El Hechicero Metálico (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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El Hechicero Metálico

I. Hace dos meses

Son las horas de sueño. Pero no todos están durmiendo. El pequeño Derek esta sentado en su cama, con la pantalla encendida de su computadora, iluminándole el rostro, y un cursor tintineante se refleja en sus pupilas. Muerde su pulgar, pensando, hasta que finalmente se decide a escribir, como primera línea:

“Lo único que recuerdo de mi madre, es que no me quería”

Lee en voz baja la oración para comprobar que representa fielmente sus impresiones. Cuando esta seguro, continúa.

“¿Cómo lo sé? Porque me lo decía constantemente. Un día cualquiera notó la hinchazón de tobillos, antojos y los vómitos matutinos. Visitó al medico de la familia y éste le confirmó sus temidas sospechas. Estaba embarazada. De mí. Y desde ese momento, no me quería. Tengo entendido que planeó abortarme. Hablaba del aborto como si fuese una extracción de muelas. El derecho máximo de la mujer, la solución maravillosa a cualquier tipo de problemas.”

El niño estiró las manos a su mesita de noche, regresándola con un paquete de galletas. Ni bien tenía la mitad de una en la boca, continúo tecleando.

“Entonces sucedió algo inesperado. Mis padres fueron invitados a una especie de fiesta importante, o a una reunión de la alta sociedad de Nueva Londres Tercera. No se con exactitud porque Ranchi lo recuerda vagamente, y mi madre salió con una terrible impresión del evento, mencionándolo a regañadientes. Ranchi me contó que nuestros padres la pasaron mal en la fiesta, y con pasarla mal se refería a no ser el centro absoluto de atención. Había otra pareja – según mis indagaciones, estoy casi seguro de que eran los Böwen, siendo el señor Böwen alcalde de la ciudad por ese tiempo – quienes presumían alegres la futura llegada de su tercer hijo. La Sra. Böwen debía tener unos 7 meses de embarazo, y era colmada de halagos, regalos y muestras de afecto. Mamá me lo contó retorciéndose de la envidia. El Sr. Böwen, a como lo recordaba papá, se paseaba orgulloso en su papel de semental, palmeando espaldas y sonriendo de oreja a oreja. En el camino a la Mansión, ya de regreso, papá decidió, en el interior de nuestra limosina, cancelar el aborto y obligar a mi madre a tenerme. Para ella debió haber sido un sacrificio monstruoso, pues, por lo que decía siempre a la menor provocación, odiaba a los niños. Sin embargo, mi padre no dio pie a discusiones. Quería hacer una fiesta más grande y suntuosa que la ofrecida por los Böwen, y, para que la obra fuese perfecta, mamá debía lucir un abultado vientre de embarazada. Es decir, me necesitaba a mí. Un teatro montado para que papá alcanzara el cargo de Primer Ministro. Tengo entendido que lo consiguió.”

Una pausa para sorber del popote de una cajita de leche saborizada.

“¿Creerán que recuerdo parte del tiempo que estuve dentro de mi madre? En especial, mis deseos de salir. Aparte del nacimiento, nada emocionante ocurrió en mi vida dentro de la Mansión Bates. Fui criado por una docena de personas antes de cumplir el año. Recién terminaba de aprender sus nombres, y mi mamá cambiaba de niñera. Nadie se dio cuenta de que era capaz de entender las conversaciones de los adultos a los dos meses de edad, de leer a los seis y realizar mis primeras aritméticas a los once. Hablé antes de cumplir el año. Creo que lo hice demasiado bien, porque a Ranchi se le cayó la cuchara de la boca, y a Richard, el mayordomo asignado a nuestro servicio, se le derrumbó limpiamente una bandeja de plata de las manos. Mi hermana jura haberme escuchado decir ‘¿serías tan amable de echar mas jalea en mi cereal?’. Antes de cumplir los dos años, mis padres se vieron forzados a aceptar el hecho de que yo era un poco diferente a los demás niños, pues para el cumpleaños de Ranchi, interpreté una obra de teatro, diciendo yo solo los parlamentos de todos los personajes, y dibujé una copia bastante fiel de un Monet pre-Éxodo, perteneciente a la galería familiar. Aparte, casi había terminado con los libros de nuestra extensa biblioteca. Entonces, en lugar de nanas y pediatras, tenía enfermeras y tutores. Pensándolo bien, llegue a tener tutores para todo. Un comité de psiquiatras, neurólogos y pedagogos decidió que lo adecuado para mi era cursar la enseñanza preuniversitaria en la Mansión, con profesores privados, cuando cumpliese los cuatro años. Acabé el curso completo antes de los cinco.”

