Grilleta (parte IV)

(Continúa…)

– Reacher – continúo Thunder – tengo el honor de informarte que tu y tus amigotes pueden considerase libres. Los veremos cuando los encontremos. Manténgase vivos hasta entonces.

La llamada terminó. Thunder estiró la espalda hasta tronarse varios huesos, miró a Ranchi chapoteando en un charco de detergente y a Alex aún de lleno en sus asuntos digitales.

– Chica – dijo al fin, después de un suspiro, haciendo que Ranchi volteara a verlo, aún en el suelo – Tenemos trabajo.

Tres días después. Sector de habitaciones personales.

Derek tenía una lista de reparaciones pendientes colgando en la puerta de su cuarto, la cual alcanzaba ya los dos metros con sesenta y cuatro centímetros. Esta hecha de papel plástico  y diariamente el niño anotaba o borraba tareas o recordatorios, para mantener las cosas presentes y en su justa proporción. No tenía prisa en terminarla, porque de hacerlo, descuidarías sus otras numerosas obligaciones, y su hermana le advirtió que la sobrecarga de trabajo podía dejarlo tan loco como ella. Así que, justo en esos momentos, con una paleta de caramelo en la boca, estaba escribiendo en el número seis de la lista: “arreglar control cinético de mi consola de videojuegos”. Le había dado más prioridad que la fuga de combustible del Nexus 2.

– Derek.

– ¡Capitán!

El niño, ante la imperceptible llegada de su mentor, realizó un saludo militar algo torpe y gracioso, pues mientras ponía el borde su mano sobre la frente, sacaba el dulce de las fauces. Alex solo entrecerró los ojos.

– ¿Has iniciado trabajos en el SIBS?

– SIBS, SIBS… ¡Ah! El Sistema de Interferencia y Bloqueo de Señales – revisa nuevamente su lista – Un metro y quince centímetros. Es decir, no todavía. Usted me dijo que carecía de prioridad.

– Ya la tiene. Debo probarlo, su pudieses tenerlo listo en un máximo de cuatro días, sería excelente.

– Pero, capitán, el satélite fue golpeado de frente por un meteorito. Esta abollado, quemado, y sin ninguna pieza en su lugar. ¡Debo reconstruirlo casi desde el inicio! ¡Incluso fabricar la mitad de las piezas por mi cuenta!

Alex chasqueó la lengua y pensó un momento.

– Lo entiendo. Tienes seis días.

Derek volvió a quedarse con su lista y su paleta. Al morderla, decidió que no tenía más remedio que trabajar inmediatamente en ello.

Un día después. Almacén mecánico noreste.

– ¡RANCHI!

La chica contesta desde de la bodega de alimentos principal, y su voz vibró por los intercomunicadores de pared.

– ¡ESTOY OCUPADA!

– ¡VEN AQUÍ A LA DE YA!

– ¡AÚN NO ES HORA DE COMER!

– ¡NO JODAS CONMIGO!

– ¿QUÉ QUIERES?

– ¡DÉJATE DE ESTUPIDECES!

– ¡EL HORNO SE ENCIENDE CON EL BOTÓN VERDE QUE DICE “INICIAR”!

– ¡CON UN MALDITO DEMONIO! ¡APARÉCETE AQUÍ DE UNA RAJADA VEZ!

Thunder y Derek intentaban armar en el almacén mecánico un transporte de tamaño considerable, utilizando exclusivamente partes sobrante de vehículos de menor talla. El resultado tenía la apariencia de un contenedor de desechos viejo al cual le hubiesen adosado a las paredes varias turbinas desiguales, ordenadas por tamaño y nivel de funcionamiento.

– ¿A que tanto grito? – Ranchi daba un salto afuera de su portal – ¿Cuál es el problema?

– La grúa se reventó y nos falta colocar ésta. – Thunder señaló el nido de cables sobre los que trabajaba el niño, quien, justo en ese momento, dijo triunfal:

– ¡Terminé!

