De Muerte y sus relatos V

El Necros Invocatum

Adán vivía en una ruina. Una ruina barata, lo mejor que podía pagar dado su salario y condición. Aún cuando casi todos se lamentarían de pernoctar en esa pocilga, Adán no tenía decoro en llamarla “casa”. Inclusive “hogar”, después de la fuerte pelea con su padrastro. Pero a él no le afectaba esa situación, pues mientras tuviese un sitio seco en donde dormir y un bocado de algo en el estómago, se sentía contento y afortunado.

Una noche, al acabar el turno en el almacén, caminaba hacia casa con la mano izquierda en el bolsillo, y un bote de sopa donada por la dueña del negocio en la derecha. El saber del mísero sueldo que le proporcionaba a su acomodador de cajas le provocaba algunos remordimientos a la señora, quien de vez en vez le completaba la paga con comida. Y a raíz de eso, Adán caminaba contento pensando en que solo tenía que hervir agua para tener una cena de café y fideos instantáneos. En eso, al llegar a la puerta del edificio, se encontró con un perro callejero que arañaba lastimeramente el marco de la entrada. Lucía hambriento y miserable, con el pelo mojado, negro como el petróleo, gimiendo por atención.

– Apártate un poco, no vaya a pisarte la cola. – dijo Adán al abrir la puerta. El perrito entró al interior, adelantándose unos pasos. Adán continuó con su camino, sin tardar en percatarse como el cachorrito lo seguía escaleras arriba.

– Solo tengo sopa – dijo él. – ¿Estas seguro de que te la vas a comer?

El cachorrito gruñó y enseñó sus minúsculos dientes.

– Decidido el hombre – y Adán continuó hasta llegar al apartamento 7-C.

El dueño del condominio era un viejo avaro muerto recientemente en un hospital de ricos. Mientras los abogados disponían de los bienes, los inquilinos podían abstenerse de pagar la renta. Cosa que Adán le caía como anillo al dedo.

– Llegamos. Acomódate.

El perrito comenzó a aullar apenas tocó el piso del apartamento. Se retorció por doquier, hasta terminar con las patas encima de una pared vieja y podrida recubierta de madera.

– A mi también me dan ganas de tumbarla – dijo Adán mientras ponía una cacerola de agua sobre la parrilla eléctrica. – pero me detengo al pensar en la cantidad de bichos que saldrán huyendo de ahí.

Adán escucha unos golpecitos en la ventana. Un pajarito negro esta parado en los barandales. Se detiene a observar a Adán, y al perro, ladeando su cabeza, y al momento, continúa golpeando el cristal. El joven ve al pájaro, pensativo. Toma una desición repentina.

– A ti no voy a darte de comer.

Abre la ventana y permite al pájaro revolotear sobre su cabeza, antes de apostarse sobre unos anaqueles oxidados donde Adán acomodaba sus cosas

– Carajo, ¿Dónde dejé el azúcar?

El cachorro continúa arañando una pieza del entablado con insistencia. Adán, mientras enciende un cigarrillo, lo ve de reojo. Deja prendida la parrilla y va hacia su invitado.

– ¿Qué encontraste?

El trozo de madera podrida cae. Un envoltorio de plástico es visible. Adán lo saca con cuidado y se sienta en la cama a examinarlo. El perrito lo seguía, el pájaro lo miraba y el agua comenzaba a hervir.

– Esto no es mío. – desenrolla el plástico y descubre una pequeña libreta de notas, con tapas de piel. La abre y ve atentamente la primera página. – ¿De donde habrá salido?

Las hojas son pequeñas y están cubiertas por símbolos extraños y cuneiformes. Al examinar por unos treinta segundos cada página, Adán tardó veinticinco minutos exactos en inspeccionar la libreta entera.

– Raro – comentó al pajarillo negro que hacía guardia en lo alto de los anaqueles. Y dirigiéndose a los pequeños animales que lo acompañaban, agregó – Ustedes dos saben algo que yo no.

El perro gruñe y el pájaro grazna. La vieja puerta de la habitación se rompe y cuatro hombres entran de repente, uno de ellos lanzándose sobre Adán y golpeándolo sin demora en el rostro con la culata del revólver. El cigarrillo sale volando hacia la colcha de la cama. En el piso, entre la sangre y el dolor, vio la pequeña libreta tirada bajo la cama.

– ¿Qué quieren de mi?

Los hombres se detienen en seco. En sus rostros hay horror.

– ¡YA ESTÁN AQUÍ!

Adán alcanzó a musitar:

– ¿Quiénes?

El perrito, aún gruñendo, sufre una metamorfosis acelerada, que le proporciona tamaño y poder descomunales. El pecho y la espalda aumentan de dimensiones y músculos. Las patas delanteras se levantan del suelo y las garras estiran a los dedos. Un espeso pelaje brota y su hocico se alarga aún más. Este salvaje hombre lobo libera un largo rugido, atacando tras apenas acabar. Solo se necesitó un zarpazo para que el primer hombre cayera hecho pedazos.

