El Hechicero Metálico XI

VII.    Hace diez horas.

Derek caminaba bajo la guía de su memoria. Tras pasar la puerta, y activar el elevador, lo conocido y confortable del Deathbird quedó atrás. Ingresaba en una nave distinta, hostil, donde el único camino era el concebido en la mente del pequeño. La lámpara que sujetaba con fuerza alumbraba sus pasos. Sin embargo, el exterior no guardaba relación con lo planeado o aprendido por él. Derek memorizó una ruta viable entre un almacén de desperdicios, hasta llegar a varios generadores eléctricos de cinco metros de alto, encontrando un paso a través del resguardo de baterías de materia negra, alcanzando así la primera sala de control. Solo que Derek no estaba en una ruta, sino en una pesadilla.

<< Estoy tan emocionado que no consigo asustarme >> se decía << debo admitir que todos estos cacharros amontonados, justo en este ambiente tétrico, cobran una excelente pinta dinfernal. >>

El único sonido existente era el eco de su andar corto y rápido, Derek calculó el número de pasos equivalente a metros recorridos, por lo que ya debería haber pasado los generadores y llegar a la entrada del resguardo de baterías. Estira la mano derecha, palpando el muro, buscando el sitio donde debería haber un interruptor. Sus deditos perciben algo parecido a un botón. Lo pulsa.

<< ¡Muy bien! >>

La chirriante puerta se desliza y Derek entra a esa nueva zona desconocida. Examinó las baterías apagadas, mientras realiza anotaciones de voz.

– Han extraído la materia negra de las unidades existentes… reactivarlas será imposible… – su grabadora digital colgada al cuello almacenaba la información- A primera vista no se aprecia el motivo, pareciera que fueran desarmadas con el único propósito de obtener el combustible atómico – se acerca a una para revisarla bien – los capacitores, transformadores, blindaje… íntegros… deduzco que los generadores electromagnéticos instalados en el área contigua fueron colocados después de la inutilización de las baterías, pero ¿Por qué? ¿Corrupción de la materia negra? Probablemente. Habrá que investigar a fondo.

El paso a la sala de control es corto, la puerta está cerrada, pero sin sellar, así que el girar la manija, Derek entra sin contratiempos. Hay consolas y pantallas apagadas.

<< Debo regresar. Necesito energía>>

Vuelve hasta los generadores. Sabe como encenderlos, pues los planos le habían indicado la manera de hacerlo.

<< Es cuestión de activar el mecanismo que acercará las placas imantadas de los generadores entre sí para iniciar su rotación. Una vez que lo hagan, crearán electricidad suficiente para activar al sistema y pasar al siguiente nivel de potencia. >>

El niño busca casi a tientas la escalerilla para acceder al segundo nivel. Ascendió y caminó por una estrecha baranda hasta dar con una pesada manivela, sin nombre o indicación.

<< ¿Será esta? >>

El niño tuvo que colgarse de ella para conseguir bajarla. Pudo oírse el deslizamiento de varias compuertas ocultas, abriéndose de golpe. Derek entendió el ingenioso sistema: los pilares que sostenían las placas imantadas, extendidas, a manera de sombrillas, abiertas sobre los cascos de los generadores, bajaban y retraían dichas placas acercándolas entre sí, de una manera similar en que las flores cierran sus pétalos. Las positivas o negativas huían de sus gemelas, haciendo girar los rotores sobre las cuales descansaban. El aire estancado se animó.

<< De regreso al panel de control. >>

La oscuridad escapa. Cuando Derek entra a ver los monitores, varios ya están en funcionamiento.

– Nueva anotación. Energía restaurada en esta parte del sector. Mantendré los generadores al máximo. Producción total, 3.5 gigowatts por segundo. Muy bajo… aumentando a 3.7, 4.5 por segundo. Tendré que dejarlos así. Avanzo al siguiente elevador.

