Grilleta (parte II)

Continúa…

<< Despierte>>

La fría y torpe voz del capullo nacía del interior de la cabeza de Pablo. Sintió tubos en ambos brazos, y la sonda deslizarse por su propia cuenta de la garganta. El capullo se abrió y lo dejó salir. Puso los temblorosos pies en tierra ignota. Los andamios de una gran estructura robaron su aliento, espinas metálicas sosteniendo el cielo, y una pared de concreto que rodeaba el horizonte, alimentada por cientos de miles de hombre trabajando, con la vista omnisapiente de la Cárcel Productiva sobre sus cabezas. Los capullos pululaban sobre la superficie, acompañando a sus reos en los trabajos forzados.

<< Sector de excavación >>

Empujado por su perro robot carcelero, se abrió paso entre más reos como él, con ojos secos y perdidos. Nadie hablaba entre sí.

<< Tome una pala >>

A Pablo le alegró la ausencia de guardias en el depósito de herramientas. Podría tomar un pico y tratar de…

<< Tome una pala >>

El agudo zumbido que atacó sus oídos lo trajo de vuelta a la realidad. ¿De que serviría un pico? No podía hacer nada con él.

<< Cave hasta la señal >>

Pocos metros más adelante, se abría un canal de kilómetros de largo. Pocas máquinas excavadoras andaban en las orillas. Pablo miró a sus compañeros reos. Uno de ellos murmuraba insistentemente.

– moriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivirmoriresvivir…

Otro lucía extraño con esos implantes de piel interespecies en el rostro, pues rechazaba el injerto y se le caía a pedazos. Colgado de la estructura, un reo trabajaba en la unión de vigas, con ayuda de las dos máquinas soldadoras que tenía en lugar de brazos. Ante la espantosa visión, trató de concentrarse en cavar.

Tres guardias pasaron por ahí, conversando.

– Mantente en forma o lo único que conseguirás es que te engorde el trasero. Yo fui herido en acción, por ello me asignaron aquí, las cinco semanas de recuperación – levantó los brazos empaquetados en cubiertas plásticas llenas de líquido manteniendo a los nanobots médicos que reparaban sus huesos y músculos – Después de eso, regreso a fuerzas especiales.

– Comparado con milicias, estoy en el cielo. Regresaré a desactivar bombas en cuatro meses. Soy  grupo de choque, en escuadrón antiterrorista. Extraño el café y el estrés…

– Tú lo has dicho. Por mi parte, hago ciberinvestigación en ratos libres. Ganas buen dinero, mientras engordas tu expediente. Claro que no se compara a cazarrecompensas profesional, pero me entretiene mientras tramitan mi traslado a la SI

– Servicios de Inteligencia, me sorprendes. Regresando al punto, todo lo hace el capullo, tu único deber es vigilar que no hagan tonterías. De hecho, mientras dure tu estancia, debes llevar un curso. Dan mantenimiento de armamento, técnicas de combate, ingeniería, manejo de explosivos, entre muchos más. Yo tomé “Manejo de multitudes”

– Mi favorita es “Psicología en criminales no humanoides”

– A resumidas cuentas – intervino uno de ellos – te asignan aquí solo por un lapso de tiempo. ¿Hay manera de quedarse definitivamente en las instalaciones?

– Ni en sueños. Todo el personal, absolutamente todo, se renueva en seis meses. Desde mantenimiento, pilotos, limpieza, equipo científico, guardias, navegación. Al salir entregas un reporte, que será cotejado con el reporte de tu sustituto. Y nunca sabes quien revisará el desastre que dejes al final. Y si tú no reportas las irregularidades del que quedo atrás tuyo, serás sancionado. Porque alguien si lo hará.

-Eso explica porque la bullabesa sabe diferente.

Los tres, dijeron al unísono, con una alegre carcajada.

– ¡Cambiaron al cocinero!

Una pala vuela a las cabezas de los guardias. Ellos la esquivan con facilidad, a la vez que una alarma en sus muñequeras les indicó que un prisionero echó a correr.

– ¡Deténgase! ¡Es incapaz de alejarse más de cinco metros!

El frenético reo avanza en línea recta hacia Pablo, sin embargo, justo antes de arrollarlo, cae victima de violentas convulsiones. Su cuerpo se sacude pavorosamente, los músculos destrozaban los huesos sin piedad, y cada extremidad formaba arcos que desafiaban la física de las articulaciones. Incluso su rostro era caótico, los ojos giraban vertiginosamente, con gestos grotescos, la lengua parecía querer arrancarse sola de esa boca gimiente y babeante. El dolor que originaba debía ser inconmensurable. Pablo se mantiene a su lado, vomitando de impresión.  Los guardias alcanzaron al instante la escena, y se dispusieron a arreglarlo.

– Capullo, dispón del interno.

El capullo mandó una señal para detener la tortura. Levantó el ahora fláccido cuerpo y lo reintegró a su interior, para después partir a la prisión vigilante. Un guardia se dirige al resto de los reos.

– Recuerden, existen tres advertencias que se activarán cuando cualquiera de ustedes decida imitar la misma insensatez que su compañero cometió. La primera advertencia es quedar cuadripléjico, confinado en el interior de su capullo por 12 meses seguidos. Acaban de ser testigos de la segunda advertencia. Todos sus nervios estallaran para causarles el máximo dolor posible en el mínimo de tiempo, y después, se les encerrará en su capullo por 6 meses. La tercera advertencia, es la final. El chip se autodestruirá. Y el cerebro en donde esta metido, se irá con él.

