Gente


 

I hate people

I hate people

Me too, Mr. Manson… me too.

Me gusta imaginar la escena de esta manera: Frank Miller tomando el primer sorbo de un café, cepillándose los dientes o alguna otra actividad rutinaria, cuando de pronto, una idea le golpea de repente… “Debo escribir el guión de un crossover Batman vs Spawn. Y no tengo una sola línea. Rayos.” Un poco de adrenalina bombea a su cerebro. Aunque, instantáneamente, se relaja. “Cierto, va a dibujarlo Todd McFarlane. Entonces no hay problema” Y continúa tomando su café o cepillándose los dientes o realizando cualquier actividad rutinaria que Frank Miller seguramente hace.

Obvio, esto nunca pasó, pero la imaginación es una cosa graciosa. Mi intención no es hablar del cómic Batman / Spawn (con Batman escrito por Frank Miller y Spawn dibujado por MacFarlane en verdad no tienes mucho de que quejarte), sino porque Miller, sin las presiones de una obra cumbre, en un ligero spin off fuera de las implicaciones de una serie regular, hizo una historia directa y sin recovecos. Batman es el Detective, estricto, disciplinado (“tus métodos me dan asco, tu falta de respeto por la vida humana es despreciable”, le dice al soldado infernal) mientras Spawn es alguien luchando por lo que él cree correcto, de forma pasional. ¿El villano? Una típica demente retorcida tecnócrata con planes de dominio mundial. Pero ella, la señorita Love, no lucha por poder o venganza. La razón es sencilla. Odia a la gente. “El problema es la gente” Si, el enemigo, el problema del mundo, según ella, es la gente. Gente que come, que deforesta la selva brasileña, que contamina los mantos freáticos, que se inyecta sustancias sintéticas para alcanzar la perfección física. Y la solución es “una guerra que crezca hasta consumirlo todo”. Entonces la gente desaparecerá, y el planeta sanará. Ra´s al Ghul comparte una perspectiva similar. El planeta es una cosa, la gente otra. Lo leí hace años. y desde entonces, esa frase de Miller se me incrustó en la mente. “El problema es la gente”.

Pensándolo un poco, algo hay de cierto en eso. Porque, aceptémoslo, los políticos, criminales y asesinos seriales, son gente.

No hay un virus que transforme a alguien en un violador pederasta.

Los secuestradores y traficantes de drogas no vienen de una dimensión paralela alienígena.

Las cúpulas de empresarios y políticos corruptos no son producto de una mutación genética.

Todos ellos son gente. Igual que nosotros. Si una persona tomada al azar, estuviese en su misma situación, posiblemente actuaría igual, haciéndole un mal al mundo, en lugar de mejorarlo. El mal no es más que una expresión del humano, de un humano al que se le enseñaron valores equivocados, como que el estatus y los símbolos económicos de poder son más importantes que el bienestar y la armonía espiritual. Aquellos que fueron terriblemente dañados, incapaces ya de sentir otra cosa más que su propio dolor.

Esto me ha dado una meta muy alta. No seré una buscadora de la justicia o una activista social. No trataré de cambiar las organizaciones de control político, los grupos criminales o sistemas represores. A fin de cuentas, solo son distintas variedades, misma especie. Yo deseo cambiar a la gente.

Gran parte de los sufrimientos del planeta se deben a gente que actúa como bestias salvajes. Hay que enseñarles a esas bestias que no lo son. Son individuos pensantes. Es más, son algo mucho mejor que eso. Son seres humanos.

Es imposible cambiar a una masa de personas que comparte una mente colectiva. Se mueve como una amiba, reptando con sus tentáculos de ideas prefabricadas, dirigida por otro cúmulo de gentes que sintetizas dichas ideas, con deseos egoístas o simplemente ignorantes. Cuando ese cúmulo degenera y muere, otro toma su sitio, conduciendo a la amiba, para reproducirse, o para autodesintegrarse. Eso es la gente.

Con mis letras, intento despertar algo, muy en lo profundo, como un nuevo ángulo de ver la realidad, o una ilusión, o incluso una pesadilla, quizás una idea curiosa que no se suelte de su cerebro. Puede que ese pequeño engranaje torcido los haga pensar un poco diferente que antes, realizar una pequeña búsqueda de información o intentar algo nuevo. Quizás sea el inicio de una cascada de cambios, que los conduzca lentamente a ser un ente consciente, y no solo pensante, de su propio potencial, y de la capacidad interna tanto de destrucción como de creación.

Si todos nos diéramos cuenta de los importantes que somos, dejaríamos de ser el rebaño ciego y manipulable que se llama “gente” y retomemos el significado de “especie humana”, un conjunto de personas cooperando, cada cual a su estilo, para cuidar y proteger el lugar donde vivimos, llámese casa, ciudad, país, mundo. Claro, también para cuidar y proteger a esos otros seres maravillosos, los demás seres humanos que nos rodean, tan maravillosos como nosotros mismos.

Yo trabajo con ideas. Y palabras para traducir esas ideas, así que técnicamente soy escritora. Trato de que mis ideas entren a la mente de algunas personas (las pocas personas que me leen, básicamente) y aniden allí por el tiempo suficiente para despertar algo. A veces, para inspirar. Aunque algunas otras veces me gusta más asustarlos hasta la médula, para que se sientan felices de ser personas normales.

¿Quieren que dejen de existir ladrones, traficantes de personas, empresarios sin escrúpulos? Cumplan el primer paso. El más difícil. Sánense ustedes mismos. Cambien ustedes mismos. Después, traten de incitar el cambio en una persona cercana. No lo presionen, denle su tiempo así como ustedes se tomaron el suyo. Si esa persona cambia, en verdad han hecho un progreso con el mundo. El posible inicio de la transformación colectiva de la consciencia. Poco a poco, la gente dejará de ser gente. Y así, salvaremos al mundo.

Aunque claro, si lo anterior no funciona, y la gente insiste en comportarse como la turba descerebrada y consumista que es ahora, planear la devastación del humano como especie dominante a través de una guerra hecatómbica nuclear, siempre será un estupendo plan B.

Un pensamiento en “Gente

  1. Hubo un momento en que todo empezó a ir mal. Nietzsche lo achaca al cristianismo, Marx a la propiedad privada, Heidegger al olvido del Ser. Yo creo que todo fue mal desde que el ser humano ya no le dio importancia a educarse a sí mismo. Y eso no necesariamente lo da la escuela, pues aquí no importa la calidad sino la cantidad. Recuerdo que cuando salí de primaria me esforcé por ser el mejor, y mi certificado traía un Diez, y me sentí orgulloso. El gozo se fue al pozo cuando me percaté de que el alumno más desaplicado del grupo también tenía Diez, porque la SEP dispuso que todos los alumnos tenían que pasar con la más alta calificación, supieran o no. Desde entonces supe que no podía confiar en la escuela oficial, que me era indispensable saber más por mi cuenta.

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