– ¡Oh, no!

En el movimiento, la olvidada cacerola con agua cae sobre la parrilla vieja. Hace cortocircuito y unas chispas caen sobre la cama. Un fuego nace lentamente, mientras uno de estos hombres toma rápidamente a Adán del cabello y lo alza, para sostenerlo.

– Haz que se detenga – le dice el hombre con furia – ¡Páralo! ¡Páralo!

– ¿De que diablos estas hablando?

– ¡PARALO!

– ¿En serio crees que ese monstruo es mío?

Los  restantes esquivan a la bestia, mientras buscan algo desesperadamente entre las pertenencias de Adán.

– ¡Rápido! ¡El acaba de verlo, no puede estar muy lejos de aquí!

El pequeño pájaro estira sus alas. Oscuridad escurre de su diminuto pico, chorreando al suelo, y cayendo en una mancha. Las alas se baten frenéticamente, hasta que se estiran y desgarran. Las plumas caen sobre la negritud líquida.

– ¡NO PODEMOS IRNOS SIN EL LIBRO!

– Creo que ya lo vi – dice uno de ellos – esta debajo de…

La Parca brota con la rapidez de una sombra, empapada en odio y muerte. La guadaña asesina el aire, y el segundo de los intrusos se desintegra en cenizas. Adán tenía en su sien la pistola, y veía como el otro sobreviviente estaba de rodillas, con una mano buscando bajo la cama que se incendiaba, y atestiguó justo el momento en que la guadaña le cercenó la cabeza con un limpio y grácil movimiento.

– No te atrevas, cosa horripilante…

Adán no pensaba en la pistola. Una lenta comprensión de las circunstancias lo distraía de la situación. Además, el hombre que lo amagaba se sentía diferente. Parecía no respirar. No se oía su corazón. Estaba demasiado frío. Y murmuraba en otro idioma, una larga retahíla de palabras guturales y enigmáticas. Pero aún así…

– ¡!!Argggg!!

El hombre lobo saltó sobre ellos. La pistola se disparó y la bala cayó en el pecho de Adán. Frente a él, el lobo despedazaba el cuerpo del hombre. Sus pensamientos, entonces, se unieron a los de la Parca, que lo miraba.

<< Está bajo la cama. Habrá que quemarlo. >>

La Parca golpeó el suelo con el mango de su guadaña. Con su último aliento, Adán vio al hombre lobo alimentarse de los despojos, y al fuego, un hermoso fuego, alegre y purificador, estallar de pronto y consumir el libro maldito y todo aquello que él poseía en vida…

– ¿Cómodo?

Estaba ahora con la cabeza sobre un escritorio, sentado en un sillón de piel. Parecía un despacho. Las paredes tenían enormes libreros y un candelabro inmenso iluminaba la estancia. Una chica vestida de negro y pelo alborotado preparaba dos tazas de café.

– ¿Dónde estoy?- preguntó Adán, incorporándose con lentitud.

– Respondiendo literalmente a tu pregunta – dijo ella, mientras agregaba dos cubos de azúcar a cada taza – estás en mi oficina. Pero esa no es la respuesta que quieres obtener.

Colocó una taza de café frente a Adán y ella se sentó con holgura del otro lado del escritorio. Él acercó su nariz para percibir el delicioso aroma de su taza. La tomó, y con cuidado, porque estaba caliente, lo probó. Su sabor fuerte le aclaró la mente.

– Estoy muerto. Y tú eres Muerte.

– Continúa.

– Esas bestias en mi casa, ¿de donde salieron?

– Yo las envié.

Adán tomo otro trago. Muerte parecía disfrutar la conversación.

– ¿Recuerdas un libro pequeño, aquel que encontraste escondido en la pared de tu cuarto?

– Si. Nunca había visto algo así en mí… – la última palabra se le atoró un poco en la lengua- vida.

– Supongo que en las circunstancias en las que te encuentras ahora – dijo Muerte mirándose las uñas – no habrá problema si te cuento lo que sucedió, es decir, las trágicas circunstancias en las que te viste involucrado, claro, si deseas conocerlas. ¿Coincides conmigo?

Adán asintió y tomó más café.

– Muchos buscan escapar de mí, en lo que ellos llaman “inmortalidad”. Desafían el orden natural de las cosas con medicinas o trucos para prolongar su estancia en el plano material indefinidamente. Así que, aparte de todas mis obligaciones como Portera del Plano Etéreo, tengo que lidiar con esos charlatanes y brujos de poca monta que osan poner mi autoridad y credibilidad en juego Y, déjame decirte, es un fastidio.

Atento a cada movimiento de Muerte, el joven asía su taza con ambas manos.