Pablo continuó cavando y cavando, recordando sus antiguos tiempos de liderazgo, en el penal de Nueva Esperanza, donde le fue fácil organizar al resto de los presos para continuar traficando su droga e influencias. De hecho, fue su época de mayor prosperidad. Jamás imaginó algo como la cárcel de la Confederación. En el argot criminal, la llamaban “el infierno en el cerebro”. Ahora sabía por qué.

– ¡A recargar!

El robot lo apresó de nuevo, sin tardanza. La jornada había terminado, el siguiente grupo de reos continuaría los trabajos. “Recargar” significaba comer o dormir. Pero no era comer o dormir en realidad. Era ser apresado en su estrecha cárcel, donde un escáner revisaba el estado de los órganos, y el capullo se conectaba a una de las venas para suministrarle nutrimentos. La mezcla era tan buena que los reos nunca necesitaban ingerir alimento. El capullo administraba medicamentos para enfermedades leves o nanobots para cerrar heridas pequeñas. Médicamente, la salud de los reos era impecable. Cuando era encerrado en su celda cibernética personal, se sentía como una rata de laboratorio. En realidad, era una rata de laboratorio, solo que ellas tenían trocitos de queso como premio.

<< Despierte >>

El estado de sueño o vigilia era controlado por el capullo. Pablo no había dormido de cansancio durante su primera semana en la Cárcel Productiva. Únicamente se metía al robot y éste lo ponía en estado de latencia. Al principio no entendió la razón de los grilletes. Si ese aparato era hermético, ¿para que atarlo más? Lo comprendió a la tercera noche de “sueño” inducido por computadora. Las pesadillas eran terribles. Vívidas, intensas y completamente comprensibles. Y si no fuese porque estaba sujeto de cuello, muñecas y tobillos, hubiese azotado su cabeza contra el interior de su capullo hasta romperla. Cuando la máquina lo hacía despertar, tenía la impresión de estar bajo el cobijo de una fuerte droga, incapaz de saberse vivo o muerto. Pero Pablo abandonó esa ilusión cuando día a día su mente se volvía más ajena y la salida de la cordura se encontraba más lejana.

<< A cavar >>

El canal ganaba rápidamente profundidad, y las palas chocaban más frecuentemente con el rocoso subsuelo. El capullo le dio una nueva directriz, desenterrar piedras y transportarlas manualmente a un vehículo de recolección. En esas idas y venidas, tuvo la oportunidad de conocer reos con más antigüedad que él. Muchos realizaban funciones sumamente especializadas, como conducción de maquinaria pesada y ensamblaje de estructuras. A pesar de eso, continuaban con el semblante apagado y extraviado.

<< Es como si… >> pensó Pablo << se transformasen en robots >>

La máquina los iba contaminando y absorbiendo hasta dejar de ellos despojos irreconocibles. Aquel que manejaba una de pocas excavadoras en la zona, tenía las cuatro extremidades y la parte derecha del tronco completamente mecanizadas.

– Quiso suicidarse.

Otro reo se detuvo al lado de Pablo, observando al conductor cyborg.

– Saltó dentro de una fundidora de metal, lograron sacarlo. Lo poco que no se carbonizó. Como castigo, lo resucitaron. Nuestra condena consiste en mantenernos vivos aun cuando deseamos con ansias estar muertos.

Los capullos los separaron para continuar los trabajos bajo el sol, que se encontraba en lo más alto de ese extraño cielo. Pablo tenía la boca seca y los labios llagados. Pero no sentía sed. Reflexionando en ello, se dio cuenta que desde el ´día en que le pusieron el chip no tenía hambre, sed, ni cansancio, ni libido, ni dolor. No pensaba en alegría o placeres, inclusive cuando una guapa joven caminaba con toda confianza entre ellos, vestida con bata blanca y el cabello dorado libre al viento. Era acompañada por un solo guardia, y, al parecer, buscaban a alguien.

– Esta cerca – dijo ella – Pronto lo identificaremos y desconectaremos.

– ¿Por qué es tan peligroso? – preguntó el guardia.

– Sus patrones neuronales son inestables, esta al borde de un ataque psicótico. Hay que aislarlo por un tiempo hasta que dichos patrones se estabilicen.

El preso que buscaban se hallaba a unos pasos de Pablo. Al ver a la científica y al guardia, comenzó a temblar. Cayó sobre sus rodillas, farfullando, arañando el piso como si fuese un animal. Tomó una piedra lo suficientemente grande para ocupar toda su mano.

– Lo conseguí – dijo – lo conseguí. ¡Nadie va a sacármelo! ¡NO VAS A QUITÁRMELO!

Rabioso, se lanzó hacia la joven, quien, sin alterarse, tocó un comando en su computador. El reo se desvaneció como un juguete al que se le acabaron las baterías. Mas interesada en pulsar su pantalla, ignoró al capullo robótico levantando al reo inconsciente mediante sus delgados brazos, lo sujetaban en su interior, e introducía rápidamente las agujas y mangueras que hurgaban la carne y el espíritu de su prisionero.

– De seguro les dolerá cuando les meten ese tubo por la nariz. – Comentó el guardia a su protegida, antes de que la negra cubierta metálica se sellara totalmente – ¡Es mas gruesa que mi dedo pulgar!