Derek revisa por última vez los indicadores, estado general de los generadores y niveles de energía, al comer un gran caramelo morado recién metido a su boca. Su descenso continúa.

 

Poco después…

– Esta vez no es una de tus alucinaciones, Ranchi. En realidad hay luz.

El largo corredor donde avanzaban brillaba con intensidad. La batería negra abandonada en la superficie debería alimentar tan solo la compuerta de salida el elevador, sin embargo, el trecho siguiente, que incluía cerraduras digitales, lámparas y otro elevador, estaban completamente funcionales. Y, sin que ellos lo notaran, cámaras de vigilancia.

– ¿Cómo habrá salido Derek de aquí sin la energía? – preguntaba Thunder.

– Descolgándose – Alex señaló el techo y el piso del elevador, ambos con un panel faltante. Al salir, notaron que el niño había entrado al nivel por un gran agujero cerca de la compuerta de acceso. – Aunque también con algo de suerte. – agregó.

Atravesaron la entrada a un gigantesco basurero. Montañas y colinas de desechos, naves inservibles, armas destrozadas, muebles rotos y cuanta cosa inútil pudiesen imaginar. Unas permanecían en cajas, pero la gran parte yacía desperdigada por doquier. Inclusive el altísimo techo también tenía lo suyo, pues, entre las pocas lámparas que iluminaban el área, estaba repleto de objetos a medio desmantelar, colgando como decoración.

– Ni siquiera ustedes dos podrían juntar tantos fierros. – Ranchi miraba hacia arriba, donde varios segmentos de conductos de tres metros de diámetro se apiñaban sostenidos en las alturas misteriosamente – Esto debieron acumularlo los habitantes anteriores de la nave, ¿cierto?

Alex ignoró a Ranchi por completo, y Thunder le respondió:

– Larga historia.

Perciben una vibración, y el rugir de descargas eléctricas. De pronto, una fuerza invisible tira de las armas de Thunder colgadas en su retaguardia, estrellándolo contra la carcaza derruida de un contenedor.

– ¡¡Auugg!!!

– ¡Thunder! – Gritó Ranchi – ¿Qué haces?

– Nada. – respondió pegado al contenedor. – Cuando me aburro, tengo la manía de azotarme contra las paredes. ¡Ayúdenme, tarados!!

Los metales de la bodega de desechos se mueven por voluntad propia, doblándose, estirándose, retorciéndose o volando directamente hacia ellos.

– ¡Whoa! – la chica se apartó a tiempo par esquivar una ganzúa giratoria lista a desgarrarle un pulmón – ¡la basura cobra vida!

– No. – Alex observaba curioso el comportamiento de varias latas vacías de comida girando en el piso – Magnetismo. Toda el área esta imantada. – y dio un ágil salto hacia atrás, apartándose de la caía de una hélices rotas.

– ¿En serio? – Thunder tenía ya dificultades serias para respirar, por todos los equipos metálicos que traía puestos, pero no era el único. La mochila de Ranchi la subía al techo, y Alex fue incapaz de que evitar quedar colgado del cinturón. Por fortuna, sus artilugios de combate eran de material sintético, aunque no podía negar que era una posición incómoda. Los gritos de Ranchi les decían que tenía planeado algo.

– ¡Puedo zafarme! – y apareció ante ellos por uno de sus portales, pero ni bien asentó los pies, volvió a ser atraída hacia una turbina, quedando sujeta con un golpe seco. – ¡Ay! Aguarden, estoy segura de poder…

El portal apareció sobre la turbina y Ranchi salió por ahí, de nuevo a una distancia razonable del techo. Trató de aferrarse a unos cables, colgando de ellos antes de caer, pero todo el contenido del equipaje la arrastró hasta meterla dentro de un tanque de combustible. Con tal de evitarlo, ella jaló consigo los cables, los controles y el resto de la nave, de donde salieron. El escándalo fue tanto bizarro como monstruoso, y al acabar, ella gritó a toda garganta de nuevo.

