Vergessenheit

Al igual que su mamá, la niña tenía un nombre especial. Era el nombre de una musa griega, le dijeron. Una doncella del canto. La niña se llamaba Aedea.

Algunos otros niños de nombres más convencionales, compañeros de escuela, le hacían burlas seguido durante las clases. Sin embargo no era la única causa de que a Aedea, a sus nueve años, la escuela le pareciese un sitio caótico. En principio, eran los gritos escandalosos con voces afiladas o reverberantes. Hasta las canciones escolares y los poemas en grupo sonaban grotescos. Había muchos sonidos discordantes, como el caer de latas, el rasgar de hojas, algún reclamo lejano en los salones contiguos. Aedea prefería no alimentar esa cacofonía con más ruidos inservibles, y por tal razón, escuchaba las lecciones con atención y silencio, comía sin hablar más de lo necesario, escribía o dibujaba pacíficamente. Los motivos de estas costumbres, en apariencia inusuales en los niños, de quienes se supone su gusto por el movimiento y la estridencia es directamente proporcional a su naturaleza saludable; eran, por lo demás, comprensibles.

Aedea aborrecía el ruido descontrolado, sin sentido, desproporcionado de corazón. Ella amaba la música, esos timbres exquisitos danzando en equilibrio, respetuosos de la individualidad, pero a la vez sumándose, aumentando, vibrando, fundiéndose.

Y de todas las músicas que Aedea amaba, la más hermosa, la más mágica, era la voz de su madre.

Su madre le cantaba al dormir, y hacía que sus sueños fuesen alegres, aventuras fantasiosas de dulce aroma.

Aunque en la realidad no había suficiente lugar para las canciones y los unicornios de gelatina con los que soñaba Aedea.

– Pasa al frente y lee la página 32.

Aedea tomó su libro, se levantó con cuidado de no tropezar con el lío de bolsas, mochilas y envoltorios de comida desperdigados, avanzó entre los pupitres, y se colocó nerviosa, con el libro abierto en la página indicada, en el sitio donde todas las miradas caían.

– Empieza.

Por supuesto que Aedea leía, y leía muy bien, su madre le dejaba curiosear esos textos confeccionados con letras exóticas e idiomas confusos, incluso podía recitarlos en voz alta, entendiendo algunos vocablos. Eso no era lo que paralizaba a la pequeña. Era esa atronadora estampida de barullo permanente, el salvaje ataque de palabras mal usadas y peor pronunciadas, destruidas, masacradas.

– ¡Miren! ¡La muda! ¡La muda no puede hablar!

Una pelota de papel golpeó su frente. Más risas, más escándalo. El maestro intentó controlar a los chiquillos, pero sus regaños solo conseguían engordar a la bestia estruendosa que tenía a Aedea del cuello. La niña bajó el libro, ¿qué caso tendría leer, si nadie la escucharía? En su interior, tomó una decisión muy valiente, considerando lo pequeña e inexperta que todavía era.

Cantaría.

Repasó mentalmente su infantil repertorio. Eligió “Vergessenheiht” por su letra y el ritmo pausado de la misma. Abrazó el libro y dio dos suspiros prolongados. Entonces, empezó:

Der drei sherecken, der leiseste… (*)

Muy al principio, las notas se evaporaron contra el caos sonoro del salón. Paulatinamente, la música fue echando raíces, floreciendo y lanzando retoños, dejó de ser volutas de humo pálido contra la tempestad, para volverse flechas, flechas de plata abriéndose paso contra los salvajes sonidos. Los otros niños callaron. El maestro, calló. La canción viajaba como el aroma del incienso, traspasando los muros del salón, las puertas, las ventanas, las persianas, la distancia, las mentes.

Y la escuela completa calló al escuchar la voz de Aedea.

Y la escuela completa quedó estática al escuchar la voz de Aedea.

La canción seguía los pasos perfectos del metrónomo cósmico que todos los músicos natos poseen. Cada sílaba encajaba en la sutil melodía que la niña tejía en su garganta. A momentos era como una canción de cuna, el arrullo a un cachorro, en otros, eran expresiones guturales que indicaban desesperación. Terminó con el ritmo de una respiración apagándose, el silencio al tratar de escuchar el tintineo de una campanilla de cristal, minúscula, fantasmal.

Aedea se tomó una pausa para saborear ese silencio. Era sublime. Permaneció, con los ojitos cerrados, con los brazos alrededor del libro, sonriendo, esperando a que el infernal vocerío contraatacara.

