El hechicero metálico (parte IV)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01
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continúa…

Derek vació la bolsa de herramientas a los pies de su hermana, y se sentó en el desorden, como si de dispusiera a jugar con una montaña de juguetes.

– Adelanta tus otros trabajos, Yo he acabado lo mío por hoy, y veré que puedo hacer con esto.

– ¿Seguro? Alex va a buscarte para…

– Termine con eso hace una hora.

– Y Thunder te quiere para…

– Hecho también. Anda, ve.

Ranchi abre un portal a un almacén con armas esperando ser clasificadas y limpiadas, mirando a su hermanito a través del orificio interespacial cerrándose. Parecía un abuso a su generosidad, sin embargo era una oportunidad única para demostrar los alcances de su genialidad. Y unas horas más tarde, Alex notó por fin la ausencia de Derek en el área de computadoras. Comenzó la búsqueda en el cuarto del holovisor, en la cocina, las habitaciones y el puente de navegación, hasta por fin llegar al área de mantenimiento, donde lo encontró reparando con cinta una pinzas, sentado frente a los restos ahumados de la inocente lavadora.

– Thunder me comentó del incidente.

Derek volteó, sin dejar de enrollar cinta de aislar en una de las asas de la pinza.

– ¿Te refieres a la lavadora?

Alex no abandonaba su rigidez, tomando el aspecto de un soldado pasando lista. Movió ligeramente la cabeza para inspeccionar con la vista los fierros quemados y deformes.

– Sin remedio. Lo lamento por tu hermana, deberá…

Derek ha acabado. Utiliza la pinza para recortar unos cables y armar un interruptor abierto por la mitad.

– Esa no es la lavadora.

Ante el desconcierto del capitán, el niño se levanta y dirige a una disimulada toma de corriente en la metálica pared, donde ensambla el interruptor.

– Esta es la lavadora.

Y lo presiona. Mecanismos invisibles se activan, dormidos por años incontables, escuchándose primero el movimiento de poleas y bandas, abriendo una chirriante rendija en el suelo, elevando un contenedor industrial de carga, con compuertas cerradas en la parte superior. Del techo desciende un tubo de tela plástica enorme, con esqueleto de redes flexibles, por donde caen lluvias de ropa sucia, acumulándose con rapidez encima de las compuertas del contenedor, hasta que su creciente peso las abate, guardándolas en su interior. El tubo se retrae de nuevo, al techo, mientras puede verse a través de las paredes transparentes del contenedor dos docenas de manos robóticas separando la ropa, al tiempo que un chorro de agua entra por una tubería en el fondo. El contenedor ahora lleno se mueve lentamente hasta unirse a la pared, la cual no era una simple pared, sino el centro de lavado, una colección de ductos, depósitos y tinas de agua, perfectamente ensamblados, sin dejar espacio entre sí. Llenos de ropa y agua, se distinguían tubos subiendo y bajando, para llevar el contenido hacia diferentes métodos de limpieza, por burbujas de aire, vibración ultrasónica, esterilización a vapor, o si no, se coloreaban con detergentes, emulsificantes, jabón líquido, llegando a muchos destinos distintos, dándole vida al muro antes inservible. Era un espectáculo ver como la ropa viajaba por ese laberinto, hasta alcanzar el techo, es decir, el segmento de secado, para caer de nuevo en otro gran conducto de tela, a otro contenedor, seca e irreconociblemente limpia.

– De ahí iría al departamento de planchado, pero no lo he arreglado.

Aunque no se le notase, Alex estaba conmocionado.

– ¿Cómo lograste hacerla funcionar?

Derek agarró la etiqueta en el cuello de la camiseta que traía puesta.

– Tienen chip. Con instrucciones de lavado y características de la tela. La computadora – y señaló en donde colocó el interruptor – detecta la clase de ropa y adonde tiene que ir. Los brazos leen los chips, y ya que el agua disuelve la suciedad, analizan químicamente las manchas, para agregar un detergente especial de último momento. Tuvimos suerte de encontrarla casi intacta, con suministros suficientes, porque de lo contrario, bueno, de lo contrario, no hubiera podido hacer mucho. Es decir, solo reparé lo esencial.

El niño estaba comenzando a ruborizarse, pero los ojos del capitán le exigían ampliar la explicación.

– Imaginé que una nave nodriza como el Deathbird debió albergar a miles de pasajeros, y con esa cosa minúscula que Ranchi usaba, el proceso de lavandería tardaría siglos. Debía existir un sistema más rápido, sofisticado y eficiente, fácil de controlar por pocas personas. Aquí lo tienes. Las pequeñas, supongo, habrán sido para uso especial, algún mariscal o persona importante, que quizás haya derramado té en su túnica de gala y hubiese querido que la limpiaran de inmediato. El valet no esperaría a que ese contenedor de más de una 600 Kg. estuviese lleno para usarlo.

Derek guardó silencio. Recreó en sus fantasías días pasados del Deathbird, cuando miles o cientos de miles de personas andaban por lo niveles, y los ecos de sus voces hacían vibrar las estructuras. Los motores operando al máximo, viajando a través de la galaxia, antes de caer en semejante ruina y volverse un desperdicio mal armado e inservible. Una llamada, que no era de Alex, lo regresó a su momento.