Derek colocó a toda marcha la cubierta de la turbina remendada y Ranchi, después de crujirse los dedos y la columna, la levantó en sentido vertical, colocándola a un lado de las otras, en el ala derecha de la nave, para que Thunder pudiera unirla a su maltrecha creación.

– ¿No se supone que los motores deben estar integrados a la estructura aerodinámica de la nave? – preguntó Ranchi aún con los brazos ocupados.

Thunder colgaba de la cintura por medio de cables que le daban vueltas a la cubierta del vehículo en construcción. Apagó la soldadora y descendió, manipulando los cables a través del arnés en su pecho y cintura.

– Esta porquería va a desbaratarse ante la menos excusa. Lo único que me interesa es que aguante unos ochocientos mil kilómetros de travesía espacial antes de estallar – le hace notar a Ranchi una pequeña abertura entre dos placas de fuselaje.

– Tú, aprieta aquí.

– No va a quedar hermético.

– ¡Haz lo que te digo!

Moldeando el metal con los dedos, cerró el orificio como mejor pudo.

– Creo que tiene buena pinta. – dijo Thunder, acto seguido, le alcanzó un martillo – Vamos a darle hasta emparejarla lo más que se pueda.

– No inventes.

– ¡Ay de ti si le haces un agujero!

Cada quien tomó un lado de la nave y empezó a martillar.

– ¿Cuándo voy a terminar? – preguntó Ranchi

– Cuando yo lo diga – respondió Thunder.

– Los cazarrecompensas son unos explotadores – dijo ella a viva voz.

– Querrás decir “los cazarrecompensas SOMOS unos explotadores”. Por cierto, se me ha pasado contarles, según las leyes de la Confederación, ustedes ya pertenecen a nuestro Gremio y deben aprender el reglamento al derecho y al revés.

– ¿Y eso, porqué? – rezongó Ranchi – Todavía no he hecho ningún trabajo ni mucho menos cobrado por ello.

– Cuando nos conociste – amplió Thunder – ¿sabías que éramos cazarrecompensas y a quien íbamos a cazar?

– Si. Ustedes me lo dijeron.

– Exacto. Cuando decidieron largarse con nosotros, en lugar de bajar a su chamuscado planeta, sabías que éramos cazarrecompensas. Trabajan y cooperan con nosotros a sabiendas de que seguimos en el negocio.

– Supongo que tu lógica incluye a Derek.

– Claro. – continúo Thunder entre martillazos – Los cacharros que arregla serán utilizados por cazarrecompensas. La única forma de haberse librado de ésta hubiera sido denunciarnos a la primera oportunidad.

– ¡Pero nosotros nunca haremos eso! – intervino efusivamente Derek, interrumpiendo su recolección de herramientas – ¡No después de todo lo que han hecho por nosotros! ¿Cierto, hermanita?

Ranchi se quedó sin respuesta, refunfuñando un poco al recordar la cantidad ingente de trabajo diario asignado. Después de pensarlo unos momentos, agregó, al tiempo que soltaba unos golpes enérgicos.

– No – martillazo- Derek, nunca – otro martillazo – lo haríamos. – El último hizo vibrar la nave entera. Thunder rio con entusiasmo.

– Niñatos, ya son cazarrecompensas, avalados oficialmente por la Confederación de Sistemas. ¡Bienvenidos sean al Gremio!

– A buena hora me lo dices – concluyó Ranchi, quien ya tenía su parte del casco un poco más uniforme que al inicio.

El fortachón también dio por terminada su parte, tomó una lata de pintura y la agitó vigorosamente.

– Derek, haz los honores.

El niño sujetó la lata con emoción.

– Pon el número uno. Porque esta es la primera nave que armo con ustedes dos.

Ranchi elevó a su hermano de los hombros para que pudiese pintar fácilmente y lo más vistoso posible el signo # y el numero 1. Al terminar, observaron juntos el resultado, agotados y regocijados, hasta que el pequeño le dijo a su hermana mayor:

– Ranchi

– ¿Si, Derek?

– Tengo sed

Y Thunder dijo entonces­:

– Yo también.

(continuará…)

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