Sin embargo, eso no sucedió. Abrió los ojos, y vio a todos los niños detenidos en sus lugares, congelados como estatuas, en actitudes graciosas e incómodas. El rostro del maestro era de lo más cómico. Un niño tenía incrustado el lápiz en la nariz. Otro, petrificado en un bostezo simiesco.

“¿¡Y si están muertos?!”

Corrió a tocar la cara de su compañera de pupitre. Todavía era tibia y suave. Puso la oreja en su pecho. Se oía el tum-tum del corazón. Revisó de la misma manera a otra niña – con los niños se cohibía – hasta cerciorarse de no haber matado a nadie, y de que, en realidad, seguían vivos, pero quietos y ausentes. Resuelto eso, notó el silencio excesivo a su alrededor. Cierto era que le gustaba este pacífico estado, pero incluso ella sabía que algo muy raro ocurría si no podía escucharse absolutamente nada por varios minutos. Liberó a su libro en el pupitre y salió cautelosa del salón.

El conserje permanecía agachado en el acto de recoger un bote de yogur vacío que rodaba lentamente fuera de alcance. Aedea lo observó, mordiéndose el pulgar. Se asomó al salón vecino, descubrió a los niños agachados escribiendo, pero ningún lápiz estaba en acción. La maestra de ese grupo continuaba parada en medio, con una libreta en la mano, pero sin voz saliendo de su boca. En el siguiente salón, otra escena similar. Y en el siguiente, y en el siguiente.

“Las personas… ¡están congeladas! ¿Por qué? ¿Por qué yo no?”

Empezó a sospechar que la canción tenía algo que ver con eso, aunque no sabía como comprobarlo. Estos pensamientos hicieron que los primeros segundos del suceso fueran atemorizantes, aunque no tardó en reunir la confianza necesaria para explorar su fantasía materializada: la escuela en perfecto silencio.

La pequeña niña corrió y jugó en donde antes lo tenía prohibido, los céspedes resguardados, los columpios acaparados por niños de grados mayores, entre las mesas de la cafetería, visitó lugares exclusivos para adultos, aunque con hondas decepciones – el cuarto de maestros era un salón cualquiera, solo que con sillas más enteras, y el cajón del escritorio del director solo guardaba lapiceros viejos y envoltorios de chocolates – y se sentó en el jardín negado a la infancia, feliz, comiendo su almuerzo.

Mientras los demás permanecían suspendidos en mente y cuerpo, Aedea reprodujo las melodías que su madre le cantaba, llevándola hacia torres de cristal bajo nocturnos cielos, donde las personas y el océano compartían el mismo idioma, a lugares de árboles eternos, bajo ramas parlantes, sitios con los que ella soñaba, en donde ella jugaba y reía más alto y con más libertad de lo que podía hacerlo en la vida cotidiana.

Un teléfono sonó en el interior de la dirección. La niña estudió el gran reloj que observaba el patio mayor. Habían pasado dos horas y media. “Así que el tiempo no se detuvo”, pensó. “¿Cuándo volverán a la normalidad?”

El teléfono seguía sonando. Más allá,  se oían las bocinas de un coche que se estacionaba frente a la entrada. El mundo real estaba filtrándose a través del hechizo de Aedea, regresando el movimiento y el bullicio como una avalancha. Guardó rápido sus cosas y miró por las ventanas mientras regresaba a su salón de clases. Un niño parpadeaba por ahí, cuellos y brazos estirándose más allá, una paloma que por fin termina de picotear migas de pan, el efecto de la canción terminaba, ante los ojos de la niña.

Cuando se sentó en su pupitre, sus compañeros y el maestro iniciaban el despertar. Fueron varios minutos de perplejidad, en donde nadie quería decir la primera palabra. El maestro con cara atontada, fue lentamente a su escritorio, cabizbajo pero muy atento, tratando de obtener pistas a su alrededor sobre que fue lo que ocurrió, tratando de disimular a la vez su nivel real de aturdimiento y desorientación. Cuando cayó en cuenta que los niños empezarían a ponerse nerviosos, y debía dar algún tipo de explicación, se levantó del asiento, hablando temblorosamente:

– Clase…

Aedea se partía de la risa por dentro. Aún más cuando el timbre automatizado indicó el final de las clases. Decidió ayudar a su maestro, levantando la mano para hablar.

– ¿Si, Aedea?

– ¿Verdad que usted dijo que si todos leíamos bien, no nos dejaría deberes?

