El Hechicero Metálico (parte XVII)

(continúa…)

Poco después…

Desde afuera, lucía como una compuerta más, seguida de unas escaleras eléctricas, dando a una segunda entrada. Pero, al traspasarla, se dieron cuenta de las proporciones correctas de la situación.

– ¡Carajo!

Ranchi no era capaz de cerrar la boca. Miraba lentamente a su alrededor, tratando de convencerse de que solo era otra de sus visiones delirantes. Cuando por fin pudo articular palabra, repitió la atinada exclamación de Thunder.

– ¡Carajo!

Alex estaba impactado. Sus dos mejores laptops incinerándose encima de la computadora central. Y, por primera vez en toda la jornada, maldijo con su característico acento.

– ¡Carajo!

Fue presto a desconectarlas, pero, al revisar las pantallas, descubrió porque el niño estaba dispuesto a sacrificarlas. Ni siquiera se atrevió a acercar sus dedos a ellas.

– ¿Esas no son tus computadoras, Alex? – preguntó Ranchi al ver como las observaba con atención.

– Lo eran. Se las di a Derek para repararlas hace pocos días. Al parecer consideró necesario usarlas sin mi permiso.

Thunder miraba por la ventana.

– Supersoldado, ¿exactamente que están haciendo tus máquinas?

– Estabilizando la producción de los reactores, con el único fin de alimentar la fisión astral. Derek esta empeñado en conseguirlo.

– Aquí hay algo raro.

Thunder encuentra cerca los restos del dispositivo de interferencia. Pensar no es una de sus características más importantes, así que cuando lo hace, es fácil notarlo por lo gestos en su rostro. Levanta el metal corroído a la vista de su compañero.

– ¿No te recuerda esto a  las “minas de error”?

Alex le dedicó una fugaz mirada y explicó a Ranchi.

– Aparatos que encontramos en ciertos lugares del Deathbird. Producían colapsos en los sistemas informáticos.

– Aunque nunca entendimos bien la razón de las minas, porque no dilucidamos bien que carajos era lo que querían sabotear. Recuerda que nosotros no creíamos que el reactor estelar en realidad existiese. Y ya que lo tenemos frente a nuestras narices, las cosas toman sentido.

– Alteraron los planos – dijo Ranchi – sellaron los niveles, y plantaron minas de error. No deseaban que el reactor astral volviera a funcionar, ¿Por qué?

– Cualquiera que fuese el motivo – interrumpió Alex – no podemos permitir que Derek lo haga. Hay que alcanzarlo cuanto antes.

Ranchi mira el domo del reactor astral a través de la ventana, la disposición de los cinco caminos y el resto de las cámaras. La esfera oscura aún permanece inerte. Alex reinició la marcha y dejó las máquinas funcionar, al atravesar la compuerta de entrada al gran corredor de comunicación hacia el reactor astral. Tan solo se adelantaron unos pocos pasos, y la compuerta se cerró herméticamente. Luces rojas iluminaron los al menos doscientos metros de trayecto que les faltaba recorrer. El techo estaba a unos veinte metros por sobre sus cabezas, y en todos lados, había placas circulares casi sin espacio entre sí. La entrada al reactor estaba en perfecta línea recta.

– No es por darnos miedo, pero estamos encerrados. Otra vez.

– Además de mal agüero, es un comentario inútil, porque ya lo sabía, Ranchi.

– De acuerdo, cerraré la boca el resto del viaje, Thunder.

– Si es que puedes.

La entrada a la esfera del reactor astral estaba protegida por una inexpugnable cerradura electrónica. Alex la examinó desde varios ángulos, sacó su microcomputadora y empezó a decodificar la contraseña.

– Me extraña que no exista un brecha tecnológica tan pronunciada entre este sector del Deathbird y nosotros. – comentó Alex.

– Dos opciones. O lo usado aquí abajo era súper avanzado a su época, o tus juguetes son demasiado viejos, supersoldado.

– Un poco de ambas.

– ¿Qué? – exclamó Ranchi.