– Suprimimos el dolor a nivel cerebral – comentó la científica haciendo unas últimas anotaciones en la pantalla con la pluma táctil – Carecen de cualquier tipo de sensaciones. Debo informarte que esta cápsula está bajo observación, tendrá medicamentos para mejorar la salud mental del reo, y tendré que evaluarlo de nuevo. En otras palabras, volveré mañana.

– Estupendo – dijo de inmediato el guardia, segundos antes de corregirse y ruborizarse al mismo tiempo – Quiero decir, volveré a escoltarla, pues yo soy, estoy encargado… – carraspeó y le ofreció el brazo galantemente, el cual ella aceptó con una sonrisa – Regresaremos a la nave por un camino accidentado, así que cuidado de no caer. Vamos rápido antes de que continúe avergonzándome a mi mismo.

La ligera risa de la mujer, inundó a Pablo de un amargo sentimiento de desasosiego.

– Eso somos

El reo que lo había acompañado hace unos minutos estaba de nuevo junto a él. Lucía un poco más extraño que los demás, su rostro parecía guardar bastantes secretos.

– Eso somos.

– ¿Qué? – dijo Pablo

– Experimentos

Pablo resopló y trató de apartarse. Pero aquel lo siguió con insistencia.

– Nos hacen eso y mucho más.

– Cállate

– Manipulados con sustancias y señales electromagnéticas, como si fuésemos holovisores, nos sacan órganos y los sustituyen por adefesios científicos.

– Cállate

– Extremidades experimentales, nanobots de nuevo diseño.

– Cierra tu apestosa boca. No quiero saberlo, no me interesa.

– ¿Piensas que nos lo merecemos?

Pablo creyó detectar cierta  mecha de descontento. Quizás, si la alimentaba, con algo de suerte y un buen líder. Con dignidad, respondió:

– Nadie se merece esto

El reo estaba mordiéndose compulsivamente las uñas de la mano derecha.

– Yo si me lo merezco.

En sus ojos brillaba la inconfundible aura de la manía.

– Somos escoria. Basura. Lo peor de la galaxia. Ellos nos tratan según nuestra naturaleza. Nos merecemos el infierno, y ellos nos lo están dando. Cucharada a cucharada. Acostumbrándonos a la condenación eterna por ser unas bestias pecaminosas. Yo soy un asesino. ¿Y tú? ¿Violador, ladrón?

Pablo cometió esos crímenes y muchos más. Pero no quería sentirse culpable. Así que trató de darle la espalda.

– Vete al carajo.

El reo lo tomó del hombro, continuando su soliloquio.

– Eso, ¡Si! Disfruta la rabia en tu sangre, porque luego se te olvidará, e incluso la extrañarás. Te darás cuenta de que nos los merecemos, porque somos escoria. Todos somos escoria.

– ¡Suéltame, maldito orate!

– ¡Solo hay una escapatoria de la cárcel! ¡Puedo sacarte! ¡Puedo hacerte libre!

Guiado más por el morbo que por la curiosidad,  Pablo, preguntó:

– ¿Cuál? ¿Es posible eso?

El reo sonrió.

– Simple. Hay que volverse loco. Pero no un ataque como el que acabamos de ver, no, ellos pueden volverte cuerdo en un tris. Pobre, tanto esfuerzo en perder la chaveta y ellos lo regresarán a la realidad. Tienes que volverte loco de a poco. Como yo. Cucharada a cucharada.

Como un cazador hambriento, el reo observa a Pablo, quien se retira, hasta chocar con su capullo. El grito de los guardias hizo que su corazón se detuviese por momentos.

– ¡A recargar!

Si había alguna cosa que Pablo detestase más en toda la cárcel, era recargar. Pablo odiaba recargar.

– Oh no no no no no no….

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

(continuará…)

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Grilleta (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas

Sistemas Limítrofes

Grilleta

“A veces la fuga es peor que la cárcel”

Primer cartucho. El infierno en el cerebro.

El proyecto llamado “Cárceles Productivas”, propuesto y ejecutado por el general Gregorio Antonov fue aceptado por los planetas integrantes de la Confederación de Sistemas, en especial, aquellos poseedores de problemas inmensos con criminales despiadados y escurridizos. Inclusive planetas que veías motivos de controversia en los métodos de la cárcel, fueron convencidos rápidamente de su buen uso y efectividad. Las Cárceles Productivas se integraron a Justicia y Tecnología, programas gemelos que la Confederación implantaba en sus mundos miembros, y por los cuales, muchísimos más anhelaban ingresar.

Con respecto a Justicia, no solo se incluyó el envío de reos a las Cárceles Productivas, sino además el establecimiento de la Comisión Impartidora de Justicia, un departamento interplanetario de investigación y aplicación de leyes, con jurisdicción superior a las policías locales, a las cuales, eventualmente, terminaría por absorber.  La Comisión Impartidora de Justicia, o CIJ, efectuó largas y sesudas sesiones de jurisprudencia para unificar códigos penales, definición de delitos, procesamiento más rápido de las condenas y cumplimiento efectivo de castigos y multas. Aunado a lo anterior, la CIJ se conformó como una policía especial, poseedora del mejor entrenamiento físico e intelectual, equipado con avanzadas tecnologías criminalísticas y una reputación intachable. Después de cierto tiempo, no quedaron lagunas en las legislaciones de los gobiernos planetarios bajo las cuales los criminales pudiesen ampararse. Las leyes se volvieron tan estrictas, que nadie en sus cabales osaría infringirlas. Velozmente, en el pensamiento popular, quedó claro que algo peor que arder en el averno por toda la eternidad, era cumplir condena en una Cárcel Productiva.

