Haha (parte VIII y última)

continúa…

Ella suspiró. Kurono la observó, bajo la esclarecedora luz del día, con el pelo recortado y recogido y la piel más morena. Se dio cuenta de que no tenía idea de quién era esa mujer, Akina, quien se estiraba como un gato sobre su silla reclinable. Y moría de ganas por conocerla.

– “¿Quién eres?” – dijo Akina con voz juguetona. – “¿Un maldito ninja?”

Sonrió. Era la primera vez que ella sonreía, en cualquiera de sus vidas.

XII. Pasándose de listo.

Bullock almorzaba en su escritorio, utilizando las carpetas de varios expedientes como mantel para evitar manchar su área de trabajo con catsup y mostaza con jalapeño. Y, salido de la nada, un joven detective se planta a su lado, tan emocionado como un novato al resolver su primer caso.

– Detective Bullock

– ¿Qué te traes, Smith? – saludó, antes de morder su segundo hot dog.

– La he encontrado. A la asesina serial.

– Tenemos muchas asesinas seriales en Gotham. Podríamos organizar un jodido desfile de modas con ellas.

– A la rusa. La asesina de León Smolensko y quien refundió en Arkham al padre de éste, Vanko.

Harvey Bullock, desconcertado, interrumpió su sorbo de soda.

– Repite eso.

– He localizado a Dunia Raskólnikov, alias Butcher. Se encuentra en…

– Para tu carro. ¿Quién carajo te dio autorización para investigar ese caso?

– Estaba abierto, señor. No tenía orden de cancelación.

– Mierda.

– A decir verdad, estaba en proceso de cerrarlo, solo faltaba interrogar a la psiquiatra de la señorita Raskolnikov, la doctora Akuta… Atu… Aka…

– La vieja japonesa.

– Precisamente. Fui a Arkham, al Hospital General, a la Facultad de Ciencias Médicas de Gotham y terminé en la embajada de Japón. Allí me informaron que la psiquiatra tenía ya varios meses de haber fallecido en su ciudad natal, Osaka. Su sobrino, quien laboró un corto tiempo en el Hospital General, subastó sus bienes y partió también a Japón.

El interés de Bullock estaba menguando, por lo que regresó a su tercer hot dog, sin embargo, la siguiente información de Smith casi lo atraganta.

– Entonces fui a Japón.

– ¿QUÉ? Ni creas que el comisionado aceptará pagarte un maldito viaje a Japón, ¿Cuánto te costó el condenado boleto? No, no me digas, no me interesa.

– Fue un viaje personal, detective. Es que verá, yo colecciono… bueno, no es necesario que lo mencione… pero pertenezco a un club en donde… de vez en vez… bueno, buscamos cierto tipo de… mercancías coleccionables… nada ilegal, por supuesto… pero el tenerlas de su país de origen aumenta mucho su valor…

– Ahórrate la basura. Me da igual si fuiste a comprar videojuegos o muñequitas… ¿Eso que tiene que ver con el caso?

– Como le decía, al fallecer la psiquiatra, el único posible testigo del caso era su sobrino, el doctor Kurono Akutagawa. Así que cuando salí de la convención…

Bullock torció los ojos, en una expresión que decía a todas luces “Enorme pedazo de idiota”. Smith se sonrojó desde el cuello hasta la raíz del cabello, pero continuó.

– Fue un golpe de suerte. Estaba yo en camino al aeropuerto, pues en la embajada no pudieron darme ningún tipo de información, cuando…

Smith sacó su celular del pantalón, pulsó un par de veces la pantalla, entregándoselo de inmediato a Bullock.

-… ahí estaba el doctor. Con su esposa embarazada, paseando. Y su esposa era Dunia. No hay duda. Los seguí casi todo el día. ES ella. Habla japonés, se viste como japonesa, escuché que el doctor la llamaba Akina, Daigo Akina. Incluso me las arreglé para acercarme lo suficiente, y fingí chocar con ella de frente para observarla bien. Estoy contactando a un amigo de Tokio para investigar si puedo hacer enlace con la policía nipona…

El detective Bullock sostuvo el teléfono cerca de su rostro, observando con atención.

– Responde. ¿Estás completamente seguro de que es ella?

– Si detective. Las fechas encajan. Comparé todos los registros que tenemos, todas las fotografías, los reportes de Arkham, todo. Desgraciadamente no pude conseguir un cabello suyo, lo necesito para las pruebas de ADN, para confirmar su identidad totalmente.

