Haha (parte VII)

(continúa…)

La doctora se retiró después de dar una última mirada a la joven sacudiéndose con ansiedad y violencia dentro de sus amarres de cuero, alternando entre pesares sobrecogedores en cada órgano y cortos períodos de flaccidez catatónica. La frente de la joven estaba empapada en sudor, el cual corría por los ojos apretados y el rostro contraído de tormento. Podía notarse la fuerza en esa laringe aullando, sofocada por el plástico y el metal. A través del sujetador bucal, Dunia dejó escapar un estertor sordo, bufidos de una bestia moribunda, que ante los oídos de la doctora Akutagawa, significaron:
“Gracias por curarme, mamá. Te amo.”
– Yo también te amo, hijita.
“Hoshi. Yama. Burgaku. Kakato. Atama. Hiza. Ryuu. “

Varias semanas después, todavía en un punto irrastreable del Océano Pacífico.
Ella aprendió a caminar. A sentarse sobre sus rodillas. A comer con palillos. A escribir. A recogerse el cabello.

– Hora de comer, Akina-san.

Por cierto, cambió su nombre.

– Gracias.

Akina se recostó en la silla plegable a tomar el sol y ver el interminable mar. Un infinito color azul posándose sobre una perfecta franja verde. Y nada más.

– ¿Te llamas Kurono?

– Así es.

– Escuché que el oficial te llamaba Akutagawa Kurono.

– En Japón se dice primero el apellido y luego el nombre propio. Tú te llamas Daigo Akina.

Le agradaba hablar con Kurono. Era el único en todo el barco con quien no tenía que balbucear en japonés. Ella no tocó su plato en varios minutos.

– ¿Pasa algo? – preguntó él.

– Estoy un poco harta del arroz, eso es todo. Y aún no le encuentro sabor al té blanco.

Kurono tuvo una risa espontánea que de inmediato sofocó, aunque ella alcanzó a percibirlo.

– ¿Qué?

– Nada, nada. – Sacó un envoltorio de la caja donde transportaba los platos. – Para variar. – Y se lo alcanzó a Akina.

Ella abrió el paquete, descubriendo una hamburguesa recién preparada, la cual se llevo de inmediato a la boca.

– Verás, te acostumbrarás pronto a la comida asiática. No todo está hecho de arroz, ¿sabes? Espero que la hamburguesa no te sepa muy diferente…

Cuando Kurono volteó a verla, tres cuartas partes del bollo relleno de condimentos y lechuga se desvanecieron. Ella preguntó, a mandíbulas llenas.

– ¿Por qué habría de saberme diferente?

– Es… era de soya.

– ¿Soya? ¿No carne?

– No carne.

Terminó de tragar, y después engulló el cuarto restante.

– Sabía bien. Mejor que el arroz.

Akina aún no se acostumbraba al sol. Y si bien aún no hacía bastante calor, esa tibieza penetraba en su piel, una tibieza soñolienta que la adormilaba, efecto benéfico a los ojos de la doctora, quien la incitaba a tomar cuantas siestas desease. Sin embargo, es estos momentos no quería desconectarse del mundo y permitirle a su cerebro intoxicado de cordura asimilar todo el cúmulo de sensaciones nuevas, recién integradas a su sistema. Quería hablar con Kurono. Y Kurono quería hablar con ella.

– Así que eres el nieto de la doctora.

– Sobrino nieto. Ella no tuvo hijos.

– ¿Cómo llegaste a Gotham?

– Mis padres me enviaron a traer de regreso a Osaka a la tía Mei, cuando yo tenía dieciséis. Únicamente debía subir al avión, bajar, buscarla en el aeropuerto, y regresar en el siguiente vuelo. En lugar de eso, ella me convenció de hacer la carrera de medicina en la Universidad de Gotham bajo su tutela. Incluso pagó mi especialidad.

– ¿Cuál es?

– Una que te gustaría. Cirugía.

– Oh.

– Esto… ¿Cómo te sientes?

– Mi memoria es… tengo los recuerdos como si fuesen recortes de fotografías. Revueltos, sin sentido, algunas veces son secuencias enteras, pero… como si hubiesen incrustado en mi mente imágenes de otras personas. Veo y escucho los segmentos, pero no entiendo porque sucedieron, no siento lo que pasa allí. Tengo la impresión de haber pasado toda la vida en este aburrido barco.

Kurono observó con curiosidad el bronceado rostro de Akina.

“Reestructuración sináptica.” Pensó él. “Reescribir los armazones conductuales aprendidos a base de microelectroshocks continuos, mediante nanoelectrodos incrustados en la materia gris, a la vez que se induce una mutación parcial en las neuronas. Peligroso e inmoral. Nunca dejé de repetirle a la abuela que no había forma de descubrir con exactitud las partes borradas y con qué las estábamos reemplazando.”

– Has hecho un gran avance – dijo Kurono, después de una plácida pausa.

– Debo ver si me adapto a Japón.

– Osaka no es Gotham.

– ¿No extrañarás Gotham?

Lazos. Después de diez años, es inevitable hacer lazos. Fuertes o superficiales, sin embargo existen. Kurono sentía mucho afecto por Nadia. Hablaron varias veces de una vida juntos. Era una muy buena posibilidad.

