Grilleta (parte VI)

(continúa…)

Thunder estaba ya casi listo para partir, sentado en su silla de piloto con los cinturones, accionando interruptores y moviendo controles. Justo antes de colocar los motores al máximo de su potencia, un portal al mundo negativo se abre por sobre su cabeza y de él caen dos paquetes de su cerveza habitual.
– Esto era – dijo él, mientras los ponía a resguardo bajo su asiento – Ahora si ya no falta nada.

Las turbinas temblaron. El par de naves se eleva rápidamente del piso, y, en sincronía, salieron del interior del Deathbird, tomando sin demora, dirección a Grilleta.

Tercer cartucho. Sobre las espinas de roca.
La atmósfera era pobre en oxígeno, rica en gases a base de carbono y azufre. No existía agua en la corteza terrestre, ni en los estratos inferiores, por lo que la vida nativa no existía. Su superficie era única, pues no había terreno plano en todo el planeta. Montañas, picos, crestas, cordilleras, precipicios, corrían, chocaban y se separaban sin descanso, y entre las construcciones geológicas, alzándose entre ellas, habían afiladas lanzas pétreas, arañando las alturas o disparándose de los abismos, congregadas en espacios estrechos u ocupando interminables kilómetros, donde el sol de ese mundo se sacrificaba al atardecer en un lecho de clavos. Grilleta semejaba así la punzante piel de un erizo, un grisáceo cacto, repleto de espinas de roca.

Por ser el planeta más alejado de un sistema de cuatro elementos, sus temperaturas globales no tenían picos demasiado abruptos. Esto, y la presencia de gravedad aceptable, fueron los únicos puntos a favor que le permitieron ser seudocolonizable. Sin embargo, permanecía siendo un terreno agreste, hostil y solitario, castigo idóneo para criminales empedernidos, apartados de toda comprensión o piedad de los sistemas vecinos. Ahora bien, ¿Cómo era vivir en Grilleta? Eso depende. Si eras preso, es pésima. O muy buena, si eras guardia.

Si eras preso, eras golpeado, torturado y humillado sin motivo. Si eres guardia, puedes golpear, torturar o humillar a quien se te antoje. Confinado en celdas minúsculas, los reos vivían apiñados, comiendo alimentos descompuestos y agua sucia, con solo unos minutos de ejercicio y luz solar al día, encadenados en grupo. Los guardias contaban con ciertos privilegios, como camas individuales, víveres frescos, licor y mucho dinero por sobornos, ganado por poco trabajo y muchas amenazas. Dos tipos de vida que pronto acabarían, dado los futuros acontecimientos.

El Sistema Bactriana, aquel de donde provenían gran parte de los reos recluidos en Grilleta, trababa serias negociaciones para firmar el Tratado Tallgeese. Sus tres sistemas aliados, Antinea, Sumeria y Asöka, apoyaban firmemente a Bactriana, uniéndose a las negociaciones. Apenas se pusiesen bajo la tutela del Tratado, el programa Justicia entraría en vigor, volviendo a Grilleta obsoleta. En previsión de eso, la Cárcel Productiva Estigyus ya viajaba con rumbo a Grilleta, esperando tan solo la firma del Tratado para iniciar la asimilación de todos los presos. La CIJ (Comisión Impatidora de Justicia) investigaría concienzudamente al personal carcelario, y hallaría que los guardias eran tan o más criminales que los reos. Compartirían entonces sentencia y castigo, en ese entonces, ambas caras de la moneda, serían iguales y sufrirían las mismas terroríficas condiciones.

El complejo penitenciario del planeta Grilleta consistía en una serie de naves ancladas en los picos rocosos, manteniéndose suspendidas sobre la inhabitable superficie, enlazados entre sí mediante conductos, uno, sujeto en su parte inferior, que les suministraba combustible y medios de supervivencia para reos y guardias. Otro, más amplio, servía como transporte de personal entre las naves, con cerraduras tanto de entrada como de salida, existiendo uno en extremos opuestos de la nave. El tránsito entre la nave barracas y los módulos carcelarios era realizado a través de un tercer conducto, idéntico al anterior. El área de recepción de personal poseía así una sola entrada, siento que el conducto se bifurcaba un poco más adelante, con una rama al módulo carcelario vecino, y otra, más larga, a la nave barracas, en el centro de la circunferencia de naves, y por lo tanto, del complejo.