Derek se rasca los ojos y acaba la galleta. El cansancio esta a punto de vencerlo, pero quiere continuar escribiendo.

“Mis papás, a los cuales casi no veía, ignoraban como reaccionar. Mamá simplemente me consideraba parte del mobiliario. Papá, podría decirse que me amaba tanto como me odiaba. Me amaba porque llamaba maravillosamente la atención. Padre e hijo quedamos registrados en el Salón de la Fama de la Universidad Real de Nueva Londres. Me odiaba porque no era normal. Cuando acababa el enceguecedor resplandor del niño genio, encontraba al fenómeno. Alguien que, sin esfuerzo, podría superarlo en todos los aspectos. El creía que los padres debían ser mejores que los hijos, para que éstos pudiesen enseñarles sin problemas. Y… ¿cómo se puede ser mejor que un genio? O, incluso, ¿Cómo puedes enseñarle algo a un genio? Papá no se creía capaz. Quizás, no me odiaba, quizás solo me tenía miedo. Así, para evitar una posible confrontación o una peligrosa oportunidad en donde todos vieran como un niño de seis años era más inteligente que su respetable padre, Primer Ministro de un mundo entero, me encerraron bajo una montaña de libros y maestros, sin amigos, juegos o tiempo para ser niño. Fue un período de triste soledad. No era suficiente el sentirme raro, tenía que gritármelo todo el tiempo. Ranchi era mi único consuelo, y la única en entender mi deseo de reír, divertirme, como el resto de los niños viviendo afuera de la Mansión, que comían dulces, veían televisión, con padres que… “

Interrumpe la frase. Si quería acabar su relato esa noche, debería darse prisa. Toma su leche y aprieta la caja.

“Algo he de reconocerle a Dean. Debió observarme por mucho tiempo. Tenía una excelentísima forma de engatusar a la gente. Era un estudiante de la Universidad. Se acercó a mí en la biblioteca del campus, dos días después de mi octavo cumpleaños, con una barra gigantesca de chocolate. Aparte, me obsequio, así nada más, una revista de los sistemas exteriores, cuyo encanto radicaba en su peligrosidad. No sospeche nada por varias semanas, ni de los juegos en su computadora, las bolsas de caramelos o los paquetes de revistas. Cuando me pidió ayuda en un trabajo, lo último que pensé fue en negarme. Hasta que su urgencia en verme terminar los diseños se hizo evidente, descubrí la magnitud de mis acciones: creé un detonador a distancia de cientos de bombas nucleares. Por ahora, solo agregaré que estoy iniciando esta bitácora a bordo de la nave nodriza Deathbird, mi nuevo hogar.

Bostezando sin decoro, el pequeño apaga la computadora y se cubre con las sábanas. Le espera un largo día.

En una de esas mañanas artificiales del espacio…

-¡Desayuno! ¡Desayuno! – grita una pequeña bocina empotrada sobre la puerta de la recámara de Derek, haciéndolo levantarse, vestirse, amarrarse los zapatos deportivos y correr presuroso a la cocina. Esta contento porque toda la ropa, desde los calcetines, hasta el reloj de pulsera multifunción, es nueva. Ranchi era capaz de arreglárselas con camisetas y pantalones viejos de Thunder y Alex, pero Derek no podría aunque quisiera. Thunder les prestó el dinero para comprarla, siguiendo sus 3 máximas “aguantadora, económica y que no se ensucie”. Derek aprovechó para abastecerse de prendas que realmente le gustasen, llenándose de camisetas holgadas, pantalones hechos casi de bolsillos y chalecos parecidos a los de su capitán Alex, además de bastantes pares de tenis. Lo único que Ranchi le impuso en su guardarropa fue una chamarra “por si acaso”.

– Siéntate – saludó Ranchi desde la parrilla eléctrica – Ahora te sirvo.

– ¡Desayuno!

Normalmente, en la Mansión Bates, Derek no era afecto a los desayunos, especialmente porque nunca servían algo que le gustase a una personita de su edad. Pero, en el Deathbird, su hermana no tenía empacho en darle salchichas fritas nadando en salsa catsup, torres de waffles batidos en miel, o incluso pastel de chocolate y malteada, si el niño se ponía terco y conseguía gritar por media hora seguida. Hoy le tocaban cereales multicolores con leche, y bisquets untados de mantequilla.

– Respira de vez en cuando, Derek, no te vayas a atragantar.

– A Thunder no le va a gustar esto.

– Me cansé de decirle que no leo la mente. – Respondió la chica sirviéndose su ración – Que venga él a comer lo que se le antoje.

Cuando Thunder llega, revisa disimuladamente las viandas abundantes en azúcar de los chicos y va directo al refrigerador.

