Doncella de Venganza (parte XXIV y última)

(continúa…)

Alex se entretuvo momentáneamente pasando datos mediante la interfaz holográfica. Tocaba una pantalla con el dedo, y arrastraba una secuencia de números, mirándose en tercera dimensión al pasar por el aire, y luego los colocaba en la segunda pantalla, pegándolos con un golpecito en el renglón vacío. No funcionaba a la perfección porque el proyector parpadeaba y unos números caían, pero las computadoras hacían su mejor esfuerzo. Al fin, respondió.

– Me da pánico imaginar lo que pasaría si la chica anduviese sola, sin vigilancia, en un mundo indefenso. Viste lo que hizo. Esas habilidades parecen, además de inexplicables y espeluznantes, listas para salirse de control. Podría causar muchas más catástrofes de las ocurridas ahora. Dañar no tan solo a los demás, sino a ella misma.

– Yo pensaba en el chiquillo – dijo Thunder – Lo que fue capaz de crear, engañado por un fanático traicionero. Alguien podría aprovecharse de su genialidad, engatusándolo, obligarlo a hacer algo rajadamente peligroso, como una mega bomba, un arma que fría planetas… que se yo. Él es el genio. También necesitaría vigilancia, tenerlo bajo cuidado.

– Ranchi es más vulnerable que Derek. Detecté algo, en su interior, algo que no domina del todo. Una especie de… – y agregó, como queriendo involucrar a Thunder en sus propias desiciones – Viste lo que hizo.

– Entonces nos los quedamos. Ni una sílaba de las cuentas millonarias secretas de Maxie, ¿entendido?

Alex retornó a las pantallas, acomodando ese revoltijo de información antes de intentar buscar en Bussines-net los bancos correspondientes.

– Considerando – dijo, sin mirar a su colega – que deseen quedarse.

Thunder estaba retirándose, compactando la lata vacía en su musculosa mano.

-Relájate. La chica no se irá.

Le sonríe pícaramente a Alex, aunque éste no lo ve. Pero capta la intención.

Noche

Era oficial. Apenas pasadas diecinueve horas de la hecatombe iniciada por la destrucción de la Mansión Bates, el liderazgo del Viceministro Robinson, y la participación intensa por parte de los colonos, permitieron la evacuación del cuarenta y cinco por ciento de la población sobreviviente en Nueva Standford Segunda. Los otros dos planetas, incapaces de mantener a tantas familias desamparadas, propusieron la solicitud de ayuda a la Confederación de Sistemas. No hace más de diez minutos, como escucharon Ranchi y Derek por su propio receptor de señales de comunicación interestelares, el Viceministro Robinson ha conversado con el Director General de la Confederación, Kyo-sa. La Confederación le ha contestado.

– ¡Con una mierda, vienen para acá! ¡Demonios!

Thunder estaba sentado a la mesa de la cocina, comiendo un grueso corte de carne usando solo el tenedor, Ranchi y Derek lo acompañaban, mas por cortesía que por hambre, pues habían picado toda la tarde de las alacenas, probando galletas energéticas, frituras irken de Comidortya, hamburguesas de rynth, y una bolsa entera de bolitas de queso que le escamotearon a Thunder. De igual manera, la carne olía deliciosa y era de mala educación no compartir el pan y la sal con el anfitrión.

– ¿No esperas a Alex?

– Nah. Come cuando se le pega la gana, y no le gusta que lo vean. No me preguntes porqué. – un trozo de carne medio masticada y algo sangrienta saltó de sus dientes, y cayó con mala suerte dentro del plato. – Pero creo que vendrá a hablar con ustedes, ya va a cumplirse el rajado plazo. ¿Decidieron?

– Si, – dijo Derek, tan feliz que no podía ocultarlo – mi hermana y yo…

Alex entró a la cocina. Se acercó a la mesa y jaló una silla. Derek de inmediato le puso un plato.

– ¿Querrá comer algo, capitán?

– Gracias Derek, pero… – el niño tenía una expresión tan solícita que ignorarla era una ofensa – puedes traerme agua. De…

– Sus propias botellas. Ya se donde las guarda, capitán. Enseguida la traigo.

Alex enfriaba nuevamente su expresión mientras buscaba algo en los bolsillos de su pantalón. Tronó los dedos y se levantó.

– ¿Pasa algo? – preguntó Ranchi al poner mas filetes en la mesa.

– Olvide mi computadora personal. La deje en el puente.

– Iré por ella. Se donde esta el puente, e igual ya la conozco. ¿Es la que me prestaste ese día que fuimos a la Mansión en moto?

El “supersoldado”, apodo que le quedaba a la perfección, evitaba normalmente situaciones íntimas o de familiaridad. Pero, al igual que la cara radiante de Derek, la tierna sonrisa de Ranchi y su desinteresada amabilidad le funcionaban a Alex como un cuchillo en la garganta. Era muy difícil negarse.

– Si. Esa es.

– Ahora vuelvo.

El Deathbird era tan grande que llegar al puente tomaba media hora de camino, atravesando puertas, pasillos y dos escaleras. Sin embargo, Ranchi aprovechó el tiempo para pensar.

<< Un nuevo comienzo, si, un nuevo comienzo. Eso es bueno. >>

Bien pudo haberse teletransportado de una vez, pero no quería avergonzarse a si misma con su inexperiencia o hacer el ridículo. Debía dar una buena impresión, especialmente a Alex.

<< Tengo que entrenar mis habilidades hasta dominarlas sin esfuerzo. Usar un solo poder a la vez va a ser un engorro, pero si es cierto lo dicho por los espíritus, que practicando lo suficiente, podré hacer lo impensable. >>

En el espacio, las voces eran débiles y confusas. Ranchi se alegraba con esta paz del vacío infinito, tanto, que tarareó una canción, y saltaba al ritmo de imaginario de la melodía.

