Haha (parte VIII y última)

continúa…

Ella suspiró. Kurono la observó, bajo la esclarecedora luz del día, con el pelo recortado y recogido y la piel más morena. Se dio cuenta de que no tenía idea de quién era esa mujer, Akina, quien se estiraba como un gato sobre su silla reclinable. Y moría de ganas por conocerla.

– “¿Quién eres?” – dijo Akina con voz juguetona. – “¿Un maldito ninja?”

Sonrió. Era la primera vez que ella sonreía, en cualquiera de sus vidas.

XII. Pasándose de listo.

Bullock almorzaba en su escritorio, utilizando las carpetas de varios expedientes como mantel para evitar manchar su área de trabajo con catsup y mostaza con jalapeño. Y, salido de la nada, un joven detective se planta a su lado, tan emocionado como un novato al resolver su primer caso.

– Detective Bullock

– ¿Qué te traes, Smith? – saludó, antes de morder su segundo hot dog.

– La he encontrado. A la asesina serial.

– Tenemos muchas asesinas seriales en Gotham. Podríamos organizar un jodido desfile de modas con ellas.

– A la rusa. La asesina de León Smolensko y quien refundió en Arkham al padre de éste, Vanko.

Harvey Bullock, desconcertado, interrumpió su sorbo de soda.

– Repite eso.

– He localizado a Dunia Raskólnikov, alias Butcher. Se encuentra en…

– Para tu carro. ¿Quién carajo te dio autorización para investigar ese caso?

– Estaba abierto, señor. No tenía orden de cancelación.

– Mierda.

– A decir verdad, estaba en proceso de cerrarlo, solo faltaba interrogar a la psiquiatra de la señorita Raskolnikov, la doctora Akuta… Atu… Aka…

– La vieja japonesa.

– Precisamente. Fui a Arkham, al Hospital General, a la Facultad de Ciencias Médicas de Gotham y terminé en la embajada de Japón. Allí me informaron que la psiquiatra tenía ya varios meses de haber fallecido en su ciudad natal, Osaka. Su sobrino, quien laboró un corto tiempo en el Hospital General, subastó sus bienes y partió también a Japón.

El interés de Bullock estaba menguando, por lo que regresó a su tercer hot dog, sin embargo, la siguiente información de Smith casi lo atraganta.

– Entonces fui a Japón.

– ¿QUÉ? Ni creas que el comisionado aceptará pagarte un maldito viaje a Japón, ¿Cuánto te costó el condenado boleto? No, no me digas, no me interesa.

– Fue un viaje personal, detective. Es que verá, yo colecciono… bueno, no es necesario que lo mencione… pero pertenezco a un club en donde… de vez en vez… bueno, buscamos cierto tipo de… mercancías coleccionables… nada ilegal, por supuesto… pero el tenerlas de su país de origen aumenta mucho su valor…

– Ahórrate la basura. Me da igual si fuiste a comprar videojuegos o muñequitas… ¿Eso que tiene que ver con el caso?

– Como le decía, al fallecer la psiquiatra, el único posible testigo del caso era su sobrino, el doctor Kurono Akutagawa. Así que cuando salí de la convención…

Bullock torció los ojos, en una expresión que decía a todas luces “Enorme pedazo de idiota”. Smith se sonrojó desde el cuello hasta la raíz del cabello, pero continuó.

– Fue un golpe de suerte. Estaba yo en camino al aeropuerto, pues en la embajada no pudieron darme ningún tipo de información, cuando…

Smith sacó su celular del pantalón, pulsó un par de veces la pantalla, entregándoselo de inmediato a Bullock.

-… ahí estaba el doctor. Con su esposa embarazada, paseando. Y su esposa era Dunia. No hay duda. Los seguí casi todo el día. ES ella. Habla japonés, se viste como japonesa, escuché que el doctor la llamaba Akina, Daigo Akina. Incluso me las arreglé para acercarme lo suficiente, y fingí chocar con ella de frente para observarla bien. Estoy contactando a un amigo de Tokio para investigar si puedo hacer enlace con la policía nipona…

El detective Bullock sostuvo el teléfono cerca de su rostro, observando con atención.

– Responde. ¿Estás completamente seguro de que es ella?

– Si detective. Las fechas encajan. Comparé todos los registros que tenemos, todas las fotografías, los reportes de Arkham, todo. Desgraciadamente no pude conseguir un cabello suyo, lo necesito para las pruebas de ADN, para confirmar su identidad totalmente.

– ¿Jodidamente seguro?

Smith comenzó a ponerse nervioso. Bullock lo atravesaba con la mirada.

– Si, detective.

Apenas se escuchó el “sí”, Bullock pulsó la pantalla y borró la foto.

– ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO?