– ¿Jodidamente seguro?

Smith comenzó a ponerse nervioso. Bullock lo atravesaba con la mirada.

– Si, detective.

Apenas se escuchó el “sí”, Bullock pulsó la pantalla y borró la foto.

– ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO?

Y, con la mayor intimidación posible, Bullock dijo:

– Escucha bien, niñato. La demente debe quedarse donde está. Si la traes a Gotham el infierno se saldrá de la lata. ¿Oíste? ¡DE LA LATA! Tengo la palabra de alguien garantizándome que mientras Butcher siga con los amarillos allá, estará tranquila y bien vigilada. ¿No se te ocurre alguna razón por la que el sobrino de su loquera se haya casado con ella? ¡Para mantenerla controlada!

El joven detective tragó saliva, impresionado por la feroz actitud de Bullock, a pesar de su terrible aliento a cebolla.

– Investiga, si deseas, cuantos asesinatos por despanzurramiento han ocurrido en Japón desde la llegada de Butcher. Yo ya lo he hecho. Ninguno.

– Pero, detective, ¿está seguro de eso?

– La están vigilando. Asunto de capas y mallas. Él me dio su palabra.

– ¿”Él”?

A manera de respuesta, Bullock puso sus índices levantados al lado de las sienes, y agregó.

– Capucha negra y el resto del disfraz. ¿Lo captas?

Smith retrocedió en su silla, recordándose a si mismo que tenía que respirar.

– Es como… hace siglos, existía el castigo del exilio. – dijo Bullock, un poco más amistoso

– No era la muerte, pero el culpable era condenado a errar hasta deshacerse de viejo. Velo así. Dunia vivió y se adaptó perfectamente a Gotham. A veces me pregunto cómo dejaron su cerebro para que ella tolerase vivir en un sitio del otro lado del mundo.

– ¿Y… él… aceptó un trato así? ¿Por qué no la entregó a nosotros? Ya la había llevado a Arkham antes.

– No tengo ni una puñetera idea.

Giró la cabeza hacia el escritorio, poniendo los ojos a descansar sobre las torres de folios y documentos pacientes. En realidad, se estaba dando un momento para recordar.

– Parece frío, pero tiene sentimientos. Alcanzó a decirme que la anciana rogó por la chica. Rogó y lloró, incluso llegó a arrodillarse ante él. Como una madre lo haría por su única hija.

Entonces se hizo una pausa algo inusual para una oficina de policía abarrotada, pausa que Smith rompió, con la palabra…

– “Haha”

– ¿Qué carajo dijiste?

– “Haha” significa madre en japonés. Tiene sentido, la doctora se enlazó sentimentalmente con su paciente…

– Al demonio con eso. Ese caso está cerrado, ¿oíste? Si por ahí me entero de que andas sacando otra vez cadáveres de sus tumbas, vas a meterte en líos. Así que vas ahorita y me borras toda la información, fotos y supuesta evidencia que obtuviste, y vuelves a enterrar el asunto.

Tomo tres o cuatro abultados expedientes, les sacudió las migajas de pan y gotas de salsa, antes de lanzarlos al pecho de Smith.

– Ten, para que te entretengas y dejes de andar de curioso. Unos asaltos raros, asesinato múltiple y creo que te di uno de una banda de payasos secuestradores, que se yo. Ya que te sientes tan capaz… En una semana me dices como vas con los casos. ¿Cómo les dicen a los que juntan cosas japonesas como tú?

– ¿Se refiere a “otaku”?

– Eso. Agarra tu trasero de otaku, cállate y lárgate.
Smith torció la boca antes de sonreír discretamente, saliendo con paso rápido de la oficina del detective Bullock. Si bien éste le había delegado unos pocos expedientes, aún tenía una extenuante perspectiva de crímenes esperándolo.

De pronto, una explosión sacudió su escritorio y las ventanas. Las alarmas sonaron inmediatamente. Todo el cuerpo policial se puso en alerta de inmediato, los radios empezaron a sonar, mientras los hombres se equipaban con sus armas y chalecos antibalas, pues los reportes de un tiroteo impresionante ocurrido justo al otro lado de la ciudad llegaban a caudales a la estación.

– Lo único que falta son los cocodrilos gigantes. Ah, no, a esos los atraparon la semana pasada.