Las naves periféricas, cuatro en este caso, podían ser piloteadas independientemente, si los enlaces se soltasen, moviéndose así libremente a través del planeta, tanto tiempo como durasen los suministros vitales. Estos suministros surgían únicamente de la nave más grande del complejo, la nave barracas, anclado firmemente a tierra y a las plantas productoras. La nave barracas era el centro de vigilancia y alojamiento de guardias, personal científico y administrativo. Ahí se regulaba el agua, oxígeno y combustible a cada cárcel, además de la producción de las fábricas químicas, única fuente de manutención en todo el planeta. Las fábricas yacían enclavadas en uno de los picos más altos de Grilleta, en la porción más gruesa, protegidas de temperaturas extremas y vientos violentos. Una red de tuberías, cuyas tomas eran gran parte del ancla de la nave barracas, llevaba los suministros a las cisternas de la nave, la cual decidiría a donde y cuando los bombearía de nuevo.

Complejo Carcelario Grilleta. Nave barracas y centro de control y vigilancia. Al ocaso.

El alcaide permanecía sentado a la mesa, sin tocar su cena. La miraba fijamente, sosteniendo la mandíbula con el dorso de los dedos. La sopa se enfriaba y la carne se endurecía, pero él continuaba absorto en sus pensamientos. Estaba arruinado. Junto con todos los demás.

– Malditos samas.

En un arranque, empezó a comer rápidamente. Al masticar, venía a su memoria el cómo trató de acercarse a los representantes confederados de la CIJ, llegados a Bactriana para iniciar el traspaso de poderes. Hizo alarde de ser el alcaide de Grilleta mejor posicionado a la fecha, pero fue inútil. El sistema penitenciario como tal sería desmantelado, Grilleta desaparecería, y él sería reasignado en la CIJ, solo si tenía un currículum aceptable, un historial limpio y demasiada suerte. Tenía vívido el perfecto rostro azul de Balder, un investigador sama de la CIJ, y todavía sentía un aguijonazo de rabia al recordar la respuesta obtenida al preguntarle si existía alguna remota posibilidad de mantener su puesto y beneficios:

“Existir significa cambiar. Vea esta circunstancia como una readaptación de su carrera – sonrió con su alegría juvenil y esos ojos ambarinos – Un renacimiento.”

Aún no era totalmente oficial, cierto. Bactriana podría negarse a firmar el tratado Tallgeese y dar marcha atrás. Pero esperar eso sería estúpido. La ceremonia para la firma ocurriría en días. Hubo reacciones negativas, como siempre las hay, pero fueron aplastadas por la inmensa mayoría que por todos los medios posibles hacían llegar petición de anexión de los cuatro sistemas a la Confederación. Los policías y detectives de la CIJ estaban ya investigando nexos y redes criminales, y no tardarían en descubrir las raíces de corrupción que mantenían a Grilleta saludable y vigorosa. Comprobó, con enojo, en su última visita a Antinea, que los samas son incorruptibles. Sencillamente, porque no eran humanos. Entonces, ¿Cómo encubrir los desfalcos, los fraudes, las estafas? ¿Habría manera?

– Siempre hay una manera. – dijo el alcaide a su vaso de nihonshu vacío. – Siempre la hay.

Era la hora de la inspección. Bajo la máscara de la rutina, el alcaide Hiku Hiroyuki ocultaba sus tribulaciones internas. En el cuarto principal, como todos los días, se dirigió a uno de los operadores del control maestro.
– Escucho su reporte
– La producción de las plantas se encuentra a niveles intermedios, señor. Nuestras cisternas recolectoras están a un 60% de su capacidad.
– ¿Los módulos carcelarios?
– Bajo control. Sin reportes de altercados o incidentes a quince minutos de terminar con el cambio de guardias.

El alcaide Hiroyuki revisó las cámaras de seguridad, caminando lentamente por la colección de monitores. Las celdas lucían cerradas y a oscuras. Podía verse el escaso movimiento en su interior, de los hombres intentando dormir.
– ¿Alguna señal proveniente de los sensores externos?
– Una pequeña lluvia de meteoritos, en el polo opuesto.

Dando una cabezada de conformidad, el alcaide Hiroyuki se retiró nuevamente a su oficina. De su mente aún no se esfumaban los samas y la Confederación. Contrariamente, se agregó una idea nueva.
<< El plan es absurdo. No confío en él. Pero actualmente no confío en nada ni nadie, así que da lo mismo. El cuento ese de la confesión…>>
Tomó asiento detrás de su escritorio. Clavó sus ojos en la pantalla de su computadora.
<< Probablemente no sirva de nada. Probablemente nos condenen. >>
Abrió los cajones automáticamente, sin buscar nada en especial. Dio con una botella de awamori y se sirvió un vaso.
<< Solo yo y ese patán debemos saberlo, sin testigos o soplones. Por mí, no hay problema, y él es una rata egoísta, que solo desea salvar su propio pellejo, así que no incluirá a nadie más. Pero permanezco receloso. ¿Quién sería lo bastante estúpido para aceptar? Aunque… >>
Bebió un trago. Miró de nuevo su pantalla. Los perímetros estaban asegurados. Los guardias en sus posiciones, los sensores de actividad cercanos permanecían silenciosos. Grilleta era impenetrable, segura en sus fortificaciones, soportando el caer de la noche sobre los cielos. El alcaide Hiroyuki dio un suspiro.
<< … siempre hay una manera. Siempre la hay. >>

Una hora posterior a la llegada de la negritud nocturna…

Dos naves se acercaban a Grilleta. Disminuyeron su velocidad.