Y, con la mayor intimidación posible, Bullock dijo:

– Escucha bien, niñato. La demente debe quedarse donde está. Si la traes a Gotham el infierno se saldrá de la lata. ¿Oíste? ¡DE LA LATA! Tengo la palabra de alguien garantizándome que mientras Butcher siga con los amarillos allá, estará tranquila y bien vigilada. ¿No se te ocurre alguna razón por la que el sobrino de su loquera se haya casado con ella? ¡Para mantenerla controlada!

El joven detective tragó saliva, impresionado por la feroz actitud de Bullock, a pesar de su terrible aliento a cebolla.

– Investiga, si deseas, cuantos asesinatos por despanzurramiento han ocurrido en Japón desde la llegada de Butcher. Yo ya lo he hecho. Ninguno.

– Pero, detective, ¿está seguro de eso?

– La están vigilando. Asunto de capas y mallas. Él me dio su palabra.

– ¿”Él”?

A manera de respuesta, Bullock puso sus índices levantados al lado de las sienes, y agregó.

– Capucha negra y el resto del disfraz. ¿Lo captas?

Smith retrocedió en su silla, recordándose a si mismo que tenía que respirar.

– Es como… hace siglos, existía el castigo del exilio. – dijo Bullock, un poco más amistoso

– No era la muerte, pero el culpable era condenado a errar hasta deshacerse de viejo. Velo así. Dunia vivió y se adaptó perfectamente a Gotham. A veces me pregunto cómo dejaron su cerebro para que ella tolerase vivir en un sitio del otro lado del mundo.

– ¿Y… él… aceptó un trato así? ¿Por qué no la entregó a nosotros? Ya la había llevado a Arkham antes.

– No tengo ni una puñetera idea.

Giró la cabeza hacia el escritorio, poniendo los ojos a descansar sobre las torres de folios y documentos pacientes. En realidad, se estaba dando un momento para recordar.

– Parece frío, pero tiene sentimientos. Alcanzó a decirme que la anciana rogó por la chica. Rogó y lloró, incluso llegó a arrodillarse ante él. Como una madre lo haría por su única hija.

Entonces se hizo una pausa algo inusual para una oficina de policía abarrotada, pausa que Smith rompió, con la palabra…

– “Haha”

– ¿Qué carajo dijiste?

– “Haha” significa madre en japonés. Tiene sentido, la doctora se enlazó sentimentalmente con su paciente…

– Al demonio con eso. Ese caso está cerrado, ¿oíste? Si por ahí me entero de que andas sacando otra vez cadáveres de sus tumbas, vas a meterte en líos. Así que vas ahorita y me borras toda la información, fotos y supuesta evidencia que obtuviste, y vuelves a enterrar el asunto.

Tomo tres o cuatro abultados expedientes, les sacudió las migajas de pan y gotas de salsa, antes de lanzarlos al pecho de Smith.

– Ten, para que te entretengas y dejes de andar de curioso. Unos asaltos raros, asesinato múltiple y creo que te di uno de una banda de payasos secuestradores, que se yo. Ya que te sientes tan capaz… En una semana me dices como vas con los casos. ¿Cómo les dicen a los que juntan cosas japonesas como tú?

– ¿Se refiere a “otaku”?

– Eso. Agarra tu trasero de otaku, cállate y lárgate.
Smith torció la boca antes de sonreír discretamente, saliendo con paso rápido de la oficina del detective Bullock. Si bien éste le había delegado unos pocos expedientes, aún tenía una extenuante perspectiva de crímenes esperándolo.

De pronto, una explosión sacudió su escritorio y las ventanas. Las alarmas sonaron inmediatamente. Todo el cuerpo policial se puso en alerta de inmediato, los radios empezaron a sonar, mientras los hombres se equipaban con sus armas y chalecos antibalas, pues los reportes de un tiroteo impresionante ocurrido justo al otro lado de la ciudad llegaban a caudales a la estación.

– Lo único que falta son los cocodrilos gigantes. Ah, no, a esos los atraparon la semana pasada.

Tomó media taza de café, mientras ajustaba su revólver cargado en la funda de su pecho.

– Cosa de todos los días, si vives en Gotham.

