Grilleta (parte III)

(continúa…)

El capullo carcelero floreció ante él, para tomarlo firmemente de brazos y piernas, integrándolo a su gélido seno, y Pablo sentía, en sus últimos momentos de consciencia, como le eran insertados alimentos y analgésicos, el camino trazado por la áspera sonda hurgar por su garganta, ese leve murmullo del escáner verificando las constantes vitales. Rápidamente sus sentimientos se fundían en el sueño sintético inducido por la máquina, sin despegarse completamente de la realidad. Al final, no significaba demasiado. Realidad, fantasía, sueños.

Todas eran horribles.

 

Segundo cartucho. Preparando las maletas

– ¡Estoy precisamente en eso! – gritaba Ranchi a través del intercomunicador en su muñeca – ¡Solo quince minutos más!

– Te encuentro ahí, entonces. Quince minutos – sonó la voz de Alex por los altavoces.

Ranchi dio un grito histérico y se lazó por uno de sus portales hacia la sala de telcominicaciones que tenía que limpiar. Cayó de bruces en una montaña de basura, y, de inmediato, comenzó a trabajar como la desquiciada que era.

– ¡RAYOS! ¡RAYOS! ¿Cómo carajo, se me pudo haber olvidado? – vociferaba al llenar una gran bolsa de plástica de desperdicios. – ¡SI FUE LO PRIMERO QUE ME ORDENÓ! ¡RAYOS!

Las múltiples labores de la joven incluían como prioridad hacer habitables varias áreas del Deathbird. “Encargada” de mantenimiento esa una manera eufemística de decir “ama de llaves”.

– ¿Qué diablos hacían esos dos hombres aquí? ¿Probaban bombas? – gritó al entrar y salir de sus portales para llevar a los recicladores los paquetes de basura – ¡NO HAY UN MALDITO LUGAR DE LA NAVE QUE NO ESTE HECHO UN ASQUEROSO DESASTRE!

Las sillas para los operarios estaban destartaladas, el suelo, tapizado de latas de cerveza, herramientas rotas, envoltorio vacíos y cajas rellenas de alambres quemados.

– ¡Aargg! – A Ranchi casi le da un ataque al ver las manchas de óxido y costras de aceite para armas decorando el área – ¡También tengo que quitar eso!

Al desaparecer la chatarra, los treinta metros cuadrados de la sala de comunicaciones tomaban sentido. Ya eran visibles las computadoras, las consolas, los ruteadores de señales, pantallas, bocinas y controles de antenas exteriores. Inició el vaciado de los anaqueles, gavetas y cajones, y recién había sacado unas cajas de embalaje aplastadas e iniciado su batalla contra la suciedad del piso, cuando Alex entró sigilosamente y la halló en cuclillas, vaciando una botella de líquido limpiador altamente abrasivo.

– Los últimos detalles, supongo – dijo él

– Er… si – a Ranchi se le trabó la lengua – si no te molesta, voy a seguir con… – señaló el cepillo metálico que tenía en la mano – con esto.

– Adelante.

Alex dio una rápida inspección visual

– Lo hiciste demasiado rápido – comentó – o te tardaste más de la cuenta.

Ranchi se sonrojó y fingió sordera. Alex encendió la maquinaria, activando receptores de señales, haciendo que una barahúnda atroz resonara por doquier. Trató de arreglarlo, abriendo el compartimento inferior de los controles y una montaña de cartuchos vacíos de escopeta rodó sobre sus pies.

– Ranchi…

– ¡Lo siento! – dijo ella muy apenada y rogando interiormente por su vida, al correr a recoger a puños los cartuchos y meterlos en un saco de basura – ¡Es lo único que se me pasó!

Ignorando el detalle, Alex continúo trabajando en calibrar las señales. Ranchi estaba ya de nuevo tallando el piso cuando una alarma de llamada entrante interrumpió sus pensamientos. Alex estiró el cuello para ver la gran pantalla frente a ellos que parpadeaba en rojo y amarillo. Únicamente alcanzó a decir.

– Creí que Thunder arruinó ese retransmisor. La llamada también esta entrando a las computadoras del puente.

La alarma no cesaba y Ranchi volvió a interrogar a su capitán con la mirada. Él no le prestó atención, su forma de decir “contesta tú”.

– Sencillamente genial – tiró el cepillo por encima de su cabeza, y acercándose a la consola matriz. Pero después de varios intentos, nada.

– Pide una contraseña – dijo en tono de auxilio.

Alex dejó su asiento para responder. Ingresó una larga serie de números y letras en un teclado cercano. Las grandes pantallas al frente decía ahora “contraseña inválida”

– Es para Thunder – dijo Alex – Tráelo, por favor.

Usando un portal, Ranchi fue en busca de su segundo patrón, y, de la misma manera, regresó con él. El fortachón apareció agarrado de un mechón largo azabache y teniendo los ojos bien cerrados.

– Entiendo lo del contacto físico – comentó apenas sentir el suelo  firme – pero ¿no ver nada?

– Si llegas a tener abiertos los ojos – respondió ella – los espíritus te arrancarán el alma. Ahora, ¿podrías contestar esa maldita llamada?