– Una de las tantas formas de mantenerse en el mundo material, es deshacerse del alma y convertirse a si mismo en un cascarón de carne, vacío y sin espíritu. Algo ni vivo ni totalmente muerto.

– ¿Cómo un zombi?

– ¿Qué notaste de raro en los hombres que te atacaron?

Adán recordó las heladas manos del que lo sujetaba.

– Parecía muerto.

– Es porque estaba muerto. Ni vivo, ni totalmente muerto. Un integrante de la raza artificial. Un Eterno. No pueden morir porque no hay vida en sus cuerpos falsos, creados de otros cadáveres, y no pueden considerarse vivos porque no tienen alma. Su corazón no late, ellos no…

– … no respiran.

Muerte se levantó y buscó algo en los estantes de atrás. Sacó una lata de color anaranjado y la puso abierta en el centro del escritorio.

– ¿Quieres una galleta? Son de almendras.

Con la mano un poco temblorosa, Adán tomo un bizcocho cubierto de azúcar y lo mordió.

– Entonces… – dijo Adán después de pasar bocado – esos hombres eran Eternos. Pero… parecían normales.

– Claro que lo parecen. Esa es la idea. Pero no pueden tener descendencia y su raza aumenta con la creación de más eternos. Les encanta profanar tumbas. Aparte de la magia negra y ese tipo de supercherías.

– ¿Y que hay del libro raro que encontré en mi habitación? ¿Cómo supieron que yo lo tenía?

– Porque lo leíste. Ellos tienen la capacidad de conocer los pensamientos de otras personas. Los Eternos buscaban desesperadamente ese libro, y, al momento en que lo abriste, tus pensamientos y sus pensamientos se sincronizaron. Como si dos personas viesen el mismo programa de televisión al unísono.

– ¿Porqué los buscaban?

– El Necros Invocatum, es decir, el libro que encontraste, decía como burlarme. Te daba el poder necesario para crear vida. Invocar almas completas. Revivir por completo a los muertos, cuantas veces fuese necesario, y no como títeres babeantes sino como fueron en el mejor momento de sus existencias.

– ¿Es eso posible?

Muerte sonrió de oreja a oreja.

– Ahora ya no. El libro fue destruido, y tú, el único que lo ha leído en miles de años, estás muerto. Podrías decir que estás de mi lado.

Muerte dejó de nuevo su asiento y abrió un cajón a la derecha. Rescató una pequeña ampolla de cristal.

– Veo que no estas asustado.

– Bueno, todos moriremos algún día.

– Bien dicho.

– Siempre creí que seríamos juzgados por nuestros actos. Digamos que no tengo cuentas pendientes.

– ¿Cuentas pendientes?

– Si, tratar de hacer lo correcto. A cada momento, en cada oportunidad. Solo somos humanos cuando hacemos lo correcto. Dar lo mejor de nosotros, pues podría ser lo último que dejásemos en el mundo.

Muerte le acercó una ampolla de cristal.

– La Ley dice que para continuar tu viaje, tienes que dejar tus memorias atrás. Una copia de tus recuerdos. ¿Aceptas?

Adán tomó la ampolla con la palma de la mano, mirando a Muerte con tranquilidad.

– No me gusta ocultar cosas.

De inmediato, el pequeño frasco se llenó con un líquido negro semejante a la tinta.

– Ya está – dijo Muerte, al retirarle la ampolla de la mano – puedes irte. Sal por la puerta que está a tu derecha.

Adán se levantó y reacomodó la silla en su lugar.

– ¿Puedo preguntar algo más?

– Adelante.

– ¿Existe el Paraíso?

– Si, en realidad, existen muchos paraísos. Y muchos infiernos. Puedes transformarte en la luz de la estrella más ardiente, en un alma devota que se alimenta de la piedad del Creador, en el capitán de un ejército de arcángeles, en un espíritu elemental del bosque, dedicarte a la meditación trascendental en una floresta pacífica, o volar por los círculos cósmicos para presenciar la creación de un universo. Una vez visité un paraíso que consistía en una montaña de duraznos.

– No se escucha mal. ¿De quien depende a que tipo de paraíso, o infierno, seré destinado?

– De ti.

Adán se despidió de muerte, y abrió la puerta del despacho. Una luz intensa lo absorbió por completo, mientras cerraba con cuidado la puerta a sus espaldas.

Muerte tomó un libro en blanco que estaba sobre el escritorio y lo abrió en la primera página, vertiendo en él la tinta de los recuerdos de Adán. Reservó un poco de tinta en la ampolla mientras buscaba unas hojas de papel. Y ahí, con cuidado, gota a gota, colocó el remanente de esos recuerdos decantados. El Necros Invocatum fue tomando forma lentamente, y al terminar de vaciar la botella, esa pequeña libreta negra estaba ante las manos de Muerte.

