El hechicero metálico (parte IX)

El pequeño Derek bajó de la moto y cargó la mochila a su espalda, antes de caminar, carente de miedos, en la negrura. La luz de su lámpara de mano se esfumó rápidamente en los rumbos inexplorados del colosal Deathbird.

V. Hace doce horas.

El día había empezado mal. Alex y Thunder, cansados, hambrientos y malhumorados, se enfrascaron a las primeras horas de la vigila en una batalla campal contra un generador eléctrico de las proporciones de un tanque. Trataban de trabajar lo más rápido posible, y sin interrupciones, tarea difícil con los gritos histéricos de Ranchi tronando por los altavoces.

– Que se calle, con un maldito demonio. – Decía Thunder al aporrear un rotor de banda del generador con un mazo gigantesco – esa lunática me va a dejar sordo. ¡Ah! Que ni se le ocurra venir a molestar.

– Lo dudo – respondió Alex mientras reemplazaba fusiles derretidos en una caja renegrida, sobre la cara posterior de la maquinaria – siempre nos encuentra.

El portal se abrió a unos pasos de ellos, dejando salir a Ranchi tan alterada, que no perdió siquiera un segundo para iniciar su interrogatorio.

– ¿Han visto a Derek? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Le encargaron algo?

– ¡Relájate, carajo! – Espetó Thunder – ¿Qué diablos te pasa?

– ¡Me pasa que no le encuentro por ningún lado! ¡No fue a desayunar, no está en su habitación, y no me dejó ningún mensaje! ¿Saben algo de eso?

– No – dijo Alex – estará en algún lugar que no hayas inspeccionado.

– ¡Volteé el Deathbird de cabeza y nada!

– ¿Tan rápido? – interrumpió Thunder checando su reloj – aún no pasan de las 08:00 horas.

– Teletrasportándome. Puedo estar en cualquier lugar sólo con visualizarlo.

– Cierto, estás agarrando práctica con eso… como sea, tendrás que buscarlo sola porque estamos metidos en…

– ¡Deben ayudarme! – Exclamó la chica con vehemencia.

– Exageras – minimizó Alex – ¿Derek perdido? Estará realizando una reparación en algún sitio desconocido para ti. Regresará pronto.

– No será así. Percibo un peligro, un aura de catástrofe…

– Y yo que creía que solo hablabas con los cadáveres – bromeó Thunder.

– ¡Búrlate todo lo que gustes! – Explotó Ranchi – ¡Es mi hermano!

– Exactamente – Alex hablaba con todo fastidiado – es tu hermano, a ti se te perdió y es tu responsabilidad.

– ¡Claro! ¡Por supuesto! Cuando hay dificultades, es mi responsabilidad, pero cuando todo va de maravillas, tienen la desvergüenza de ponerlo a trabajar como enajenado. ¡Es un niño, no una llave de tuercas! ¡Un niño que sufre, piensa y tiene miedos! ¡Espero que no hayan olvidado que cosa es un niño, rajados ególatras!!!

Ranchi gritó tan duro, que los obligó a taparse los oídos e hizo estallar sus gafas protectoras. Después dio un pisotón capaz de abollar el suelo, dio la media vuelta y fue a la salida. Thunder le gritó:

– ¿A dónde rajados vas?

– ¡A buscarlo yo sola! – Contestó ella – ¡Animal!!

Alex abandonó su trabajo y la siguió, dejando a Thunder sin más remedio que alcanzarlos, rezongando y diciendo:

– Si ya revisaste el Deathbird tuerca a tuerca, ¿Dónde rayos vamos a buscar nosotros?

En razonamientos propios, los tres intuyeron que deberían revisar, antes que nada, el cuarto de Derek. Al momento en el que Alex llegó, encontró a Ranchi escarbando un cesto de papeles y murmurando por lo bajo.

– ¿Estás mas calmada? – Dijo él, pero la estrafalaria chica, con la cabeza metida ya casi en el cesto, no lo escuchó – ¡Ranchi!

– ¿Hablas conmigo? – pregunta ella enderezándose de golpe.

– Eso intento.

– Ah. De acuerdo.

– ¿Puedo saber que buscas?

-Trato de averiguar los planes de Derek. Justo cuando no necesito que limpie su habitación…

El área estaba impecable. Las computadoras habían desaparecido y el empapelado de esquemas, dibujos y anotaciones yacía amontonado en la basura. Alex dio una breve mirada a los estantes, cama y al par de mesas de trabajo.

– ¿Te dijo algo?

– Sólo que trabajaba en una especie de proyecto. Probablemente relacionado con la energía, pues los apagones le interesaban bastante.

Thunder se unió a la escena, echándole él también una ojeada a la habitación-

– Un día – dijo a manera de saludo – amaneció en mi cuarto buscando los planos de Deathbird.

– Dime que se los quitaste – dijo Alex.

– Por supuesto – respondió Thunder.

– Pero, ¿los vio? – agregó Ranchi

– Creo. Preguntaba sin parar acerca de ellos.