El maestro tartamudeó.

– Ah… ¿dije eso?

– Si, lo dijo – aseguró Aedea

– En ese caso…

– Ya todos pasamos a leer, y lo hicimos bien. Por eso nos tardamos tanto. Usted lo prometió.

– ¿Lo prometí? – dijo el maestro, completamente perdido.

– Si, lo hizo. – insistió la niña.

– Pues…

– ¿Guardamos nuestras cosas? – insistió Aedea, con tal de salirse con la suya – Ya sonó el timbre.

El maestro sentía las piezas faltantes en el rompecabezas de su memoria. Muchos datos no tenían sentido, pues había olvidado bastantes cosas, cosas importantes, como las lecciones impartidas el día de hoy, su número telefónico completo, el nombre de su esposa o la dirección de su casa. Tampoco estaba seguro de poder volver a recordarlas alguna vez, así que solo le quedaba fingir normalidad.

– Está bien. Prepárense para salir.

Ese fue uno de los días más felices en la vida de Aedea.

 

Más tarde, en la noche. Hora de dormir.

Papá ya se había despedido, y mamá estaba sentada en la cama, con hilo y aguja, arreglando la espalda de un cocodrilo de trapo.

– Cuéntame otra vez como conociste a papá – decía la niña. Su madre respondió, sin levantar los ojos de la labor.

– Me ayudó a cambiar los fusibles de la casa de la abuela. Le invité a cenar, el me invitó un café, y eso es todo.

Aedea peinaba los rojos cabellos de estambre en la cabeza de su muñeca.

– ¿Se ve linda así, mamá?

– Si, muy linda. Cielo, quiero preguntarte una cosa, ¿Qué canción usaste en la escuela hoy? ¿Vergessenheit?

Aedea sintió un sobresalto terrible. Ignoraba como su madre logró averiguar tal cosa.

– ¿Cómo lo sabes?

– Las mamás tenemos poderes, también dotes de observación. Tu maestro lucía aterrorizado, parecía que no sabía donde estaba, a decir verdad, la escuela entera. Algunos niños dijeron que mágicamente el reloj avanzó casi tres horas, de las cuales nadie recuerda nada. Muchos lo explicaron como una confusión en el horario, una distracción que no tomaron en serio. Pero eso no fue lo que ocurrió. – La mamá miró a la niña con cierta complicidad – ¿cierto?

– Yo no sabía que pasaría. – dijo Aedea apesadumbrada – La canté porque me pareció bonita.

– ¿Y solo por eso la cantaste?

– La canté porque quería que los demás dejaran de gritar. Es decir, si yo cantaba algo lindo, mis compañeros quizás quisieran escucharme y entonces dejarían de hacer tanto ruido para poder oírme. Gritaban mucho.

La mamá continuó zurciendo al muñeco. Y la conversación.

– “Vergessenheit” significa olvido. Por eso quedaron así. Esos no son los efectos exactos, ciertamente, quizás hubo alguna entonación inadecuada, o alguna sílaba fuera de ritmo, pero debo admitir que tienes una voz muy poderosa, hijita. ¿Aprendiste la canción del libro que estaba empastando la otra tarde?

– Me la cantaste una vez, y me gustó bastante. Fui a tu escritorio, y ahí estaba el libro donde la leíste, no le entendí mucho, pero recordé los sonidos y cómo cantarla.

– ¿De solo escucharme? – añadió la mamá.

– Si.

La herida en la espalda del cocodrilo casi sanaba.

– A mi me enseñó a cantar la abuela Ünterdorf. Igual que tú, leía las canciones y me las aprendía casi de inmediato. Pero ella tenía todos esos papeles viejos llenos de arañas, las partituras, amontonados en cajones. Yo limpié la casa de la abuela, copié las partituras en computadora y mandé los originales mohosos a cuanto museo de arte encontré por Internet. – Sonrió ampliamente al decir – Tengo unos sellos postales de Copenhague.

– ¿Hiciste todo eso porque la abuela murió?

– No amor, justamente al revés. Lo hice porque yo ya no era una alumna, sino una maestra. La abuela me heredó esa responsabilidad, y cuando yo acepté que tomaría su lugar como portadora de ese conocimiento, ella pudo descansar. Tenía más de seiscientos años esperando a que alguien tomara su trabajo.

– Entonces no descansó, murió – corrigió Aedea.

– Morir, descansar – dijo su madre – no hay mucha diferencia, cariño. Ya como maestra, debía yo de organizar ese conocimiento para tenerlo listo.