– Voy a estudiarte – dijo al abrir ese pequeño libro – hasta que todos los trucos y atajos sean descubiertos y eliminados. Cuando tienes en tu poder las armas del enemigo, hay que aprender a usarlas. Después de eso…

Vio la chimenea en el fondo del estudio. Llamas negras. Llamas de Olvido.

– De ésas, nadie escapa.

La chica gótica llamada Muerte se sirvió otra taza de café. Tanto que hacer…

FIN

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De Muerte y sus relatos IV

La Biblioteca de los Últimos Secretos

En los Caminos invisibles, hay un lugar donde los recuerdos se convierten en tinta. Una colección de libros infinita. Lo trascendental y lo insignificante se almacena en castillos de estantes. Conocimientos imposibles de obtener en vida, pues nuestra vida es corta y nuestra mente angosta, y transcurrimos por la dimensión física cegados por los caprichos de la carne y las necesidades del corazón. En la Biblioteca de los Últimos Secretos se encuentran las canciones que en la tierra se han olvidado, la sabiduría que los hombres han perdido, y es Muerte, la Resolvedora de Enigmas, quien lee en estos tomos aquella información valiosa, y así, hilo a hilo, teje la tela de la Verdad.

Inevitablemente, viajaremos por los Caminos Invisibles. Llegaremos allí y cumpliremos con la Ley. Vaciaremos las memorias en un tomo vacío y así nuestros anhelos, sufrimientos y saberes formarán parte de la Biblioteca. Liberaremos a nuestra alma del lastre del pasado, cuando confesemos las culpas y reconozcamos las virtudes, solo entonces, la Biblioteca se abrirá y podremos caminar, gozosos, hacia nuestro Juicio.

Así es. Así será.

– Hemos llegado.

Caribdis condujo al anciano a través de las majestuosas puertas de la Biblioteca y lo llevó a un escritorio individual. El salón estaba rebosante de ellos, y varios lucían ocupados por personas silenciosas y concentradas. Las paredes estaban cubiertas de libros, de los techos colgaban candelabros pesados de velas. Un silencio punzante apaciguaba los espíritus. Sobre el escritorio aguardaba un tomo de páginas blancas y una pluma. El frasco de tinta estaba vacío.

– Puedes comenzar.

El anciano se sentó. Abrió la primera página.

– No hay tinta.

– Cuando tus recuerdos broten, la tinta empezará a fluir – contestó la Parca.

– Exactamente, ¿por donde debo empezar?

– Muchos inician desde el nacimiento y terminan hasta su entrada a los Caminos Invisibles. Sin importar el orden que tomes, se prolijo en detalles. El tiempo no surge efecto aquí.

El anciano seguía renuente, y no se decidía a escribir. Solo por los fríos ojos de Caribdis tomó la pluma y anotó:

“Fui arrancado injustamente de la vida…”

La palabra “injustamente” se borró de inmediato.

– ¿Qué es lo que pasa? Tú me pediste que escribiera.

– La verdad es lo único que perdura en el libro. Las mentiras vuelan al viento.

– Mi muerte fue injusta y tú lo sabes. Me trajiste aquí justo cuando iban a trasplantarme el corazón que compré. Tenía el mejor hospital, gasté fortunas en doctores y, ¿para qué? Para que vinieras y lo arruinaras todo.

– Tu tiempo se había agotado – respondió Caribdis con voz monocorde y carente de emoción.

– ¿Quién decide eso? Los hombres somos quienes decidimos acerca de nuestra vida y nuestra muerte. Además de cómo…

– Cierto. Pero no deciden el tiempo de una u otra.

El anciano decidió que no era buena idea discutir con una manifestación espiritual de Muerte, así que refunfuñó.

– Lo hecho, hecho está. ¿Cuál es el paso siguiente?

El filo de la guadaña de Caribdis cayó sobre la página vacía.

– El libro. No irás a ningún sitio ni te enterarás de los caminos futuros hasta que vacíes tu existencia en el libro.

– Mi vida era aburrida. ¿A quien podría interesarle? Solo soy…

– Fuiste.

– … fui un hombre de negocios retirado. ¿Qué podría anotar? ¿La tasa de intereses de mis inversiones? ¿La clave de mi cuenta de ahorros? Además, ya estoy muerto, ¿Cuál es el sentido de escribir todo eso?

– Muerte lo ordena. Es la Ley. Esos libros – Caribdis mueve una mano descarnada en derredor –  almacenan historias que de otra manera se perderían en Olvido. Información valiosa para Muerte, quien con paciencia reconstruye los secretos más profundos que los mortales llevan a la tumba.

Al escuchar hablar de los secretos, el anciano aumentó su nivel de terquedad.

– Yo no tengo ningún secreto.

– Puedo verlos, en tu interior.

Caribdis se acercaba al viajero, tocando levemente su hombro con la mano de huesos. El anciano se estremeció al sentirla y mirarla.

– ¿Puedo preguntarte como te hiciste eso?