<< Libera al SIBS >>

En órbita alta, una de ellas abre su compuerta de carga y trata de expulsar algo al espacio. Segundos después, a pesar de que nada ha salido, vuelve a cerrarse.

<< Cuidadosamente >>

<< ¡Lo estoy haciendo con toda la maldita delicadeza que tengo, carajo! >>

Thunder se balancea con los brazos en un segmento de tubería de gas, mientras da de coces con ambas piernas al carrito donde el SIBS está empotrado. Las pequeñas llantas se han atascado en los rieles y no avanzan hacia la salida.

<< ¿Lo estás golpeando para hacerlo funcionar? >>

<< Claro que no >>

Tomando impulso en el aire, da una magnífica patada que hace saltar al carrito, sacudir al SIBS y moverlo hacia adelante, evitando el bache en los rieles, al tiempo en que milagrosamente libera las ruedas.

<< ¿Lo estás pateando? >>

<< ¿Por qué preguntas algo que ya sabes? >>

Solo se necesitó un empujón más para ponerlo en camino, y Thunder corrió a cerrar la compuerta de seguridad, y abrir la exterior, cerciorándose por la escotilla de que el satélite desechara sus cubiertas plásticas, abriéndose así como una estrella de mar con membranas entre sus extremidades.

<< Ya está >>

<< Derek, inicia operaciones >>

<< A la orden, capitán >>

Desde el Deathbird, convenientemente estático fuera del alcance radial, activó los programas. Mediante control remoto, alineó emisores y receptores. Hizo un rápido diagnóstico de los generadores de frecuencia.

<< Sistema en línea. Mandando las señales de bloqueo. El radar orbitario estará inutilizado a partir de… ahora >>

<< Entendido >>

<< ¿Y yo que hago? >>

<< Salir de la línea, Ranchi >>

<< ¡Y ponerte a lustrar mis botas! >>

Un par de luceros rompieron la formación de constelaciones astrales. Alcanzaron la grieta más voraz de la tierra  y se detuvieron allí, fuera de vista. Solo una, la más grande, ascendió tímidamente, aventurándose sobre el valle de agujas. Con los motores en marcha mínima, su ocupante se alista para la acción.

<< A tu señal >>

<< Iniciaré el modo fantasma >>

Thunder utilizaba unos guantes de material aislante y provistos de sensores que le llegaban hasta el codo. Traía puesto un pesado casco con filtros atmosféricos y sistema de comunicación con recolección de datos, conectado por medio de mangueras a los tanques de aire que lleva a sus espaldas. Primero ajustó su chaleco blindado, antes de abrir la escotilla superior y exponer su espalda a la atmósfera de este mundo.

– ¡Con un carajo! Si que hace un endemoniado frío

Justo por encima de su cabeza, una aeronave negra lo esperaba. Dos cadenas son lanzadas alrededor de ella, a manera de riendas. Al cerrarse la escotilla del #1, Thunder colgaba del Apokalipsis, sujetándose con brazos y piernas.

<< Elévate. Tomaré mi lugar >>

<< Enterado. En rumbo al complejo carcelario >>

Acrobáticamente, Thunder se colocó sobre la sofisticada nave de Alex, boca abajo, como si montase un animal enorme. Usando las cadenas, logró mantenerse firme, aún cuando implacables ráfagas heladas lo azotaban con energía para derribarlo. Una de las características de Thunder es sobrevivir en situaciones en las que nadie esperaría hacerlo.

(continuará…)

Anuncios

Grilleta (parte III)

(continúa…)

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

 

Segundo cartucho. Preparando las maletas

– ¡Estoy precisamente en eso! – gritaba Ranchi a través del intercomunicador en su muñeca – ¡Solo quince minutos más!

– Te encuentro ahí, entonces. Quince minutos – sonó la voz de Alex por los altavoces.

Ranchi dio un grito histérico y se lazó por uno de sus portales hacia la sala de telcominicaciones que tenía que limpiar. Cayó de bruces en una montaña de basura, y, de inmediato, comenzó a trabajar como la desquiciada que era.