FIN

Haha (parte I)

I. Una joven

Lloró largo rato. Tenía cantidades inconmensurables de miedo, la cantidad suficiente para atormentar varias vidas. Se encontraba atada, vendada de ojos, y depositada en el suelo, justo como un animal aguardando turno al matadero, intentando producir más que gemidos de su boca amordazada. Giró y chocó con otro cuerpo, el cual se retorció y bufó de la misma manera que el suyo. La puerta crujió, mientras voces masculinas traían consigo pasos pesados.
– ¿Estas son?
Tres, dos que no pasaban de veinticinco y una de al menos cuarenta, aunque bastante atractiva, a pesar del rímel corrido y el pelo enmarañado.
– Las agarramos hace unas horas. Tenemos compradores para las chiquillas, nos falta colocar a la del vestido azul.
– Conozco a alguien. Voy a hacer una llamada.
Cuando los hombres salieron, las mujeres renovaron sus sollozos, con incrementada desesperación. Menos una de ellas, quien se contorsionó para liberar las piernas, a través del hueco de sus brazos, y colocar las manos al frente. Consiguió arrancarse la cinta de los labios, y dijo, mirando fríamente a las otras dos mujeres:
– Silencio.
Sacándose el zapato, alcanzó la navaja de barbero escondida allí. Consiguió liberarse en menos de un minuto, con esa habilidad dada por la práctica. Poseía otra navaja más, oculta en el borde de la chaqueta, además del largo cuchillo adherido al abdomen, oculto por la camisa de estambre que usaba.
A unos metros de ellas, los tratantes de blancas conversaban con cervezas en la mano, estómago y cerebro.
– Hay que desnudarlas para registrarlas bien. Nunca está de más.
– Les quité las carteras y los teléfonos. Y sabes que a Vanko no le gusta que jueguen con sus cosas.
– Serán suyas cuando pague por ellas, carajo.
– Ya sé que te traes. El rumor ese, de la chica demasiado demente para el asilo Arkham…
– Párale. Dime si lo que pasó en la bahía hace una semana fue solo un rumor. A que no, ¿cierto?
– Éstas son normales. Lucen normales.
Su compañero vació media cerveza de un trago.
– Si tu lo dices.
Butcher, la asesina, andaba en Gotham. Butcher, aquella quien te hacía masticar tus propios ojos. Butcher, cuyo disfraz era el de ser una víctima indefensa, sin descripción alguna, foto o rastro, porque todos los que pensaban tener a Butcher sometida, morían, y de formas aberrantes.
– No tardo
Cogió unas tijeras, y fue al cuarto a arrancarles la ropa a las futuras esclavas de dormitorio, con la intención de inspeccionarlas minuciosamente. Sin embargo, cuando abrió la puerta, solo vio a dos.
– ¡Maldi…!
Un frío arañaba el lado derecho de su garganta. Un murmullo le llegó por detrás de la cabeza.
– ¿Cuántos?
– Vete al carajo, perra loca. Tendrás…
Con precisión anatómica, el seno de esas arterias carótidas floreció y regó con sangre borboteante el pecho del hombre.
– Por la forma difícil, entonces.
Ella puso a una chica de rodillas, y le dio un golpecito en la nariz con la navaja ensangrentada.
– Grita.
Y la chica lo hizo. El completo terror estalló por su garganta, usando sus pulmones de combustible, e incluso los dos tratantes que continuaban embriagándose percibieron, muy a pesar de sus obnubilados sentidos, el espanto demoníaco que esa joven transmitía en el grito profundo de las entrañas. Ellos hacían gritar a las mujeres, en bastantes ocasiones, pero nunca con tanta fuerza, nunca con tanto espanto.
– ¿Qué diablos fue eso?
Cuando llegaron a ver, fueron arrastrados y derribados al interior del oscuro cuarto, con movimientos ágiles y salvajes, justo antes de azotar la puerta a sus espaldas. Ella estaba ahí, Butcher, con dos navajas en las manos ensangrentadas, esperando a hacer lo que más le reconfortaba hacer, cosa que escandalizaba a la policía de Gotham y a los clanes criminales del inframundo citadino.
Butcher estaba ahí, con la intención de arrancarles la cara y las lenguas.
Y lo hizo.