Caribdis retiró la manga de su túnica. La piel y los músculos estaban arrancados desde la mitad del antebrazo.

– Al dejar un alma a los Infiernos a cumplir sentencia. Al mas hondo, oscuro e inexpugnable de los infiernos.

A pesar de estar muerto, el anciano sintió un escalofrío por el cuerpo, haciéndolo enderezarse en la silla. Caribdis cubrió de nuevo su mano y continuó.

– Los secretos son las anclas del alma, e impedirán tu avance en los Caminos Invisibles. Libéralos, anótalos en el libro. Es la única forma de eliminar esa agónica carga. Tu Juicio te espera.

El viejo se afianzó en la silla.

– No tengo prisas en llegar al Juicio o a ningún otro sitio. Pasaré la eternidad aquí sentado.

– Es la Ley.

– Oblígame si lo deseas. Mi vida no le incumbe a nadie.

La Parca sacude las alas, las cuales retumban con aliento de tormenta. El anciano seguía firme en su posición.

– Oblígame si lo deseas.

Caribdis le acerca un poco más su pálido rostro. Los ojos negros buscan los ojos verdes.

– No necesitaré obligarte.

Un pozo de visiones revueltas y en desorden absorbe la conciencia del viejo, quien se extravía en sus propios enigmas y recuerdos.

“Le robé la mitad de la propiedad al inútil de mi hermano. Y estoy orgulloso de eso.”

“Nací para mandar y ellos para obedecer. Yo tengo el dinero y ellos no. Así que tendrán que hacer lo que me venga en gana.”

“Ella era preciosa, pero yo odiaba al bastardo de su hijito. Un renacuajo que la apartaba de mí. Lo asfixié en su cama, con una bolsa de plástico. Inventé después el cuento de la muerte súbita infantil, y esa estúpida se lo creyó.”

“Lo conseguí. ¡Lo tengo! El famoso Necros Invocatum. Un libro perdido, rarísimo y carísimo. Se lo venderé a esa secta de brujos drogadictos a los que les he estado lavando el dinero, apenas me lleguen al precio. Me importa un bledo si funciona o no. ¿Dónde? En el entablado del departamento 7-C, en un mohoso condominio de mi propiedad. Nadie vive ahí ahora.”

El anciano despierta sobre la última página de un voluminoso libro. Caribdis ha partido, y en su lugar esta otra Parca, de cabello ensortijado empujando un carro de madera rebosante de volúmenes. Al pasar a su lado, toma aquél recién escrito por el anciano.

– Has terminado.

El ve como su vida se pierde en el montón de anécdotas ajenas, alejándose de él, transportado por el rechinar de unas ruedas. La Parca le dirige una palabras últimas.

– Puedes salir ahora. Irás a tu Juicio.

Al anciano le tiemblan las piernas.

– ¿Qué sigue después del Juicio?

– El Veredicto.

El resto de las preguntas son innecesarias para ambos. La Parca continúa recogiendo los libros y deja al anciano solo levantándose de la silla. Camina entre quienes aún no terminan de escribir sus historias. A la izquierda, las mesas se acaban. Una alta puerta custodiada por dos antorchas es la salida lateral de la Biblioteca. Apenas tocarla es suficiente para que se abra de par en par. El camino será largo, pero para él, solo tiene un final. Aquel lugar donde recibirá las recompensas por los secretos tan celosamente guardados durante largo tiempo.

Las justas recompensas.

De Muerte y sus relatos III

El nacimiento de Caribdis

 

La luna llena arriba al cielo nocturno con su corte de estrellas. Un viento frío sopla por encima de la ciudad, murmurando canciones en idiomas desconocidos para los que habitamos esta tierra. Y, allá, en el silencio, ocurren tantas cosas…