Pablo Castañón Weiss, originario y residente de la colonia Nueva Esperanza Terráquea, era un bandido consumado a sus 28 años.  Sus delitos incluían venta y distribución de narcóticos, extorsión, asesinato, asalto, violación y obstrucción intencional de la justicia. En cuanto su caso fue absorbido por la CIJ, se tardó dos ciclos planetarios en ser capturado. Opuso resistencia al arresto, hirió a un agente, y a él se le quebraron todos los huesos de la pierna derecha. La duración del juicio y establecimiento de la condena duró treinta minutos. Condena establecidas por el cuerpo de jueces de la Confederación: cinco cadenas perpetuas en Cárcel Productiva, es decir, de por vida.  Las malas mañas de Pablo le hacían creer que aún tenía oportunidad.

– ¡Soldado enlatado! ¡Hey! ¿Cuándo dejarán pasar a mi abogado? ¡¡Contéstame!!

Pablo estaba colgado de los barrotes, pues la armazón de recuperación mantenía su pierna multifracturada rígida para que los nanobots hicieran su trabajo. No era algo doloroso, pero sí muy incómodo.

– ¿Acaso eres mudo?

El guardia bajo la coraza de adanmátium permanecía firme a la entrada del área de detención temporal. El movió su cuerpo a la izquierda, dejando pasar al hombre que avanzó a paso firme a través de la estancia. El abogado de Pablo lucia consternado, casi aterrorizado.

– Llegas tarde, ¿Cuándo pensabas…?

Sin mirarlo, el abogado pasó de frente y entró a la siguiente puerta, justo delante de él, que lo llevó al departamento de investigaciones. Duró allí unos escasos minutos, y, al salir, trató de ignorar a Pablo, pero éste lo sujetó con violencia de la manga del saco.

– ¡A mi no me mandas al diablo! ¿Qué sucede contigo?

El abogado lo miró como si se tratase de un animal muerto.

– Suéltame.  Tengo que irme antes de que me relacionen contigo.

– Van a relacionarme contigo, lo quieras o no, ¡eres mi abogado, maldición! ¡Se supone que tienes que tienes que sacarme! ¿A cuanto asciende la fianza esta vez?

– ¡No hay fianza! ¡Ese concepto ni siquiera existe en las leyes de la Confederación! ¡No puedo sobornar a nadie porque no tengo la más mínima idea de quien o quienes te condenaron! El proceso ya esta cerrado, eres culpable, y van a encerrarte en una Cárcel Productiva, ahí acaba tu historia. ¡Si no  me alejo de ti, yo también iré!

– Tiene que haber una salida – dijo Pablo, enfriando el tono de voz. – Tienes que sacarme.

El abogado se apartó con energía y le dio la espalda. Fue hacia el imponente guardia con ojos suplicantes.

– Déjeme salir. Por favor. Yo no tengo nada que hacer aquí.

La llegada de la Estigyus, Cárcel Productiva asignada al sistema fue de solo tres ciclos. Las Cárceles Productivas están siempre en movimiento. Llevan todo lo necesario para su manutención y la asimilación de reos al sistema penitenciario. Gran parte de los alimentos se producían en el interior de la nave. Y eran en realidad una colonia viajante, acompañada por escoltas de la Confederación, naves de ciencia y alcanzada regularmente  por cargueros, quienes le suplían de refacciones y material científico. Fortalezas inhóspitas, surcando los territorios de la Confederación, amedrentando con su presencia a las corruptas consciencias.

El infierno electrónico anidando en tu iluso cerebro. Y sin marcha atrás, amiguito.

– ¡SENTADO!

Una alarma sonó, pero al prisionero no se le retiraron las esposas. Pablo creía que es una cárcel como todas en las que ha estado.

– Se procederá a leer las características de su condena. A las 1900 del día actual, usted será sometido a una operación a cráneo abierto para la implantación del regulador neurodigital de funciones primarias…

– ¡Oiga! Esto va contra de mis derechos naturales – dijo Pablo, tratando de hacerse el listo – No pueden operarme si yo no doy mi consentí…

– De acuerdo – interrumpió hastiado el guardia – Va de una vez. Olvídate del mundo exterior. Tu remedo de abogado no solo perdió el caso, sino que también esta en la mira de la CIJ. Apenas estornude de forma sospechosa, lo mandarán a hacerte compañía. Estarás aquí por el resto de tus días.

– Tengo derecho a apelar y a una revisión de la condena.

– ¿No te dijo nada? Debió decírtelo. El derecho de apelación fue suprimido bajo la enmienda 448-XC en el código penal y estatutos jurídicos de la Confederación. Perdiste. Fin. Vamos a poner ese chip en tu apestosa cabeza y picarás piedras hasta que se te deshagan las manos de podridas. – gritó ahora, dirigiéndose a otro compañero guardia apostado en la salida. – ¡El siguiente! ¡Llévense a este imbécil a la sala de operaciones!

Ver a los doctores lavarse las manos una y otra vez con cotidiana cordialidad era estresante. Los reos aguardaban su turno, apiñados en una habitación de paredes transparentes, con un par de puertas estrechas, colocadas en sitios opuestos. No había ventanas, ni guardias, pero el riesgo de escape era nulo. La habitación era fuertemente iluminada, carente de muebles, con un frío calador en su interior. Considerando que los reos solo tenían la ligera bata de cirugía sobre su desnudez, no les quedaba energía suficiente para que para tiritar, encogerse y acurrucarse entre si. Sin faltar las pláticas con los compañeros, esperando también su turno al quirófano.