– La tecnología de aquí es la base para la nuestra. Claro, con mejorías en materiales y diseños, pero puedo reconocer los bloques básicos de la que esta compuesta. Por eso puedo infiltrarme en su seguridad sin mucho problema. Además de que, detesto reconocerlo, estoy algo atrasado en cibernética e informática. Mis aparatos aún son compatibles, en cierta forma. Quizás por eso Derek comprende fácilmente lo que sucede aquí.

– Sin olvidar que le ayuda ser un rajado genio.

Alex hizo un rápido movimiento con la ceja izquierda.

– Claro, descontando eso.

Varios minutos más tarde, una serie de números nace de la pequeña pantalla de la computadora de Alex, quien, sin titubear, ingresa la clave robada. El grito de Ranchi fue el más agudo de todos, cuando la pequeña pantalla sobre el teclado de la cerradura mostró el mensaje de:

“Contraseña inválida”

– Esto debe ser un error – dijo Alex con los ojos bien abiertos.

“Activando medidas defensivas.”

Tres de las placas metálicas empotradas en la pared se abrieron, y liberaron cada cual un brazo metálico largísimo, armados al final con garras poderosas, implantadas al final de un gran ojo rojo como la sangre y luminoso como el fuego. Uno para cada quien.

– Interesante.

Alex disparó automáticamente una de sus armas a la serpiente que se abalanzaba hacia él, haciendo estallar el único ojo alojado entre las zarpas. El bicho se detuvo en seco y postró inerte ante sus pies. Al mismo tiempo, Thunder desenfundó una de sus escopetas, y el disparo, además de empujarlo un poco hacia atrás, mandó volando los trozos de cabeza armada del brazo autómata. Ranchi tenía las garras metálicas arañándole el tórax, y ella las aferró con su anómala fuerza, doblándolas hacia adentro. El ojo rojo relampagueó de sorpresa, mientas la chica la agitaba de arriba abajo, creando una ondulación en aumento, que acabó arrancándola de raíz en la pared.

– Francamente – decía Thunder, al recargar su pesada arma – yo esperaba algo más… ¡AUGGG!!!

En los planos, Derek había estudiado el sistema de defensa. Resumió su funcionamiento con una sola palabra: Hydra. El monstruo de mitos arcaicos que tenía la particularidad de que, con cada cabeza cercenada, dos más crecían en su lugar.

– ¡THUNDER!!!

El brazo metálico saltó inesperadamente y lo golpeó. Una escopeta salió volando y el fortachón cayó al suelo con una herida en la espalda. En esos momentos, seis serpientes se retorcían a su alrededor, moviendo sus largos cuerpos por doquier, haciéndolos separarse al lanzarse a ellos, con las zarpas extendidas. Alex hacía muestra de hábiles movimientos, dándoles al tiempo instrucciones a sus camaradas.

– ¡No las destruyan! ¡Si una es desactivada, dos emergen de la estructura! ¡Tenemos que ingresar la clave correcta para anular el programa de defensa!

La camisa de Thunder estaba empapada de sangre, pero él giraba y rodaba rápidamente para ponerse a cubierto. Los tentáculos metálicos rompían el suelo, arañaban el aire y crujían sus mandíbulas, tratando, en vano, de capturar a los intrusos.

– ¡Alex! ¿Qué hacemos ahora?

Ranchi golpeaba a los brazos robóticos para apartarlos de su camino, intentando romper sus colmillos cuando conseguía asirlos. Volar o teletransportarse no le servía de mucho.

– Intentaré obtener de nuevo la contraseña, ¡ten cuidado!

La chica dio un puñetazo demasiado fuerte al ojo rojo de una serpiente que la tenía enganchada de la cintura. El ser artificial se sacudió violentamente, y la luz roja se desvaneció.

– ¡Maldición!

El par de relevo nació de puntos opuestos en las paredes. Uno de ellos tomó a Thunder y lo estrelló despiadadamente contra el muro. Su gemela atrapó una de las piernas de Alex, lanzándolo hacia las garras de varias serpientes ansiosas. No tuvo más remedio que disparar. Dos más brotaron en ese justo momento.