– ¿Quieres algo? – preguntó Ranchi sin moverse.

– Tomaré una cerveza y algo de pizza – respondió él, aún con medio cuerpo detrás de la puerta. Con una rebanada colgándole de la boca, cerró el refrigerador de una patada, sentándose despreocupado ante ellos – ¿Cómo les ha ido en estos últimos días? De locura, ¿eh?

– Me sorprende que sigamos vivos – dijo Ranchi

– A mi me emociona – interrumpió Derek – ¡cada día ocurre algo distinto!

– Querrás decir se fastidia algo distinto. Nos la pasamos reparando cada pequeño trozo de esta enormidad de nave. ¿Cómo se las arreglaban tú y Alex?

– Yo lo mecánico y el lo eléctrico. Aunque nunca nos había tocado una racha de éstas.

– ¿Racha de descomposturas? ¡El Deathbird esta desmoronándose!

– No con nosotros adentro, si podemos evitarlo – Thunder terminó de tragarse la pizza, tomó un trago de su cerveza y eructó ruidosamente – Oye, chica, tengo curiosidad.

– ¿De qué?

– ¿Qué carajo de nombre es Ranchi?

Ella frunció el ceño.
– ¿Por qué la pregunta?

– No es un nombre muy apropiado para una vieja familia adoradora de la Tierra, de hecho, aparte de tu caso, nunca lo escuché durante nuestra visita a tu ciudad… ¿Cómo dices que se llamaba?

-¿Nueva Londres Tercera? – corrigió Derek

– Esa.

Ranchi se levantó, y comenzó a juntar los tratos sucios, apurando al niño a terminar su segundo bisquet bañado en mermelada de mora.

– Historia de familia. La riqueza de los Bates no provenía de la aristocracia, sino de los colonos. Aegydius Bates, el primero en llegar a Nueva Standford Tercera, era uno de los más respetados aristócratas de la Tierra. Llegó al planeta con la intención de fundar una ciudad, con el único inconveniente de no tener un centavo en la bolsa para comprar la primera piedra. Así que se casó con una de los primeros colonos descubridores de petróleo, Ranchi Doe. – Sirvió un vaso de jugo a su hermano, mientras le apartaba el tazón vacío y el plato cubierto de migajas.

– Claro, – continuó la chica, metida en sus labores de limpieza – ella supo minutos después de la boda que los aristócratas buscarían deshacerse de ella, enterrando su nombre y su existencia, para siempre y quedarse así con su fortuna. Decidió jugar sucio con ellos, no cederle ni una gota de crudo a su querido esposo si no cumplía con una condición: todas las mujeres nacidas en la familia Bates, llevarían el nombre de Ranchi.

Thunder acabó su cerveza, aplastando la lata con la mano.

– No jodas.

– ¡Mi antepasada tuvo cinco hijas y todas llevaron el nombre de Ranchi! Solo tuvo un hijo varón, pero fue el de en medio, y aunque quiso olvidar la regla, tuvo que acatarla para no salir del testamento. Por desgracia para los Bates, siempre hemos habido mas mujeres que hombres, y cada una de nosotras se asegura de perdurar nuestro nombre. Mi padre creyó liberarse por fin de la tradición, al no tener hermanas o primas cercanas. Sin embargo, nací yo, y mi abuela, antes de morir, se aseguró de no dejarle nada, hasta nombrarme como ella, Ranchi. Fui primogénita, por lo que además fui la Heredera Bates. Lo hacían o perdían la fortuna.

Por un momento, Derek permaneció en silencio, recordando los reclamos absurdos de sus padres. Ellos hubiesen preferido que fuese el Heredero. Gustosos aceptarían un primogénito retardado, a un genio en segundo lugar.

– Si me lo preguntas, las considero estupideces – Ranchi levantó la voz, observando amablemente a su hermano – Tradiciones que mantenían vivas solo para envenenarse mutuamente.

Thunder aprobó el punto de vista de Ranchi.

– Tu planeta estaba colmado de imbéciles. – al notar que Derek le regresaba solo una sonrisa forzada, cambió de estrategia – al carajo, ellos están muertos, nosotros vivos y tenemos trabajo. ¡Peque!

– ¿Si?

– Llévale al supersoldado un paquete de galletas esas que le gustan y su botella de agua.

El muy macho nunca dice nada, pero lleva tres horas en el puente de navegación y ha de estar muriéndose de hambre. Dile que te asigne tus tareas para hoy.

– ¡Excelente!

Derek deja sus memorias arrinconadas en lo más profundo de su prodigiosa mente. Iría al encuentro de su capitán, y, si la fortuna le sonreía, pasaría todo el día con él.

(continuará…)

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