– ¡Estoy bien! ¡Ya salgo!

Volvió a aparecer a un lado de Alex, algo despeinada y con un tufillo a queroseno.

– ¿Ven como…? ¡Carajo!

La mochila y la espalda de Ranchi quedaron adheridas por un nuevo jalón a la misma carcaza que Thunder, pero de cabeza. Él continuó la pregunta de la chica.

– ¿… estas haciendo el ridículo?

– Deja de moverte. – Dijo Alex – estas comenzando a inquietarme.

Ranchi bufó y cruzó los brazos, así de cabeza.

– Par de brutos.

La atracción magnética era inconstante y finalizó, dejándolos caer a ellos y a bastantes objetos filosos, pesados y puntiagudos del techo, hacia sus cabezas.

– Apresúrense. Sospecho que volverá a imantarse la sala muy pronto.

Thunder y Alex corrían. Ranchi volaría, pero la mochila pesaba demasiado, y tenía que usar su fuerza aumentada. Derek probablemente tuvo una caminata larga en la antesala del infierno, pero ellos tres huían de una cámara de torturas decidida a matarlos. Se detuvieron unos segundos a tomar aire y visualizar el camino. Mientras los hombres miraban hacia delante, la chica miraba hacia arriba.

– ¿Eso es real?

Alex y Thunder voltearon hacia el vehículo acorazado de varios metros y toneladas que se les venía rápidamente encima. Usando sus instintos, saltaron a los lados sin pestañear.

– ¡Supersoldado!

– Aquí. ¿Y la niña?

– ¿No esta contigo?

Vociferaron al mismo tiempo, sintiendo la sangre subiendo a la cabeza, y el corazón a reventar.

– ¡¡RANCHI!!

– Detrás de ustedes.

Efectivamente, Ranchi se materializó a sus espaldas, tranquila y serena, como si escapar por un pelo de un alud descomunal de chatarra fuera lo más normal de la galaxia.

– ¡Con una mierda!! ¡No vuelvas a hacer eso!

Alex solo le dirigió a la chica un gesto reprobatorio. Y Ranchi parecía darse cuenta de algo que ellos no, porque los sujetó fuertemente de los brazos, giró sobre si misma, ganando impulso para lanzarlos lo más lejos que pudo con su fuerza paranormal. Es decir, bastante lejos.

– ¿¡Que diablos!?

Una torre de escoria se derrumbó justo donde ellos estaban. Ranchi escapó con un portal y apareció enseguida a un lado de Alex, con unos ojos que preguntaban “¿Esta vez lo hice bien?”

– ¿Qué rajados estamos esperando? – apuró Thunder, apartándose de entre un colchón de basura y sacudiéndose el herrumbre que le había caído encima. Volvieron a retomar el rumbo, con la fuerza magnética regresando. Incapaces de avanzar más, la chica fue jalada de nuevo hacia un tonel, Thunder volvió a quedar adosado a la pared de pies, manos y pecho, y ni Alex salió bien librado, pues fue atrapado entre unos tubos que cerraron alrededor de él.

– Voy a liberarme. – dijo Ranchi.

– Ni lo intentes. El magnetismo acabará en 6 minutos con 36 segundos. Aunque reiniciará 4 minutos y 50 segundos después.

– Odio ser el aguafiestas del grupo, supersoldado y niña demente – interrumpió Thunder – pero este último jalón nos regresó a casi la mitad del camino. Esta maldita bodega no quiere dejarnos salir.

– ¡Hora de un plan! – dijo Ranchi con una entonación inusualmente alegre.

– Lo único que se me ocurre – continúo Thunder – es correr como poseídos por el demonio.

Alex comentó:

– Suena bien.

Cayeron de nuevo, y sobre de ellos una lluvia de clavos y remaches, haciéndolos refugiarse bajo un barril de desechos tóxicos partido a la mitad, el cuan acabó más tupido que un alfiletero.