– ¿Listo para que?

– Listo para ti, por supuesto.

– ¿Para mi? – Dijo una niña sorprendida – ¿Ya sabias desde entonces que yo sería tu hija?

– Bueno, en verdad no. Sabía que tendría una alumna, y sabía que tendría una hija, pero no estaba segura de que ambas fuesen la misma persona. A veces si lo es, otras no. Y definitivamente nunca imaginé que tendría que enseñarte desde tan pequeña.

– Que bueno que fui tu hija, si no, no me enseñarías.

– Claro que no, amor. Al volverte mi alumna, te volverías mi hija, así como la señora Ünterdorf se volvió mi madre, y por lo tanto, tu abuela.

El muñeco salió triunfante de la cirugía reconstructiva. Galia miró con amor y un suspiro relajado a su retoño, Aedea, y expresó un pensamiento relativamente incoherente, pero atinado.

– Lo más perfecto del Universo.

Por supuesto, la niña no entendió.

– ¿De que hablas, mamá?

Galia trató de decirlo en otras palabras.

– De que me alegra mucho ser tu madre, y me alegra mucho de que tú seas mi hija. Así como eres, ni un pelo más, ni un pelo menos.

Aedea se colgó del cuello de su madre y le dio un amoroso beso en la mejilla. Galia la estrujó tiernamente, para sentir su pequeño corazón, alojado en ese frágil torso que aparentemente se quebraría con facilidad.

– Mamá…

– Dime

– Entonces, ¿Cómo se llama eso que tenemos?

– ¿Eso que tenemos?

– El poder cantar y hacer cosas con las canciones

– ¡Ah! Es un poder muy, muy, pero que muy antiguo. Desde el inicio de los hombres. Solo hay una persona con ese poder cada generación. Antes de mi, estuvo Isabella LaFountaine, pero no aceptó ser maestra. Luego aparecí yo, y al parecer, seguirás tú, claro, depende de que tanto te esmeres por aprender y que tanto pueda yo enseñarte.

– ¿Y como se llama este poder?

Galia respondió, breve, enérgicamente, tratando de condensar tiempos, significados, nombres y recuerdos en un solo sonido de su boca.

– Vox.

 

 

(*) “De los tres horrores, el más silencioso…”

 

Fin de la serie. 

Le chanson du le mort

Un vaso de leche cae sobre la alfombra. El niño grita y ríe, celebrando la travesura, a la expectativa de la reacción de su niñera. Espera hacerla rabiar, y con ese motivo, salta sobre los sillones y lanza las galletas al techo para despedazarlas y hacer llover migas azucaradas. Pero Galia no le pone atención. Debe memorizar una larga oda en hitita, y la pronunciación no es nada amigable. Por si fuera poco, tiene que cantarla.

-¡Mira, mira lo que hago! ¡Mira, mira!

El niño salta sobre los sillones, aleteando como una abeja. Galia le responde, sin perder atención sobre la hoja.

-Genial, Morris, genial, te veo.
Un adolescente, el hermano mayor, se planta a su lado.
-Quítate la ropa.
Galia esta concentrada en descifrar un raro diptongo
– No
El chico insiste
– Todas las criadas que trabajan en la casa se quitan la ropa cuando papá se los pide
– Yo no soy una criada. Soy su niñera
Allá, arriba de las escaleras, en las habitaciones, se escucha el televisor a todo volumen. Los gemelos de nueve años están jugando videojuegos lo más escandalosamente posible. Galia ve su reloj. Diez minutos antes de las seis.
– Bien, engendros – dobla cuidadosamente la hoja de su lección y la guarda en el bolsillo del pantalón – ¡Hora de dormir!
– Estás loca
– ¡De ninguna manera!
– ¡Aun no se hace de noche!
Galia se aclara la garganta. Sube a apagar el juego de los gemelos y se los trae cargando como dos cerditos retorciendose. Los planta en el sofá, a un lado del adolescente precoz y el niño saltarín de cuatro años.
– Ahora, escuchen.
Un melodioso arrullo se expande como el aroma de un perfume. Los niños poco a poco le prestan atención, dejan sus travesuras y centran su mirada en Galia. Incluso el chico mayor se tranquiliza, recostándose a un lado de sus hermanitos. En pocos minutos, los cuatro malcriados pequeños están profundamente dormidos. Galia termina su canción.
– Hora de trabajar.
Los niños, sonámbulos ahora, se ponen de pie.
– Jack, ve a la cocina, lava los trastos, limpia el helado derretido que embarraron por todo el piso, recoge los restos de comida y acomoda la estantería. Morris, arregla de nuevo la sala, limpia la leche, las galletas y los caramelos aplastados de la alfombra y cuando termines, haces tu tarea. Dylan y Dorian, suban y acomodan su habitacion y la de sus hermanos, guarden sus juguetes, al finalizar, tambien hacen la tarea.

