Haha (parte V)

(continúa…)

Encontraron algunos cuerpos más, a orillas del río, bañados por la lluvia persistente, los primeros que recibieron el embate de la violencia insana de Butcher, quizás los vigías a las afueras del muelle. Su sangre se unía en un solo cauce, disolviéndose, en las lágrimas de Gotham.

X. De carne y sangre.

Vanko Smolensko colocó vigilancia en el piso inferior, un par de sus mejores hombres, antes de subir las escaleras y esperar a Butcher, en compañía de diez hombres más. La noche previa, recibió un mensaje de sus informantes de confianza, Butcher, la maniática asesina que durante casi un mes diezmó sus filas e incendió sus negocios, deseaba ofrecerle un trato. Una alegría intensa calentaba el interior de Vanko, la jactancia futura de tener a la más grandiosa criminal a disposición suya. Se felicitaba interiormente por sus tácticas de disuasión, – ofrecer una recompensa por su cabeza, poner a todos sus espías a vigilar sus movimientos – aunque achacaba esta victoria al miedo e intimidación que ejercía en toda Gotham.
Sin embargo, una parte de él, la parte más sensata, decía que sería muchísimo mejor si Butcher no aparecía.

– Aún sin señales, jefe.

– Si la ven, traíganla.

Smolensko abrió la puerta. Butcher ya estaba allí.

– Perdone si desarreglé los muebles.

La débil luz provenía de un foco amarillento y sucio, pues la única ventana de la habitación en ese nivel superior estaba sellada con tablones. El escritorio, sillas, archiveros, yacían arrumbados al lado de las paredes, dejándola en el centro de la habitación, con un saco de tela sacudiéndose a sus pies.

– Veo que te has puesto cómoda. – dijo Vanko, terminando de entrar con sus guardias, cerrando la puerta al terminar. – Me honra que hayas solicitado una entrevista conmigo.

Con una discreta señal, los diez guardias rodearon a Butcher, cubriendo la salida.

– Te imaginaba diferente, dada tu reputación.

– Le he de parecer demasiado ordinaria, con mi ropa deportiva.

– En Gotham estamos acostumbrados a los disfraces. Tú ni siquiera usas máscara.

El saco se sacudió más. Butcher permanecía impasible.

– Encima de eso, tienes las agallas para encerrarte con casi una docena de tipos.

– Podría decirse que si, aunque, en honor a la verdad, no tengo miedo. Soy incapaz de sentirlo. El doctor Crane llegó a la conclusión de que se trata de una anormalidad bioquímica en mis neuronas. Unos bufidos emanaron del saco, el cual por fin llamó la atención de Vanko.

– ¿Qué es eso?

Butcher lo levantó un poco, para abrir uno de sus extremos.

– Una prueba. Si quiere un trato de no agresión, o incluso cooperación mutua, debe estar, cuando menos, a mi nivel. Alguien de su calibre no se aliaría con una persona débil, ¿cierto?

– Cierto.

– Esta es su forma de probarlo.

La cabeza ensangrentada asomó por la abertura. Butcher retrocedió unos pasos para jalar por el extremo contrario. Preguntó a Vanko.

– ¿Hace cuanto que no ve a su hijo, señor?

León Smolensko, el primogénito del más poderoso jefe de la mafia rusa, heredero de un corrupto imperio criminal, que extendía sus raíces sobre los barrios pobres hasta los penthouses de políticos y adinerados decadentes, estaba envuelto en alambre de púas, desgarrándole la piel. Moretones, heridas profundas, sangre coagulada. Sus labios y el ojo derecho, cosidos con hilo negro. El ojo izquierdo, libre e inyectado, giraba hacia su padre, mientras el resto de su desecho cuerpo, vibraba de dolor.
Once corazones dejaron de pulsar por un momento. Butcher puso un pie sobre la espalda de León, y éste se sacudió aún más.

– ¡Imposible! ¿¡Tú le has hecho esto?!

– Por supuesto.

– ¿Por qué? ¿Cómo te atreviste? ¿Cómo te atreviste, maldita enferma?

Vanko Smolensko gritó de rabia y pánico. Unos intentaron acercarse a León, prestos a rescatarlo, otros retrocedieron, al ver el hacha que Butcher traía en la espalda.

– ¡Respóndeme, desquiciada! – gritó Vanko desesperado, agitado por el horror – ¿Por qué le hiciste eso a mi hijo?

– Para mí es otro criminal.

León Smolensko era una llaga abierta. El sufrimiento estaba en cada centímetro de maltrecho rostro. Su padre, Vanko, fue intoxicado con una ira violenta.

– ¡MALDITA PERRA LOCA! ¡ESTÁS JODIDAMENTE MUERTA! ¡DESTRÓCENLA!

