Haha (parte IV)

(continúa…)

La doctora Akutagawa cubrió su rostro con las manos moteadas de manchas seniles, inclinándose en un espasmo de aflicción.

– ¿Qué será de mi pobre Dunia? Ya no estaré allí para cuidarla.

La cortina ondeó con violencia. Al fondo, la voz de Gotham.

IX. Recogiendo los restos.

Han pasado varias semanas desde que la policía de Gotham confirmó las actividades delictivas de Dunia Raskólnikof, alias “Butcher”, las cuales incluían múltiples variables de homicidio, daño a propiedad, tortura, y provocación de incendio, su forma de borrar la gran parte de las evidencias.

Inicialmente, sus movimientos eran erráticos, al azar. Los últimos delitos eran más certeros, como si tuviese un objetivo más allá de destripar proxenetas o empalar gánsters.

– Esta siendo informada. – dijo Bullock, terminando una lata de refresco – Alguien le da nombres y lugares. Dios se apiade de aquel a quien Butcher esté cazando.

– Eso significaría revelar su identidad – comentó Montoya, desde su sitio en el escritorio, clasificando reportes.

– Es probable que esa persona lo haga contra su voluntad. Revisa las últimas escenas del crimen: dos bares, un club de desnudistas y una casa de citas. ¿Cosas en común? Chicas y mafiosos. Recuerda aquella fiesta donde Paul Morton, ese obeso productor de televisión, terminó en cortes para barbacoa.

– Cómo olvidarlo. Bastantes acompañantes tenían conexiones con la mafia. El departamento de forenses terminó recién de identificar víctimas.

– Puse a varios agentes más a investigar prostitutas desaparecidas, con algún tipo de conexión con esa fiesta. Hay varias, pero una me llamó la atención, Ivana Dolokhov. Ella organizó a las edecanes y cobró las cuotas, sin embargo, no la han vuelto a ver en ninguno de sus amenos trabajos.

– Ella y otras siete, según los reportes.

– Ivana es una de las favoritas de Vanko. Reclutadora. Vive es un discreto apartamento del barrio ruso, el edificio Odessa. Eso no es inusual, pero también desapareció una vecina suya, a quien la casera describe como una muchacha muy seria y reservada, delgada, pelo negro, que trabajaba como asistente de cocinera en un restaurante a menos de una manzana de distancia.

– ¿Piensas que Ivana la llevó a la fiesta?

– Si, la llevó, de eso estoy seguro. Revisé con otro detective el apartamento de la chica seria de pelo negro esta mañana, encontramos esto, bastante escondido debajo del entablado de la pared.

Bullock sacó una bolsa con frascos vacíos de medicamento de su gabardina, y la puso sobre el escritorio. Montoya leyó las etiquetas.

– ¿Son antipsicóticos?

– De los fuertes.

– Pero, eso solo se usa en pacientes internados en un hospital, el único lugar donde los administran y recetan es…

– En Arkham.

Días después.

El área de urgencias del Hospital General de Gotham es una excelente área de aprendizaje para doctores novatos. Cientos de casos diarios, desde intoxicaciones por químicos raros, quemaduras serias, heridas de bala, infartos dobles, incontables fracturas; una galería de los horrores que un ser humano es capaz de causarle a otro.
Hoy, un practicante recibió a un paciente con amputaciones.

– ¿Sin idea de donde empezar?

El practicante se apartó de un salto para permitir a su doctor supervisor temporal examinar al paciente.

– Toma notas, harás el reporte.

– Sí, doctor.

– Femenina de 20 a 30 años de edad aparente, múltiples laceraciones en rostro y cráneo… pareciese que le fueron arrancadas partes del cuero cabelludo. Tiene algunas suturas, muy burdas y con hilo no quirúrgico. Extirpación traumática de párpado derecho, el izquierdo parece seccionado… quemaduras en ambas córneas… la paciente es incapaz de ver, por dichas lesiones…la lengua, con cortes profundos, casi la tiene a tiras… En el cuello, tiene señales de haber sido asfixiada o atada fuertemente con una correa… aún posee las marcas profundas…

El joven doctor japonés hizo una pausa mientras examinaba los pulmones y corazón con el estetoscopio. La paciente se retorció como un gusano, lenta y continuamente.

– ¿Dónde la encontraron?

– Dentro de un contenedor de basura, en la parte trasera del Hotel Royal, en Viejo Gotham. Cuando el camión vació el contenedor, cayó entre las bolsas. La dieron por muerta, hasta que se movió.

– Sus costillas están desechas, al igual que los brazos. Le amputaron los senos y todos los dedos de la mano izquierda – dijo el doctor, al revisar con cuidado las desgarraduras en el pecho y el muñón deforme – en la derecha, solo persisten el pulgar, índice y dedo medio. Extremidades inferiores, también amputadas, a nivel de los muslos. Los muñones están infectados.