II. Escena del crimen.
– Que me jodan.
– Repetiste eso cincuenta y ocho veces ayer, Harvey.
– Me escucharás diciéndolo todo el maldito día, Renee, así que acostúmbrate.
La detective Montoya dejó de poner atención a su compañero y esquivó a los paramédicos que sacaban a las mujeres encamilladas. Preguntó, solo por preguntar, sabía de antemano que Harvey no le daría una respuesta profesional.
– ¿Dijeron algo las testigos?
– Una declaró que se volverá adicta a los sedantes, y la otra asegura que nunca pondrá un pie fuera de su habitación el resto de su vida.
Montoya miró analíticamente la escena del crimen. Musitó, antes de exhalar.
– Yo tampoco lo haría.
El olor de la sangre y la carne se habían impregnado a los tapices, las pesadas cortinas negras, incluso a la madera de los pocos muebles. La piel por un lado, limpia y tensa, sostenida por clavos. – “¿De dónde los consiguió?” pensó Montoya, mientras la escena le recordaba a esas fotos viejas del taller de un taxonomista o peletero rural – Los órganos, por otro, clasificados, revueltos en cuestión de víctimas, pero agrupados según sus características nutrimentales – “Hígados. Algo se trae con los hígados.” – y los huesos, separados por longitud y grosor. Como novedad, las cabezas son fáciles de encontrar, aunque sin piel facial, pero identificables por los dientes.
– ¿Qué hay en los baldes?
– Ya lo sabes, aunque te daré una pista. Asado familiar.
– Ugh.
– Cortes gruesos, perfectos para brochetas o estofado.
– Cierra la boca, Harvey.
– Las chicas lo vieron todo.
Fue el primer estremecimiento que tuvo Montoya desde que entró a la habitación.
– ¡Dios…!
– Ella no las sacó del cuarto. Sospecho que tenía prisa. Esto lleva tiempo, ¿Cuánto fue esta vez? ¿Ocho horas? ¿Diez? ¿Incluso cinco? Debía moverse rápido, antes de que los mastodontes de Vanko vinieran por las mujeres. Si durante el descuartizamiento obtuvo información de estos proxenetas, no podremos saberlo. Las testigos se desconectaron de la realidad cuando empezó a despellejar vivo al primero.
– Así que trabajaban para el traficante estrella del distrito sur, Vanko Smolensko.
– Uno de ellos era Tim Alexander, “Little Tim”.
– ¿Ya lo identificó el forense?
– Vi su cartera. Como te decía, Little Tim y sus esbirros secuentraban mujeres limpias para renovar el personal de los prostíbulos de Vanko, quien a veces inspeccionaba la mercancía en persona antes de llevarlas a los burdeles. Hemos agarrado a varios compinches suyos, pero nunca le pudimos poner la mano encima.
Un patrullero entra temerosamente. Lleva un paquete de donas y dos vasos térmicos de café.
– De…tectives… Sr. Bullock, sin jalea…
– Gracias chico.
– ¿Tengo que quedarme? – preguntó el patrullero atemorizado.
– No, piérdete.
Y el joven patrullero deja a Bullock ofreciéndole a Montoya uno de los vasos de café y una dona de la caja.
– ¿Cómo diablos puedes comer en esta escena del crimen? – preguntó la detective, al aceptar el café.
– Hambre y una insensibilidad a las tripas. – respondió metiéndose media dona glaseada a la boca – Te recomiendo que la vayas desarrollando, porque si Butcher…
Era una voz de anciana la que se oyó a sus espaldas. Una voz con el timbre del tiempo, la autoridad, y el conocimiento.
– Detectives.
Montoya giró sobresaltada y la dona de Bullock se quedó a medio trayecto de la orofaringe.
– Disculpen la intromisión. Soy la doctora Mei Akutagawa, psiquiatra asignada a la señorita Raskólnikof durante mi estadía laboral en el asilo Arkham. Les suplico que nunca, al menos durante mi presencia, utilicen el aberrante y groseramente inculto apelativo que los amarillistas medios informativos de Gotham le han adjudicado a mi paciente.
La doctora estaba acompañada de un joven, japonés como ella, quizás su médico asistente, o incluso un familiar.
– Me ha llamado el comisionado Gordon para asistirlos en el caso, por si se preguntan el motivo de mi presencia.
Señaló las cabezas cortadas a menos de medio metro de sus pies, con la punta de su bastón.
– Sin cara, no hay persona, no hay identidad. Dunia le dijo a estos criminales, “ustedes son carne, huesos, músculos, animales”. ¿Y no es inquietante, ver el cráneo embarrado de sangre y trozos de piel, aún retorciéndose?
Retirándose, dedicó una mirada a la piel clavada en las paredes.
– La señorita Raskólnikof no es una de esos villanos vulgares que usan disfraces temáticos para presumir el único e insignificante trauma que los exime de ser ladrones o asesinos corrientes, villanos a los cuales ustedes están acostumbrados a capturar y lanzar de cabeza al manicomio, como si fueses fenómenos escalofriantes.
La doctora se retiró con ayuda de su joven asistente, haciendo un alto, al lado del detective Bullock.
– Ella necesita ayuda psiquiátrica. Su mente está enferma. Y entre más la llamemos Dunia Raskólnikof, y no… – la anciana se agitó con un genuino espasmo de asco. – será lo mejor. Por ende, para todos nosotros. Con respecto a las caras de las víctimas…
Montoya y Bullock permanecían a la expectativa. Ella sin moverse y él sin tragar el bocado de dona que casi lo asfixia.
– Busquen en los tractos digestivos. Probablemente les forzó a deglutirlas. Buenas tardes.
El tenso silencio dejado a la partida de la doctora Akutagawa fue interrumpido por el tronido que surgió de la garganta de Bullock. Finalmente la dona prosiguió su camino.
– Cielos…
– Si.
– Afortunadamente no leyó mis reportes.
– ¿Porqué, Harvey?
– Yo la llamo Butcher todo el tiempo.