– ¡Vámonos, nos quedan cuatro minutos cerrados!

Retomaron la huida, evadiendo los restos de naves abolladas, nidos de alambres, telarañas de cabes y andamios compactados. Cada paso los sacaba de un peligro para llevarlos a otro peor.

– Un minuto.

Ranchi se retrasaba a ratos. Pero le permitía ver el grado de habilidades poseído por sus nuevos compañeros. Eran, sin dudarlo, profesionales en combate. Se movían, saltaban, giraban, sin perder rumbo o velocidad. Y ella se sintió segura, porque si tipos como ellos la acompañaban y guiaban, quizás las cosas no acabaran tan mal después de todo.

– Esa es la puerta. Veinte segundos.

Cruzaron con el tiempo justo, sintiendo la renaciente fuerza magnética succionándolos de nuevo. La salida se cerró violentamente, y las compuertas se deformaron, casi arrancadas de sus fijaciones. Algo de atracción aún llegaba a ellos, pero no los afectaba demasiado.

– Salvados. – dijo la chica.

– Lo dudo.

Los generadores eléctricos brillaban furiosamente, liberando luz desgarradora de retinas, acompañada de un zumbido inquietante que impedía la concentración. Sus rotores internos giraban a altas velocidades entre arcos voltaicos de metros de altura buscando su destino. El olfato percibía el aroma característico del ozono.

– Carajo.

– ¿Por qué maldices tanto, Thunder?

– Chica, ¿Que quieres que diga? ¿Un poema?

Entre generador y generador, una red de descargas aparecía y desaparecía, fragmentando el aire en ritmos azarosos e impredecibles. Los revestimientos protectores hervían y reventaban, salpicando plástico ardiente por doquier. Los tres compartieron la idea de que el lugar estaba a segundos de volar en pedazos.

– Estoy segura de que Derek no tenía esto en mente al encenderlos.

– Deberemos atravesar el área y llegar a los controles.

Thunder se acomodó sus pesadas escopetas al hombro.

– Supersoldado, lo dices tan fácil…

Alex no dio indicación verbal, pero marcó el primer paso al interior de esa trampa eléctrica. Ranchi y Thunder lo siguieron como pudieron, utilizando todos sus sentidos para mantenerse vivos y en movimiento.  Ranchi abusaba de los portales, aunque al hacerlo el equipaje pesaba el triple y le doblaba las rodillas, pues continuaba limitada a realizar un poder a la vez. Los hombres la tenían más difícil, pues tenías que moverse a la vieja usanza, con los pies, aunque podían ayudarse de las manos. Alex iba a la delantera, avanzando lo más rápido posible y tratando de no desviarse mucho de la ruta.

– ¡Cuidado! – Thunder sujetó a Alex de un hombro, deteniéndolo violentamente antes de ser bañado por una cascada de teflón ardiendo. Alex se volteó silencioso, y le dio un fuerte empujón.

– ¡Hey!

Varias descargas eléctricas saltaron de un generador a otro, a punto de freír a Thunder.

– Cuidado.

Compartieron una mirada de complicidad. En momentos así, habría que agradecerse, pero ellos se conocían lo suficiente como para evitar hacerlo.

– He perdido un poco la orientación. – dijo Thunder – Ya no se no por donde entramos.

– Ranchi – la chica levantó la cabeza atenta y asustada ante la voz de Alex – Teletranspórtate a esa baranda. Busca la salida y ubícanos.

Asintió efusivamente y, en un pestañeo, apareció muy cerca de donde Derek había puesto en marcha los generadores. Tardó unos minutos en lograr su misión, pues la sala estaba hecha un caos infernal. Empezó a gritarles las instrucciones cuando estuvo bien segura de lo que iba a decir.

– ¡Giren a la izquierda, avancen hasta una columna de conductores, de ahí a la derecha aproximadamente quince metros, vuelta a la derecha otra vez, justo donde está el letrero de “sector 18”! ¡Continúen sin interrupciones en línea recta, no más de veinte metros! ¡He visto la salida, los esperaré ahí!