– ¡RAYOS! ¡RAYOS! ¿Cómo carajo, se me pudo haber olvidado? – vociferaba al llenar una gran bolsa de plástica de desperdicios. – ¡SI FUE LO PRIMERO QUE ME ORDENÓ! ¡RAYOS!

Las múltiples labores de la joven incluían como prioridad hacer habitables varias áreas del Deathbird. “Encargada” de mantenimiento esa una manera eufemística de decir “ama de llaves”.

– ¿Qué diablos hacían esos dos hombres aquí? ¿Probaban bombas? – gritó al entrar y salir de sus portales para llevar a los recicladores los paquetes de basura – ¡NO HAY UN MALDITO LUGAR DE LA NAVE QUE NO ESTE HECHO UN ASQUEROSO DESASTRE!

Las sillas para los operarios estaban destartaladas, el suelo, tapizado de latas de cerveza, herramientas rotas, envoltorio vacíos y cajas rellenas de alambres quemados.

– ¡Aargg! – A Ranchi casi le da un ataque al ver las manchas de óxido y costras de aceite para armas decorando el área – ¡También tengo que quitar eso!

Al desaparecer la chatarra, los treinta metros cuadrados de la sala de comunicaciones tomaban sentido. Ya eran visibles las computadoras, las consolas, los ruteadores de señales, pantallas, bocinas y controles de antenas exteriores. Inició el vaciado de los anaqueles, gavetas y cajones, y recién había sacado unas cajas de embalaje aplastadas e iniciado su batalla contra la suciedad del piso, cuando Alex entró sigilosamente y la halló en cuclillas, vaciando una botella de líquido limpiador altamente abrasivo.

– Los últimos detalles, supongo – dijo él

– Er… si – a Ranchi se le trabó la lengua – si no te molesta, voy a seguir con… – señaló el cepillo metálico que tenía en la mano – con esto.

– Adelante.

Alex dio una rápida inspección visual

– Lo hiciste demasiado rápido – comentó – o te tardaste más de la cuenta.

Ranchi se sonrojó y fingió sordera. Alex encendió la maquinaria, activando receptores de señales, haciendo que una barahúnda atroz resonara por doquier. Trató de arreglarlo, abriendo el compartimento inferior de los controles y una montaña de cartuchos vacíos de escopeta rodó sobre sus pies.

– Ranchi…

– ¡Lo siento! – dijo ella muy apenada y rogando interiormente por su vida, al correr a recoger a puños los cartuchos y meterlos en un saco de basura – ¡Es lo único que se me pasó!

Ignorando el detalle, Alex continúo trabajando en calibrar las señales. Ranchi estaba ya de nuevo tallando el piso cuando una alarma de llamada entrante interrumpió sus pensamientos. Alex estiró el cuello para ver la gran pantalla frente a ellos que parpadeaba en rojo y amarillo. Únicamente alcanzó a decir.

– Creí que Thunder arruinó ese retransmisor. La llamada también esta entrando a las computadoras del puente.

La alarma no cesaba y Ranchi volvió a interrogar a su capitán con la mirada. Él no le prestó atención, su forma de decir “contesta tú”.

– Sencillamente genial – tiró el cepillo por encima de su cabeza, y acercándose a la consola matriz. Pero después de varios intentos, nada.

– Pide una contraseña – dijo en tono de auxilio.

Alex dejó su asiento para responder. Ingresó una larga serie de números y letras en un teclado cercano. Las grandes pantallas al frente decía ahora “contraseña inválida”

– Es para Thunder – dijo Alex – Tráelo, por favor.

Usando un portal, Ranchi fue en busca de su segundo patrón, y, de la misma manera, regresó con él. El fortachón apareció agarrado de un mechón largo azabache y teniendo los ojos bien cerrados.

– Entiendo lo del contacto físico – comentó apenas sentir el suelo  firme – pero ¿no ver nada?

– Si llegas a tener abiertos los ojos – respondió ella – los espíritus te arrancarán el alma. Ahora, ¿podrías contestar esa maldita llamada?

La alerta era insistente, pues todavía estaba en espera hasta estos momentos. Thunder introdujo su contraseña, descubriendo el remitente en las pantallas.

– ¿Nicholas Reacher? ¿No estaba muerto ese bastardo?

Pulsó el botón de aceptar, y mientras la voz recién llegada salía por las bocinas, la pantalla mostraba un visualizador de audio, dando imágenes a los sonidos.

– ¿Thunder? – la voz tenía un timbre masculino y distorsionado por interferencias

– ¡Nicky! ¡Creí que estabas muerto!

– Si eso fuese cierto, sería gracias a ti, malnacido

– ¿En serio que no estas muerto?

– ¡Desearía estar muerto que preso en este asqueroso retrete donde tu y el infeliz de tu compañero me lanzaron de cabeza!