Tomó media taza de café, mientras ajustaba su revólver cargado en la funda de su pecho.

– Cosa de todos los días, si vives en Gotham.

FIN

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Haha (parte VII)

(continúa…)

La doctora se retiró después de dar una última mirada a la joven sacudiéndose con ansiedad y violencia dentro de sus amarres de cuero, alternando entre pesares sobrecogedores en cada órgano y cortos períodos de flaccidez catatónica. La frente de la joven estaba empapada en sudor, el cual corría por los ojos apretados y el rostro contraído de tormento. Podía notarse la fuerza en esa laringe aullando, sofocada por el plástico y el metal. A través del sujetador bucal, Dunia dejó escapar un estertor sordo, bufidos de una bestia moribunda, que ante los oídos de la doctora Akutagawa, significaron:
“Gracias por curarme, mamá. Te amo.”
– Yo también te amo, hijita.
“Hoshi. Yama. Burgaku. Kakato. Atama. Hiza. Ryuu. “

Varias semanas después, todavía en un punto irrastreable del Océano Pacífico.
Ella aprendió a caminar. A sentarse sobre sus rodillas. A comer con palillos. A escribir. A recogerse el cabello.

– Hora de comer, Akina-san.

Por cierto, cambió su nombre.

– Gracias.

Akina se recostó en la silla plegable a tomar el sol y ver el interminable mar. Un infinito color azul posándose sobre una perfecta franja verde. Y nada más.

– ¿Te llamas Kurono?

– Así es.

– Escuché que el oficial te llamaba Akutagawa Kurono.

– En Japón se dice primero el apellido y luego el nombre propio. Tú te llamas Daigo Akina.

Le agradaba hablar con Kurono. Era el único en todo el barco con quien no tenía que balbucear en japonés. Ella no tocó su plato en varios minutos.

– ¿Pasa algo? – preguntó él.

– Estoy un poco harta del arroz, eso es todo. Y aún no le encuentro sabor al té blanco.

Kurono tuvo una risa espontánea que de inmediato sofocó, aunque ella alcanzó a percibirlo.

– ¿Qué?

– Nada, nada. – Sacó un envoltorio de la caja donde transportaba los platos. – Para variar. – Y se lo alcanzó a Akina.

Ella abrió el paquete, descubriendo una hamburguesa recién preparada, la cual se llevo de inmediato a la boca.

– Verás, te acostumbrarás pronto a la comida asiática. No todo está hecho de arroz, ¿sabes? Espero que la hamburguesa no te sepa muy diferente…

Cuando Kurono volteó a verla, tres cuartas partes del bollo relleno de condimentos y lechuga se desvanecieron. Ella preguntó, a mandíbulas llenas.

– ¿Por qué habría de saberme diferente?

– Es… era de soya.

– ¿Soya? ¿No carne?

– No carne.

Terminó de tragar, y después engulló el cuarto restante.

– Sabía bien. Mejor que el arroz.

Akina aún no se acostumbraba al sol. Y si bien aún no hacía bastante calor, esa tibieza penetraba en su piel, una tibieza soñolienta que la adormilaba, efecto benéfico a los ojos de la doctora, quien la incitaba a tomar cuantas siestas desease. Sin embargo, es estos momentos no quería desconectarse del mundo y permitirle a su cerebro intoxicado de cordura asimilar todo el cúmulo de sensaciones nuevas, recién integradas a su sistema. Quería hablar con Kurono. Y Kurono quería hablar con ella.

– Así que eres el nieto de la doctora.

– Sobrino nieto. Ella no tuvo hijos.

– ¿Cómo llegaste a Gotham?

– Mis padres me enviaron a traer de regreso a Osaka a la tía Mei, cuando yo tenía dieciséis. Únicamente debía subir al avión, bajar, buscarla en el aeropuerto, y regresar en el siguiente vuelo. En lugar de eso, ella me convenció de hacer la carrera de medicina en la Universidad de Gotham bajo su tutela. Incluso pagó mi especialidad.

– ¿Cuál es?

– Una que te gustaría. Cirugía.

– Oh.

– Esto… ¿Cómo te sientes?

– Mi memoria es… tengo los recuerdos como si fuesen recortes de fotografías. Revueltos, sin sentido, algunas veces son secuencias enteras, pero… como si hubiesen incrustado en mi mente imágenes de otras personas. Veo y escucho los segmentos, pero no entiendo porque sucedieron, no siento lo que pasa allí. Tengo la impresión de haber pasado toda la vida en este aburrido barco.