Galia da una enérgica palmada.

– Vayan

Los niños, obedientes, realizan las tareas asignadas, sin rechistar. Aun los más pequeños se abocan a su labor, dejando de lado su actitud destructora. Cuando el reloj daba las nueve y cuarto, Galia supervisó las labores de los mas pequeños y los mandó a acostar, despues de ponerse la pijama y cepillarse los dientes. Con el mayor, se detuvo una hora y media más, para indicarle que hiciese sus trabajos escolares y sacara la basura  antes de, finalmente, irse a dormir.

– Bien, ahora sigamos con esto – Galia saca la hoja de papel, y ya  mas cómoda, continúa su estudio, por unos minutos más, pues el ruido de un coche entrando al garage le decía que los señores de la casa habían regresado de la cena de gala. La encontraron tomando un vaso de agua, en la barra de la cocina.

– ¡Galia, eres magnífica! – dice al verla la Sra. Morsten – Las otras niñeras me dejan hecha la casa un campo de guerra, y, dime, cariño, ¿los niños no te causaron problemas esta vez? ¡Es que son tan inquietos!

– No, señora – responde Galia, poniendose la chaqueta y cerrándosela.

– Superas mis expectativas, jovencita. Bien, por haber soportado a mis retoños… – la Sra. Morsten abre su cartera y le da un billete – y otra cosita más, tengo algo de ropa de uso, algo que mi Jeanny compró y ya no le sienta, solo un par de chaquetas, por si te interesa.

– Gracias por el detalle, Sra. Morsten. Espero que a su hija le vaya bien en su viaje de estudios. Si me disculpa, quiero irme temprano. Me he cambiado de casa y aún tengo equipaje que desempacar. Además, la señora con quien vivo ahora es muy estricta con mi hora de llegada.

-¡Por supuesto, querida! George, George… – la Sra. Morsten llama a su esposo, que esta entretenido en el vestíbulo quitándose el abrigo y revisando mensajes en su teléfono celular – La niñera va de salida, dale la bolsa que está en el armario del salón. Ah, y Galia, te espero en dos semanas, no me vayas a fallar.

– No lo haré, Sra. Morsten.

Galia hubiese preferido caminar doce cuadras en la medianoche que ser llevada en auto por el Sr. Morsten. Primeramente porque el Sr. Morsten era considerablemente feo, y debía únicamente su éxito y su matrimonio al próspero negocio de bienes raíces que poseía. Su plan original era salir corriendo, pero cuando el hombre, que solo tenía que abrirle la puerta, le ofreció insistentemente llevarla a casa, se le acabaron las esperanzas de desaparecer. Así que ahora está sentada en el lugar del copiloto, encogida y tratando de establecer el menor contacto visual con su jefe. Cosa por demás dificil, porque el no cesaba de buscar tema de conversación.

– Me comentaste alguna vez que estudias música, ¿cierto?

– Si, señor. Pero es algo autodidacta, podria decirse.

– Conozco al director de la mejor academia de canto de la ciudad. Podría conseguirte una entrevista.

Galia no contesta. El Sr. Morsten continuó a la ofensiva.

– Como ya tienes tiempo trabajando en la casa, me permití comprarte  un presente. Esta debajo de tu asiento.

– No es necesario, señor

– Anda, sácalo. Pero, aqui entre nos, no se lo comentes a Milfred, es un poco celosa, tu sabes, y si ella se entera de que me inspiras… simpatía, podría ponerse un poco pesada contigo.

Con recelo, Galia se inclina y extiende el brazo por debajo del asiento para sacar un pequeño paquete envuelto con papel de seda. Al ver que ella ya lo tenía entre sus manos, el Sr. Morsten añade con una coquetería grotesta.

– Ábrelo cuando estes en tu habitación. Ojala y sea tu talla.

A Galia, una chica capaz de cantar en arameo y de estrellar el concreto con la voz, se le traban las palabras en el espacio existente entre los dientes y la lengua. Por suerte, están ya frente a su casa, y Galia abre precipitadamente la puerta del auto y salta hacia la calle. La presencia de su tutora, la Sra. Ünterdorf, nunca le habia resultado tan acogedora como hasta este momento.