– ¡Cierto! – exclamó Thunder tronando los dedos – Que te entregamos a Grilleta.

– ¡HASTA QUE LO RECUERDAS! ¡Se suponía que tenían que sacarme, idiotas! ¡Ése fue el trato!

– Si, pero se nos descompuso una nave, el combustible se agotó, estábamos aburridos, yo tenía hambre, las municiones eran pocas y la policía nos dio más dinero por dejarte adentro. Sin embargo, te doy la razón. Nos pasamos. En compensación, ¿quieres que acabemos con tu vida de miserias? Podemos matarte por un precio módico.

– ¡Escucha bien, tenemos un enorme problema y vamos a darte una buena paga para que lo resuelvas. El sistema decidió enviarnos a una cárcel productiva, por lo que…

Una carcajada explosiva de Thunder interrumpió la llamada.

– ¡Están rajadamente jodidos!

-¡SI! ¡LO ESTAMOS! – Gritó Nicholas desde el otro lado de la señal – ¡ESTAMOS JODIDOS! Queremos que nos saquen de esta perrera antes de que la cárcel productiva Estigyus venga a recogernos. Su llegada esta programada en dos meses.

– Eres un loco endemoniado si piensas que los guardias de Grilleta no se darán cuenta de que han perdido unos cientos de presos.

– Setenta y tres. Hemos hecho motines. Cuando nos enteramos de la Estigyus, los suicidios se volvieron una buena opción. Intentamos tomar la cárcel, pero el sistema va a matarnos sin dudar apenas surja otra sublevación.

Ranchi fregaba el piso, porque de otra manera, la hubiesen corrido de la sala. Fingía estar concentrada en una gran mancha de sarro, aun cuando en realidad estaba vigilando la reacción de Alex. Éste, quien al inicio de la conversación se mantenía al margen, volteó hacia Thunder para decir sin preámbulos.

– Se puede.

Thunder apoyó ambos brazos en la consola.

– Reacher, mándanos toda la información posible acerca de Grilleta y el complejo penitenciario. Espero que la tengas.

– Ahí va.

Incontables archivos fueron transmitidos a través de la llamada de Nicholas Reacher, recibidos por Alex mediante las computadoras de la consola de comunicaciones, quien comenzó a analizarlos, dejando a Thunder la cuestión de los honorarios.

– Digamos que aceptamos, ¿Cuántos nos darán por poner sus traseros en libertad?

– Diez millones de créditos.

– ¡Vete al carajo! Son unos malditos avaros.

– Maldito seas, Thunder. ¡Estamos encerrados! ¿De donde piensas que vamos a sacar plata?

– Podrán haber encadenado a Hämmersmark, pero no a su tráfico de tóxicos. Hasta donde se, el negocio va bien, y si los contadores de tu compañero de habitación aún le son fieles, Häns ha de poder bañarse en dinero. Ponlo a él en línea, quizás quiera mejorar la oferta.

Un silencio. La voz de Reacher volvió.

– Cincuenta millones. Máximo.

– Por sacarlo únicamente a él, quizás. ¿Los demás no van a poner nada? Andaba por ahí el amo supremo del tráfico de armas, un tal Meissner, y un perdedor que se hacía llamar el “dios de los defraudadores electrónicos”. Esos dos valían su peso en tibanita. Además de una red llena de peces gordos.

– Las cosas han cambiado – dijo Reacher con amargura.

– Supongo. Bueno, te dejo. Debes prepararte para tener el inferno en el cerebro. Dicen que lo único indoloro del asunto es cuando te lo ponen. Me dio gusto saber que estabas vivo. Estabas.

Otro silencio. Más corto.

– Cien millones.

– Razonable. ¿Qué opinas, supersoldado?

– Razonable – respondió Alex, sin quitar los ojos de sus pantallas.

– Reacher – continúo Thunder – tengo el honor de informarte que tu y tus amigotes pueden considerase libres. Los veremos cuando los encontremos. Manténgase vivos hasta entonces.

La llamada terminó. Thunder estiró la espalda hasta tronarse varios huesos, miró a Ranchi chapoteando en un charco de detergente y a Alex aún de lleno en sus asuntos digitales.

– Chica – dijo al fin, después de un suspiro, haciendo que Ranchi volteara a verlo, aún en el suelo – Tenemos trabajo.

(continuará…)

Grilleta (parte II)

Continúa…

<< Despierte>>

La fría y torpe voz del capullo nacía del interior de la cabeza de Pablo. Sintió tubos en ambos brazos, y la sonda deslizarse por su propia cuenta de la garganta. El capullo se abrió y lo dejó salir. Puso los temblorosos pies en tierra ignota. Los andamios de una gran estructura robaron su aliento, espinas metálicas sosteniendo el cielo, y una pared de concreto que rodeaba el horizonte, alimentada por cientos de miles de hombre trabajando, con la vista omnisapiente de la Cárcel Productiva sobre sus cabezas. Los capullos pululaban sobre la superficie, acompañando a sus reos en los trabajos forzados.