– ¿Cómo será la música de otras colonias? Investigaré eso. Aunque sospecho que ni Alex o Thunder conozcan los grupos de moda.

El puente era el área mejor conservada de la nave. Thunder vivió ahí un tiempo, pero Alex logró convencerlo de que dormir, comer y arreglar lanzamisiles junto a la consola matriz de navegación podría resultar peligroso. Era amplísima, de varios metros de alto, con un espacio abierto uniendo los dos pisos de computadoras, ambos a la vista de la monumental pantalla principal, donde se desplegaba información importante. Debajo de la pantalla ligeramente cóncava, estaban constelaciones de interruptores, teclados, palancas, visores y pantallas personales, diseñados para una tripulación numerosa. La mayoría estaba apagada, y Ranchi se preguntó como dos hombres podían pilotear una nave de semejante envergadura.

<< Con mucho trabajo, supongo. >>

Alex dejó la pantalla maestra encendida, con las imágenes de las cámaras exteriores. En el centro estaba el planeta negro, transformándose sin detenerse en una roca estéril y caliente. Rodeándolo, se encontraban el resto de las cámaras del Deathbird. Podían observarse al mismo tiempo el despegue de las naves de evacuación, su viaje, una visión global de Nuevas Standford Primera y Tercera, y la nueva partida de las mismas por más sobrevivientes.

<< Thunder sabía que el Gobierno Global no tenía la tecnología en satélites o radares para detectar naves mas avanzadas que las construidas en los inicios del siglo XXI de la Tierra. Por eso se aventuraron a dejar el Deathbird, con todo y su enorme tamaño, detrás de Selene. Aquí estamos y nadie repara en nosotros. Y aunque lo hicieran, de momento están más ocupados en salvar sus vidas. >>

La microcomputadora de Alex estaba a la vista, sobre el único sillón en todo el puente, debajo de la pantalla.

– Algún día aprenderé a usar estos aparatos. Ya perdí mucho tiempo, mejor me teletransporto.

<< Ojala y no aparezca en medio de la mesa. >>

Por suerte, el portal de salida la dejó justo enfrente de la puerta de la cocina. Podía oír la conversación de Thunder, la voz más atronadora del pequeño lugar, diciendo:

– Yo me conformo con que mi arma funcione, mi cerveza esté fría, y las motos arranquen. Lo demás sale sobrando. Y de lo que me decías, el shampoo es para niñas y maricas, así que tu hermana si puede comprarse uno.

– Con la cantidad de medios de transporte disponibles, Derek, Thunder aún prefiere moverse en esos vejestorios.

– Son fáciles de arreglar, andan donde sea y puedo disparar mientras conduzco, no pido más.

Ranchi entra creando un silencio. Los dos hombre la miran y ella le entrega a Alex el encargo. Toma su lugar, mirándolos a ambos suspicazmente.

– ¿Y bien?

– Gracias. – Dice Alex al encender la computadora en su mano – La Confederación de Sistemas vendrá para acá. No podemos postergar nuestra salida, por lo que es tiempo de decidir. ¿Se bajan a Nueva Standford Primera, les perdonamos temporalmente la deuda y se las arreglan como pueden en un planeta arruinado, sin familia o albergue?

– ¿O permanecen aquí, trabajando como robots, hasta pagar la última fracción de los cinco millones que nos deben? Según las tarifas, acabarán…

– … en diecisiete años, seis meses y tres días, según el calendario de Nueva Standford.

Los hermanos volvieron a cruzar miradas. ¿En realidad estaban seguros? Contestaron al unísono.

– Elegimos el trabajo.

– Perfecto. – Alex buscaba datos en su pantalla táctil con la pluma digital – Derek, te encargarás de conocer y rediseñar los sistemas operativos de la red informática interna del Deathbird, según tus capacidades. Tengo entendido que lo relacionado con computadoras y electrónica pertenecen a tus áreas favoritas.

– ¡Si! ¡Me encantan!

– Será tu primera asignación. Ranchi, tú te encargarás del mantenimiento. Derek, ¿acabaste de cenar? – el niño asintió efusivamente – Bien. Ven conmigo.

– ¿A dónde vamos?

– Telecomunicaciones. Cuanto antes te involucres con las tecnologías existentes en la galaxia, mejor.

Los dos dejaron la cocina y avanzaron a paso vivo por el pasillo de salida. Tenían que, pues era área quedaba a una hora o más de distancia. Solos, Ranchi y Thunder acabaron sus bebidas.

– Exactamente, ¿Qué se supone que tengo que hacer? – dijo Ranchi.

– Limpieza y reparación de la nave. –Thunder sacó un grueso cigarro, encendiéndolo al inhalar – Puedes empezar por traerme una cerveza. Luego, lavando los trastos, limpiando la cocina, arreglando las habitaciones, esterilizando el baño, puliendo pisos, raspando el óxido…

– También tengo que entrenar, es decir…

– ¿Hablas de tus superpoderes? No te preocupes, los necesitarás para hacer arrancar la lavadora. Yo no he podido. Ah, también te encargas de la ropa. Hace un buen que ni Alex o yo…

– Ahórrate los detalles.

Ranchi suspiró resignada. Se levanta para recoger los platos y llevarlos al fregadero.

Thunder la mira impávido.

– ¿Y mi cerveza?

FIN DE ESTA AVENTURA

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

Esta obra se encuentra registrada y protegida por la Ley Federal del Derecho de Autor. Queda prohibida cualquier copia, imitación, o utilización sin previa autorización de su legítimo propietario.

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