras encienden. Varias pantallas muestran una familia diferente de datos, mientras teclados holográficos flotan frente a ellos.

– Hemos activado el sistema de emergencia – explica Alex – Es un sistema oculto y fuertemente protegido para evitar que cualquiera desconecte los flujos de energía del reactor estelar. Se mantiene escondido y emerge para tomar el mando de los programas principales. De momento, solo lo hemos abierto.

– Tiene sentido – reflexiona Thunder en voz alta – Solo parece en extrema urgencia.

– A mi marca, damos los giros a las llaves, como lo vaya indicando. Prepárate.

– ¿Y eso será todo?

– Permíteme señalarte que estamos apagando un sistema alienígeno de alta tecnología, no una de tus oxidadas naves de tercera mano. Y antes de que preguntes, después de esto, debemos ingresar un código, dar terminación a los sistemas de protección, otra secuencia y código, antes de acceder por fin al sistema principal.

– ¡Con un maldito demonio!

El reactor trabaja a casi el máximo de su potencia. El pequeño universo que ha creado pelea ansiosamente por nacer. Una bola de fuego lanza flechas de luz ardiente que rebotan en la coraza transparente que la envuelve, y en la burbuja azul de Ranchi.

<< Hermanito. >>

Ranchi siente al pequeño Derek temblar de miedo entre sus brazos. Ella se concentra en mantener su escudo lo mas sólido posible.

<< No se cuanto pueda resistir más >>

Derek no cierra los ojos. Observa lo que ha echado a andar. El abominable terror que ha alimentado con su genio e inocencia. Las varillas se mueven a velocidades terribles, llenado la esfera de realidades alternas fallidas. Y el resto del mundo alrededor suyo, listo para destrozarse en pedazos.

– Supersoldado, el nivel entero esta temblando.

– Ya lo he notado.

Un panel de control holográfico en su totalidad  lleva ahora las riendas de la fisión astral. Sus indicadores señalan sobrecalentamiento crítico, además de carga excesiva en los circuitos de transmisión. Por si fuera poco, hay un pequeño detalle con los nuevos controles.

– ¡No entiendo un jodido carajo! Está en otro maldito idioma – maldice Thunder

– Maiar.

Alex manipula los controles con seguridad, acariciando esos fantasmas en el aire, moviendo imágenes de izquierda a derecha, pulsando interruptores inexistentes.

– ¿Sabes leer maiar?

Ignorándolo, Alex aparta un poco a Thunder, para trabajar en otra sección.

– Desactivando reactores periféricos. Liberando cargas masivas de hipercongelante – dice al manipular los hologramas – Encendiendo ventiladores mecánicos, liberando accesos de emergencia – Alex notó la mirada interrogadora de su camarada – Thunder, si no tienes otra cosa mejor que hacer, aparte de preguntarme acerca de mi pasado, te recomiendo que cierres la boca.

– No contestaste a mi pregunta.

Alex continúa concentrado en su labor.

– Cierto, no lo hice.

Thunder resopla y vuelve a dirigir su mirada al reactor.

– Parece que no esta funcionando. Luce como un sol encerrado en un balón de blitz ball.

Una masa de fuego y calor entabla batalla con su cáscara de cristal. Lucha con violencia, golpeando con sus innumerables brazos aquella cárcel, tratando de resquebrajarla. Solo quería lograr aquello para lo cual fue invocada, es decir, crecer y alimentarse hasta acabar con todo en una gran y hermosa explosión. A su alrededor, los arcos se calentaban y chirriaban.

– Aún faltan  un par de pasos. Estoy tratando de eliminar los excedentes de energía, pero aún resta apagar por completo la fisión astral. Encendiendo sistemas de enfriamiento masivo, ahora.

Se escucha el aliento de gigantescos aspersores de aire, y el zumbido de los motores eléctricos que bombearán hipercongelante e iluminarían las rutas de evacuación, utilizando el excedente de producción del reactor astral. Aún así el sol encerrado en el balón de blitz ball no dejaba de arder.

– Thunder, ven aquí.  Hay que ingresar una clave en sincronía.

– No se tú, pero estoy empezando a preocuparme por los chiquillos. Y por nosotros. Y por mi nave.

– Deja de pensar y actúa. El tiempo esta agotándose.

– Si tú dices eso, entonces las cosas van realmente mal.

Ranchi continúa protegiendo a Derek con su cuerpo y escudo, en unos minutos tan largos como siglos. Se aferraba a su hermano, conocedora de que, por encima de su burbuja, el calor evaporaría al metal mas resistente. La estructura estaba deformándose, el techo sobre sus cabezas parecía gotear e incinerarse. Y la luz ardiente arrasaba su mente, nublando su fortaleza y esperanza.  Aun así, resistía.

<< Y… ¿si pudiera teletransportarlo conmigo? >>

La cámara colapsaría de un momento a otro. La coraza de cristal externa estaba comenzando a fragmentarse, ahí donde los rayos de energía y calor atacaban con mas fuerza. La creación de estrellas estaba fuera de control, y cada daba un estallido desbordante de poder. Las paredes más sólidas parecían papel al viento. En medio de la inminente catástrofe, Alex y Thunder realizan los últimos ajustes al sistema, logrando abrir un compartimiento oculto en el interior de la consola, que posee un interruptor encapsulado, aquel que finalizaría de golpe con todos los problemas. Según el manual de Thunder.

