Autobiografía incompleta


Es una autobiografía incompleta porque, para que estuviese completa y en forma, yo tendría que estar muerta. Pero como, obviamente, no estoy muerta, y para colmo, ni siquiera en la mitad de mi vida, esto no es una autobiografía en forma. Es solo un intento de exponer quien soy, y porque hago lo que estoy haciendo, para aquellos que deseen conocer a la persona que le da forma a estar letras.  

Crecí rodeada de historias. O, al menos como lo veo ahora, con una capacidad de descubrir las historias. Supongo que al saberlo, ellas me buscaron, hasta alcanzar mi cabeza e invadirla. Uno crece y le llegan las dudas, las crisis. Lloras y sufres, y crees que nada tiene sentido. Yo busqué al Narrador de Todas las Historias, tratando de unirme a aquellos que se autollamaban su rebaño, aún cuando yo era marcadamente diferente. Estaba dispuesta a perder mi singularidad, si con eso alcanzaba algo de lo que ese rebaño, con sus balidos y apretados en su corral, llamaban paz. Sucedió algo curioso. El Narrador de Todas las Historias solo me respondió con una palabra: “Escribe”. Si fue él, o algún otro espíritu venido de alguna grieta pandimensional, no importa. El asunto es que comencé a tratar de darle forma a las historias que incubaban en mi cabeza. Y unas cuantas han sobrevivido y mutado, han encontrado las palabras justas para existir, y amaestrado mi mano (sin mucho éxito, a decir por mi letra), para nacer en el papel y sobrevivir en la computadora.

El tiempo siguió, a la vez que otro acontecimiento singular. Llegué a ese estado de lozana madurez, la idílica región entre juventud y adultez. Mientras mis excompañeros universitarios cambiaron, unos hasta hacerse irreconocibles, yo he permanecido bastante semejante a las fotografías de la generación. No he cambiado desde incluso años antes de la graduación, y no continuo cambiando en estos años que pasan sobre mi. Pudiese parecer una bendición, pero la verdad ha empezado a hartarme.

Creo que he dejado de envejecer, pero, por obvias razones, no puedo contárselo a nadie, así que esto queda como un secreto entre ustedes y yo.

Escribía, dejaba de escribir, y, una noche, después de varias temporadas de esterilidad literaria, las historias regresaron, a galope, en regimientos. Una tras otra, tras otra. Me di cuenta de que escribir era ya un deber espiritual, la razón última de mi existencia.

Por una temporada, quizá de años, hice un experimento para extender mi aparente juventud, pues veía como mis compañeros envejecían a la vez que yo permanecía alegre y con el aspecto de una veinteañera, decidí no escribir nada. Abandonar. Que las historias se fuesen apaciguando en mi cerebro, entreteniéndome con otras cosas.

No funcionó. Dolores de cabeza, náuseas, depresión, paranoia esquizoide… síntomas que desaparecían cuando tomaba un lápiz. En ocasiones, mi propia realidad se mezclaba con las historias, y parecía alucinaciones. Me veía a mi misma involucrada en batallas y traiciones palaciegas, complots secretos o tórridos romances. Una forma de las historias de hacerme entender que yo, mi propia historia incluso, era una de ellas y a ellas les pertenecía.

Personas han entrado y salido de mi vida. Pero las historias, persisten.

Aclaro que no hablo de libros, como a veces los escritores mediocres miden su capacidad creativa, en base a títulos publicados, premios ganados o hits de ventas. Hablo de historias, que incluyen hechos, nacimientos, sucesos, glorias, guerras, fracasos, hablo de seres existiendo en el papel, desarrollandose en mis letras.

Cuando por fin termine con la última de las historias – la fecha de eso parece ser bastante lejana – estoy segura de que empezaré a decaer hasta morir. Es inevitable, el fin natural. No me aterra, el dejar la existencia será solo ir en busca de más historias en otro sitio. Si únicamente para atestiguarlas o para escribirlas, no lo se.

Lo que me alegra es que, para este mundo, aún viviré mucho tiempo más, gracias a las historias. Con algo de suerte.

Soy la Escriba del Reino, la cronista de la corte. Los caballeros cantan, y yo solo registro.
Soy la Vidente, pues a traves del tiempo y del espacio los sucesos me alcanzan cuando cierro lo ojos.
Soy la Testigo, la observadora de los eventos, soy aquella que tiene la labor de narrar para salvar al Universo del Olvido.
A veces en fragmentos, a veces en capitulos completos, las historias llegan a mi. Como un hilo, que al jalarlo, descubres la tela de la cual proviene.

No soy la heroina de ninguna saga, ni la mártir de alguna epopeya. Mis penas y glorias son tan mundanas como el mundo a mi alrededor.
Pero lo que veo… las historias que veo…
Esas si merecen escribirse.

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