Grilleta (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas

Sistemas Limítrofes

Grilleta

“A veces la fuga es peor que la cárcel”

Primer cartucho. El infierno en el cerebro.

El proyecto llamado “Cárceles Productivas”, propuesto y ejecutado por el general Gregorio Antonov fue aceptado por los planetas integrantes de la Confederación de Sistemas, en especial, aquellos poseedores de problemas inmensos con criminales despiadados y escurridizos. Inclusive planetas que veías motivos de controversia en los métodos de la cárcel, fueron convencidos rápidamente de su buen uso y efectividad. Las Cárceles Productivas se integraron a Justicia y Tecnología, programas gemelos que la Confederación implantaba en sus mundos miembros, y por los cuales, muchísimos más anhelaban ingresar.

Con respecto a Justicia, no solo se incluyó el envío de reos a las Cárceles Productivas, sino además el establecimiento de la Comisión Impartidora de Justicia, un departamento interplanetario de investigación y aplicación de leyes, con jurisdicción superior a las policías locales, a las cuales, eventualmente, terminaría por absorber.  La Comisión Impartidora de Justicia, o CIJ, efectuó largas y sesudas sesiones de jurisprudencia para unificar códigos penales, definición de delitos, procesamiento más rápido de las condenas y cumplimiento efectivo de castigos y multas. Aunado a lo anterior, la CIJ se conformó como una policía especial, poseedora del mejor entrenamiento físico e intelectual, equipado con avanzadas tecnologías criminalísticas y una reputación intachable. Después de cierto tiempo, no quedaron lagunas en las legislaciones de los gobiernos planetarios bajo las cuales los criminales pudiesen ampararse. Las leyes se volvieron tan estrictas, que nadie en sus cabales osaría infringirlas. Velozmente, en el pensamiento popular, quedó claro que algo peor que arder en el averno por toda la eternidad, era cumplir condena en una Cárcel Productiva.

Pablo Castañón Weiss, originario y residente de la colonia Nueva Esperanza Terráquea, era un bandido consumado a sus 28 años.  Sus delitos incluían venta y distribución de narcóticos, extorsión, asesinato, asalto, violación y obstrucción intencional de la justicia. En cuanto su caso fue absorbido por la CIJ, se tardó dos ciclos planetarios en ser capturado. Opuso resistencia al arresto, hirió a un agente, y a él se le quebraron todos los huesos de la pierna derecha. La duración del juicio y establecimiento de la condena duró treinta minutos. Condena establecidas por el cuerpo de jueces de la Confederación: cinco cadenas perpetuas en Cárcel Productiva, es decir, de por vida.  Las malas mañas de Pablo le hacían creer que aún tenía oportunidad.

– ¡Soldado enlatado! ¡Hey! ¿Cuándo dejarán pasar a mi abogado? ¡¡Contéstame!!

Pablo estaba colgado de los barrotes, pues la armazón de recuperación mantenía su pierna multifracturada rígida para que los nanobots hicieran su trabajo. No era algo doloroso, pero sí muy incómodo.

– ¿Acaso eres mudo?

El guardia bajo la coraza de adanmátium permanecía firme a la entrada del área de detención temporal. El movió su cuerpo a la izquierda, dejando pasar al hombre que avanzó a paso firme a través de la estancia. El abogado de Pablo lucia consternado, casi aterrorizado.

– Llegas tarde, ¿Cuándo pensabas…?

Sin mirarlo, el abogado pasó de frente y entró a la siguiente puerta, justo delante de él, que lo llevó al departamento de investigaciones. Duró allí unos escasos minutos, y, al salir, trató de ignorar a Pablo, pero éste lo sujetó con violencia de la manga del saco.

– ¡A mi no me mandas al diablo! ¿Qué sucede contigo?

El abogado lo miró como si se tratase de un animal muerto.

– Suéltame.  Tengo que irme antes de que me relacionen contigo.

– Van a relacionarme contigo, lo quieras o no, ¡eres mi abogado, maldición! ¡Se supone que tienes que tienes que sacarme! ¿A cuanto asciende la fianza esta vez?

– ¡No hay fianza! ¡Ese concepto ni siquiera existe en las leyes de la Confederación! ¡No puedo sobornar a nadie porque no tengo la más mínima idea de quien o quienes te condenaron! El proceso ya esta cerrado, eres culpable, y van a encerrarte en una Cárcel Productiva, ahí acaba tu historia. ¡Si no  me alejo de ti, yo también iré!

– Tiene que haber una salida – dijo Pablo, enfriando el tono de voz. – Tienes que sacarme.

El abogado se apartó con energía y le dio la espalda. Fue hacia el imponente guardia con ojos suplicantes.

– Déjeme salir. Por favor. Yo no tengo nada que hacer aquí.