Kurono observó con curiosidad el bronceado rostro de Akina.

“Reestructuración sináptica.” Pensó él. “Reescribir los armazones conductuales aprendidos a base de microelectroshocks continuos, mediante nanoelectrodos incrustados en la materia gris, a la vez que se induce una mutación parcial en las neuronas. Peligroso e inmoral. Nunca dejé de repetirle a la abuela que no había forma de descubrir con exactitud las partes borradas y con qué las estábamos reemplazando.”

– Has hecho un gran avance – dijo Kurono, después de una plácida pausa.

– Debo ver si me adapto a Japón.

– Osaka no es Gotham.

– ¿No extrañarás Gotham?

Lazos. Después de diez años, es inevitable hacer lazos. Fuertes o superficiales, sin embargo existen. Kurono sentía mucho afecto por Nadia. Hablaron varias veces de una vida juntos. Era una muy buena posibilidad.

– Regresarás conmigo a Osaka. Te encargarás de ella, cuando yo ya no esté.

La abuela Mei estaba pintando sobre seda. La edad dejó inalterado el pulso de sus manos, y la exactitud de sus movimientos con el pincel. No miraba a Kurono al hablar. No necesitaba hacerlo.

– Te dije, cuando ingresaste a la universidad, cuando no tenías nada más que lo que traías en los bolsillos, es decir, el boleto de regreso a Japón, que serías mi heredero. Y tú heredarías tanto mis bienes, como mis responsabilidades. Dunia es mi responsabilidad. Así que te la entrego.

Kurono pareció tratar de replicar, pero cuando la abuela Mei retomó su charla, a él solo le quedaba callar.

– Sé que parte de tus… afectos juveniles están en otra persona, alguien inteligente y capaz, digna de admiración, lo confieso. Eso no debió pasar, pero lo hecho, hecho está. Solo piensa en mis palabras, antes de retirarte. Una de esas dos mujeres fue forzada, desde que era una niña, a vivir entre lo más maligno que Gotham tiene para ofrecer. Creció, como una hierba mala, entre la podredumbre, y se forzó a si misma florecer, con pétalos que no eran suaves, ni perfumados, sino llenos de espinas, para ahuyentar a los depredadores. Y nosotros, como buenos doctores, la arrancaremos de raíz, le cortaremos las espinas, y lanzaremos a terrenos desconocidos, con la esperanza de que sobreviva.

Tomó más pintura de sus botes de cerámica.

– Ahora dime, ¿Cuál de las dos necesita más de ti?

Lazos. Unos se rompen. Otros se crean.

– Si, la extrañaré, sin embargo, dejaré de hacerlo algún día.

Guardaron silencio. Akina digería la comida, mirando a Kurono.

– La doctora aún no me relata cómo me sacaron de allí.

– Con mucho maldito trabajo.

Él acercó una silla plegable extra para recostarse al lado de ella. Continuó.

– Debí lanzarme de cabeza al río más tóxico de Norteamérica para atraparte antes de que te ahogaras. Después, en un lugar más apropiado que el lecho apestoso de la bahía, tuve que ponerte varias sondas y cánulas en tiempo récord, antes de conectarte al tanque de oxígeno y colector de orina.

– ¿Hiciste qué?

– Tardé quince minutos. Tiempo récord. Posterior a eso, te embalé y mandé por paquetería a este barco, el cual zarpaba dos horas más tarde. El repartidor se infartó al ver que la caja apenas y cabía en su camioneta…

– Espera un momento, ¿me metiste en una caja…

– De madera

– … rellena de unicel, con un tanque de oxígeno conectado a un tubo en mi garganta? ¿Así me enviaste por correo?

– Mensajería express. Eres un delicadísimo dispositivo de laboratorio por parte de Waynetech a un laboratorio del círculo ártico. Por cierto, el costo del envío es ofensivo.

Observaron, compañeros ambos en palabras y mutismo, el perfecto sol sobre las aguas estáticas del mar. Kurono sonrió levemente, lo que atrajo el interés de la joven recientemente llamada Akina. Ella interrogó el origen de su alegría con la mirada.

– Recordé lo que me dijiste cuando nos vimos por primera vez. ¿Lo recuerdas?