– ¡Ve a ver a Thunder! – gritó Alex a una Ranchi atónita.

Ella corrió, evitando los tentáculos, y arrastró a su amigo del boquete de fierros doblados.

– Ya te saco, ya te saco…

– Adiós a mis dos costillas de la suerte… – decía Thunder mientras se incorporaba lentamente.

– Déjame ayudarte – dijo Ranchi.

– Puedo moverme. Dame la maleta. – Ranchi le ayuda a poner la mochila sobre su herida espalda – Teletranspórtate con el supersoldado. Sospecho que ahora sí esta en problemas.

Cayendo de un portal, llego justo en el momento en que Alex trataba de eludir a dos de esos tentáculos con giros, volteretas y una pierna herida. Ranchi se interpuso entre ellos y tomó los colmillos de ambas serpientes.

– ¡Robots del diablo!

Logró domar los tentáculos y enredar sus garras entre sí, doblándolas en gancho. Las cabezas se alejaron, luchando por separarse.

– ¿Cuántas veces te he salvado la vida, eh? – dijo alegre Ranchi.

Las serpientes se sacudían con fiereza, y en su histeria por separarse, terminaron por arrancarse mutuamente los ojos rojos. Antes de que sus restos cayeran, cuatro más tomaron su lugar. Alex gruñó.

– No las suficientes.

– Dame la microcomputadora – dijo Ranchi, sin previo aviso – iré directamente a la compuerta y correré de nuevo el programa de infiltración. Tenemos a un montón de esas bestias tratando de comernos y… ¡atrás de ti!

Ambos saltaron en diferentes direcciones. La inteligencia artificial del sistema de defensa estaría furiosa mientras ellos permaneciesen con vida.

– Estás de broma – fue la respuesta de Alex – Ignoras cómo descifrar una secuencia encriptada, o tan siquiera encender una microcomputadora.

– ¡Supersoldado! – decía el grito de Thunder a varios metros de ellos, entre tres serpientes robóticas empeñadas en arrancarle los brazos – ¡Es la hermana de Derek! ¡Algo tuvo que aprender de él!

Las serpientes no dejaban que nadie se moviese con libertad. Alex dudaba de las capacidades y la salud mental de Ranchi, pero, ¿qué otra cosa podía hacerse?

– ¡Ranchi! ¡Aquí!

La pierna (probablemente fracturada) le dolía horrores y casi no podía usarla para sostenerse, además de haber perdido, cuando menos, medio litro de sangre. Si iba a aceptar ayuda, era un buen momento.

– Escucha – le decía a ella, apenas se materializó a su lado. Sacó rápidamente la computadora de su chaleco, y programó de inmediato varias funciones en la pantalla táctil. – Mantenla frente al lector óptico todo el tiempo que puedas.

– Aja – Ranchi llevaba a Alex del brazo de derecha a izquierda, permaneciendo lo más atenta posible mientras esquivaba los ataques.

– Solo pulsa “iniciar intromisión”. Espero…

Ranchi lo tiró al suelo, jalándolo de la camisa para evitar ser machacados por dos tentáculos estrellándose en la pared.

– … alcanzarte cuando finalice la descodificación.

– ¿Cuánto tardará?- Ranchi aferraba la computadora.

– De cinco a siete minutos. – Alex se alejó rodando por el suelo, pues ella se apartó de un salto. Los tentáculos eran persistentes. – Mantén el enlace el tiempo completo o la contraseña volverá a ser errónea.

– Entendido – y se teletransportó a la compuerta.

<< El infierno se esta abriendo. >>

<< ¡Déjenme en paz! ¡Largo! >> pensó Ranchi. Aún así, las voces permanecían.