– Galia. Llegas quince minutos tarde. – indica severa la anciana, haciendo guardia en las escaleras del pórtico de la casona semiderruida.

– Lo siento, Sra….

– Si me permite, es enteramente mi culpa – interviene el Sr. Morsten, haciendo aparición por su lado del vehículo – yo retrasé involuntariamente a la señorita…

– Gracias por la explicación, pero sigue siendo culpa de Galia, por permitir ser retrasada. Ahora, si nos disculpa, buenas noches.

Anciana y joven entraron a la casa, y Galia no se molestó en voltear a despedirse de su jefe. Desde la ventana pudo comprobar su avinagrada faz y como arrancaba para alejarse lo mas pronto de allí.

– ¡Me ha salvado, Sra. Ünterdorf! Ese asqueroso tipo…

– Canario

– Pero esta dormido.

– Canario

La Sra. Ünterdorf regresa a su sillón de orejas junto al calentador, mientra Galia se quita la chaqueta y deja por allí el enigmático regalo de su jefe, encima de la bolsa de papel donde estaba guardada la ropa que le habian regalado.

– Si usted dice canario…

La chica imita a la perfección el canto del pájaro. Se puede ver la contorsión en su garganta, al emitir el dulce trino del animalillo.

– Tenemos tiempo para un par de lecciones. Cambia a calandria. Ah, y dale de comer a las aves.

La chica obedece ambas indicaciones. Mientras canta igual que una calandria, rebusca entre la polvosa despensa un saco de semillas que alimentará a los otros huéspedes. La Sra. Ünterdorf tiene una completa colección de pájaros alojados en jaulas, y la casa parece un aviario. Pero las aves llegaron después de que la anciana tomara a Galia como alumna, antes, se mantenía absorta del escandaloso mundo en su tumba de libros y recuerdos.

– Maestra, ¿Ya puedo empezar a imitar voces de personas?

La Sra. Ünterdorf la mira desde su sillón.

– Intentémoslo. Escucha.

De la garganta de la vieja sale la voz de su vecino, el plomero, saludando exactamente igual a como lo hace todas las mañanas cuando ve a la chica salir a trabajar en el supermercado.

– ¡Genial! Parece que es él.

– Tu turno.

Galia cierra los ojos y trata de forzar su voz para obtener el efecto deseado, sin embargo, el resultado no es tan fiel al original. Podía notarse la diferencia de origen con relativa facilidad.

– Continuas con las aves.

– Pero, Sra. Ünterdorf, ¿cual es el punto de imitar voces humanas?

– Sirve para evitar a los acreedores – y la anciana dice, en diferentes tonalidades “no se encuentra en casa” – Y también te permite hacer esto.

En el sillón, sin moverse siquiera, la Sra. Ünterdorf canta como un tenor, como un barítono. “Don Giovanni”, “La Donna Inmobile”,” Toreador”… fluyen de su boca con facilidad y una perfecta entonación masculina. Es un hombre quien canta, no una anciana decrépita enterrada en un cojines apolillados.

– ¿Te quedo claro? – pregunta la señora, al finalizar su demostración vocal. Galia esta petrificada, con la bandeja en la mano y la boca abierta. Cuando sale del shock, lo primero que dice es:

– Enséñeme a hacer eso.

La anciana sonríe levemente.

– Pinzón. Subiré por una partituras para la canción que acabas de memorizar.

– Señora…. ¿puedo hacerle una pregunta?

– Adelante, Galia

– Usted ha vivido por más de cien años, ¿cierto?

La Sra. Ünterdorf solo contesta

– Si, Galia

Galia silba con alegría mientas alimenta a sus otros maestros de canto. No tiene mucho que se cambió a la casa de su tutora, para ahorrarse lo de la renta, pudiendo dejar así uno de sus trabajos. Con mas tiempo disponible, intensificaba sus estudios. Y eso le permitía nunca dejar de practicar y de aprender.

La Sra. Ünterdorf sube las escaleras hacia su habitación. Ve de reojo el cuarto que cedió a Galia, ocupado solo con un cama, una silla y un ropero con ropa remendada. Al parecer, Galia, igual que ella, no tenía mucho afecto por las comodidades. Llega a su estudio, donde cientos de libros aguardan apiñados en cajas y anaqueles de madera y busca entre ellos unos pergaminos amarillentos. Una vieja y díficil canción, que, interpretada de manera correcta, despertaría el germen de la vida aún en la aridez del desierto.