La alerta era insistente, pues todavía estaba en espera hasta estos momentos. Thunder introdujo su contraseña, descubriendo el remitente en las pantallas.

– ¿Nicholas Reacher? ¿No estaba muerto ese bastardo?

Pulsó el botón de aceptar, y mientras la voz recién llegada salía por las bocinas, la pantalla mostraba un visualizador de audio, dando imágenes a los sonidos.

– ¿Thunder? – la voz tenía un timbre masculino y distorsionado por interferencias

– ¡Nicky! ¡Creí que estabas muerto!

– Si eso fuese cierto, sería gracias a ti, malnacido

– ¿En serio que no estas muerto?

– ¡Desearía estar muerto que preso en este asqueroso retrete donde tu y el infeliz de tu compañero me lanzaron de cabeza!

– ¡Cierto! – exclamó Thunder tronando los dedos – Que te entregamos a Grilleta.

– ¡HASTA QUE LO RECUERDAS! ¡Se suponía que tenían que sacarme, idiotas! ¡Ése fue el trato!

– Si, pero se nos descompuso una nave, el combustible se agotó, estábamos aburridos, yo tenía hambre, las municiones eran pocas y la policía nos dio más dinero por dejarte adentro. Sin embargo, te doy la razón. Nos pasamos. En compensación, ¿quieres que acabemos con tu vida de miserias? Podemos matarte por un precio módico.

– ¡Escucha bien, tenemos un enorme problema y vamos a darte una buena paga para que lo resuelvas. El sistema decidió enviarnos a una cárcel productiva, por lo que…

Una carcajada explosiva de Thunder interrumpió la llamada.

– ¡Están rajadamente jodidos!

-¡SI! ¡LO ESTAMOS! – Gritó Nicholas desde el otro lado de la señal – ¡ESTAMOS JODIDOS! Queremos que nos saquen de esta perrera antes de que la cárcel productiva Estigyus venga a recogernos. Su llegada esta programada en dos meses.

– Eres un loco endemoniado si piensas que los guardias de Grilleta no se darán cuenta de que han perdido unos cientos de presos.

– Setenta y tres. Hemos hecho motines. Cuando nos enteramos de la Estigyus, los suicidios se volvieron una buena opción. Intentamos tomar la cárcel, pero el sistema va a matarnos sin dudar apenas surja otra sublevación.

Ranchi fregaba el piso, porque de otra manera, la hubiesen corrido de la sala. Fingía estar concentrada en una gran mancha de sarro, aun cuando en realidad estaba vigilando la reacción de Alex. Éste, quien al inicio de la conversación se mantenía al margen, volteó hacia Thunder para decir sin preámbulos.

– Se puede.

Thunder apoyó ambos brazos en la consola.

– Reacher, mándanos toda la información posible acerca de Grilleta y el complejo penitenciario. Espero que la tengas.

– Ahí va.

Incontables archivos fueron transmitidos a través de la llamada de Nicholas Reacher, recibidos por Alex mediante las computadoras de la consola de comunicaciones, quien comenzó a analizarlos, dejando a Thunder la cuestión de los honorarios.

– Digamos que aceptamos, ¿Cuántos nos darán por poner sus traseros en libertad?

– Diez millones de créditos.

– ¡Vete al carajo! Son unos malditos avaros.

– Maldito seas, Thunder. ¡Estamos encerrados! ¿De donde piensas que vamos a sacar plata?

– Podrán haber encadenado a Hämmersmark, pero no a su tráfico de tóxicos. Hasta donde se, el negocio va bien, y si los contadores de tu compañero de habitación aún le son fieles, Häns ha de poder bañarse en dinero. Ponlo a él en línea, quizás quiera mejorar la oferta.

Un silencio. La voz de Reacher volvió.

– Cincuenta millones. Máximo.

– Por sacarlo únicamente a él, quizás. ¿Los demás no van a poner nada? Andaba por ahí el amo supremo del tráfico de armas, un tal Meissner, y un perdedor que se hacía llamar el “dios de los defraudadores electrónicos”. Esos dos valían su peso en tibanita. Además de una red llena de peces gordos.

– Las cosas han cambiado – dijo Reacher con amargura.

– Supongo. Bueno, te dejo. Debes prepararte para tener el inferno en el cerebro. Dicen que lo único indoloro del asunto es cuando te lo ponen. Me dio gusto saber que estabas vivo. Estabas.

Otro silencio. Más corto.

– Cien millones.

– Razonable. ¿Qué opinas, supersoldado?

– Razonable – respondió Alex, sin quitar los ojos de sus pantallas.

– Reacher – continúo Thunder – tengo el honor de informarte que tu y tus amigotes pueden considerase libres. Los veremos cuando los encontremos. Manténgase vivos hasta entonces.

La llamada terminó. Thunder estiró la espalda hasta tronarse varios huesos, miró a Ranchi chapoteando en un charco de detergente y a Alex aún de lleno en sus asuntos digitales.

– Chica – dijo al fin, después de un suspiro, haciendo que Ranchi volteara a verlo, aún en el suelo – Tenemos trabajo.

(continuará…)

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