– Entonces – dijo ella – no le quitaste nada.

– Explícate – dijo Thunder.

– Derek puede memorizar cualquier cosa con verla y oírla una sola vez. Hace mucho tiempo fuimos a un concierto de cámara y… Derek pudo ver al violinista muy de cerca. Apenas el músico termino la pieza, él le pidió prestado el violín, y, sin más, comenzó a tocar. Sin errores o titubeos, nota a nota, como si hubiese aprendido por años, cuando en realidad era la primera vez en su vida que escuchaba esa melodía y conocía ese instrumento. Recién cumplía los cuatro años.

Alex comprobó esa habilidad del niño al armar el rompecabezas arrugado que Ranchi tiró sobre la mesa más grande.

– ¡Por el mosquete de mi abuela! – exclamó Thunder.

– Se los dije.

Derek había copiado mentalmente los treinta y seis juegos de planos, dibujándolos sobre grandes hojas de papel plástico, hasta el más minúsculo detalle. Alex dijo:

– Tenemos problemas.

Thunder dijo:

– Estamos muertos.

– ¿Te preguntó del reactor principal?

– Era de lo único que hablaba, supersoldado – Thunder revisaba los dibujos con más recortes y apuntes – Pertenecen a niveles inferiores.

– Sellados. Hasta donde yo recuerdo.

– Presiento que el pequeñín encontró la forma de superar eso.

– Nivel 3, ala este, salida bloqueada. En el corredor a la izquierda de las bodegas de refacciones. En veinte minutos.

Alex se esfumó tan rápido y silencioso como una sombra. Ranchi ya iba en su persecución cuando Thunder la tomó del brazo.

– ¡Hey! Tú vienes conmigo.

– ¿De qué estaban hablando? ¡No entendí nada! Además, ¿para qué me quieres?

– Necesito que cargues la bolsa.

– ¿Cuál bolsa?

Quince minutos le bastaban a Alex para alistarse. Traje de combate, máscara, armas y equipo personal de infiltración y supervivencia. Thunder, por otra parte, quizás no era tan compacto, pero sí mas previsor, y acostumbraba llevar cosas que a Alex ni se le ocurriría tomar, como cuerdas, navajas, explosivos, multiherramientas, inclusive agua potable. Aprovechando que Ranchi poseía fuerza aumentada, y cargaría el equipaje, Thunder empacó unos cuantos cachivaches de más.

– El supersoldado y yo – decía Thunder comiendo tiras de carne seca y lanzando varias granadas y un par de cervezas a la mochila que Ranchi sostenía abierta – tratamos de hacer funcionar al Deathbird como se debe. Sin embargo, nos topamos con el detalle de que existe una enormidad de áreas clausuradas. Algunos planos mostraban un reactor tremendo, capaz de alimentar a la nave entera. – se detuvo al cavilar sobre meter o no en la mochila un rollo de cinta de aislar. – ¿Usaremos esto? No lo creo, ¿tú que opinas?

– Opino que no necesitaremos nada de lo que estas echando adentro. Como tú no lo vas a cargar…

– Créeme, chica, cuando te digo que el interior del Deathbird es peligroso, tanto o mucho más que salir de misión. Esta nave es vieja, tramposa y se sabe defender.

– Hablabas de un reactor tremendo.

– ¿En serio? Verás, el Deathbird está dividido en secciones, y cada sección tiene plantas de energía independientes. Pero existe o existió una capaz de mantener a la nave entera por mucho tiempo. Una fuente de energía poderosísima y reciclable.

– ¿Existía?

– Los rajados planos no dicen donde está.

El tiempo corría y todavía no salían del cubil de Thunder, porque éste todavía rebuscaba entre su desorden y los estantes hasta asomarse por debajo de la cama.

– ¡Lo encontré!

Sacó y sacudió un cilindro grande de plástico, una cadena rellena de llaves, y un libro tan grueso que tuvo que sostenerlo con ambas manos.

– Por las dudas, nos llevaremos los códigos de acceso y los rajados planos. Servirán de algo.

Ranchi estaba distraída, volteando discretamente hacia una caja alargada arrumbada en un rincón.

– Hay una voz aquí.

– Tú oyes voces adentro de la alacena. – El fortachón acomodó lo recién adquirido en la mochila.

– Esta es diferente. – ella sacudía ligeramente la cabeza, manteniendo la mirada en la caja – Melancólica.

– Sí, seguro. – Thunder se ponía un chaleco blindado.

– Dragón y desierto. – continúa Ranchi. Thunder se ajustó los últimos broches a la carrera, con una clara urgencia de irse.

– Alucinas.

– No – respondió ella, aún abstraída en sus pensamientos. – Habla de ti. ¿De ti? ¡De ti!

Thunder dio un respingo y trató de disimular su incomodidad con enfado.

– ¡Son tus malditas visiones psicóticas! ¡Hora de largarnos!

(continuará…)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01
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