Toda la existencia de Susana se reduce a este instante. A este pequeño instante.
– Estoy segura. Acepto tus condiciones.
Muerte toma el último sorbo de su café, después de observarlo por un buen rato, lamentándose para sus adentros que Susana haya derramado media taza en su primer arranque de enojo. No todos toman el hecho de morir de la mejor manera. Dirige su mirada a esa delgada alma, de pie, a un lado de ella, con los puños cerrados y la mirada dura e hiriente.
– ¿Completamente? – pregunta Muerte, con un gesto franco de incredulidad, queriéndole dar largas al asunto. A pesar de llevar un buen rato de charla, ella no tenía ninguna prisa en dar por terminado el tema. En cambio, Susana, estaba rabiosa. Cada gota de su alma bullía de ira.
-¡SI! ¡¡ ¿Cuantas veces tengo que repetírtelo?!! ¡Lo haré! ¡Si, lo haré!
Muerte la traspasa con ojos reprobatorios.
– Recuerda con quien estas hablando. Recuerda las opciones que te di, y las consecuencias de tu decisión. No hay marcha atrás, ni siquiera arrepentimiento, cuando lo hagas, borrarás tu propio nombre de los libros del Juicio. El cielo y el infierno te rechazarán.
– No importa. No voy a arrepentirme. Esperar hecha un fantasma de agonía por años hasta que alguien le de su merecido a ese animal no es para mí, definitivamente no voy a perdonarlo nunca y no quiero olvidarlo y dejarlo pasar, como si no hubiese existido. No, todo lo que me hizo estará siempre dentro de mí, y voy a hacerlo pagar. ¡Tiene que pagar! ¡Todas y cada una de las cosas horribles que me hizo! ¡Voy a ser yo la que lleve su putrefacta alma al más hediondo y maldito de los infiernos!!
La luna llena brilla, como una perla húmeda en terciopelo negro. Un silencio anormal ronda por la azotea, interrumpido solamente por los ocasionales gruñidos del hombre lobo que husmeaba por allí. Era una Furia, una mascota de Muerte, y ella solo los sacaba a cazar.
– Ten en mente que solo te encontré por casualidad. No vine aquí por ti, pero podria decirse que fuiste tú quien me encontró a mí. Curiosos los Hilos del Destino, ¿eh? Quizás, si hubiese venido una Parca… ¿Sabes? – reflexiono Muerte en voz alta, después de haberle dedicado considerable tiempo a la inspección de las hebillas de sus botas – Una Parca no es lo mismo que una Furia. Por ejemplo, él. – y señala al inmenso hombre lobo, ocupado ahora en meter la cabeza a un cubo de basura – Werewolf siempre fue una bestia. Vivió un tiempo como hombre, entre los hombres, comportándose y creyendo ser uno. Pero vivía bajo los caprichos de su instinto, una criatura de apetitos terrenales y vacías satisfacciones. Carne, deseos y pasión. Lo único que hice fue darme cuenta de su verdadero espíritu, dándole la forma que le correspondía. Solo eso. Siempre fue una bestia.
Werewolf lanza un aullido que le helaría la sangre a cualquiera y da un salto inmenso hacia la azotea vecina. Había detectado algo, y no se estaría quieto hasta averiguar de qué se trataba.
– Las Parcas – continuó Muerte – son mis emisarias, heraldos. Su función es más compleja, recoger las almas de los muertos y guiarlas por los Caminos Invisibles, dentro de los cuales ellas están atrapadas por el resto de la eternidad. Son, además, parte inseparable de mí. Mis ojos, oídos, voz, pensamiento. A donde quiera que ellas estén, yo estaré, lo que ellas descubran, yo lo haré. Nunca están solas, pues siempre me llevan consigo. Por eso ellas no me traicionan, me engañan o sienten desconfianza de mí. Las Parcas y yo, somos una sola.
A pesar de las palabras de Muerte, Susana sentía aún el odio vivo latiendo en su ser. Toda su vida había odiado a ese hombre, su mal llamado padrastro, su ahora asesino, y odio era lo único que le quedaba en el alma. Nunca conoció amor o compasión, ni se sintió querida o deseada. Tan solo aprendió a hacer lo que los demás hicieron con ella: odiar. Solo eso tenía ahora, odio y unas ganas inmensas de hacerlo sufrir, costase lo que costase.
– Pero las Parcas tienen tu poder. – interrumpió Susana, tratando de esconder su impaciencia. – Tu misma me lo dijiste, hace unos momentos. Tu poder y tu alcance, nada escapa de ellas, es decir, de ti. Ricos, pobres, poderosos, débiles, hipócritas o fieles, todos caen rendidos ante ustedes. ¿Porque no me permites unírmeles? También dijiste, que, si aceptaba transformarme en una Parca, la primera alma que tomase en mis manos para llevarla al Infierno sería la que yo quisiera, y te aseguro que ese malnacido se lo merece mas que nadie…
– Si, dije todo eso – arremetió Muerte de momento – pero creo que tu no te estas oyendo a ti misma.
Susana tuvo un sobresalto.
– ¿A que te refieres?
– Contesta esto – continuó Muerte – ¿Que tanto odias al que te asesinó?
La voz de Susana empezó como una marea lenta, que se eleva contra las rocas hasta estrellarse con toda la violencia contenida a través de los mares.