Varios relámpagos cayeron sobre ella. Thunder y Alex se quedaron con el grito en la boca, porque observaron con asombro como hacía aparecer su escudo, deteniéndolos antes de tocar su cuerpo. La maleta se le hizo tan pesada que la tumbó de espaldas, aunque al instante volvió a incorporarse.

– ¿Qué? – preguntó Ranchi desde las alturas al ver los rostros de sus compañeros.

– ¡Olvidaba que también podías hacer eso!

Uno de los generadores más apartados estalló, haciendo temblar la inestable área. Fuego, electricidad y humo sofocante los perseguían en su carrera hacia la salida. Ranchi cumplió su palabra de esperarlos, y apenas cruzaron la compuerta, le encargó el equipaje a Thunder y se teletransportó para sellarla por dentro, apareciendo nuevamente en el resguardo de baterías de materia negra.

– Puse lo que pude y lo que encontré. Espero que eso contenga un poco lo… – la chica vio como Alex se examinaba una pequeña quemadura en el brazo izquierdo. – ¡Estás lastimado! Permíteme… – dijo con agitado entusiasmo. Thunder la detuvo suavemente.

– Regla 10,866 del supersoldado: nunca te metas con sus heridas.

– ¿En serio?

– En serio – agregó en voz baja – se cura solo y por completo. Ignoro cómo, pero soy testigo de cuando se arregló el mismo un par de fracturas en la pierna, balazo en el abdomen y muñeca dislocada. Eso estuvo grueso.

– ¿En realidad hablas en serio?

– Nunca… te… metas… con… sus… heridas.

Ranchi entendió de mala gana esta nueva indicación, dedicándose mejor a colgarse de nuevo la mochila y observar la colección de baterías desarmadas. La voz de Alex, de nuevo, la hizo saltar.

– Estoy bien, nada serio. Continuemos.

Siguieron el claro camino entre los restos de baterías, sin detenerse. La ventana iluminada de la sala de controles, visible no muy lejos de ellos, era una perfecta guía. Mientras Thunder se adelantaba un poco a inspeccionar, Alex se acercó discretamente a Ranchi.

– Gracias por tu preocupación.

Cuando llegaron a la sala de controles, era obvio que Derek había llegado y partido mucho antes que ellos. Las computadoras funcionaban en modo automático, y todos los paneles estaban encendidos. El rastro del niño, señalado por la envoltura de un caramelo, llevaba hacia un tercer elevador. Alex se abocó de inmediato a revisar los sistemas, dejando a Thunder y a Ranchi la búsqueda de más pistas.

– A pesar de su falta urgente de mantenimiento – dijo Alex en voz alta – los generadores consiguen alimentar al sector. Si deseamos continuar, no podremos apagarlos. Tendré que disminuir la producción al 65%, para mantenerlos funcionando y estables.

– Espero no toparme con parásitos de los cables. – dijo Thunder mientras abría un armario atascado de herramientas inútiles.

– ¿Parásitos de los cables? – Preguntó Ranchi al agacharse debajo de unos escritorios – ¿Qué son esas cosas?

– Imagina una cucaracha que ha vivido por cientos de años comiendo otras cucarachas. Normalmente son grandes, hambrientas y con mal carácter. Habitan en naves espaciales viejas y espaciosas.

– Justo como esta.

– Vimos una hace tiempo, y no nos quedaron ganas de repetir la experiencia.

– Iuck…

Abandonaron la investigación y alcanzaron al elevador que Derek tomó para bajar al siguiente nivel. Apenas cerraron la compuerta y descendieron, Ranchi se comportó más demente que de costumbre.

– Por favor no me dejen tirada en el suelo.

– ¿De que carajos hablas?