– ¡Para! – Decía Pablo, castañeando los dientes – ¿Qué tanto te hacen? No es que te quiten un brazo o los ojos.

– Mucho peor, bastardo, mucho peor – su interlocutor se movía nervioso, su tez era exageradamente pálida, casi transparente – Nos pondrán un aparato en la cabeza, y después de eso, después de eso…

– ¿¡DESPUÉS DE ESO QUÉ?!

– Ya no eres tu mismo. Ellos te dicen cuando respirar, cuantas veces latirá tu corazón, ¡dejas de comer! ¡Nunca, nunca vuelves a saborear algo, a beber, a sentir! ¡A pensar! Te vuelves peor que un  muerto. Como muerto, tu mente descansa, pero aquí, te das cuenta como poco a poco te transformas en una llave de tuercas, y no dejas, ni por un segundo, de estar consciente de lo atrapado que estás.

Por fin, Pablo sintió miedo. Cuando fue su turno, temblaba. Sudaba a mares.

– ¡Buenas noches a todos! – varios saludos al unísono. El equipo parecía conocerse bien. – Hoy, Alexia invitará las bebidas.

Carcajadas joviales. Un doctor de cabello escaso y cano se encargaba de acomodar docenas de ámpulas multicolor sobre una plancha metálica. Mas al fondo, un joven trabajaba en una computadora holográfica. La enfermera afeitaba su cabeza con una máquina rasuradora.

– ¿Qué me van a hacer?

El asistente del anestesiólogo no oyó la pregunta de Pablo. O hizo caso omiso. Colocó sobre su rostro la mascarilla con oxígeno, inyectando un líquido plateado y denso en la vena más visible de su brazo izquierdo. Pablo trató de rebelarse.

– ¡Les acabo de preguntar, malnacidos que…!

Su ímpetu fue apagado por otra potente dosis de anestésico.

– Recuerda – decía el doctor de más edad en el equipo – que deben permanecer conscientes, así las lecturas del encefalograma serán mas acertadas. Pero antes de que te metas en problemas… Hito, ¿el chip esta listo? Perfecto. Procede con los trépanos, voy a sentarme un rato.

Pablo escuchó a los doctores hablar de banalidades, como si estuviesen cenando o metidos en cualquier otra actividad que no fuese agujerearle el cráneo y exponer sus sesos al aire libre.

– El lugar es encantador, sin embargo mi esposo opina lo contrario.

– Ese color te sienta, corazón.

– Gracias, amiga. Compraré uno para ti también. ¿Alguien quiere bizcochos o galletas para su café?

– Pastelillos de frutillas

– Paso. Ese té que traje del sistema Hobbo no combina con nada

– ¿Qué opina de los nuevos condominios?

– Seguros, y nada económicos…

– Dr. Evans, acabo de disecar las membranas…

Pablo se alegró de que por fin le prestasen atención. Al menos, a su cerebro.

– Inserta el chip en el cuerpo calloso, siguiendo el tallo encefálico, sin perder la vista en el escáner.  Espera, tu pulso tiembla. Déjame darte un empujón.

Pablo no sentía nada. Un poco de frío en la nuca.

– Según la imagen ya estamos en los núcleos cardíacos y respiratorios.  Iniciemos comprobación. Hito, haz los honores.

Súbitamente, sintió una fuerte opresión en el pecho. Asfixia, náuseas, mareo y al final, un aberrante dolor de cabeza. Al instante siguiente, las molestias desaparecieron.

– Comprobación finalizada. Unión neurodigital establecida.

-Acabamos. Gracias, Hito. Pones la tapa y cierras. ¿Hora, Sra. Hilde?

– 2239, Dr. Wong.

– ¡Imposible!  Debo irme, debo alcanzar al director para la firma de los documentos de traslado. ¡Me dará un infarto si no lo encuentro!

Ser un número. Una herramienta.

Aún se acariciaba la larga línea de puntos a través de su cabeza rapada, percatándose poco a poco de que toda su vida de satisfacciones físicas y crueldad animal había finalizado de golpe. Ahora era propiedad de la Confederación.

– ¡Atención, ratas!

Después de ser vestido con el austero uniforme penitenciario, fue enviado a un lugar semejante a un almacén mecánico. De pie, junto a otros cincuenta reos, escuchaba a quien debía ser el alcaide. No mencionó su nombre. Quizás no importaba.

– La anestesia ha de estar acabándoseles, por lo que explicaré esto de la forma más clara posible. Ese pequeño trozo de silicio que tienen en el cerebro es un rastreador y su única garantía de seguir viviendo. Solo podrán deshacerse de él abriéndose la cabeza con un martillo, pero no creo que sobrevivan. Háganse los listos y traten de provocarle un cortocircuito o locura similar y conseguirán freírse ustedes mismos una buena porción de cerebro. Si el dispositivo se funde o se apagan, ustedes se funden o se apaga. Más fríos que la tumba de mi madre.

Varios presos murmuraron de asombro, varios más de incredulidad.

– Y eso, gusanos, es una pequeña parte. De ahora hasta el resto de su maldita condena, estarán enlazados a un único y personal capullo robótico que los vigilará y  mantendrá a raya. Pórtense mal, golpeen, abusen, insulten o traten de amenazar a un guardia, y el capullo cocinará sus sesos en barbacoa. Aléjense cinco metros del capullo, y después de tres intentos,  éste mandará una señal para que su cabeza reviente como un globo. Más fríos que la tumba de mi madre.