<< El infierno. Su fuego y su odio están siendo liberados. >>

<< La invocación funcionó. >>

Ranchi apenas saltó de su portal cuando fue embestida por sorpresa, saliendo disparada hacia el muro, cayendo después al suelo. Segundos más tarde, tres tentáculos más cayeron sobre ella. Los repelió usando su escudo celeste, pero aún así sintió la fuerza de la embestida aplastándola. Su burbuja se hundía bajo sus pies, gracias a los ataques de los robots. Una tras otra, las cabezas coronadas de garras retumbaban contra la burbuja, y Ranchi tuvo que trazar un rápido plan de sobrevivencia. Cuando las tres cabezas estaban en el aire, desvaneció su escudo. La primera cayó en picada hacia ella, por lo que Ranchi la desvió de un certero golpe. Cuando la segunda y la tercer golpearon, el portal de la chica ya se había cerrado, llevándosela, agazapada, al portal.

– ¡Bien! Ahora, ¿Dónde dejé la…?

Su mano izquierda golpeó al robot. Y en su mano izquierda tenía un pequeño montón de cristales rotos y cables enredados.

– Alex se va a poner pesado.

Veía a Thunder arrinconado por racimos de tentáculos, tratando de dispararles a sus férreos cuellos. Alex, no muy lejos de él, resiste, disparando con una mano mientras la otra, lo ayudaba a sostenerse, rodeado de ojos rojos con garras. El tiempo se alentó, y de pronto, desaparecieron.

<< Oh, no. ¡No justo ahora! >>

El pasado llama a Ranchi. Cascadas de imágenes se agolpan en su mente. Los eventos actuales se esfuman como sueños, mientras las visiones antiguas parecen más vividas y reales. Épocas, sitios distintos. Ve a un equipo de soldados, parecido a su capitán Alex, por la forma en que se sincronizan y actúan. Ranchi los observa dentro del reactor estelar, trabajando rápidamente en los controles. Otros cubren la salida, atrincherados y disparando. Ranchi se acerca tímidamente a ellos, los oye hablar.

“- … sin remedio.

– Malditos, malditos sean.

– ¿Le comentaste al comandante?

– Efectivamente. La operación dará inicio en quince minutos.

– De todas formas, acabamos aquí. Es turno del equipo Ceres.”

Ranchi permanece quieta mientras su entorno se transmuta en otro sector. Los cinco puestos de vigilancia, y ella esa ahora, junto a un grupo de hombres y mujeres, en el número tres. Observa como desmantelan las computadoras y soldan las “minas de error”, con cuidado y precisión. Al acabar, usan las ventanas inteligentes para comunicarse brevemente.

“- Listo, comandante.”

Todo se esfuma y toma forma de una salida desconocida del complejo. Ranchi corre entre soldados fuertemente armados y protegidos con cascos y corazas ligeras. Ella no logra saber si huían o perseguían, solo percibe esa urgencia y adrenalina en sus músculos. Hay seis hombres más, en una posición adelantada. Están acompañados de varios cadáveres en el suelo.

“- Reporte, soldado.

– Rebeldes, señor. Trataban de alcanzar el reactor. Logramos contenerlos sin sufrir bajas.

– ¿Eran un equipo de avanzada?

– No señor, al parecer actuaban por su cuenta. No comprobamos contacto con otras células rebeldes.

– Raro. ¿Sobrevivientes?

– Ninguno.

Ranchi miraba los cuerpos de los rebeldes. Eran totalmente diferentes a la milicia especializada que salía del complejo. Lucían como civiles y guerrilleros con armas de bajo poder y sin uniformes o distintivos. Tenían miedo en los rostros.

– Continúa la operación. Planta parásitos, y echa los cuerpos para alimentarlos. Sellen el nivel lo más rápido posible.”

Los cadáveres son lanzados al interior del área recién abandonada. Uno de los soldados saca de su indumentaria un tubo de ensaye tapado con caucho. Adentro unos gusanillos traslúcidos se retorcían. El soldado lanza el tubo y se le oye estrellarse, mientras cierran las compuertas y aplican las gruesas barras de metal para soldarlas al marco.

“- Reporte.