III. Evaluación psiquiátrica.

La entrevista fue realizada en la habitación de Allison, apropiada para una niña de doce años, no para una joven egresada de la Facultad de Economía.

“Es más vieja que mi abuela” pensaba Allison, quien, para protegerse del mundo, se había arropado permanentemente con un edredón de estampado infantil, dejando solo un atisbo de su rostro y cabello al exterior. “¿Qué hace ella aquí?” se preguntó “¿Porqué no pueden dejarme tranquila?”

– Hueles bien – dijo la doctora – ¿Rosas con un toque cítrico?

– El hecho de que no deje mi habitación – respondió Allison a la defensiva – no significa que no me duche. Papá y mamá me dejan estar aquí todo el tiempo. Están todas mis cosas. ¿Usted cree que volveré allá afuera después de…? – la joven tiembla – Es horrible allá afuera. No volveré. Seré tan vieja como usted aquí adentro y moriré.

La doctora se levantó y tomó una muñeca depositada sobre la cama. Observándola con curiosidad, lanza palabras sin intención.

– Sayonara zetsubou sensei.

– ¿Qué dice?

– Es un anime que veía mi nieto. ¿Sabes lo que es anime?

– Sí, si se. Me gusta.

– Perfecto. En la serie que te mencioné, había un episodio que me recordó a ti. Una chica que nunca quería salir de su habitación. Sin embargo no importó, porque tomaba clases por Internet.

– La mandó llamar mi papá, ¿cierto, doctora Aku… Atu…? ¿Cómo se pronuncia su nombre?

– Akutagawa. Llámame Mei. Estás equivocada, Allison querida, no, no me mandó llamar ninguno de tus padres. Vine a verte a ti. Personalmente.

La anciana doctora volvió a sentarse de cuclillas ante el edredón parlante, ofreciéndole la muñeca de trapo. Una mano brotó de entre los pliegues, tomó la muñeca y volvió a sumergirse entre la tela acolchada.

– Supo de mí por la policía. Quiere que le cuente lo que pasó.

– Es verdad, me gustaría oír tu versión. Sin embargo, estoy aquí por un amigo. A él también le gustaría saber lo que tienes que decir.

– ¿Su amigo es policía?

– No. Podríamos llamarlo otro paciente. Le gustan los efectos dramáticos, el color negro, salir por las noches y ponerle nombre a sus vehículos y a cuanto artilugio usa. Hasta tiene una señal luminosa sobre el techo de la estación de policía.

Allison muestra su cabeza, bajando el edredón a los hombros. Tiene los ojos azules abiertos a más no poder.

– ¿Lo conoce? ¿Lo ha visto? ¿Es real?

– Sí, a las tres preguntas. Él esta interesado en ti, Allison.

– ¿ÉL?

– En efecto.

– Pero tengo miedo. No quiero pensar en eso. Es feo.

– Puedes ser valiente. El único lugar a donde tienes que ir es a tu mente, a uno de tantos recuerdos archivados allí. Puedes ser valiente como él.

Allison repitió la última frase, haciendo resonar su voz en la concavidad de su cráneo.

– Ser valiente como él.

La doctora Akutagawa se reacomodó en su sitio.

– ¿Lista?

– Supongo. ¿Él lo sabrá todo?

– Iniciaré a grabar cuando tú lo indiques.

El edredón se sacudió, mientras Allison volvía a cubrirse la cabeza.

– Ya.

– Por tu madre, se que fuiste a cenar con tus amigas – la doctora encendió una pequeña grabadora digital que tenía en el bolsillo – y dejaste el centro comercial a las diez de la noche. ¿Qué pasó después?

– Bajé al estacionamiento, y caminé. Sentí que alguien me seguía y fui más rápido, ellos… ellos se echaron encima de mí… uno me tapó la boca y el otro sujetó mis brazos así…

En actitud infantil, Allison recreaba su secuestro. El edredón cayó de nuevo, dejando ver su rostro macilento, el pelo limpio pero desarreglado, y ojos extraviados en escalofriantes memorias.

– Me cargaron a una camioneta… oí el portazo y el arrancar del motor… otra persona lloraba como yo, sentía su cuerpo a mi lado… las dos llorabamos mucho… los hombres hablaban, eran groseros… decían chistes malos, insultos… Decían “con esta son tres…” “¿De donde tomaron a la primera?” “Afuera del edificio Odessa, en el barrio ruso, fue fácil, no gritó demasiado” Se reían, se reían…

La doctora intervino, para tranquilizar a la joven.

– Trata de eliminar esas palabras, y concentra los recuerdos en las sensaciones del ambiente.

– El viaje… nos cubrieron los ojos, sentía manos duras arrastrándome… estuvimos en el piso, no se… horas, horas… Después, nos revisaron… Ella, ella no había llorado, era rara… tan tranquila, y después…

Allison entró en una especia de ausencia. Movía sus manos mecánicamente, en secuencias alejadas de sus palabras temblorosas.