– Voy a tener una visi…- la adolescente problemática puso los ojos en blanco, la boca entreabierta y perdió las fuerzas del cuerpo, recargándose y deslizándose por la pared del elevador, hasta quedar sentada, con la cabeza colgándole y las extremidades totalmente fláccidas. Su mente viajaba a destinos y tiempos desconocidos, abandonando por un corto periodo de tiempo su envoltorio biológico.

<< Una nave descomunal, capaz de almacenar una guerra en su interior. Soldados gritando y disparando, soldados sin rostros, con armas en lugar de manos, todos idénticos, todos sin rostro. Aullidos y batalla, oscuridad y destellos. La nave convulsionaba por el fuego en su alma. Unas figuras pequeñas, inocentes, asustadas, se acurrucan entre sí, agazapándose entre los escombros, escondiéndose para salvar la vida. El horror se ve en sus ojos. Ojos que no eran humanos. El humo enceguece, y entre las ráfagas de metralleta y las explosiones, se escuchan las órdenes de un capitán invisible.

– ¡Lleva a los maiar con los civiles! ¡Protéjanlos!

Varios soldados van hacia las figuras, sacándolos de sus refugios y ayudándolos a escapar por una puerta custodiada. La nave se estremece, haciendo que pierdan el equilibrio por escasos minutos.

– ¡Escuadrón 32! ¡Reporte!

– Los rebeldes han hecho estallar las salidas a ala noroeste del sector, señor. Aseguran su avance.

– ¿Y las baterías?

– Aún en nuestro poder.

– Bien. Mantengan su posición, debemos impedir que tan siquiera las miren.

El radio suena con una voz electrónica. Hiede a pavor.

– ¡El enemigo avanza! ¡Avanza! ¡Nos atacan! ¡Nos están…!

Fueron las últimas palabras captadas por Ranchi, antes de que la visión se sumiese en el fuego y el dolor. Ella podía sentir el miedo de esos seres y personas, encerrados en una guerra sin sentido. Atrapados en la nave, antes su hogar y esperanzas, transformada en agonía. Vuelve a escucharse el trote uniforme de los soldados, y voces mezcladas de mujeres, hombres y niños, voces preguntando o sollozando, en movimiento rápido. El miedo andaba con ellos y los guiaba. Se trataba de una evacuación, o algo muy semejante, ocurrida en un sector de la nave hacia otro. Varios militares deliberaban en una sala que Ranchi no pudo reconocer.

– Debemos abordar los vehículos masivos de evacuación.

– Es una locura desembarcar de la nave tan lejos del planeta objetivo. Salir en esta ubicación es mandar a los civiles a la muerte. Ningún vehículo de salvamento tiene soportes vitales suficientes para trayectos tan largos. Ésta es la única. No podemos abandonarla.

– Pero quedarnos es suicidio. El motín ha tomado casi la mitad de la nave y ha dejado casi destruida la otra mitad. Y no pararán hasta tener el control total y la posesión de las baterías.

– Dos cosas más que no podemos permitir. Solo tenemos una salida.

La nave cae en el mar congelado de un planeta frío y muerto. La nave llora mientras el hielo la cubre, hundiéndose en témpanos y nieve. Los gritos, la batalla y el fuego cesan. Silencio en su corazón. La nave llora. >>

Ranchi parpadeó al volver en sí. Percibe el guante de Alex tomándola del brazo y a Thunder manteniéndola de de pie mediante la mochila. Gira el cuello.

– ¿Estas bien?

– Creo. ¿Los maiar eran bajitos, de piel azulada, ojos negros en forma de almendra, boca pequeña y casi sin nariz?

Alex alzó una ceja y Thunder la observó con suspicacia.

– Los vi. Ocurrió una guerra en el Deathbird, y luego ésta se estrello. En un mundo de hielo.

El elevador se abrió y salieron sin decir más. Ranchi esperó unos momentos algún tipo de comentario, pero entendió que ninguno de ellos dos tenía respuestas. Ella, mucho menos.

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01
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