– No

– Dijiste “¿Quién eres? ¿Un maldito ninja?”

Akina reaccionó efusivamente.

– Imposible ¿Eras tú? No tengo en claro muchas cosas, es decir, casi nada, pero sí recuerdo… ¿Ibas…? ¿Ibas con él?

– Por supuesto que sí. Ese hombre tiene planes de contingencia para los planes alternos. Yo era parte del plan y solo estaba como motivo decorativo, ¡ah! Y para que te cansaras golpeándome en lo que… bueno, en lo que él hacía las cosas verdaderamente importantes.

– ¿Entonces sabes karate?

– Judo

– ¿Usar la katana?

– Teóricamente.

– Eso se notó.

– Nunca había combatido contra alguien para evitar ser despedazado.

– Dios mío. Formaste equipo con él, el Caballero Oscuro de Gotham. ¡Debes estar orgulloso!

– Tranquila, no hice equipo con él, solo lo acompañé, y si fue así, se debió a que la abuela Mei insistió en supervisar personalmente tú salida de Gotham. Yo fui solo el sparring, él te clavó el dardo.

– Sin embargo, lo viste de cerca, hablaste con él.

– Tu también, y todos los internos de Arkham, y gran parte de la policía.

– No creo que la policía este contenta.

– No, no lo está.

– Eso es ley, hablando de Gotham.

Ella suspiró. Kurono la observó, bajo la esclarecedora luz del día, con el pelo recortado y recogido y la piel más morena. Se dio cuenta de que no tenía idea de quién era esa mujer, Akina, quien se estiraba como un gato sobre su silla reclinable. Y moría de ganas por conocerla.

– “¿Quién eres?” – dijo Akina con voz juguetona. – “¿Un maldito ninja?”

Sonrió. Era la primera vez que ella sonreía, en cualquiera de sus vidas.

(concluirá…)

Haha (parte VI)

Continúa…

La endemoniada ventana. Sin policías, sin juicio estúpido. Sin Arkham. Butcher corrió hacia ella y saltó. En el aire, giró su torso para ver el cielo alejarse. Mientras la noche de Gotham se hacía más y más oscura, le pareció ver a la figura de negro proyectarse con los brazos extendidos hacia ella.

Lentamente, la consciencia se apartaba de Butcher. No alcanzó a percibir las potentes luces subacuáticas que incendiaban el lecho del río para recibirla.

  1. El capullo de la oruga

“Kibõ. Tomodachi. Musume. Haha. Arigato gozaimasu. Sensei”

La voz femenina parecía salir directamente de los tímpanos de Dunia.

“Douzo. Kon-nichiwa. Hai. Byouin. Mise. Koohi. Koucha. Hiza”

Una sensación pastosa recorría sus músculos. Cada ojo parpadeaba por separado. Los efectos obvios de un agresivo cóctel de sedantes.

“Lie. Gakkou. Kanai. Shuji. Sumimase. Nanji desuka.”

Percibía claramente estar en posición vertical, pero sus pies colgaban. Tenía los hombros firmemente sujetos, manteniendo la espalda recta y erguida. Su frente estaba asegurada, y dos almohadones ajustados le impedían girar cráneo y cuello.

“Kani. Shuji. Onegai shimasu. Gomen nasai. Hito. Otoko.”

La sonda nasal le provocaba muchas molestias, y el sujetador bucal dejaba su sabor plástico sobre la lengua seca. Ninguna de estas incomodidades le era desconocida a Dunia. Fue sedada y atada a ese grado varias veces antes, en el asilo. A diferencia de el asilo, en el cual una oscuridad perenne ocupaba celdas y salas de tratamiento, aquí había luz, demasiada, luz caliente, húmeda.

“Anata no namae wan nan to limasu ka?”

El cóctel de sedantes dejó de funcionar. Y Dunia se vio a si misma, suspendida en una cama perpendicular al piso, sujeta de tórax y abdomen, piernas y brazos, con maquinaria médica al lado suyo, unida a ella por docenas de manguerillas, sacando e introduciendo líquidos coloreados a través de sus venas.

No se impresionó. Había pasado por eso, muchas veces, en el asilo.

– Buenos días, Dunia.

Tardó en reconocer a la doctora Akutagawa, quien entraba a la habitación, ayudada de su bastón. Sus recuerdos de la anciana databan de su última estancia en Arkham, cuando pasaba apacibles períodos en su compañía, aprendiendo origami, o escribiendo palabras con complicados signos llamados kanji, de una manera tan artística que lucían como cuadros decorativos.