La llegada de la Estigyus, Cárcel Productiva asignada al sistema fue de solo tres ciclos. Las Cárceles Productivas están siempre en movimiento. Llevan todo lo necesario para su manutención y la asimilación de reos al sistema penitenciario. Gran parte de los alimentos se producían en el interior de la nave. Y eran en realidad una colonia viajante, acompañada por escoltas de la Confederación, naves de ciencia y alcanzada regularmente  por cargueros, quienes le suplían de refacciones y material científico. Fortalezas inhóspitas, surcando los territorios de la Confederación, amedrentando con su presencia a las corruptas consciencias.

El infierno electrónico anidando en tu iluso cerebro. Y sin marcha atrás, amiguito.

– ¡SENTADO!

Una alarma sonó, pero al prisionero no se le retiraron las esposas. Pablo creía que es una cárcel como todas en las que ha estado.

– Se procederá a leer las características de su condena. A las 1900 del día actual, usted será sometido a una operación a cráneo abierto para la implantación del regulador neurodigital de funciones primarias…

– ¡Oiga! Esto va contra de mis derechos naturales – dijo Pablo, tratando de hacerse el listo – No pueden operarme si yo no doy mi consentí…

– De acuerdo – interrumpió hastiado el guardia – Va de una vez. Olvídate del mundo exterior. Tu remedo de abogado no solo perdió el caso, sino que también esta en la mira de la CIJ. Apenas estornude de forma sospechosa, lo mandarán a hacerte compañía. Estarás aquí por el resto de tus días.

– Tengo derecho a apelar y a una revisión de la condena.

– ¿No te dijo nada? Debió decírtelo. El derecho de apelación fue suprimido bajo la enmienda 448-XC en el código penal y estatutos jurídicos de la Confederación. Perdiste. Fin. Vamos a poner ese chip en tu apestosa cabeza y picarás piedras hasta que se te deshagan las manos de podridas. – gritó ahora, dirigiéndose a otro compañero guardia apostado en la salida. – ¡El siguiente! ¡Llévense a este imbécil a la sala de operaciones!

Ver a los doctores lavarse las manos una y otra vez con cotidiana cordialidad era estresante. Los reos aguardaban su turno, apiñados en una habitación de paredes transparentes, con un par de puertas estrechas, colocadas en sitios opuestos. No había ventanas, ni guardias, pero el riesgo de escape era nulo. La habitación era fuertemente iluminada, carente de muebles, con un frío calador en su interior. Considerando que los reos solo tenían la ligera bata de cirugía sobre su desnudez, no les quedaba energía suficiente para que para tiritar, encogerse y acurrucarse entre si. Sin faltar las pláticas con los compañeros, esperando también su turno al quirófano.

– ¡Para! – Decía Pablo, castañeando los dientes – ¿Qué tanto te hacen? No es que te quiten un brazo o los ojos.

– Mucho peor, bastardo, mucho peor – su interlocutor se movía nervioso, su tez era exageradamente pálida, casi transparente – Nos pondrán un aparato en la cabeza, y después de eso, después de eso…

– ¿¡DESPUÉS DE ESO QUÉ?!

– Ya no eres tu mismo. Ellos te dicen cuando respirar, cuantas veces latirá tu corazón, ¡dejas de comer! ¡Nunca, nunca vuelves a saborear algo, a beber, a sentir! ¡A pensar! Te vuelves peor que un  muerto. Como muerto, tu mente descansa, pero aquí, te das cuenta como poco a poco te transformas en una llave de tuercas, y no dejas, ni por un segundo, de estar consciente de lo atrapado que estás.

Por fin, Pablo sintió miedo. Cuando fue su turno, temblaba. Sudaba a mares.

– ¡Buenas noches a todos! – varios saludos al unísono. El equipo parecía conocerse bien. – Hoy, Alexia invitará las bebidas.

Carcajadas joviales. Un doctor de cabello escaso y cano se encargaba de acomodar docenas de ámpulas multicolor sobre una plancha metálica. Mas al fondo, un joven trabajaba en una computadora holográfica. La enfermera afeitaba su cabeza con una máquina rasuradora.

– ¿Qué me van a hacer?

El asistente del anestesiólogo no oyó la pregunta de Pablo. O hizo caso omiso. Colocó sobre su rostro la mascarilla con oxígeno, inyectando un líquido plateado y denso en la vena más visible de su brazo izquierdo. Pablo trató de rebelarse.

– ¡Les acabo de preguntar, malnacidos que…!

Su ímpetu fue apagado por otra potente dosis de anestésico.

– Recuerda – decía el doctor de más edad en el equipo – que deben permanecer conscientes, así las lecturas del encefalograma serán mas acertadas. Pero antes de que te metas en problemas… Hito, ¿el chip esta listo? Perfecto. Procede con los trépanos, voy a sentarme un rato.

Pablo escuchó a los doctores hablar de banalidades, como si estuviesen cenando o metidos en cualquier otra actividad que no fuese agujerearle el cráneo y exponer sus sesos al aire libre.