Por primera vez, Ranchi se transmuta a un lugar conocido. Están instalando la puerta de seguridad colu que casi los fríe antes de entrar a la cámara de controles a distancia del complejo de reactores. Curiosea un poco entre los soldados afanosos como abejas.

– Al noventa por ciento de la instalación. Diseñada a manera de respaldo, en caso de una nueva incursión rebelde. – Añade, casi como una confesión – Programe el cerrojo como lo pidieron los generales, una clave aleatoria cada 26 segundos. Cuando la cerremos, nadie tendrá la contraseña correcta. Los rebeldes sin un sistema decodificador no podrán cruzarla.

El comandante comenta al soldado más cercano a él.

– Y espero que nosotros tampoco.”

La chica es llevada a una evacuación, arrastrada por oleadas de personas que la empujan y asfixian. Cuando ella se siente sobrecogida por su terror, es de nuevo transportada a otra zona familiar. Los controles a distancia que Derek fue incapaz de reparar. Hay dos soldados por computadora, con el comandante en el control central. Plantan minas de error y alteran los programas. El comandante hace lo mismo, con una ayudante nerviosa.

“- ¿Esta de acuerdo con la decisión de los generales? ¿Anular así al reactor astral?

– Recién acoplamos los generadores eléctricos para soportes vitales indispensables. La nave será evacuada en máximo setecientas veinte horas. Después de eso, será regresada a los maiar. Nosotros permaneceremos en el planeta. Te recuerdo que cuando estemos abajo, ya no los llames ‘generales’.

– Lo haré, señor. – la ayudante se toma un tiempo en escuchar su audífono izquierdo – El equipo Balthus me ha enviado un informe. Terminaron de desensamblar las plantas purificadoras de aire, agua y desechos, para facilitar la colonización. El desembarco se inicio hace tres horas.

– Bien por ellos. – responde el comandante, sin apartar la vista del trabajo – ¿El equipo Lappa está llevando a los maiar a sus áreas de clonación y criogenia?

– Si señor. Interesante raza. Consideran que si solo uno de ellos sobrevive…

– … el alma de su pueblo alcanzará la inmortalidad. Condensan el conocimiento de una civilización entera en un solo individuo. No conocen el concepto de muerte individual. O si lo conocen, no les importa tanto como a nosotros.

La ayudante finaliza la instalación de la mina de error correspondiente.

– Señor… ¿Y los rebeldes?

– Los que estén prisioneros, bajarán al planeta con nosotros. Sin la nave, no podrán hacer mucho. Deberán adaptarse o morir.

– ¿Por qué el Consejo de Colonos no les permitió quedarse con la nave?

– Porque querían transformar el reactor astral en una bomba. Mas bien, porque transformaron el reactor astral en una bomba. Si activamos de nuevo la fisión, este sector de la galaxia se vaporizará, y el polvo cósmico restante será absorbido por un agujero negro.

– ¡Dios! – exclama ella, poniéndose pálida – ¿Cuál era el motivo entonces de robar la materia negra de las baterías? ¡Desarmamos cientos de ellas para evitar que la obtuvieran! ¿Iban a crear bombas portátiles?

– Y de más fácil manejo. – aclara él, mientras estira su espalda – Para entonces, tenían infiltrados en los controles del reactor. El daño que le hicieron… bueno, quizá no lo entiendas. La cuestión no es si podemos repararlo, sino si debemos repararlo.

– Lo arreglaremos, y otro, en algún futuro, volverá a transformarlo en arma. Quizás mate a millones. Estamos previniendo eso.

El comandante, quien a pesar de la amplia conversación no dejaba de teclear, sonríe amablemente.

– Me alegra que mi futura esposa sea tan perspicaz.

La ayudante toma un color rojizo en las mejillas al escuchar el comentario.

– Lástima de nave. Era estupenda.

– Existe otra – comentó el comandante, como de pasada – la Svantevit de Kiev. Es mantenida por una acaudalada colonia de la Tierra, como crucero intersistemas de batalla. Espero que le den buen uso.

