Haha (parte VI)

Continúa…

La endemoniada ventana. Sin policías, sin juicio estúpido. Sin Arkham. Butcher corrió hacia ella y saltó. En el aire, giró su torso para ver el cielo alejarse. Mientras la noche de Gotham se hacía más y más oscura, le pareció ver a la figura de negro proyectarse con los brazos extendidos hacia ella.

Lentamente, la consciencia se apartaba de Butcher. No alcanzó a percibir las potentes luces subacuáticas que incendiaban el lecho del río para recibirla.

  1. El capullo de la oruga

“Kibõ. Tomodachi. Musume. Haha. Arigato gozaimasu. Sensei”

La voz femenina parecía salir directamente de los tímpanos de Dunia.

“Douzo. Kon-nichiwa. Hai. Byouin. Mise. Koohi. Koucha. Hiza”

Una sensación pastosa recorría sus músculos. Cada ojo parpadeaba por separado. Los efectos obvios de un agresivo cóctel de sedantes.

“Lie. Gakkou. Kanai. Shuji. Sumimase. Nanji desuka.”

Percibía claramente estar en posición vertical, pero sus pies colgaban. Tenía los hombros firmemente sujetos, manteniendo la espalda recta y erguida. Su frente estaba asegurada, y dos almohadones ajustados le impedían girar cráneo y cuello.

“Kani. Shuji. Onegai shimasu. Gomen nasai. Hito. Otoko.”

La sonda nasal le provocaba muchas molestias, y el sujetador bucal dejaba su sabor plástico sobre la lengua seca. Ninguna de estas incomodidades le era desconocida a Dunia. Fue sedada y atada a ese grado varias veces antes, en el asilo. A diferencia de el asilo, en el cual una oscuridad perenne ocupaba celdas y salas de tratamiento, aquí había luz, demasiada, luz caliente, húmeda.

“Anata no namae wan nan to limasu ka?”

El cóctel de sedantes dejó de funcionar. Y Dunia se vio a si misma, suspendida en una cama perpendicular al piso, sujeta de tórax y abdomen, piernas y brazos, con maquinaria médica al lado suyo, unida a ella por docenas de manguerillas, sacando e introduciendo líquidos coloreados a través de sus venas.

No se impresionó. Había pasado por eso, muchas veces, en el asilo.

– Buenos días, Dunia.

Tardó en reconocer a la doctora Akutagawa, quien entraba a la habitación, ayudada de su bastón. Sus recuerdos de la anciana databan de su última estancia en Arkham, cuando pasaba apacibles períodos en su compañía, aprendiendo origami, o escribiendo palabras con complicados signos llamados kanji, de una manera tan artística que lucían como cuadros decorativos.

– Una compañera terapeuta en Arkham tenía un dicho: “A veces debemos derribar para poder construir. Así es la psiquiatría.” Dunia, ¿me recuerdas? Mueve un poco la cabeza si es así.

Dunia lo hizo.

– Has dejado Gotham. Debí sacarte de esa ciudad, costase lo que costase. Estamos en un buque, navegando en círculos sobre aguas internacionales del Pacífico, por todo el tiempo necesario para tu tratamiento.

La anciana doctora, después de colocarse con ceremonia unas gafas que colgaban de su cuello, encendió algunos interruptores de esas bombas de infusión modificadas. Dunia percibió a sus venas arder, llenarse de venenos, mientras calambres atroces comprimían sus entrañas. Trató de rebelarse, inútilmente.

– Derribar para construir. No podía aceptarlo abiertamente, mientras laboraba en el asilo, pero los controversiales estudios del doctor Crane, dieron resultados correctos. Tienes una incapacidad bioquímica para identificar el miedo o estados de alerta. Por tal motivo, justo en este momento, inundo tu sistema nervioso con los neurotransmisores correctos, no sólo para percibir el miedo, sino también la angustia y la desesperación. En otras palabras, te estoy enseñando el sufrimiento. El sufrimiento es una gran lección para la vida, querida Dunia.

Dunia convulsionaba tanto como podían permitírselo sus amarres. La cama producía un escándalo infernal, tenía ansias de gritar hasta romperse la garganta, llorar y partir su propio pecho a pedazos, su con eso lograba aminorar el dolor. Ella era todo un vértigo, una náusea.

– Terapia génica monocelular localizada, es el nombre complicado para este procedimiento. Los desarrolladores cuestionaron mi ética profesional, al utilizar en ti un método no lo completamente probado, e incluso, no lo completamente legal. Los ignoré. Y es que el motivo es simple, debo curarte. Debo curarte a cualquier costo y con cualquier método, debo lograrlo sin importar cuánto tiempo me tome, porque… debo curarte porque…

Entre palpitaciones monstruosas, y ese dolor que parecía despedazarla, Dunia percibió a la doctora Akutagawa acercarse a ella y acariciar su mano, contraída como una garra, gracias a los espasmos producidos por los medicamentos. La anciana estrechó esos dedos rígidos.

– Arrancaré la locura de tu espíritu, fragmentaré tu mente y la rearmaré pieza a pieza. Te torturaré y quebraré, mi querida y dulce niña, te haré cenizas. Estos tormentos son porque te amo. Te amo como a una hija. El sufrimiento y el dolor son lecciones, hijita.

Ningún músculo o nervio alguno en la joven escapaba a la sensación de un violento cortocircuito. Jamás había sentido tanta agonía en tan poco tiempo.

– Voy a sacarte de tu hábitat, esa maligna ciudad que te ha creado, y te sumergiré en uno distinto completamente, tu mente ya no regresará a los asesinatos ni a la sangre, pues estarás ocupada aprendiendo a sobrevivir en un mundo exótico para ti.

Dunia fue envuelta en una congoja tan profunda que no alcanzaba a comprender. La doctora encendió, mediante un interruptor acoplado en las bombas de infusión, los audífonos insertados en los canales auditivos de su paciente, los cuales, mediante la voz de la anciana, le proporcionaban sus primeras lecciones de japonés.

– Todo estará bien, Dunia. Todo estará bien.

La doctora se retiró después de dar una última mirada a la joven sacudiéndose con ansiedad y violencia dentro de sus amarres de cuero, alternando entre pesares sobrecogedores en cada órgano y cortos períodos de flaccidez catatónica. La frente de la joven estaba empapada en sudor, el cual corría por los ojos apretados y el rostro contraído de tormento. Podía notarse la fuerza en esa laringe aullando, sofocada por el plástico y el metal. A través del sujetador bucal, Dunia dejó escapar un estertor sordo, bufidos de una bestia moribunda, que ante los oídos de la doctora Akutagawa, significaron:

“Gracias por curarme, mamá. Te amo.”

– Yo también te amo, hijita.

“Hoshi. Yama. Burgaku. Kakato. Atama. Hiza. Ryuu. “

continuará…

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