Un miedo real e inevitable nació de los presos. Pablo no podía continuar evitándolo.

– Espero que se hayan olvidado del mundo exterior, porque también se despedirán de sus funciones orgánicas. El alimento es intravenoso, proporcionado por los capullos, adiós miradas raras al cocinero por otro plato de estofado. Dormirán en el interior de su capullo y únicamente cuando éste se los indique, nada de visitas cariñosas a la celda del vecino. En caso de no obedecer alas indicaciones de su capullo, ¡estarán más fríos que la tumba de mi madre! ¡LARGO!

Fueron puestos en fila. Varios técnicos preparaban los capullos. Evitaban hablar con los reos, únicamente pasaban un lector digital por la cabeza, tecleaban en sus computadoras e introducían al condenado en las entrañas del robot. Cuando Pablo fue el siguiente, estaba ansioso por gritar.

– CAP38789. Asignado al interno 5833761A-CB

El capullo era inmenso, negro como un ataúd flotante, quien lo esperaba con el vientre abierto. Parecía tener brazos y manos, pero lucían delgados y frágiles.

– Ingrese. De espaldas.

Colocó nerviosamente un pie dentro. La máquina no tenía en su interior donde sentarse o apoyarse, solo soportes para sujetar el cuello, los codos y las piernas. Pablo tenía el plan de tomarse todo el tiempo posible, pero apenas la máquina lo sintió en su seno, se cerró herméticamente. Su cuerpo embonó sin traba entre los dispositivos electrónicos, y se relajó, gracias a las ondas de sueño que lo mantuvieron inconsciente por tres semanas seguidas.

(continuará…)

El Hechicero Metálico (parte XIX)

(continúa…)

El aludido alza la mano, indicando que aceptaba el ofrecimiento, y la botella aterriza en su palma abierta. Toma un sorbo profundo y escucha como Thunder hace lo mismo con su cerveza. Después de eso, se dieron el lujo de quedarse en silencio y totalmente quietos.

XII. Una semana después

Thunder estaba atornillado la cubierta de un vehículo terrestre. Alex alineaba los cables del sistema de conducción, tratando de acomodarlos en el compartimiento a un lado del volante.

– Nos cumplió eso de siete días inconsciente. ¿Ya se ha levantado?

– Si – responde Thunder – fue a ver a Derek.

Ranchi salió de la habitación con sumo cuidado. El niño dormía. Regresó a su trabajo, para encontrarse a los dos hombres dándole los últimos arreglos a los vehículos más funcionales. Alex la interrogó con la mirada.

– Está bien. Asustando, avergonzado, pero bien. Sus heridas sanan rápidamente.

Ellos no dicen palabra y continúan con lo suyo.

– Ustedes – dice la chica tímidamente – ¿Van a castigarlo?

Alex es quien contesta.

– Haremos lo que tengamos que hacer.

Ranchi se acerca a ayudar a Thunder, levantando a manera de gato un pesado vehículo usando solo sus manos. Llevaba unos quince minutos en eso, cuando éste le dice que lo regrese al suelo.

– Se me olvidaba. Toma.

Le lanza al pecho una pequeña arma. Ranchi la atrapa con nerviosismo.

– Pero yo no se disparar.

– Me he dado cuenta de eso. Vas a tener prácticas de tiro, porque tu puntería es rajadamente pésima. Dos horas de práctica diaria. ¿Objeciones? Al diablo.

La chica examina de cerca su nueva pistola.

– Súper.

Durante la semana en que Ranchi dormía sin interrupciones, Derek se reponía e la aventura dentro de su habitación. Trataba de mantenerse solo y fuera de la vista de sus mayores, procurándose el mismo alimento y vestido, casi a hurtadillas. Cuando escuchó como tocaban a su puerta, dio un respingo encima de su cama, saliendo de su ensimismamiento y la infructífera observación de la lámpara del techo.

– ¿Ranchi?

– Quisieras. Abre.

Ese vozarrón hizo temblar de pánico al niño, quien presto fue a destrabar el seguro. Apenas liberó la puerta, regresó a esconderse entre las mantas. Thunder entró, cerró tras de sí, se acomodó a un lado del niño y destapó el bote de helado que traía en la mano.

– Te ofrecería un trago, pero Ranchi dice que es lo mas fuerte que tienes permitido tomar.

Sacó un par de cucharas de su chaqueta sin mangas, y el tomó el primer bocado.

– Más ron no le caería mal

Derek se quitó la sábana de la cabeza. Sujetó la cuchara limpia y probó un poco.

– Tienes que ser mas niño y menos genio – continúo Thunder – Ser listo no te obliga a solucionar cada problema que aparece. A veces se necesita experiencia, haber cometido montañas de errores y haber sobrevivido a ellos. O incluso solo basta con un poco de suerte.

El niño come más helado. Thunder le acerca el envase.

– Discúlpame si alguna vez te he gritado o presionado. Si uno no tiene cuidado, se transforma en lo que mas odia.

Derek mira al enorme hombre sentado a su lado. Grande como un volcán, fuerte como una ola de mar. Una sombra bajo la cual protegerse, más palpable y real que el tibio recuerdo amargo de sus padres. Quería decirle cuanto significaba para él, lo poderosas que eran sus palabras y sus gestos, pero, de momento, solo una frase era la más adecuada.

– Lo siento.