Ranchi regresa al mismo segundo en que estaba al principio de su visión. Los tentáculos, la angustia, sus amigos en aprietos. El trance va acabando, la última imagen es de un soldado, exactamente donde ella esta parada, pulsando los botones numéricos de la cerradura electrónica. Ranchi extiende la mano y sobre la sobrepone a su alucinación. Los dedos se mueven sin voluntad o intención. El mensaje cambia.

“Contraseña aceptada”

<< El infierno. >>

– ¡Carajo! ¡Con un maldito carajo! – Thunder corrió hacia la compuerta, seguido de Alex, quien hacía caso omiso del dolor en brazos y piernas – ¿Qué diablos…?

Ranchi gritaba, derrumbada en el suelo. Un terror incomprensible para ella la tenía presa. Ve fuego y cadáveres calcinados.

– El infierno… el infierno esta abierto…

– ¡Contrólate! – Alex la tomó y sacudió del hombro – ¡Mantente enfocada!

– ¡Derek esta liberando al infierno! – Ranchi estaba fuera de sí, tan desquiciada como en sus mejores días.

– ¡Mierda! – dijo Thunder – ¿No vas a hacer algo al jodido respecto?

La chica hiperventilaba. Veía las heridas y los moretones en los cuerpos de sus compañeros. Levantándose de un salto, y aún con los ojos desorbitados, se aferra al brazo musculoso de Thunder. Él aferra la pesada manija de la puerta. Así, los tres entran.

(continuará…)

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De lo que pensé al visitar la plaza comercial

Sinceramente, no tenía un buen título para este ensayo. Otro de mis defectos como ensayista es que no recuerdo bien los nombres de aquellos textos o autores de donde tomo algunas ideas. Digamos al leer, esos conceptos se integran a mi caótico cerebro, y cuando salen a la superficie, estoy segura de que los saqué de algún sitio, pero no ubico con exactitud de dónde.

Por fortuna, eso no es de mucha importancia ahora.

Donde vivo, no hay mounstruo-mercados. Mi ciudad/pueblo esta en medio de cerros, cerca de Barrio Viejo, a un lado de Rancho Muerto, apenas un poco más allá de San Vengaza y Chicapiedrota la Grande. Afortunadamente llega el internet, el teléfono y la televisión por cable, razón suficiente para que ostentemos el título de ciudad. Los fines de semana, las calles y el mercado se llenan de indigenas nahuas (indígenas de verdad, no las imágenes románticas de los activistas), con sus cargamentos de carbón. El mercado es bonito. A mi me gusta hacer mis compras en el mercado. Y no, no luce como la Central de Abastos, el mercado en mi rancho es solo una calle con puestos ambulantes, que consisten en una lona sobre la carretera y montañas de frutas y verduras coloridas. Usualmente le compro aguacates a un tipo que a todas luces es gay, pero últimanente, a decir por la plática mientras eligo los tomates y la papas, hasta recibir el cambio, ha despertado serias sospechas sobre mi anterior seguridad sobre su identidad sexual.  Ah, quizás si se parezca a la Central, al menos en el griterío.

Tenemos dos centros comerciales modestos, el de más afluencia se caracteriza porque tiene de todo un poco, pasado de moda, y su mas cercano competidor, el que se encuentra solo a cuadra y media, es el baratero, que no tiene surtido, pero despacha pedidos de, digamos, 300 paquetes de papel higiénico del corriente.

En resumidas cuentas, no tengo plazas comerciales cerca. Y con cerca me refiero a llegar caminando. Hace mas o menos un año (supongo, el tiempo es raro en mi universo personal), construyeron una plaza de alta categoría, por decirlo de una manera snob, en la ciudad mas grande de la región, la cual me queda a unos 20 minutos en camión intermunicipal (carezco de coche, padezco de dislexia oculomotora, es decir, no distingo de la derecha o la izquierda cuando me subo a algo con ruedas). Corrijo, la ciudad me queda a 20 minutos, bajándome en la parada del centro, la plaza me queda a 40 minutos, si bien me va.