<< Sector de excavación >>

Empujado por su perro robot carcelero, se abrió paso entre más reos como él, con ojos secos y perdidos. Nadie hablaba entre sí.

<< Tome una pala >>

A Pablo le alegró la ausencia de guardias en el depósito de herramientas. Podría tomar un pico y tratar de…

<< Tome una pala >>

El agudo zumbido que atacó sus oídos lo trajo de vuelta a la realidad. ¿De que serviría un pico? No podía hacer nada con él.

<< Cave hasta la señal >>

Pocos metros más adelante, se abría un canal de kilómetros de largo. Pocas máquinas excavadoras andaban en las orillas. Pablo miró a sus compañeros reos. Uno de ellos murmuraba insistentemente.

– moriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivir…

Otro lucía extraño con esos implantes de piel interespecies en el rostro, pues rechazaba el injerto y se le caía a pedazos. Colgado de la estructura, un reo trabajaba en la unión de vigas, con ayuda de las dos máquinas soldadoras que tenía en lugar de brazos. Ante la espantosa visión, trató de concentrarse en cavar.

Tres guardias pasaron por ahí, conversando.

– Mantente en forma o lo único que conseguirás es que te engorde el trasero. Yo fui herido en acción, por ello me asignaron aquí, las cinco semanas de recuperación – levantó los brazos empaquetados en cubiertas plásticas llenas de líquido manteniendo a los nanobots médicos que reparaban sus huesos y músculos – Después de eso, regreso a fuerzas especiales.

– Comparado con milicias, estoy en el cielo. Regresaré a desactivar bombas en cuatro meses. Soy  grupo de choque, en escuadrón antiterrorista. Extraño el café y el estrés…

– Tú lo has dicho. Por mi parte, hago ciberinvestigación en ratos libres. Ganas buen dinero, mientras engordas tu expediente. Claro que no se compara a cazarrecompensas profesional, pero me entretiene mientras tramitan mi traslado a la SI

– Servicios de Inteligencia, me sorprendes. Regresando al punto, todo lo hace el capullo, tu único deber es vigilar que no hagan tonterías. De hecho, mientras dure tu estancia, debes llevar un curso. Dan mantenimiento de armamento, técnicas de combate, ingeniería, manejo de explosivos, entre muchos más. Yo tomé “Manejo de multitudes”

– Mi favorita es “Psicología en criminales no humanoides”

– A resumidas cuentas – intervino uno de ellos – te asignan aquí solo por un lapso de tiempo. ¿Hay manera de quedarse definitivamente en las instalaciones?

– Ni en sueños. Todo el personal, absolutamente todo, se renueva en seis meses. Desde mantenimiento, pilotos, limpieza, equipo científico, guardias, navegación. Al salir entregas un reporte, que será cotejado con el reporte de tu sustituto. Y nunca sabes quien revisará el desastre que dejes al final. Y si tú no reportas las irregularidades del que quedo atrás tuyo, serás sancionado. Porque alguien si lo hará.

-Eso explica porque la bullabesa sabe diferente.

Los tres, dijeron al unísono, con una alegre carcajada.

– ¡Cambiaron al cocinero!

Una pala vuela a las cabezas de los guardias. Ellos la esquivan con facilidad, a la vez que una alarma en sus muñequeras les indicó que un prisionero echó a correr.

– ¡Deténgase! ¡Es incapaz de alejarse más de cinco metros!

El frenético reo avanza en línea recta hacia Pablo, sin embargo, justo antes de arrollarlo, cae victima de violentas convulsiones. Su cuerpo se sacude pavorosamente, los músculos destrozaban los huesos sin piedad, y cada extremidad formaba arcos que desafiaban la física de las articulaciones. Incluso su rostro era caótico, los ojos giraban vertiginosamente, con gestos grotescos, la lengua parecía querer arrancarse sola de esa boca gimiente y babeante. El dolor que originaba debía ser inconmensurable. Pablo se mantiene a su lado, vomitando de impresión.  Los guardias alcanzaron al instante la escena, y se dispusieron a arreglarlo.

– Capullo, dispón del interno.

El capullo mandó una señal para detener la tortura. Levantó el ahora fláccido cuerpo y lo reintegró a su interior, para después partir a la prisión vigilante. Un guardia se dirige al resto de los reos.