– Mamá me enseñó a limpiar un pollo antes de hornearlo. Mi mamá arranca la piel de un tirón – el lenguaje corporal ilustra las acciones narradas por la chica – mete la mano en el espacio debajo de la pechuga y saca las vísceras, raspa y raspa, hasta que no quede nada. Mami corta la cabeza y las patas, porque éstas no se comen. A veces, desencaja las alas del pollo, haciendo así – con un brusco movimiento de brazos y hombros ejemplifica el acto de tronar las articulaciones. – para que papá las pueda cortar. Cuando lo queremos entero, o lo corta en piezas. La carne de pollo es suavecita. A mí me gustan los muslos de pollo.

La doctora Akutagawa continuó.

– Así las encontró el detective Bullock.

Allison volvió a cubrirse la cabeza con el edredón. Sus manos vibraban.

– Te lo agradezco – comentó la doctora – me has dado una pista muy importante. Tu ayuda fue más útil que toda la policía. Quiero que reflexiones en esto cuando me vaya. ¿De acuerdo?

– Trataré.

– Estás viva

– ¿Cómo dice?

– Piénsalo. ¿y si no hubieses coincidido con Dunia, la chica que asesinó a tus secuestradores? Probablemente estarías en estos momentos atrapada en uno de los prostíbulos de la mafia. Entonces ¿Qué sería peor? ¿Un recuerdo terrible o una existencia terrible?

La anciana se levantó lentamente con ayuda de su bastón.

– Quizás presenciar esos homicidios fue lo que te liberó de un largo calvario. Estás aquí, en tu linda habitación, segura, bajo el amparo de tus padres. ¿Eso no te inspira una pizca de confianza?

– No.

– De acuerdo, si tu madre pregunta – la doctora se despidió con una sonrisa – dile que traté de hacerte salir de tu habitación. Estaba muy preocupada. Fue un gusto conocerte, Allison.

– Espere.

– ¿Si?

– Dígale a mi madre que, tal vez, en unas semanas, baje a la cocina.

– Cuando en algún momento, juntes la suficiente valentía y arrojo para acerarte a la puerta principal, hazte un  favor a ti misma.

– ¿Cuál?

– Deja esta maldita ciudad.

Durante el viaje en automóvil, la doctora, sentada en la parte trasera, acercó a su boca el reloj de pulsera, para hablar a voz media.

– Edificio Odessa, en el barrio ruso. Una muy buena pista, ¿no crees? A ti también te aconsejaría que dejes esta ciudad. Pero no lo harías aunque quisieras con toda tu alma. Tú, psiquiatras, locura, son el espíritu de Gotham.

(continuará…)

Doncella de Venganza (parte VIII)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

Esta obra se encuentra registrada y protegida por la Ley Federal del Derecho de Autor. Queda prohibida cualquier copia, imitación, o utilización sin previa autorización de su legítimo propietario.

(continúa…)

Al ponerse unas calcetas secas, le dio por comentar en voz alta.

– ¿Qué me pasó? No tengo la menor idea, creí que tu lo sabrías

<< ¿Yo? Yo estaba dormida >>

–  Por cierto, la chica del sueño que te conté la otra ocasión era yo. Siempre fui yo. Aunque sucede algo curioso.

<< ¿Qué cosa? >> Agregó el reflejo por pura cortesía, porque ya se estaba metiendo de nuevo a la cama cuando Ranchi continuaba sentada meditando.

– No recuerdo si estaba bailando.

 

Cuarto día.

“Jueves 21 de noviembre, año 226 después del Éxodo y Colonización””

Querido diario:

Hay ocasiones en las que verme al espejo origina en mí una oleada de pavor. Hay otras en las que empiezo a carcajearme fuera de control en el silencio. Situaciones en las cuales lloraba hasta quebrarme la cabeza, ahora me parecen patéticas y ridículas. Van a morir, lo he visto, todos van a morir.”

Mañana.

El cuerpo delgado de Ranchi continúa la rutina diaria, es decir, dejar la cama, ir al baño, vestirse, mientras su mente viaja por distantes mundos, regresando al suyo justo  en el momento de escuchar el noticiero. Dos palabras atraen su curiosidad, haciéndola acercarse al radio aún con el cepillo dental rebosante de espuma atrapado en su boca.

