Nunca más

Advertencia: publicación mórbida.
El primer muerto que vi, fue cuando estaba en la facultad. “Parecen muñecos de cartón” dijo mi padre, para que no estuviera nerviosa. Sí lo parecían. Maniquies tiesos y resecos, apestando a formol, los cuales armábamos y desarmábamos sin miramientos. Uno de ellos tenía un tatuaje en forma de sirena en el brazo. Pudieron reconocerlo por ese dato. Pero nadie lo hizo. Nadie lo reclamó. Terminó siendo un muñeco, eviscerado diariamente por estudiantes de medicina irrespetuosos.
El primer dia en que yo y mi hijo de 5 meses, aún residiendo en mi barriga, hicimos prácticas hospitalarias, vimos a una niña de 9 años muerta. Lucía igual a una niña normal. Pero su corazón no latía. No respiraba y estaba enfriándose.
Poco tiempo después, fue un bebé. Uno podría pensar que una persona muerta, en efecto, es igual a otra que no lo está, hasta notar el efecto que tiene la muerte en los vivos. Una señora humilde, tomada de los hombros por el pediatra, se destrozó ante ese pequeño ser frío y amoratado. Nunca pudo tocarlo. Nunca pudo amarlo o besarlo. Tantos bebés vivos en la sala y el suyo estaba muerto.
Sin embargo, lo sobrellevas, cierto. Yo era la única que bajaba al anfiteatro a media noche a dejar muestras o a otro sietemesino que fue demasiado débil para respirar por si solo. Señores enormes, mujeres, jóvenes, Los muertos no me asustaban. Le tenía muchísimo más horror a los vivos.
En el servicio, conocí otra versión de Muerte.Subí al camión de regreso a mi rancho, y había un asiento desocupado junto a una señora que era conocida. Estaba comiéndose un inmenso helado cremoso de fresa. Era una anciana, casi, una mujer curtida por el trabajo y la pobreza, pero el verla degustando una golosina al finalizar su agotadora jornada, mientras regresabamos en ese camion destartalado al pueblo, fue uno de mis primeros atisbos de sabiduría espiritual. Era feliz, al menos, mientras durara el helado.
Luego murió. Murió en la calle, con su hijo y esposo, a la vista de los vecinos. Fue noticia, y luego, nada. Silencio. Olvido.
En el transcurso de esas muertes tambíen estuvieron mis dos tíos, una tía y mi abuelo. Personas que conocí, que hablaron conmigo, con las que reí o me hicieron (e hice) enfadar. Personas vivas. Y ahora ya no están. Eso es lo más doloroso de todo. La ausencia, el vacío.
Ha muerto un amigo. Alguien que conocí poco, unos meses acaso, pero era un amigo. Alguien que me hacía reír, alguien que me escuchaba, y yo escuchaba, y alguien que no era imaginario y me hacía sentir real, no invisible. Física.
Y ahora ya no está.
Lo más doloroso no es la muerte, ellos descansan.
Lo más doloroso es para nosotros los vivos, que debemos sufrir el vacío, el saber que no volverán, que no los oiremos o veremos, ver las cosas que abandonaron, las palabras no dichas, las experiencias nunca ocurridas. Duele saber que ya no están sintiendo lo que nosotros, pensando lo que nosotros. Que ya no están vivos.
“Nunca más” dijo el cuervo. Ese es el verdadero y cruel horror.
“Nunca más.”

para Goremaru

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