– Espero que la chiquilla este a la altura.

Cien años y más han pasado en la vida de la Sra. Ünterdorf. En esa habitación oscura y húmeda, anidan secretos y misterios, claves de un poder tan único como maravilloso. La anciana toma asiento en un taburete, golpeada por las memorias que le causa ese pergamino en particular. Imágenes hermosas de personas ahora ya perdidas, voces cristalinas que luchan contra el silencio del olvido. Abraza al pergamino. Si Galia consigue aprenderlo, y cantarlo, entonces todavía habrá esperanza.

“No permitiré que suceda con Galia lo mismo que con Isabella.”

La anciana es presa de su más doloroso recuerdo. Una mansión, ella era la institutriz de una joven talentosa, ambas vivían entre riquezas y comodidades. Isabella pronto dejaría de ser una alumna y se volvería maestra. Y cuando Isabella cantase la canción mas sublime, y su voz se elevase mas allá del sol, la Sra. Ünterdorf estaría libre de ese don para morir al lado de su amado esposo. Ambos fundirían sus almas al dejar este mundo, y estarían asi unidos por el resto de la eternidad. Un regalo que Isabella le negó a su institutriz.

Isabella LaFountaine decidió tomar una aclamada carrera operística. Abandonó a su maestra de la juventud, y se dedicó a cantar en teatros y fiestas privadas. La dama virtuosa eligió de entre sus muchos pretendientes a un barón alemán, rico y famoso, el cual la elevó a los más altos pedestales de la sociedad. La respuesta de Isabella ante la petición de su antigua maestra de volver a utilizar su voz de la manera en que ésta le enseñó, quedo grabada para siempre en su corazón:

“Nunca. ¡Pensarán que soy una bruja!”

Lágrimas escasas asomaron por los párpados de la anciana. Arrastrada a la forzada inmortalidad, atestiguó la muerte de su preciado esposo. Y el dolor de la soledad amargó los largos años de vida que le esperaban.

– Querido Frizt… Galia… si logra aprender… Dios, ¡si acaso lo lograra!

El anillo en la mano izquierda de la Sra. Ünterdorf brilla con dulce luz. Un alma preciosa encerrada en una joya. El alma del Sr. Fritz Ünterdorf aguarda allí, gracias a una canción de su esposa, paciente, el momento en que su querida compañera pueda partir con él, a los caminos invisibles.

Pero ya es momento de descender al presente. La anciana se enjuga el rostro y, con los papeles en la mano, baja de nuevo al salón. Galia esta todavía ocupada conversando con los pájaros, y la anciana repara en la bolsa de papel que su estudiante dejó a un lado de la entrada. Deja la partitura en la mesita de té, e inspecciona las chaquetas regaladas. Estan ajadas en el cuello y algunos botones desaparecieron. Sin embargo, pensaba ella, Galia no tendría problemas en remendarla y reponer los botones faltantes. Una caja de regalo cae al piso. La anciana la levanta y abre. Una tarjetita con un número telefónico esta encima del papel encerado. Y debajo…

-¡¡¡KYAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!

Galia está en la cocina. Escucha el formidable grito de su maestra alterar el aire, alcanzar la frecuencia de resonancia del edificio entero y hacer vibrar la dimensión visible. El cabello de Galia se eleva como si estuviese sumergida en agua, y ella se agacha, aún con la bandeja de semillas en la mano. El metal se deforma frente a sus ojos y la joven se maravilla de la magia incluida en un simple alarido de indignación. Súbitamente, se detiene. De haber continuado, las ventanas, los muros, la casona completa, hubiesen estallado, aplastando a sus habitantes sin remedio. El canto de una banshee no podría ser más terrible.

-¡Señora Ünterdorf!

Galia corre a encontar a su maestra sumamente alterada, vosciferando de aquí a allá.

– ¿Como se atreve? ¡Insolente! ¡Nisiquiera los nobles de la corte de Gullermo II osaban faltarle el respeto a mis pupilas! ¡Incluso a las mas torpes! ¡Eran intocables! ¡Lo mejor de la nobleza! ¡Nadie siquiera tenía el derecho de mirarlas si yo no lo aprobaba! ¡Ah, bastardo, hace que me hierva la sangre!