– Recuerden, existen tres advertencias que se activarán cuando cualquiera de ustedes decida imitar la misma insensatez que su compañero cometió. La primera advertencia es quedar cuadripléjico, confinado en el interior de su capullo por 12 meses seguidos. Acaban de ser testigos de la segunda advertencia. Todos sus nervios estallaran para causarles el máximo dolor posible en el mínimo de tiempo, y después, se les encerrará en su capullo por 6 meses. La tercera advertencia, es la final. El chip se autodestruirá. Y el cerebro en donde esta metido, se irá con él.

Pablo continuó cavando y cavando, recordando sus antiguos tiempos de liderazgo, en el penal de Nueva Esperanza, donde le fue fácil organizar al resto de los presos para continuar traficando su droga e influencias. De hecho, fue su época de mayor prosperidad. Jamás imaginó algo como la cárcel de la Confederación. En el argot criminal, la llamaban “el infierno en el cerebro”. Ahora sabía por qué.

– ¡A recargar!

El robot lo apresó de nuevo, sin tardanza. La jornada había terminado, el siguiente grupo de reos continuaría los trabajos. “Recargar” significaba comer o dormir. Pero no era comer o dormir en realidad. Era ser apresado en su estrecha cárcel, donde un escáner revisaba el estado de los órganos, y el capullo se conectaba a una de las venas para suministrarle nutrimentos. La mezcla era tan buena que los reos nunca necesitaban ingerir alimento. El capullo administraba medicamentos para enfermedades leves o nanobots para cerrar heridas pequeñas. Médicamente, la salud de los reos era impecable. Cuando era encerrado en su celda cibernética personal, se sentía como una rata de laboratorio. En realidad, era una rata de laboratorio, solo que ellas tenían trocitos de queso como premio.

<< Despierte >>

El estado de sueño o vigilia era controlado por el capullo. Pablo no había dormido de cansancio durante su primera semana en la Cárcel Productiva. Únicamente se metía al robot y éste lo ponía en estado de latencia. Al principio no entendió la razón de los grilletes. Si ese aparato era hermético, ¿para que atarlo más? Lo comprendió a la tercera noche de “sueño” inducido por computadora. Las pesadillas eran terribles. Vívidas, intensas y completamente comprensibles. Y si no fuese porque estaba sujeto de cuello, muñecas y tobillos, hubiese azotado su cabeza contra el interior de su capullo hasta romperla. Cuando la máquina lo hacía despertar, tenía la impresión de estar bajo el cobijo de una fuerte droga, incapaz de saberse vivo o muerto. Pero Pablo abandonó esa ilusión cuando día a día su mente se volvía más ajena y la salida de la cordura se encontraba más lejana.

<< A cavar >>

El canal ganaba rápidamente profundidad, y las palas chocaban más frecuentemente con el rocoso subsuelo. El capullo le dio una nueva directriz, desenterrar piedras y transportarlas manualmente a un vehículo de recolección. En esas idas y venidas, tuvo la oportunidad de conocer reos con más antigüedad que él. Muchos realizaban funciones sumamente especializadas, como conducción de maquinaria pesada y ensamblaje de estructuras. A pesar de eso, continuaban con el semblante apagado y extraviado.

<< Es como si… >> pensó Pablo << se transformasen en robots >>

La máquina los iba contaminando y absorbiendo hasta dejar de ellos despojos irreconocibles. Aquel que manejaba una de pocas excavadoras en la zona, tenía las cuatro extremidades y la parte derecha del tronco completamente mecanizadas.

– Quiso suicidarse.

Otro reo se detuvo al lado de Pablo, observando al conductor cyborg.

– Saltó dentro de una fundidora de metal, lograron sacarlo. Lo poco que no se carbonizó. Como castigo, lo resucitaron. Nuestra condena consiste en mantenernos vivos aun cuando deseamos con ansias estar muertos.

Los capullos los separaron para continuar los trabajos bajo el sol, que se encontraba en lo más alto de ese extraño cielo. Pablo tenía la boca seca y los labios llagados. Pero no sentía sed. Reflexionando en ello, se dio cuenta que desde el ´día en que le pusieron el chip no tenía hambre, sed, ni cansancio, ni libido, ni dolor. No pensaba en alegría o placeres, inclusive cuando una guapa joven caminaba con toda confianza entre ellos, vestida con bata blanca y el cabello dorado libre al viento. Era acompañada por un solo guardia, y, al parecer, buscaban a alguien.

– Esta cerca – dijo ella – Pronto lo identificaremos y desconectaremos.

– ¿Por qué es tan peligroso? – preguntó el guardia.

– Sus patrones neuronales son inestables, esta al borde de un ataque psicótico. Hay que aislarlo por un tiempo hasta que dichos patrones se estabilicen.