– El lugar es encantador, sin embargo mi esposo opina lo contrario.

– Ese color te sienta, corazón.

– Gracias, amiga. Compraré uno para ti también. ¿Alguien quiere bizcochos o galletas para su café?

– Pastelillos de frutillas

– Paso. Ese té que traje del sistema Hobbo no combina con nada

– ¿Qué opina de los nuevos condominios?

– Seguros, y nada económicos…

– Dr. Evans, acabo de disecar las membranas…

Pablo se alegró de que por fin le prestasen atención. Al menos, a su cerebro.

– Inserta el chip en el cuerpo calloso, siguiendo el tallo encefálico, sin perder la vista en el escáner.  Espera, tu pulso tiembla. Déjame darte un empujón.

Pablo no sentía nada. Un poco de frío en la nuca.

– Según la imagen ya estamos en los núcleos cardíacos y respiratorios.  Iniciemos comprobación. Hito, haz los honores.

Súbitamente, sintió una fuerte opresión en el pecho. Asfixia, náuseas, mareo y al final, un aberrante dolor de cabeza. Al instante siguiente, las molestias desaparecieron.

– Comprobación finalizada. Unión neurodigital establecida.

-Acabamos. Gracias, Hito. Pones la tapa y cierras. ¿Hora, Sra. Hilde?

– 2239, Dr. Wong.

– ¡Imposible!  Debo irme, debo alcanzar al director para la firma de los documentos de traslado. ¡Me dará un infarto si no lo encuentro!

Ser un número. Una herramienta.

Aún se acariciaba la larga línea de puntos a través de su cabeza rapada, percatándose poco a poco de que toda su vida de satisfacciones físicas y crueldad animal había finalizado de golpe. Ahora era propiedad de la Confederación.

– ¡Atención, ratas!

Después de ser vestido con el austero uniforme penitenciario, fue enviado a un lugar semejante a un almacén mecánico. De pie, junto a otros cincuenta reos, escuchaba a quien debía ser el alcaide. No mencionó su nombre. Quizás no importaba.

– La anestesia ha de estar acabándoseles, por lo que explicaré esto de la forma más clara posible. Ese pequeño trozo de silicio que tienen en el cerebro es un rastreador y su única garantía de seguir viviendo. Solo podrán deshacerse de él abriéndose la cabeza con un martillo, pero no creo que sobrevivan. Háganse los listos y traten de provocarle un cortocircuito o locura similar y conseguirán freírse ustedes mismos una buena porción de cerebro. Si el dispositivo se funde o se apagan, ustedes se funden o se apaga. Más fríos que la tumba de mi madre.

Varios presos murmuraron de asombro, varios más de incredulidad.

– Y eso, gusanos, es una pequeña parte. De ahora hasta el resto de su maldita condena, estarán enlazados a un único y personal capullo robótico que los vigilará y  mantendrá a raya. Pórtense mal, golpeen, abusen, insulten o traten de amenazar a un guardia, y el capullo cocinará sus sesos en barbacoa. Aléjense cinco metros del capullo, y después de tres intentos,  éste mandará una señal para que su cabeza reviente como un globo. Más fríos que la tumba de mi madre.

Un miedo real e inevitable nació de los presos. Pablo no podía continuar evitándolo.

– Espero que se hayan olvidado del mundo exterior, porque también se despedirán de sus funciones orgánicas. El alimento es intravenoso, proporcionado por los capullos, adiós miradas raras al cocinero por otro plato de estofado. Dormirán en el interior de su capullo y únicamente cuando éste se los indique, nada de visitas cariñosas a la celda del vecino. En caso de no obedecer alas indicaciones de su capullo, ¡estarán más fríos que la tumba de mi madre! ¡LARGO!

Fueron puestos en fila. Varios técnicos preparaban los capullos. Evitaban hablar con los reos, únicamente pasaban un lector digital por la cabeza, tecleaban en sus computadoras e introducían al condenado en las entrañas del robot. Cuando Pablo fue el siguiente, estaba ansioso por gritar.

– CAP38789. Asignado al interno 5833761A-CB

El capullo era inmenso, negro como un ataúd flotante, quien lo esperaba con el vientre abierto. Parecía tener brazos y manos, pero lucían delgados y frágiles.

– Ingrese. De espaldas.

Colocó nerviosamente un pie dentro. La máquina no tenía en su interior donde sentarse o apoyarse, solo soportes para sujetar el cuello, los codos y las piernas. Pablo tenía el plan de tomarse todo el tiempo posible, pero apenas la máquina lo sintió en su seno, se cerró herméticamente. Su cuerpo embonó sin traba entre los dispositivos electrónicos, y se relajó, gracias a las ondas de sueño que lo mantuvieron inconsciente por tres semanas seguidas.

(continuará…)

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