El hechicero metálico (parte VI)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01
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(continúa…)

Mientras Alex se retiraba, Thunder, Ranchi y Derek permanecieron en sus sitios, entre sentados y recostados, hasta que ella cayó de bruces profundamente dormida. Derek le movió la cabeza, le habló varias veces y le picó las costillas.
– ¿Nada? – Preguntó Thunder – ¿Al menos se retuerce?
– Está inconsciente.
– Hay que cubrirla con algo o…
– ¿Piensas dejarla aquí?
Thunder se rasca la cabeza.
– Tienes razón. Después de lo que hizo, no sería muy amable de nuestra parte.

Ranchi se quejaría mas tarde, de que si bien tuvo la tarde y la noche libres, las pasó durmiendo sin recuperar el conocimiento hasta la mañana del día siguiente, cuando Thunder la despertó a gritos pidiendo desayuno. Pero Derek aprovechó el tiempo. Se sentía triste y creyó que al realizar alguna actividad, asimilaría mejor los sentimientos, además de ayudarlo a conciliar el sueño. Tomó una caja grande de dispositivos de almacenamiento de datos que Alex deseaba reutilizar, después de ser examinados y formateados. Eran dispositivos muy viejos, memorias con circuitos de silicio que solo la computadora principal del Deathbird podía acceder y desencriptar. Ninguno de los aparatos de Alex tenía siquiera e puerto adecuado para esas antigüedades. Así, cuando todos trataban de olvidar ese infernal día, Derek se preparó para una pijamada solitaria en el puente, con almohada, cobertor, un vaso de cocoa extragrande, galletas y medio galón de helado de chocolate, sentándose a oscuras frente a la computadora, con la firme intención de quedarse dormido lo más pronto posible. Al leer las primeras veinte memorias, avanzando de una en una, se convenció de que lo lograría. Contenían datos arcaicos y aburridos, como números de serie de mobiliario de oficina, inventarios, gráficas bidimensionales, reportes de limpieza y tablas larguísimas de contabilidad.

El helado se había terminado.

<< No voy a desperdiciar mis galletas en esta inutilidad. >> pensó << Las borraré todas sin revisarlas siquiera. >>
Tomó la número veintiuno y la insertó en el puerto. Tardó un microsegundo más en decidirse.
<< De acuerdo. Le daré una oportunidad a esta. >>
Derek siempre recuerda este minuto por el resto de sus días. Aún cuando su propia ciencia arrasó con creces los conocimientos ahí descubiertos, nunca olvidó aquella memoria de silicio a la que decidió darle una oportunidad. Halló una mina de diamantes, información desconocida para él y para todos, un nuevo enfoque a los enigmas acumulados en su cabeza. Pasó la noche leyendo, mucho después de que la leche y las galletas acabaran, hasta solo contar con los minutos justos para apagar el sistema, resguardar las memorias e irse a cambiar a su habitación. Derek aún estaba sumergido en un extenso océano de datos, a veces contradictorios, nadando en relatos confusos e inconexos. Solo una idea era su faro brillante en esa noche de misterios recién adquiridos para el emocionado Derek: la nave es más antigua de los que sus cálculos suponían. El Deathbird, si bien fue utilizado, diseñado y habitado por y para humanos, no fue construido por ellos.