– ¿Atiné? ¿Cayeron bien?

Ranchi colgaba de cabeza por uno de sus portales, haciendo que su larga cabellera recordase a un estandarte. Su nariz estaba muy cerca a la nariz de Alex, por lo que ahogó un grito y regresó por donde había venido.

– Aun no me acostumbro a que tu hermana haga eso.

– ¿Teletransportarse o estar loca?

– Ambas.

La chica volvió a aparecerse, con los pies sobre el suelo, cara de inocente y buscándole los ojos a su capitán.

– Sea lo que sea que te haya dicho Thunder…

– Tu y tu hermano – interrumpió Alex – hicieron un buen trabajo.

Derek sonrió de oreja a oreja y Ranchi dio un salto de alegría.

– ¡Hurra! ¡He acabado con mis tareas de cinco meses! ¡Tendré tiempo libre!

– Ni lo sueñes. Te reasignaré.

De la cara inocente, pasó a actitud suplicante.

– Alex, perdón, capitán Alex, por favor…

– ¿Recuerdas el área 2-C, a la izquierda de la sexto taller mecánico?

– ¿Repleta de trastos, una montaña tan grande que ni siquiera puede cerrarse la puerta? Ay, no me digas…

– Tienes tres semanas.

Ranchi estuvo a punto de alzar el puño para replicar, pero fue detenida por el apretón de dedos de Derek, el cual significaba “cállate y no muevas ni un músculo”.

– Les agradecería – continuó Alex al retirarse – que acomodaran la ropa en montones para llevarlos a las habitaciones correspondientes. Los veré después.

Posiblemente el frío Alex tenia idea de lo que les estaba pidiendo, porque, contra lo esperado, acomodar esos montículos de ropa resultaba divertido para los hermanos. En cierto momento, en un descanso entre una batalla con sacos rellenos de calcetines…

– ¿Cómo sabes cual es el ropa de Alex y cual es la de Thunder?

– ¡Ah! La de Alex – contesto Ranchi – es un poco mas pequeña, entallada, mejor conservada, sin quemaduras de cigarro, además de… – detuvo su monólogo, al percatarse de lo mucho que se le había aflojado la lengua – ¿Y porque me preguntas eso?

– Por nada, por nada…

– Hablando de otra cosa, ¿Cuál era la sorpresa con respecto a los trillones de sartenes que tengo que fregar?

– Arreglé – contestó Derek – el lavavajillas hace poco tiempo. Seis mil platos y vasos en una sola sesión. No había tenido oportunidad de usarlo.

Cualquiera que conociese lo suficiente a Derek sabría que sus aventuras con el desarmador y la llave de tuercas no hacían sino comenzar. En contados días siguientes, arregló, además del lavaplatos y la lavadora, el aire acondicionado, un satélite de comunicaciones, para orbitar alrededor del Deathbird, los intercomunicadores del recién habitado tercer nivel, dos motores a reacción nuclear, uno a gasolina y una turbina, las computadoras sin usar del puente, un reproductor de video digital, cinco modelos diferentes de escopetas, un reloj de pulsera de Alex, además de la batidora para preparar malteadas. Por si fuese poco, completó las tareas asignadas por Alex y Thunder, encontrando tiempo para ayudar a Ranchi en la cocina o ver caricaturas en el holovisor, siendo sus favoritas aquellas en donde hubiese batallas con robots gigantes destrozando ciudades. Cuando su hermana le regaló una pequeña motocicleta a su tamaño, como premio por hacer funcionar varios reproductores de música con bocinas y woofers que Thunder casi tira a la basura – el decía que los tomó en compensación por un trabajo – los mayores no pusieron objeción.

– ¿Cibercompras teletransportadas?

– Derek arregló el portal de recepción. No se como carajos le hizo, pero el chiste es que ya nos puede llegar mercancía. Le compré este juguete para ayudarlo en sus recorridos por el Deathbird, a veces se cansa de andar a pie. Quita esa cara, no me importa trabajar veinte años extra con ustedes si con eso hago feliz a Derek, Thunder.

– Vale. ¿Encontró lo que tenía el portal de malo?

– Un martillazo en los circuitos de integración molecular ¿Por?

– Ah, si. Yo se lo di. Mi línea de crédito esta un poco sobrecargada, y no quería seguir recibiendo mas anuncios de embargo. Te recomiendo que abras la tuya propia.

Nave y niño parecían entenderse. El genio de éste no tenía límites, expandiéndose y diversificándose a las necesidades de su nueva amiga. Ella, de alguna manera, se comunicaba, induciendo al pequeño a hacer lo que ésta le pidiese, arreglándola aquí y allá, un problema a la vez, mientras el Deathbird aumentaba su rendimiento y su complejidad. Debajo de esa coraza oxidada poseída sin cuidado por Thunder, se vislumbraba el remanente de algo, en tiempos lejanos, grandioso. Alex reflexionaba, en sus momentos de soledad. ¿Alguien puede ser demasiado inteligente? ¿Constituiría esto un problema? Si fuese así ¿Qué clase de problema? ¿De control? ¿Cómo podría detenerse a un individuo capaz de calcular todas las variables, deducir todas las respuestas, predecir todas las reacciones? El sexto sentido de Alex, el detector de peligro, le sugería encontrar la respuesta. Y pronto.

continuará…

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