– Mucho. Con toda mi alma. Arruino mi vida desde la infancia. Mi maldita madre me abandonó con ese cerdo, y él me golpeaba, azotaba, violaba, obligaba a hacer cosas asquerosas… todo lo que conocí fueron sufrimientos, mi existencia se volvió tan terriblemente miserable, y solo me animaba el hecho de que algún día yo lo haría arrepentirse de todo, lograría que se humillase ante mí, que rogara por la misericordia que nunca me dio… Hasta hoy junte el coraje suficiente para tratar de vengarme, matarlo como el perro que es… pero… el era mas fuerte que yo… siempre ha sido mas fuerte que yo… el cuchillo que lo atravesaría a él, terminó atravesándome a mí. ¡Ahí esta mi cuerpo, destrozado, ultrajado hasta la ignominia, como testigo de su brutalidad!
– Entonces, – interrumpió Muerte – lo que pides se llama venganza.
– ¡Claro que deseo venganza! – gritó Susana con furia – ¡Quiero vengarme yo misma! ¡Con mis propias manos!
Podía verse en ese momento, a través de sus ojos, la oscuridad que germinaba en su espíritu. Negritud sin fin, sin tiempo, esperando una pequeña rendija abierta para brotar al exterior. Sus ojos eran gélidos, la llama de la vida hacia tiempo se había apagado, y vacíos, pues su alma no albergaba esperanza, tan solo rencor y desesperación.
Muerte se separó un poco de ella y busco desenfadadamente algo entre una pila de trastos viejos amontonados en una esquina de esa azotea ruinosa. Encontró un sucio y roto espejo de baño, lleno de sarro y moho, por lo que sacó un pañuelo negro de su pantalón y comenzó a limpiarlo, regresando al lado de Susana.
– La última pregunta. Antes de contestar, pesa la respuesta en la balanza de tu consciencia. ¿Eres capaz de sacrificar todo, absolutamente todo, tú futuro, tu esperanza, tu posible salvación, por cobrar venganza contra ese ser vil y despreciable?
Toda la existencia de Susana se reduce a este momento. Los golpes, las humillaciones, las torturas y tormentos, se funden en un mismo segundo. Espero toda su terrible vida para dar esta respuesta.
– Si.
Muerte ha terminado de limpiar el espejo. Se mira en él, y lo guarda bajo el brazo. Saca de sus bolsillos sin fondo un listón negro largísimo, enrollado en si mismo.
– Va en tu cuello, a manera de collar. Perdona la longitud, pero tengo que tener a todas mis Parcas aseguradas. Muchos han tratado de vencerlas o robármelas, y eso seria terrible, tanto poder no puede andar libre por allí.
Susana temblaba. Era como dar un gran salto hacia el vació hambriento, con la vana esperanza de encantar algo en el lejano fondo. Aun así, la fuerza de su rencor movió sus manos, y la sola idea de disfrutar su venganza la hizo apretar el nudo.
– No pasa nada – dijo ella
– Siempre hay algo de luz en las almas – habló Muerte, sin prestar atención a la última oración – Es como una proporción, a veces hay mas luz que oscuridad, o viceversa. Pero no podemos juzgar a lo luminoso de nosotros sin separar nuestras pesadillas más sádicas, porque incluso el más malvado tiene momentos de ternura. Cuando el Juicio se hace intrincado, los sometemos al Espejo. Tiene muchísimos nombres, pero yo solo le llamo El Espejo. Dirás, ‘¿a quien engaña? Es un pedazo de basura que acaba de encontrarse.’ Y yo te diría que lo importante no es el espejo, si no lo que ves dentro de él. Cualquier espejo es El Espejo.
– ¿Es como una prueba?
– No lo se – continuó – Eso depende de ti. De tu alma. Verás, la decisión que vas a tomar es una decisión muy importante, y no debe existir sombra de duda. Quizás toda seas oscuridad, y siempre fuiste una Parca, esperando morir para liberarte. Suele ocurrir. Quizás todo el enojo que llevas dentro sea una ilusión, en realidad eres buena y dulce, y no le deseas mal a nadie, y en el fondo de ti esta la esperanza de llegar a los Campos Gladios y pasar una eterna y pacífica felicidad. O quizás si quieres cobrar venganza, sacrificando todo lo que tienes y lo que tendrás para asegurarte que ese malnacido que arruino tu vida vaya lo más rápido posible a lo mas profundo del Averno. Como dije antes, no depende de mí, sino de ti. ¿Lista?
Susana asiente. Muerte coloca el espejo frente al rostro de ella.
– Sigue sin pasar nada.
– Aún.