Diez pistolas salieron de sus fundas y se amartillaron en el aire. De los puños de Butcher brotó una veloz nube de gas blanquecino, la cual los golpeó en la cara, justo antes de que sus índices tocaran los gatillos. Un gas que penetró su nariz, alcanzó los pulmones, ensució su sangre, corroyó sus sesos. El doctor Crane descubrió que Butcher no podía sentir miedo alguno, porque concentró su gas hasta hacerlo cinco veces más potente, y ver que ella continuaba siendo inmune. Por el otro lado, en sujetos normales, induce locura inmediata.

– ¡Oh Dios! ¡Dios mío! ¡Aieeeeeee!

– ¡Sáquenlos de mis ojos! ¡Se han metido a mis ojos!!

– ¡Aléjate! ¡Váyanse! ¡No se atrevan a tocarme, bichos!

Los hombres, antes poderosos como titanes, caían ante Butcher, transformada por este tóxico gas del miedo, en un abominable ser polifórmico, hambriento de carne y sangre. Imagen cercana a la realidad.

– ¡No quiero estar aquí! ¡Mamá!!!

Un hombre, después de dispararle a su compañero, se voló la cabeza. Otro se enterró una navaja en ambos ojos y se cortó la lengua. Los demás, se encontraban inutilizados, capturados por el horror. Torpemente, trataban de defenderse de Butcher, entre gritos y lamentos. Ella cortó siete gargantas para regresar al silencio original. Pero no la de Vanko.

– Vete, vete, vete, vete, no me toques…

– La prueba es ésta. – Butcher descolgó el hacha en su espalda. – Córtale la cabeza a tu hijo.

Vanko no oía. Berreaba, aullaba, extraviado en lugares dantescos, nacidos del veneno de su cabeza.

– Yo lo hice cuando era una niña. Si quieres que seamos aliados, hazlo.

Del mismo saco, Butcher retiró una botella. Roció su ácido contenido sobre el rostro y cuello de León, quien gritó con tanta desesperación que terminó por arrancarse los hilos de la rota boca.

– ¡Hazlo! ¡Toma!

Butcher le acercaba el mango del hacha a Vanko, sin obtener reacción en él.

– No me toques – farfullaba – aléjate, aléjate…

– ¿Cómo pensaste en aliarte conmigo si no puedes hacer lo que yo? Eres patético.

Por las manos de Butcher, el filo del hacha subió y bajó. León dejó de padecer dolor, después de un golpe seco que dejó una marca en el suelo. La nariz y ojos enrojecidos del hijo de Vanko Smolensko, rodaron hacia él, y, enloquecido, se tiró a recogerlos. Butcher lo miraba con asco.

– Cerdos.

Por segunda vez, el hacha se elevó, por encima de sus hombros, para terminar en un solo movimiento. La ventana, junto a sus espaldas, estalló en vidrios y astillas. El formidable golpe cayó en su columna lumbar, lanzándola dos metros más allá, logrando que el hacha escapara de sus manos.

– ¡Demonios!

Ante ella, una figura de negro, con una máscara antigás, empuñaba una katana.

– Dunia – dijo la negra figura – Déjame ayudarte, llegué muy tarde para ellos, pero no para ti. Solo escúchame…

Ella no prestó atención a sus palabras. Empuñando sus navajas, se lanzó directo al cuello de su misterioso contrincante, liberando un gruñido de furia. Él la rechazó con un par de movimientos de judo tan rígidos que lucían artificiales.

– ¡Te lo suplico, Dunia! – insistió él – ¡Déjame ayudarte!

Butcher tomó el hacha. Intentó otro ataque, pero su oponente nuevamente la esquivó, por muy poco. Ella aulló, furiosa.

– ¿Quién eres? ¿Un maldito ninja?

En ese preciso instante, escuchó la voz, detrás de él.

– Deja de moverte.

El hombre de negro permaneció, más quieto que una roca. Butcher giró hacia la voz, proveniente del rincón más oscuro de la habitación. Era Su voz, sin duda alguna. El dardo se ensartó en la arteria carótida, bombeando de golpe su contenido narcótico, y sin interrupciones, a la circulación cerebral.

– Arggg…

Sus temblorosas manos retiraron la aguja de su cuello. Un murciélago largo y metálico…

– Siempre… Él… en Gotham… Tú solo eras… – dirigía sus torpes palabras al hombre de negro – … distracción. Él y tú… entraron al mismo tiempo…

La endemoniada ventana. Sin policías, sin juicio estúpido. Sin Arkham. Butcher corrió hacia ella y saltó. En el aire, giró su torso para ver el cielo alejarse. Mientras la noche de Gotham se hacía más y más oscura, le pareció ver a la figura de negro proyectarse con los brazos extendidos hacia ella.
Lentamente, la consciencia se apartaba de Butcher. No alcanzó a percibir las potentes luces subacuáticas que incendiaban el lecho del río para recibirla.

(continuará…)

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