– Regresarás conmigo a Osaka. Te encargarás de ella, cuando yo ya no esté.

La abuela Mei estaba pintando sobre seda. La edad dejó inalterado el pulso de sus manos, y la exactitud de sus movimientos con el pincel. No miraba a Kurono al hablar. No necesitaba hacerlo.

– Te dije, cuando ingresaste a la universidad, cuando no tenías nada más que lo que traías en los bolsillos, es decir, el boleto de regreso a Japón, que serías mi heredero. Y tú heredarías tanto mis bienes, como mis responsabilidades. Dunia es mi responsabilidad. Así que te la entrego.

Kurono pareció tratar de replicar, pero cuando la abuela Mei retomó su charla, a él solo le quedaba callar.

– Sé que parte de tus… afectos juveniles están en otra persona, alguien inteligente y capaz, digna de admiración, lo confieso. Eso no debió pasar, pero lo hecho, hecho está. Solo piensa en mis palabras, antes de retirarte. Una de esas dos mujeres fue forzada, desde que era una niña, a vivir entre lo más maligno que Gotham tiene para ofrecer. Creció, como una hierba mala, entre la podredumbre, y se forzó a si misma florecer, con pétalos que no eran suaves, ni perfumados, sino llenos de espinas, para ahuyentar a los depredadores. Y nosotros, como buenos doctores, la arrancaremos de raíz, le cortaremos las espinas, y lanzaremos a terrenos desconocidos, con la esperanza de que sobreviva.

Tomó más pintura de sus botes de cerámica.

– Ahora dime, ¿Cuál de las dos necesita más de ti?

Lazos. Unos se rompen. Otros se crean.

– Si, la extrañaré, sin embargo, dejaré de hacerlo algún día.

Guardaron silencio. Akina digería la comida, mirando a Kurono.

– La doctora aún no me relata cómo me sacaron de allí.

– Con mucho maldito trabajo.

Él acercó una silla plegable extra para recostarse al lado de ella. Continuó.

– Debí lanzarme de cabeza al río más tóxico de Norteamérica para atraparte antes de que te ahogaras. Después, en un lugar más apropiado que el lecho apestoso de la bahía, tuve que ponerte varias sondas y cánulas en tiempo récord, antes de conectarte al tanque de oxígeno y colector de orina.

– ¿Hiciste qué?

– Tardé quince minutos. Tiempo récord. Posterior a eso, te embalé y mandé por paquetería a este barco, el cual zarpaba dos horas más tarde. El repartidor se infartó al ver que la caja apenas y cabía en su camioneta…

– Espera un momento, ¿me metiste en una caja…

– De madera

– … rellena de unicel, con un tanque de oxígeno conectado a un tubo en mi garganta? ¿Así me enviaste por correo?

– Mensajería express. Eres un delicadísimo dispositivo de laboratorio por parte de Waynetech a un laboratorio del círculo ártico. Por cierto, el costo del envío es ofensivo.

Observaron, compañeros ambos en palabras y mutismo, el perfecto sol sobre las aguas estáticas del mar. Kurono sonrió levemente, lo que atrajo el interés de la joven recientemente llamada Akina. Ella interrogó el origen de su alegría con la mirada.

– Recordé lo que me dijiste cuando nos vimos por primera vez. ¿Lo recuerdas?

– No

– Dijiste “¿Quién eres? ¿Un maldito ninja?”

Akina reaccionó efusivamente.

– Imposible ¿Eras tú? No tengo en claro muchas cosas, es decir, casi nada, pero sí recuerdo… ¿Ibas…? ¿Ibas con él?

– Por supuesto que sí. Ese hombre tiene planes de contingencia para los planes alternos. Yo era parte del plan y solo estaba como motivo decorativo, ¡ah! Y para que te cansaras golpeándome en lo que… bueno, en lo que él hacía las cosas verdaderamente importantes.

– ¿Entonces sabes karate?

– Judo

– ¿Usar la katana?

– Teóricamente.

– Eso se notó.

– Nunca había combatido contra alguien para evitar ser despedazado.

– Dios mío. Formaste equipo con él, el Caballero Oscuro de Gotham. ¡Debes estar orgulloso!

– Tranquila, no hice equipo con él, solo lo acompañé, y si fue así, se debió a que la abuela Mei insistió en supervisar personalmente tú salida de Gotham. Yo fui solo el sparring, él te clavó el dardo.

– Sin embargo, lo viste de cerca, hablaste con él.

– Tu también, y todos los internos de Arkham, y gran parte de la policía.

– No creo que la policía este contenta.

– No, no lo está.

– Eso es ley, hablando de Gotham.

Ella suspiró. Kurono la observó, bajo la esclarecedora luz del día, con el pelo recortado y recogido y la piel más morena. Se dio cuenta de que no tenía idea de quién era esa mujer, Akina, quien se estiraba como un gato sobre su silla reclinable. Y moría de ganas por conocerla.

– “¿Quién eres?” – dijo Akina con voz juguetona. – “¿Un maldito ninja?”

Sonrió. Era la primera vez que ella sonreía, en cualquiera de sus vidas.

(concluirá…)

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