<< ¿Tratado Tallgeese? >>

“… es una situación insostenible. Es el momento de firmar el Tratado Tallgeese. Pretender que somos la única colonia terrestre en esta galaxia es absurdo. Han llegado los tiempos de aceptar que hay vida afuera de nuestro planeta, vida inteligente y desarrollada, con clara disposición además, de cooperación y respeto. Por otra parte, si persistimos en nuestra obsoleta actitud, seremos blanco atractivo de todos los criminales intersistemas que busquen planetas aislados con el único propósito de evadir la justicia de la Confederación. Maximiliam Timlar, terrorista de vocación y criminal por afición, es solo el más conocido de cientos de delincuentes que cada semana encuentran formas de llegar a nuestro mundo por medio de naves espaciales ilegales. De continuar con nuestra ceguera y egoísmo, no tardaremos en convertirnos en el sistema Therios y Nueva Standford Beta en el terriblemente famoso Planeta Sin…”

La comentarista interrumpe.

– Esto es un fragmento del polémico discurso del Viceministro Robinson ante el parlamento, dado ayer por la tarde, mientras se intentaba llegar a un acuerdo sobre ciertos ajustes a la legislación penal con respecto a los contactos extra terráqueos. El discurso fue interrumpido abruptamente por órdenes del Ministro Bates, quien tomo el sitio del orador y respondió severamente:

“El Gobierno Global de Nueva Standford, nunca, por ningún motivo firmará el Tratado Tallgeese. Este aumento en los índices de criminalidad y terroristas es una treta de la Confederación de Sistemas para atraernos a sus redes, con una falsa ilusión de protección. Mientras la Confederación persista con sus maniobras intimidatorias, el sistema de Nueva Standford se mantendrá más alejado de influencias externas a la Madre Tierra…”

– Así concluyó – continúo la comentarista – una acalorada sesión de debates en la Cámara Alta, mientras que las muestras de repudio a las ideas del Viceministro Robinson no se hicieron esperar. Pasando a otras noticias, la Dirección Planetaria de Justicia dictaminó…”

Ranchi tenía aún el sabor del desayuno cuando subió a la limosina con Derek. Ambos se hallaban absortos a sus ideas propias, hasta que sus miradas se encontraron por casualidad. Un apagado gesto fue su saludo.

– Hoy, a las cinco, en la biblioteca – dijo Derek suavemente.

– Hoy, a las cinco, en la biblioteca – repitió Ranchi.

Tomaron sus manos. Fuera cual fuera el problema de Derek, no importaría, pues era una oportunidad única para estar juntos.

En la hora del almuerzo, Ranchi comía su emparedado en la cafetería concurrida. Lo bueno de estar siempre sola es que puedes escuchar sin interrupciones las conversaciones de los demás, por tal motivo estaba completamente al tanto de lo dicho por Shermie y Jenny, las dos estudiantes a su espalda con la plática más interesante de todo el comedor.

– … espantoso, terrible, aun no puedo creerlo, ¿Qué clase de monstruos…? ¡Lo encubrieron todo! ¡Ni una palabra en la televisión! Dios…

– Cuéntame más, Shermie… no entiendo cómo es que tu hermano…

– ¡Despierta! – contestó bravamente la chica, mientras la voz se le quebraba – El derrumbe del túnel de salida a Knockville no fue un accidente, fue una obra de Emancipación, esos enfermos explotaron decenas de bombas, en la hora pico del tráfico, colapsando los tres pisos de la autopista.

– Pero en las noticias…

– Sí, yo también sé lo que dijeron: “un accidente…” Pero estaba… yo estaba hablando con mi hermano por celular y… lo último que le oí… las bombas… el vio estallar las bombas…

El llanto le impidió continuar. Ranchi dejó la mesa y fue a tirar su basura a un cesto cerca de la puerta, aprovechando el lugar para descubrir de qué hablaban tan excitadamente un grupo de muchachos.

– … lo de Knockville es poco comparado con Nueva Osborn.

– ¿Del otro lado del planeta?

– Una cuadra comercial, en la ciudad más grande del distrito. Repleta de gente. Desapareció hasta las raíces.

Varios murmullos de asombro.

– Creo que la mencionaron en las noticias de anoche ¿Cierto?

– Sospechan de bombas nucleares. Están investigando.

– Estará difícil que atrapen a Timlar. Está más loco que una cabra, eso lo hace resbaladizo, yo digo…

Las conversaciones son interrumpidas por un aviso urgente en los altavoces. Solicitan a los alumnos quedarse donde están y la completa cooperación a una inspección policía emergente. Nadie esperaba eso, principalmente porque la gran mayoría de integrantes de Emancipación salían de las universidades. A pesar de las dudas y cuestionamientos por parte de los académicos, los  policías armados entraron al plantel, ocupando hasta los rincones más apartados. Podría oírse flotar por los pasillos la discusión abierta ante el profesor O´Connors y el jefe de policía Sanderson, moviéndose ambos rápidamente entre la muchedumbre nerviosa.