– ¿Seguro que estás bien?
Cuando el niño se presentó ojeroso y agotado en la mañana, Ranchi ya tenía una explicación y un consuelo preparados para la ocasión.
– Hey… – colocó un suculento emparedado de jamón frente a su nariz – ¿Aún estas molesto con lo de ayer?
Derek evitó responder dándole una gran mordida a su almuerzo.
– ¿Crees que fue tu culpa?
– Si no me hubiese atorado – respondió finalmente el niño – eso nunca habría pasado. Debí poner más atención.
– Hermanito, mírame a los ojos.
Derek levantó la cabeza del plato y confrontó a su hermana mayor.
– No fue tu culpa. Te prohíbo atormentarte más con el asunto. Los accidentes le pasan a cualquiera, y lo ocurrido no tiene nada que ver con tus capacidades, si no, quizás, con el tamaño de tu pie. – Le regaló una cálida sonrisa – Alex sabe eso y no tiene nada contra ti. Thunder ni recuerda como ocurrió todo.
– Pero el capitán Alex podrá pensar que necesito más preparación, o no volverá a encargarme nada, ni permitirme ayudarle en…
– Patrañas – Ranchi sirvió un vaso de leche al niño – Él te necesita. Thunder te necesita. Yo te necesito, y no solamente para echar a andar el congelador. Si ese par de machos rudos se jacta de lo contrario, les patearé el trasero.
Derek no pudo evitar atragantarse de la risa.
– Tampoco necesitas demostrar nada a nadie. Eres un genio.
Sin embargo, mientras comía, en el espíritu del chiquillo crecía la firme resolución de probarse a sí mismo el nivel de sus habilidades. No solo a si mismo, sino también a aquellos en los que confiaba y dependían de él. Probarles que era un genio, y que, cualquier problema, por difícil que fuese, podría resolverlo. Quería hacerlo. A cualquier costo.

Un par de días después, Thunder despertó a medias en su cama agujereada y chamuscada con un bulto caliente adosado a las costillas. Giró perezosamente hasta dar con una pequeña pierna extendida sobre su estómago. El bulto rodó también, y una manita aterrizó en sus ojos. Pero, aún así, Thunder no dijo ni hizo nada más que apartar esas diminutas extremidades y sentarse en la cama con los ojos cerrados. Una vocecilla salió de entre las mantas.
– Buenos días.
– Buenos – respondió Thunder, bostezando como un oso. El bulto que todavía estaba en la cama también bostezó, aunque con menor amplitud.
– Thunder, quiero preguntarte algo.
– Dispara – dijo, aunque estaba más concentrado en rascarse las axilas.
– ¿El Deathbird obtiene toda su energía de solo diez baterías de materia negra? ¿Ha funcionado siempre así?
– Demonios, no. – Contestó al frotarse los ojos – Cuando me la dieron tenía cincuenta baterías por sector, o más. Las malditas se han ido descomponiendo. – otro bostezo. – con el tiempo. Existen o existieron otras fuentes de energía. Pero no he dado con ninguna.
– En tus planos – un tubo de plástico mohoso se agitó a un lado de la oreja derecha de Thunder – se muestra la presencia de otro tipo de reactores, con acceso a ellos.
– Los jodidos planos. Hablan los imbéciles de ciertas plantas de antimateria o sabrá-que-carajos tipo de reactor en el fondo del Deathbird. – se levanta a rascarse enérgicamente el trasero – Para comprobar esto, antes que hacerlos funcionar, tienes que encontrar a los malditos. Inténtalo con treinta y seis juegos de planos contradiciéndose entre sí. En unos hay acceso, en otros, ni siquiera aparece.
Thunder trata de dar un paso y choca contra un montón de latas de cerveza.
– Alex y yo los revisamos milímetro a milímetro, hasta que nos hartamos y los mandamos al carajo. – un último bostezo – La chamba no podía esperar.
Por fin ha llegado al baño y su pequeño acompañante va con él.
– ¿Has buscado más información relacionada? ¿Aparecen datos en el historial de navegación?
– Nada. El supersoldado revisó todo tres veces. Un gran cero.
– ¿Algún motivo por el cual los ocupantes anteriores sellaran los niveles inferiores?
– Para ahorrar energía, quizás. No tengo ninguna rajada idea.
Cerca del inodoro, Thunder se aflojó el broche y la bragueta de los pantalones, despertando por completo, y percatándose de que en realidad, no estaba completamente solo.
– ¡¡ DEREK!! ¿¡QUE CARAJOS ESTAS HACIENDO AQUÍ?!
– Investigando sobre…
– ¡¡RANCHIIIIIII!!
Los mayores pensaron que esa era la máxima travesura a la que podía atreverse Derek, pero no tenían idea de lo que tenía planeado para más tarde, después de la cena…

(continuará…)

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