Thunder mira al pequeño niño acurrucado bajo su hombro. La ciencia, las máquinas, los aparentes milagros no significan nada para él. Porque desde el principio ha visto su verdadera naturaleza, un crío asustado, temeroso y perdido, necesitado de guía y protección. Una visión de lo que alguna vez conoció, de lo que fue el mismo, en épocas y lugares carentes de nombre y tiempo. ¿Cómo podría estar enojado o rabioso con ese ser indefenso? ¿Cómo siquiera atreverse a lastimarlo?

– Te acepto las disculpas si juras no volver a hacerlo.

– Juro no volver a hacerlo.

– Disculpas aceptadas.

Ambos comieron otra porción de helado. Derek se sentía capaz de mirarlo y un poco menos rígido.

– Por cierto – agregó Thunder – el supersoldado quiere verte.

Derek perdió el aliento y por poco se asfixia con el helado que tenía en la boca, recobrando la palidez del rostro.

– ¿Esta enojado?

– Es difícil saberlo. – Thunder tomo otra cucharada mientras pensaba en su respuesta – Nunca lo he visto enojado. O contento. O algo similar a ambas.

Mas tarde…

El lugar favorito para intimidar de Alex era su biblioteca. Tenía cierto aire de cámara de interrogatorios que ponía los nervios de punta. El niño permaneció de pie con la cabeza gacha mientras el capitán permanece sentado con las piernas cruzadas y las yemas de los dedos apoyadas entre sí, alumbrado solo por la lámpara de lectura, dándole una elegante reprimenda y resumida narración de los peligros que pasaron para rescatarlo. Después de varios minutos y las formales disculpas de Derek, Alex aborda otro tema.

– Originalmente – dice, moviéndose un poco en el asiento – escuché las plegarias de tu hermana con respecto a dejarte tranquilo. Pero, dado que por poco causas una catástrofe cósmica por falta de supervisión, iniciarás un entrenamiento físico y mental exhaustivo, más algunos tópicos extra a tu educación. ¿Cuál es tu opinión al respeto?

– ¿Qué no tengo opción?

– Captaste el mensaje.

Alex se pone de pie y enciende las luces generales. Una preciosa colección de alrededor de doscientos tomos descansa en pulcro orden y anaqueles brillantes.

– Derek, ¿sabes porque me agradan los libros?

– Porque son difíciles de obtener, extremadamente caros y te dan un aire aristocrático.

– Cerca.

El capitán tomó con cuidado uno de esos preciosos volúmenes.

– Aún eres pequeño par asimilarlo, pero en algún momento comprenderás lo que significa tener un mundo y una historia encerrada en páginas, y que, para acceder a él, no necesitas ninguna máquina o dispositivo, como bien lo expreso Thunder recientemente, sino solo hojear algunas páginas, y dejar que tu mente e imaginación hagan el resto. Deposita tu confianza en el libro, y, a cambio, éste te entregará sus secretos.

Derek extendió su manita para tomar alguno de esos libros, pero se detuvo. Era como tocar una de las partes más íntimas del espíritu de Alex, y eso solo podía hacerlo con su consentimiento.

– La experiencia es una buena maestra. Pero no podemos tener cantidad infinita de experiencias, porque necesitaríamos cantidad infinita de vidas.

Colocó de nuevo el libro en su sitio, con extremo cuidado.

– Al leer, pues vivir otras vidas aparte de la tuya. Otras eras, sitios, circunstancias. Y claro, aprender de esas experiencias.

Seguido de su aprendiz, Alex se adelanta unos pocos pasos hacia otro estante.

– Pasaste de vivir en el pasado a moverte libremente en el futuro, y aparentemente te has adaptado bien. Eso es porque eres un niño. Plástico, moldeable.

Derek se acerca más a su nuevo maestro, mirándolo con veneración.

– Creo que es un buen momento para preguntártelo, ¿de dónde obtuviste los datos para descifrar el funcionamiento del reactor?

– Unas memorias viejas que me diste a borrar.

– Ya veo. ¿Y las leíste a fondo, o solo extrajiste la información que te interesaba?

– Esto… Un poco de ambas. Había una narración con datos históricos muy vagos.

– Datos históricos muy vagos. – repitió Alex, como si tratara de ironizar la frase.

Encuentra el libro que está buscando. Se lo acerca a Derek, que lo toma con cuidado.

– Es uno de los últimos en ser impresos. Después, todo se volvió formato digital, es decir, los medios a los que te has acostumbrado. Su publicación, si bien al principio fue libre, terminó siendo clandestina. Tener posesión de un ejemplar era prohibido. Las universidades y bibliotecas no guardaron respaldos de su información. Sus palabras se perdieron cuando los gobiernos de los sistemas los apilaron en túmulos y les prendieron fuego.

Derek tenía la boca abierta en auténtico asombro. Una mezcla abrumadora de emociones corría por su cuerpo, en parte excitación por tener acceso a ese libro misterioso, y en parte alegría, al ver como el capitán Alex se tomaba muy en serio su instrucción.

– Logré rescatar varias copias en buen estado del texto. Los hallé en una bodega maloliente, cuando Thunder y yo buscábamos municiones para armas descontinuadas.

El niño lee la portada del libro.

– Historia. Historia Terráquea. La estudié cuando vivía en Nueva Standford Beta.

– Por supuesto. Pero podría apostar que todo lo que te enseñaron no concuerda con “los datos históricos vagos” documentados en las memorias.

– ¿Cómo lo sabes?

– Tu mundo mantenía una gran mentira. Así que lo primero que voy a enseñarte es acerca de la naturaleza humana. Acerca de sus actos y errores.