– ¡Esto es ridículo! -resoplaba el profesor al tratar de seguirle el paso al fornido teniente -¡Solo son muchachos! ¡Perderá su tiempo, aquí no hay ninguno de esos maniacos descarriados! Busque en la Magna Universidad de Nueva Standford, está infestada de ellos.

Dos policías llevan sujetos firmemente a tres alumnos de último grado. Los jóvenes se ven asustados, pero uno de ellos esta aterrorizado y no es capaz de levantar la vista de sus zapatos ante la presencia del director, ruborizado, perlado de sudor y mas tembloroso que sus compañeros. El teniente Sanderson examina las pruebas encontradas en sus bolsillos y mochilas: varios discos sin rótulo, propaganda escrita de Emancipación, planos de la escuela, y, ante la incredulidad del profesor, armas de fuego y cartuchos.

– ¿Qué es lo…? – exclamaba escandalizado el profesor O´Connors; no tardo en reconocer a su propio hijo, el más nervioso de los tres – ¿Bryan? ¿Tú…?

El jefe de policía está complacido y orgulloso como un pavo real, e interviene en la conversación sin pizca de tacto.

– Teníamos el informe de un posible atentado en este colegio. Aparentemente estos muchachos tomarían la escuela antes del arribo de Max Timlar y un grupo mayor de terroristas, pertenecientes a Emancipación. Por fortuna, logramos detenerlos justo a tiempo.

– ¿Es cierto eso? – el profesor O´Connors se encontraba en shock, era incapaz de creer que su propio vástago tuviese algo que ver con rebeldía – ¿Hijo?

Los policías comienzan a movilizarse bruscamente con los jóvenes sospechosos. El teniente satisfecho con su cacería, agregó.

– Serán interrogados y posteriormente sometidos a juicio por alta traición. Gracias a su edad, quizás eviten la pena de muerte. Lo mantendremos informado.

– ¿Bryan? ¿Mi Bryan? Dime… lo que sea…

El profesor buscaba ansiosamente los ojos del muchacho, caminando a un lado suyo, jaloneándolo del brazo para hacerlo reaccionar. Bryan temblaba un poco menos, y dirigió una última señal a sus compañeros antes de quemar las velas y tirarse por la borda.

– Vivimos en una celda, nuestros espíritus, nuestras mentes. Hay que liberarlos. Hay que salir de aquí.

Consiguieron zafarse de sus guardias, y mientras uno los golpeaba frenéticamente, los dos restantes sustraían .sus pistolas. Inútil fue la advertencia del padre y el grito de “¡Alto!” del teniente. Reeducados por Timlar, sabían escapar, luchar y matar. Elegirían el suicidio antes de traicionar a la causa. No era la primera vez que abrían fuego contra policías armados, pero si la primera en fallar. Dejaron de ser muchachos inocentes mucho tiempo atrás.

Ranchi escuchó en su salón los disparos ocurridos en el piso superior. Estaba apoyada de espaldas a la pared, ocupada con sus voces.

<< Venían por ti. >>

<< Ellos te quieren ¿Por qué razón crees que el caballero negro te sigue? >>

<< La hija del primer Ministro del Gobierno Global. >>

<< Morirán. >>

<< El mundo completo arderá. >>

Proveniente de la gema, nace una llamarada azul, una flama que crece y se expande a través de su ropa, de su cuerpo, por sus manos, los pisos, muros, techos, avanzando rápidamente, carcomiendo las superficies, las personas. El ambiente se torna lúgubre, nocturno y el fuego se magnifica hasta que todo está ardiendo, transformándose en cenizas y polvo. Sin embargo, nadie grita.

<< Otra ilusión. >>

Un serio policía se acerco a ella.

– ¿Señorita Bates? ¿Podría…?

El agente de la ley interrumpe su oración al notar la extraña expresión que poseía. Una mezcla de mirada amenazante, pero distante, con el rostro inclinado hacia la izquierda, los labios ligeramente entreabiertos, y los ojos más fríos que hubiese visto atravesando como si no existiera. En verdad, para Ranchi, no existía, era solo un esqueleto carbonizado andante en la mitad de una tormenta de fuego celeste consumiendo la tierra y las cosas sobre ella.

– ¿Señorita  Bates?

Los ojos giran independientes a la cara y se posan en él.

– Tercera fila, segunda banca contando desde el escritorio. Negra con cierres metálicos. Buen provecho – acercándose, alza los brazos permaneciendo con idéntica extravagante actitud – ¿Va a registrarme?

El policía da un paso atrás, asustado.

-No, no es necesario.

Ranchi camina dentro de su fuego, sin prestarles atención a las miradas incrédulas.

-Chico listo. Pero igual morirás. Todos van a morir.

Poco a poco recupera su tímida normalidad, y para cuando su auto regresa a la Mansión, es la misma chica asustadiza de siempre y el recuerdo de la inspección finalmente la hace temblar.

(continuará….)