La anciana tira el regalo rabiosamente a una chimenea llena de hollín, y éste arde de inmediato sin dejar tiempo a Galia a descubrir su contenido. La chica alterna entre la sorpresa y la risa, al ver a su maestra dar vueltas al salón aún airada por el atrevido presente.  Un poco más calmada, se derrumba en su sillón, a lo que su pupila aprovecha para atenderla.

“De seguro eran una bragas o algo parecido” piensa Galia, tratando de no soltar una carcajada.

– ¡Maldito cerdo!

– Tranquila, señora, ¿quiere que le traiga un té? ¡De inmediato se lo preparo!

La Sra. Ünterdorf respira lentamente, escuchando el escándalo que hace Galia al mover sartenes y cacerolas para poner a cocer una de las infusiones de hierbas exóticas que le agradaban a su maestra. La anciana se da un momento de reflexión, antes de que su pupila llegara con una taza humeante.

– Tome, aqui tiene, señora. Relájese, no habra sido gran cosa

– Tu patrón es un pervertido de lo peor, Galia, espero que tu no…

– ¡De ninguna manera, Sra. Ünterdorf!

-Me alivia saber eso. Si hubiese alguna forma de que ya no trabajases allí, sería lo mejor

– Lo siento, la señora Morsten me paga el triple de la tarifa normal. Y no solo eso, si renuncio con ella, la agencia ya no querrá asignarme otra comisión. Pero, tranquila, no haré caso de las insinuaciones de ese vejete. Normalmente solo trato con su esposa.

Galia toma la taza vacía de su maestra y regresa a la cocina. La reflexión de la Sra. Ünterdorf es ahora una resolución.

<<Es tan inocente que debo protegerla. No permitir que pase con ella lo que ocurrió con Isabella.>>

A la semana siguiente…

El Sr. Morsten está terminando una junta. La conversación se relaja, y justo en ese momento, suena su celular. Es un número público, pero aún asi contesta.

“Buenas tardes, Sr. Morsten, soy Galia, espero no molestarlo”

El señor sonrie triunfalmente, y su actitud corporal les indica a los demás que habla con una joven.

– De ninguna manera.

“Queria agradecerle por el regalo. Y a cambio, le daré algo especial. Escuche.”

El señor Morsten se acomoda en su silla. Un dulce canción en francés acaricia su oído. Esta sentado, en ensoñación, sin ocultar a sus compañeros el placer que le produce escuchar a esa chica. Paulatinamente, la relajación se diluye, endureciéndose su semblante.  Ahora esta rígido, con el teléfono aún pegado al oído, y sus movimientos son los de un autómata. Se levanta del asiento, y, sin preámbulos, azota su cabeza, con violencia, sobre la mesa. El golpe le hace sangrar en la nariz y la frente. El pánico es inmediato.

-¡DIOS SANTO!

Otro golpe más. La mesa retumba, y, otro golpe cae, con una fuerza desconocida para un hombre obeso entrado en los cuarenta. Se impulsa con la espalda y el cuello, imprimiendo de energía los músculos. Otro golpe. Y otro más.

-¡Deténgase!

El teléfono aun esta sobre su oreja, y la canción continúa. El Sr. Morsten esquiva a aquellos que tratan de detenerlo y va hacia un ventanal. Repite el ataque contra su propia cabeza, aún mas intensamente, aún con mas rabia.

– ¡Agarrenlo!

Con la cara ensangrentada y desfigurada, el hombre toma una silla y la lanza contra el cristal. El estrépito de la ventana destrozada es opacado por los alaridos de aquellos que ven al Sr. Morsten atravesar ese halo de vidrios arañando su cuerpo y lanzarse por él, hasta ensartarse en una barda de lanzas. El teléfono se escurre de su mano, al fin, para caer y destrozarse contra el pavimento, en un charco de sangre.

– ¿Han visto eso? ¿Lo han visto?

La multitud se arrebuja entre las patrullas y la ambulancia. Minutos atrás, una anciana cuelga el teléfono publico del parque frente al edificio en donde sucedió la tragedia. Arrastrando su morral con semillas, envuelta en un suéter viejo de estambre, sucio de plumas, se aleja lentamente, ignorando a las sirenas y los murmullos morbosos de la gente. Piensa, mientras tararea una canción en francés:

“Protegerla. A cualquier costo”

Los cantos de las aves llenan el parque al atardecer, y la Sra. Ünterdorf regresa tranquilamente a casa. Tiene toda una vida para enseñarle a Galia los secretos de la voz. En realidad, mucho más tiempo que solo una vida. Tiene varias vidas.