Así que cuando mi amiga, la que siempre me deja plantada, me dijo que tomáramos un café en dicha plaza, suspiré profundo y traté de verle el lado positivo. Hice todo lo que tenía que hacer, tomé mi bolso y un paraguas, porque ha estado lloviendo fuerte en estos dias, e inicié la travesía que incluyó un camión y un taxi. Llegué media hora antes de la cita, por lo que me dediqué a vagar.

He estado leyendo “Escritos desocupados” de Vivian Abenshushan, mezclandolo con algo de Borges y “Transmetropolitan” de W. Ellis a dosis iguales. Desarrollé una especie de alerta contra el mercantilismo, la voluntad de permanecer incólume ante los embates del consumismo inútil y los vanos símbolos de estatus. Para evitar caer en tentaciones, pues no deseé bajar la guardia en un sitio creado bajo los planes del capitalismo mas voraz que haya existido sobre la tierra, solo tenía en mi cartera lo necesario para pagar el café y los camiones de regreso. Mas seguro, más amarrado.

He hice bien. Decidida a ver todo con ojo crítico, acudí por curiosidad a una juguetería para confirmar los estrambóticos precios de una caja de Legos. Vi algo que confirmó mis temores: un muñeco de Spidey, sencillo, la versión económica, costaba en un centro comercial $99.90, y, por ser dia del niño, hace al menos unas dos semanas, costaba $86.50. Aquí lo vendía a $126. Los números hablan solos.

Cuando esa plaza se inauguró, nadie pensó en lo caro que cuesta la comida en el Samborns, o en lo superfluo de comprar estatuas decorativas para una sala estilo victoriano que nadie tiene. No, la gente llena esa plaza porque quiere sentirse rica, por un momento, tener la ilusión de elegir zapatos de temporada o incluir otro zippo a su coleccion. Ir a un cine con clima, salir a ver tiendas y comer rebanadas de pay de $40. Como lo dije, símbolos de status.

Al llegar, me golpeó el aroma de las papas fritas de un McDonalds justo a la entrada. ¿Cuandos reportajes, cuantas críticas, cuantas sátiras, circulan sobre lo dañino de la carne sintética y las “french fries” con mas grasa por centímetro cúbico jamás concebidas? Y el lugar esta lleno. Y la gente esta comiendo. Escucha, lee (a medias), sospecha, de el tipo de alimento chatarra que se esta llevando a la boca. Con todo, se la traga.

Sentirse vivo gastando, trabajar para gastar, vivir para trabajar y volver a gastar de nuevo. Ya que no tenemos poder intelectual, no tenemos identidad social, sentimientos de unidad grupal, nisiquiera familiar, la única forma en que nos sentimos individuos libres y pensantes en ejercer poder a través de la adquisición. Elegimos la compra, ignorando el hecho de que la manipulación viene de tiempo atrás, vemos el dinero salír de la billetera, otro símbolo mas de existencia, de representación ante un sistema cruel y ridículo (“sin dinero no soy nada”) , y obtenemos ese objeto, llámese DVD, llave de tuercas o mascada de poliéster, sin importar el objeto en sí,  solo es la prueba residual de un ejercicio de poder. Por desgracia, en bastantes ocasiones, esto también es una fantasía. La tarjeta esta vacía. Estamos soñando despiertos, estamos comprando deudas, porque somos tan miserables para admitir que el dinero que ostentamos, no existe. Ante tan deprimente visión, la gente busca un desahogo, sentirse de nuevo poderosa, pudiente. Y vuelve a gastar.

Un compañero de trabajo que detesto, pero fingo no hacerlo, porque el es el único que no se ha percatado de lo desquiciada que estoy, me presume de pasar todos los fines de semana en esa plaza. Su última gloria fue comprar mil pesos en ropa, mas específicamente, camisas de $800 rebajadas a $400 (¡50% de descuento!, ¡yeiii! Si supiera que visto camisetas de $50), gracias a un fin de semana de inventario. Lo primero que le dije, y lo admito, fue espontáneo, fue: “¿Que? ¿Había ratas en la bodega?”. Creo que no entendío el chiste.