El borroso reflejo del espejo le regresa su propia imagen, sin alteraciones. Ella se inclina a observarse mejor, y entonces, se encuentra con sus ojos, ahí, atrapados en el espejo. Ojos que no son sus ojos, sino 2 fragmentos brillantes de la noche más oscura, llorando lágrimas negras, derramándose por sus mejillas. Quiere gritar, pero una voz que no es su voz rasga el aire petrificado. Un grito sumamente agudo, que hiere, deformando la realidad, expandiéndola y volviéndola a contraer, helando los espíritus, saludando a Muerte. Susana aparta la mirada del espejo y mira sus manos, manchadas de lágrimas negras, y mira el suelo donde esta parada. Un charco de líquido espeso y oscuro, semejante al petróleo brota bajo sus pies, expandiéndose muy rápidamente. Ella cae irremediablemente, sumergida hasta más arriba de su cabeza en pura oscuridad. Extiende las manos, queriendo asirse de algo, pero es inútil, pues ella esta en el fondo, muy en el fondo, lejos de la luz y la realidad. La oscuridad la asfixia, la inunda, siente un silencio inmenso, embotando sus oídos. Deja atrás el dolor o la tristeza, sus pensamientos se disuelven en viscosa negritud, olvidando antiguos sufrimientos con las penas de la vida. Ha dejado de sentir angustia, desesperación, misericordia, remordimientos, piedad. Finalmente, sus ojos se cierran, sus pulmones se rinden y sus últimos rasgos se dirigen directamente a Olvido. No más rencor, frustración o miedos. Lo único que quedaba de ella, era el infatigable deseo de su venganza, y cuando ésta se cumpliese, se desvanecería por completo, esfumándose de su mente como una voluta de pálido humo. Susana dejó de existir, ahogada en su propio odio.
Es hora de emerger.
Muerte observa la pequeña laguna en la cual el antiguo espíritu de Susana se ha disuelto, y piensa en voz alta.
– Después de todo, si estaba en ti. Disculpa que me mostrase algo reacia, pero no he reclutado más Parcas desde hace miles de años. Me costaba trabajo creer… ¿cual era ese nombre que te dabas? Recién me lo dijiste, cuando nos conocimos, un nombre… Caribdis. Si, ese era. Ven Caribdis. Ven, hermana.
Algo sobresale de la oleosa oscuridad. Un manto burbujea y flota en su superficie, extendiéndose poco a poco, después, aparece la punta huesuda de una gigantesca ala de cuervo, y al momento siguiente, su compañera. Las alas emplumadas y negras se extienden, se agitan, elevando consigo la frágil espalda que las sostiene. Unos mechones largos y negros de cabello salen a la vista, informes, hasta que la cabeza emerge y cubren el rostro de la Parca recién nacida. El manto flotante se adhiere a su cuerpo, formando su túnica. Los brazos pálidos y delgados están al descubierto, el derecho se retrasa y jala del fondo la única arma que las Parcas poseen, su Guadaña, la Segadora de Almas. Un rostro carente de expresión se descubre entre las tiras húmedas de cabello, y derrama pesadas lágrimas negras. Intenta hablar por primera vez, pero se atraganta y el líquido oscuro y viscoso en que estaba sumergido le sale a borbotones, quedando como remanente un hilillo delgado en la comisura de los labios que no deja de fluir.
Caribdis ha nacido.
– Bienvenida a la familia. Bienvenida a casa. – dice Muerte con dulzura. – Por fin, juntas por toda la eternidad.
Caribdis da un tembloroso paso, arrastrando tras de sí la cola de su manto, con la empuñadura de su guadaña a manera de bastón.
– Hora de irnos. Solo falta esperar si Werewolf encontró lo que buscaba.
La Parca habla, con su boca rebosante de oscuridad.
– Mi venganza…
– Ah, si, eso. Cuando llegue Werewolf. Te advierto que nos podremos tardar un poco en encontrar a ese bastardo, las cosas se mueven diferentes en los Caminos Invisibles, pero la tendrás muy pronto, te lo prometo. Un pacto es un pacto.
Muerte repara en el Espejo que aún tenia entre sus manos. Volteándolo, lo observa. Una lucecita pequeña está encerrada allí, titilando suavemente, golpeando el cristal tratando de escapar.
– Sal. Se libre.
La lucecita flota en el aire, y se transforma en una mariposa nocturna, elevándose sin demora por los vientos fríos de la medianoche. La última parte luminosa de Susana, el último pedacito puro de su espíritu. Muerte la observa con curiosidad, hasta que se pierde en los edificios.
– Vuela lejos y ten una vida de mariposa feliz. – le dice, dedicándole una sonrisa – Nos veremos más tarde. Por otro lado, ese condenado lobo ya se esta tardando demasiado…
Werewolf llega de pronto, jadeante, con un olor penetrante a bestia y a sangre, con dos brazos mutilados en la zarpa izquierda y una cabeza humana remoliéndose en su fauces. Al parecer esta satisfecho consigo misma, pues aúlla largamente a la luna y despliega la totalidad de su cuerpo bajo las estrellas.
– ¿Todo listo? ¡Buen chico! – y los 3 parten de allí, a lo invisible, a través de una puerta cualquiera.
Pues toda puerta lleva a los Caminos Invisibles, y nadie puede decirnos lo que encontraremos cuando entremos en ellos. Solo nosotros mismos, pues para algunos será el inicio de un gran viaje, un redescubrimiento. Para otros, recompensas o castigos. Y otros más, simplemente regresarán a casa.

La luna llena arriba al cielo nocturno con su corte de estrellas. Un viento frío sopla por encima de la ciudad, murmurando canciones en idiomas desconocidos para los que habitamos esta tierra. Y, allá, en el silencio, ocurren tantas cosas…