El preso que buscaban se hallaba a unos pasos de Pablo. Al ver a la científica y al guardia, comenzó a temblar. Cayó sobre sus rodillas, farfullando, arañando el piso como si fuese un animal. Tomó una piedra lo suficientemente grande para ocupar toda su mano.

– Lo conseguí – dijo – lo conseguí. ¡Nadie va a sacármelo! ¡NO VAS A QUITÁRMELO!

Rabioso, se lanzó hacia la joven, quien, sin alterarse, tocó un comando en su computador. El reo se desvaneció como un juguete al que se le acabaron las baterías. Mas interesada en pulsar su pantalla, ignoró al capullo robótico levantando al reo inconsciente mediante sus delgados brazos, lo sujetaban en su interior, e introducía rápidamente las agujas y mangueras que hurgaban la carne y el espíritu de su prisionero.

– De seguro les dolerá cuando les meten ese tubo por la nariz. – Comentó el guardia a su protegida, antes de que la negra cubierta metálica se sellara totalmente – ¡Es mas gruesa que mi dedo pulgar!

– Suprimimos el dolor a nivel cerebral – comentó la científica haciendo unas últimas anotaciones en la pantalla con la pluma táctil – Carecen de cualquier tipo de sensaciones. Debo informarte que esta cápsula está bajo observación, tendrá medicamentos para mejorar la salud mental del reo, y tendré que evaluarlo de nuevo. En otras palabras, volveré mañana.

– Estupendo – dijo de inmediato el guardia, segundos antes de corregirse y ruborizarse al mismo tiempo – Quiero decir, volveré a escoltarla, pues yo soy, estoy encargado… – carraspeó y le ofreció el brazo galantemente, el cual ella aceptó con una sonrisa – Regresaremos a la nave por un camino accidentado, así que cuidado de no caer. Vamos rápido antes de que continúe avergonzándome a mi mismo.

La ligera risa de la mujer, inundó a Pablo de un amargo sentimiento de desasosiego.

– Eso somos

El reo que lo había acompañado hace unos minutos estaba de nuevo junto a él. Lucía un poco más extraño que los demás, su rostro parecía guardar bastantes secretos.

– Eso somos.

– ¿Qué? – dijo Pablo

– Experimentos

Pablo resopló y trató de apartarse. Pero aquel lo siguió con insistencia.

– Nos hacen eso y mucho más.

– Cállate

– Manipulados con sustancias y señales electromagnéticas, como si fuésemos holovisores, nos sacan órganos y los sustituyen por adefesios científicos.

– Cállate

– Extremidades experimentales, nanobots de nuevo diseño.

– Cierra tu apestosa boca. No quiero saberlo, no me interesa.

– ¿Piensas que nos lo merecemos?

Pablo creyó detectar cierta  mecha de descontento. Quizás, si la alimentaba, con algo de suerte y un buen líder. Con dignidad, respondió:

– Nadie se merece esto

El reo estaba mordiéndose compulsivamente las uñas de la mano derecha.

– Yo si me lo merezco.

En sus ojos brillaba la inconfundible aura de la manía.

– Somos escoria. Basura. Lo peor de la galaxia. Ellos nos tratan según nuestra naturaleza. Nos merecemos el infierno, y ellos nos lo están dando. Cucharada a cucharada. Acostumbrándonos a la condenación eterna por ser unas bestias pecaminosas. Yo soy un asesino. ¿Y tú? ¿Violador, ladrón?

Pablo cometió esos crímenes y muchos más. Pero no quería sentirse culpable. Así que trató de darle la espalda.

– Vete al carajo.

El reo lo tomó del hombro, continuando su soliloquio.

– Eso, ¡Si! Disfruta la rabia en tu sangre, porque luego se te olvidará, e incluso la extrañarás. Te darás cuenta de que nos los merecemos, porque somos escoria. Todos somos escoria.

– ¡Suéltame, maldito orate!

– ¡Solo hay una escapatoria de la cárcel! ¡Puedo sacarte! ¡Puedo hacerte libre!

Guiado más por el morbo que por la curiosidad,  Pablo, preguntó:

– ¿Cuál? ¿Es posible eso?

El reo sonrió.

– Simple. Hay que volverse loco. Pero no un ataque como el que acabamos de ver, no, ellos pueden volverte cuerdo en un tris. Pobre, tanto esfuerzo en perder la chaveta y ellos lo regresarán a la realidad. Tienes que volverte loco de a poco. Como yo. Cucharada a cucharada.

Como un cazador hambriento, el reo observa a Pablo, quien se retira, hasta chocar con su capullo. El grito de los guardias hizo que su corazón se detuviese por momentos.

– ¡A recargar!

Si había alguna cosa que Pablo detestase más en toda la cárcel, era recargar. Pablo odiaba recargar.

– Oh no no no no no no….

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

(continuará…)