– Una compañera terapeuta en Arkham tenía un dicho: “A veces debemos derribar para poder construir. Así es la psiquiatría.” Dunia, ¿me recuerdas? Mueve un poco la cabeza si es así.

Dunia lo hizo.

– Has dejado Gotham. Debí sacarte de esa ciudad, costase lo que costase. Estamos en un buque, navegando en círculos sobre aguas internacionales del Pacífico, por todo el tiempo necesario para tu tratamiento.

La anciana doctora, después de colocarse con ceremonia unas gafas que colgaban de su cuello, encendió algunos interruptores de esas bombas de infusión modificadas. Dunia percibió a sus venas arder, llenarse de venenos, mientras calambres atroces comprimían sus entrañas. Trató de rebelarse, inútilmente.

– Derribar para construir. No podía aceptarlo abiertamente, mientras laboraba en el asilo, pero los controversiales estudios del doctor Crane, dieron resultados correctos. Tienes una incapacidad bioquímica para identificar el miedo o estados de alerta. Por tal motivo, justo en este momento, inundo tu sistema nervioso con los neurotransmisores correctos, no sólo para percibir el miedo, sino también la angustia y la desesperación. En otras palabras, te estoy enseñando el sufrimiento. El sufrimiento es una gran lección para la vida, querida Dunia.

Dunia convulsionaba tanto como podían permitírselo sus amarres. La cama producía un escándalo infernal, tenía ansias de gritar hasta romperse la garganta, llorar y partir su propio pecho a pedazos, su con eso lograba aminorar el dolor. Ella era todo un vértigo, una náusea.

– Terapia génica monocelular localizada, es el nombre complicado para este procedimiento. Los desarrolladores cuestionaron mi ética profesional, al utilizar en ti un método no lo completamente probado, e incluso, no lo completamente legal. Los ignoré. Y es que el motivo es simple, debo curarte. Debo curarte a cualquier costo y con cualquier método, debo lograrlo sin importar cuánto tiempo me tome, porque… debo curarte porque…

Entre palpitaciones monstruosas, y ese dolor que parecía despedazarla, Dunia percibió a la doctora Akutagawa acercarse a ella y acariciar su mano, contraída como una garra, gracias a los espasmos producidos por los medicamentos. La anciana estrechó esos dedos rígidos.

– Arrancaré la locura de tu espíritu, fragmentaré tu mente y la rearmaré pieza a pieza. Te torturaré y quebraré, mi querida y dulce niña, te haré cenizas. Estos tormentos son porque te amo. Te amo como a una hija. El sufrimiento y el dolor son lecciones, hijita.

Ningún músculo o nervio alguno en la joven escapaba a la sensación de un violento cortocircuito. Jamás había sentido tanta agonía en tan poco tiempo.

– Voy a sacarte de tu hábitat, esa maligna ciudad que te ha creado, y te sumergiré en uno distinto completamente, tu mente ya no regresará a los asesinatos ni a la sangre, pues estarás ocupada aprendiendo a sobrevivir en un mundo exótico para ti.

Dunia fue envuelta en una congoja tan profunda que no alcanzaba a comprender. La doctora encendió, mediante un interruptor acoplado en las bombas de infusión, los audífonos insertados en los canales auditivos de su paciente, los cuales, mediante la voz de la anciana, le proporcionaban sus primeras lecciones de japonés.

– Todo estará bien, Dunia. Todo estará bien.

La doctora se retiró después de dar una última mirada a la joven sacudiéndose con ansiedad y violencia dentro de sus amarres de cuero, alternando entre pesares sobrecogedores en cada órgano y cortos períodos de flaccidez catatónica. La frente de la joven estaba empapada en sudor, el cual corría por los ojos apretados y el rostro contraído de tormento. Podía notarse la fuerza en esa laringe aullando, sofocada por el plástico y el metal. A través del sujetador bucal, Dunia dejó escapar un estertor sordo, bufidos de una bestia moribunda, que ante los oídos de la doctora Akutagawa, significaron:

“Gracias por curarme, mamá. Te amo.”

– Yo también te amo, hijita.

“Hoshi. Yama. Burgaku. Kakato. Atama. Hiza. Ryuu. “

continuará…