– A mi marca, rompemos y accionamos. Atención. Tres, dos, uno. Marca.

Thunder da un puñetazo a la caja transparente, mientras Alex hace algo similar con su codo. Las llaves, que son en realidad segmentos de circuitos, descienden automáticamente. El sistema electrónico del apagado emergente es ensamblado y cumple sin demora su misión.

– ¡Carajo! – exclama Thunder al ver como la consola se activa y muestra los mensajes de “apagado urgente” – ¡Algo en esta maldita nave que por fin funciona y no trata de matarnos!

Guillotinas ocultas seccionan los cables conductores y de alimentación derivados del sector astral, haciendo gemir a la máquina, desde lo profundo de su armazón, aunando al sonido del caer de las navajas. El núcleo de la nave retumba, haciéndoles perder el equilibro a la pareja de hombres. Las varillas robóticas pierden vida y permanecen estáticas. Los soles condensados en la esfera de fisión aguardan allí por unos segundos, hasta que la quietud de las varillas los privó de la energía para seguir existiendo.

– Vendrá un fuerte descenso de la temperatura. El congelante molecular llegará en cualquier momento.

– Se está retrasando.

– En cualquier segundo…

El torrente de gel hipercongelante fluye murmurando por las paredes del sistema, absorbiendo todo el calor del ambiente, congelando las tuberías laberínticas. El cable conductor cae y sostiene la esfera de fisión, bañándolos con una ligera llovizna de congelante molecular, y después aspira el remanente del gas rico en partículas. Los planetas y soles colapsaron, cayendo sus restos en el polvo cósmico microscópico del cual brotaron. Los aspersores ventilan y enfrían el aire, gastando en energía mecánica toda la electricidad remanente de la familia moribunda de reactores.

– Corrimos con suerte.

Los datos en idioma maiar solo tienen sentido para Alex. Thunder, por su parte, se acerca a la ardiente y resquebrajada esfera de protección. Acerca su mano, y la retira con un grito apagado.

– Deja eso supersoldado. Tenemos una situación más urgente.  – Voltea y comprueba que Alex ya le presta atención. – ¿Cómo vamos a sacarlos de ahí?

Ranchi percibe un frío arrasador. Movió las piernas, aún con su hermano en brazos. Abre los ojos con miedo. La coraza protectora resistió la energía de miles de agujeros negros explotando. ¿Cómo podrían dos hombres exhaustos abrirla?

<< No puedo esperar. Se que encontrarán una manera. Lo conseguirán. Pero no quiero esperar. >>

– Hermanito, escúchame.

El niño mueve la cabeza.

– Cierra bien los ojos. Cierra bien los ojos, y sin importar lo que oigas o sientas, no los abras.

<< Ellos dijeron que podía llevar a uno conmigo. >>

– Derek, va a ser muy rápido, te lo prometo.

El portal oscuro al mundo negativo aguarda frente a ellos. Ranchi se levanta y da un paso adelante. La pierna izquierda los introduce en el vacío, mientras la derecha los saca de él. Está ahora justo en el centro del área de control, con Thunder y Alex mirándolos atónitos.

– Es la primera vez que lo hago.

Derek temblaba, con el rostro escondido entre el regazo de su hermana, cubriéndose con la mano herida. La pierna tenía una gran quemadura sangrante. Ranchi, al borde del colapso, se dejó caer sobre sus rodillas.

– Es la primera vez que lo hago.

– ¿Estás bien? – preguntó Alex.

– No – respondió ella – Voy a desmayarme por una semana. Pero antes de eso, me lo llevo.

Thunder hizo el demás de abrir la boca, aunque de inmediato se abstuvo, al ver la misteriosa expresión de Ranchi.

– Todo lo que quieran decirle a Derek, puede esperar.

Ranchi toma aliento sonoramente.

– Regresaré por ustedes.

Al apagarse las luces principales, los hermanos desaparecen. Los reactores de antimateria colapsan finalmente. Los hombres se sentaron en el piso, uno frente al otro, con la oscuridad rodeándolos.

– Es la primera vez que me siento así de agotado en mucho tiempo – comenta Alex al encender una pequeña bengala verde sacada de su chaleco. – Por fortuna, todo ha terminado.

Thunder responde desde su lugar.

– Esto amerita una cerveza. – tanteando alrededor suyo, encuentra una lata y no tarda en abrirla – Yo estoy contento de no haber volado en pedazos. – da un generoso y escandaloso trago. – ¿Tardará mucho Ranchi?

– Probablemente.

Alex cierra los ojos para descansar. Escucha a Thunder atragantarse y escupir con decisión.

– ¡Puaj! ¡Carajo! ¡Era de aceite!

Todavía con los ojos cerrados, Alex le lanza a su compañero una nueva bengala. Escucha su crujido al encenderse, y el ronroneo más constante de los ventiladores, y como varios objetos rodaban cerca de él.

– Las malditas luces de emergencia no sirven. El lugar está más negro que el estómago del demonio. ¿Quieres agua?

El aludido alza la mano, indicando que aceptaba el ofrecimiento, y la botella aterriza en su palma abierta. Toma un sorbo profundo y escucha como Thunder hace lo mismo con su cerveza. Después de eso, se dieron el lujo de quedarse en silencio y totalmente quietos.

(continuará…)