Se da una pausa en la conversación. Derek abraza el libro, mientras Alex lo mira de reojo.

– Estudiaremos dos horas cada tercer día, más aparte el entrenamiento físico. ¿Entendido?

– Si.

– Fin de la sesión. Reintégrate a tus labores.

Así, Derek comprobó algo: el capitán Alex poseía muchos secretos bajo esa armadura congelada con la cual se protegía de los demás.

Ya en la noche…

– ¡Vaya día!

Ranchi le colocaba el pijama, y arreglaba la cama a un Derek muy incómodo.

– Deja de hacer eso.

– ¿Qué?

– Atenderme. Casi te mueres por mi culpa.

Ranchi mete a su hermanito bajo las sábanas y le planta un beso en la mejilla.

– En primera, eres mi hermano menor, en segunda, tú estás vivo y recuperado, y en tercera, yo siempre estoy al borde de la cordura y la muerte, así que arriesgar el pellejo para salvarte es lo menos que haría por ti.

Los hermanos se abrazan con cariño. No necesitan palabras para expresar sus pensamientos.

– Y bueno… – dice Ranchi – me comentó Thunder que Alex te ha dado clases.

– Solo una, la primera. Me prestó un libro para leer.

– ¿De que se trata?

– Del hombre. Historia. ¿Sabes? Nuestro planeta estaba lleno de mentiras. ¿Tenías idea de que ocurrieron cuatro guerras mundiales en la Madre Tierra? ¡Cuatro! Es como despertar de un sueño. Descubrir la cantidad de falsedades que nos hacían respetar. – Miró las manos de su hermana sosteniendo las suyas. – Tú siempre lo sospechaste. Cuando vivíamos allí.

– Los fantasmas me decían que el hombre tenía una naturaleza corrupta. Llevaba el odio en su espíritu y lo ha esparcido por el resto de las estrellas. Pero la pregunta sería su era naturaleza aún persiste en nosotros.

– Creo que Alex me enseñará – respondió el niño – a descubrirlo por mi mismo.

Derek toma su almohada y abre el cierre de la funda. Retira de entre el relleno la memoria digital que inició la aventura, entregándosela a su hermana.

– Léela.

Ranchi besa de nuevo a su hermano y lo recuesta. Acomoda a su lado un muñeco de felpa.

– Duerme. Sueña con helado.

Al salir, apaga la luz. El pequeño abraza al muñeco anaranjado de tres ojos saltones mientras se acomoda para dormir.

– Al parecer, señor Bepop, las cosas vuelven a su carril. Al menos por ahora.

A la mañana siguiente.

Un día ajetreado. Derek engulle un pan con jalea de naranja y un vaso grande de jugo de manzana mientras escucha los gritos de Thunder llamándolo al puente.

– ¡CUANDO DIGO AHORA, ES AHORA, NO CUANDO SE TE PEGA TU REGALADA GANA!

Con ayuda de la teleportación de Ranchi, y los descubrimientos de Derek, el Deathbird ha vuelto a ser operativo. Los motores por fin han encendido.

– ¡Con un maldito carajo! ¡Con un rajado y maldito carajo!

Thunder trataba de diseñar un plan de vuelo en la computadora de navegación, pero ninguno de sus cálculos cuadraba.

– ¿Estás seguro de que no se jodió el mapa estelar?

– Seguro – contestó Alex

– ¿A que tanto grito? – preguntaba Ranchi recién llegada con partes de repuesto para computadoras.

– Hay que ir a cazar lo más pronto posible. El dinero es un recurso no renovable. Hay que aprovechar que esta nave esta en marcha, así que tenemos que largarnos. Hemos holgazaneado demasiado.

– Holgazaneado, ¡ja! Entonces, según ti, nos hemos ido de fiesta en fiesta todo este período, en unas larguísimas vacaciones, porque hemos hecho de todo, menos trabajar.

– ¡Somos cazarrecompensas, no unos jodidos mecánicos! ¿Cómo crees que nos ganamos la plata? ¿Pegando remaches? ¿Destapando caños?

Alex ahoga la discusión con su siguiente orden.

– Tripulación, hay que dirigir el hipersalto y vigilar el nivel de funcionamiento de los propulsores. Ranchi, a los monitores, Derek, estado de los motores, Thunder, ¿terminaste con las guías de navegación?

– Están encendidas y acepto sugerencias de destino. De preferencia lugares con trabajos rápidos y que valgan la pena.

– Nada de la Confederación. – comentó Alex – Aún tenemos que poner más distancia entre nosotros y Nueva Standford antes de que empiecen a unir cabos sueltos.

Los monumentales propulsores rugían de expectación. El Deathbird había resucitado de su hibernación forzada, y estaba listo para viajar. Todo él aguardaba nerviosa el destino a donde la llevarían sus tripulantes más recientes, un destino enigmático, así como poco ortodoxo. Pero el Deathbird estaba seguro, a pesar de eso, de estar en buenas manos. Confiado y convencido, no había razón para negarse a cooperar con sus nuevos inquilinos, quienes descubrieron y liberaron su verdadero potencial.

– ¿Entonces? – preguntó Ranchi, mientras ocupaba asiento ante una hilera interminable de pantallas y teclados. Derek dirige la mirada hacia su capitán, quien, con las siguientes palabras, los llevaría a la próxima etapa de sus descarriadas vidas.

– A los Sistemas Limítrofes.

 FIN DE ESTA AVENTURA.