Estoy leyendo a Jorgue Ibargüengoitia mientra tomo el café, sola. Leo una frase que me hacer carcajear como en mis mejores días. Voltean a verme, se fijan en mi camiseta de algodón, mis pantalones de mezclilla y mis sandalias de tiritas. Por si fuera poco, trate de acomodar mi cabellera de un metro en una trenza bohemia (es decir, desarreglada), y se que he de lucir como una hippie salida del psiquiátrico. Eso no es lo peor, ¡tengo un libro en la mano! ¡y lo estoy leyendo!

El empuje que necesité para salir de esa espiral autodestructiva es el hecho de tener un presupuesto estrecho. Siempre he tenido un presupuesto estrecho, cosa que ha moldeado mis hábitos de consumo. Es decidir entre un coordinado de vestido y zapatos con accesorios de la boutique, o ropa de oferta del supermercado y mi dotación de libros semestral. Cuando tienes tus prioridades bien definidas, además de importarte un carajo lo que los demás piensen, la decisión es fácil.

Camino entre la tiendas tiendas departamentales. No puedo creer que alguien pague mas de $200 por un corrector facial, aún si tiene vitamina E y agentes antioxidantes. Todos esos empleados esclavizados, como lacayos a la espera de las órdenes del noble, quien alzará la mano y les lanzará unas monedas en pago a su servilismo ciego. Pues esa es otra de las fantasías, ellos fingen ser sirvientes, para que nosotros podamos jugar a ser reyes. Yo, por mi parte, avanzo rápido. Es inútil para mi ver cosas que nunca jamás tendré, ni necesitaré, ni querré. Es desperciar tiempo y dinero. Y la verdad, no tengo mucho de ambos.

Encuentro, por fortuna, a una prima y su familia, que me ofrecen llevarme a casa. Cosa buena, porque para regresar tengo dos opciones de transporte, el camión ordinario que atraviesa los cuatro municipios y se va deteniendo en cada barranca (ese chiste lo tomé de un amigo, lo confieso), o el camion directo, cuya diferencia estriba en que toma la autopista y solo hace parada en la barrancas más grandes. De mi amiga, nada. Fue mejor así.

No tiene nada de malo comprar. El chiste es comprar solo cosas que necesitemos. Mi papá traducía todo en leches, “eso me cuesta tantos litros de leche”, “eso sale mas caro que una docena de cajas de leche”, etcétera. El porqué lo hacía, me sigue intrigando, sin embargo mi hipótesis dice que, de todos los artículos básicos de la despensa familiar, los más caros y de los que no podíamos prescindir, eran las leches. Mis padres prefería prescindir de los viajes vacacionales a tener niños desnutridos.

Debemos dejar de alimentar la máquina capitalista, abandonar la visión de que una persona es más exitosa mientras más cosas compre y más dinero gaste. Matar a la serpiente que se muerde su cola. Porque, cuando alguien esta más enfocado en el traje que viste, el celular que usa, el coche que conduce, la casa en que duerme, o los restaurantes en los que come, podemos raspar la superficie con una conversación casual, y, percatarnos que no hay nadie allí abajo. Una cáscara, un envoltorio vacío que cubre la gran nada.

Mi celular se ha descompuesto. Recuerdo el pasear por los aparadores y ver los nuevos modelos, por un instante, se me antoja probarlos. Pero, con una sonrisa, recuerdo mi confiable celular de tabique que cargo en el bolso como repuesto al smarphone falloso. ¿Para que otro teléfono, si mi tabique funciona? ¿Necesito andar cargando algo para darles una excusa a los maleantes de que me asalten? (nunca lo han hecho, quizás porque no les doy motivo a hacerlo). Veo que no tiene caso.

Nadie me habla, de todas maneras. Y doy gracias a Dios por eso.