– ¿Significa algo?

– Cada que le cercenaban una parte, cosían vasos y cubrían con un colgajo de piel la herida. Esto es tortura grave. La policía debe ser informada inmediatamente.
La deshecha mujer levantó la mano derecha y encogió sus únicos dedos en un signo ansioso. Su muñeca imitaba los signos de la escritura, y con esos ojos blanquecinos de pescado muerto, suplicaba la atención del doctor.

– Rick, ¿es tu primera noche?

– La segunda.

– Yo las siento todas como la primera. En fin. Normalmente, atiendes primero a los pacientes, y después redactas los reportes de la jornada con calma, pero éste caso lo tiene que ver el departamento de policía a la mayor brevedad. Así que, por esta vez, pon tus notas en limpio, mientras yo le doy indicaciones a enfermería. Cuando lo termines, lo firmaré.

– De inmediato.

La espalda del practicante se perdió por la cortina del cubículo. En ese momento, el doctor le dio a la mujer un bolígrafo y una libreta de notas que cargaba consigo. Ella hizo unas anotaciones apresuradas y se la regresó.

“Me llamo Ivana Dolokhov. Fui secuestrada por Butcher. Esa maldita me hizo todo esto. Quiero que la agarren y la frían en la silla eléctrica”

– Estoy seguro de que la policía la atrapará tarde o temprano – dijo el doctor, sereno como un estanque. Ivana pidió de nuevo la libreta.

“Sé donde estará dentro de dos días”

Al regreso del practicante, el doctor finalizó de canalizar una zona del brazo derecho para que las enfermeras presentes empezaran la medicación. El doctor se despidió.

– Te dejaré en manos expertas. Sanarás. – a las enfermeras – Que le tomen un juego completo de placas, tomografía craneal y exámenes completos de sangre. – y se dirigió al practicante recién llegado – y tú anexas las interpretaciones al expediente. Sígueme.
Ambos salieron de la zona de urgencias, hacia el área de imagenología.

– Ya tengo el reporte, doctor.

– Perfecto. Esta noche es la última para mí, así que deberás integrar bien el expediente para la policía, ya que vendrán mañana por la mañana. – Lo leyó rápidamente. – Bien redactado, solo que escribiste mal mí apellido.

– ¡Rayos! Cuanto lo siento, si me lo permite…

– No te preocupes, solo estuve muy poco tiempo para que te lo aprendieras.

– Sin embargo, estoy seguro de que su nombre de pila es Kurono. Eso sí lo escribí bien.

– Solo edita la última sección y alcánzame en el tercer piso, en mi cubículo.

– De inmediato. ¿Podría deletrearme su apellido?

– Es A-k-u-t-a-g-a-w-a.

Después…

En la madrugada de un miércoles aparentemente ordinario, el aleteo de los helicópteros recorrió desesperado el río Gotham, iluminando el agua bajo su rápido viaje, tratando de alcanzar la procesión de patrullas histéricas congestionando la rutas de entrada y salida la bahía.

El operativo fue preparado 24 horas antes. Rodearon la bodega, un vulgar escondite de la mafia, lleno de armas o drogas, con un discreto muelle cubierto, donde atracaban los botes transportadores de mercancía. Existían decenas de edificios así, docenas. Había tiroteos dentro regularmente, nada a los que los vecinos no estuviesen acostumbrados.

– ¡Muevan el trasero, señoritas! ¡La idea es ser rápidos!

Los fornidos hombres de fuerzas especiales saltaron de las camionetas blindadas, ágiles en sus cascos y corazas de kevlar, sin aguardar al resto del escuadrón policial, quienes salían a tropel de las patrullas; la puerta fue derrumbada, y el enjambre humano entró con las armas cargadas y apuntando al frente.

– ¡Equipo Alfa, al muelle! ¡Equipo Beta, arriba!

Bullock y Montoya corrían como si el mundo terminase en menos de cinco minutos.

– ¡Auxilio! ¡Por favor!

– ¡Nos rendimos!

Dos individuos, el que salió por la izquierda, desde el fondo de la bodega, carente de manos, y su compañero, con el brazo derecho ausente, se inmolaron a la marea de policías.

– ¡Está arriba! – gritaron desesperados – ¡La loca está arriba!

Bullock y Montoya no los vieron ni escucharon. Estaban terminando de subir las escaleras, escoltados por el equipo Beta. Alcanzaron una puerta a través de la cual una voz escapaba con dificultad de la cerradura.

– ¡Policía de Gotham! ¡Deja tus armas! ¡Estás rodeada!

La patada de Bullock fue efectiva. Entraron a la habitación, un área espaciosa con techo alto, con solo una ventana rota por donde entraba la luna y el olor del río.

– Carajo.

Alrededor había matones apuñalados y degollados, y sus cuerpos, los restos de cuerpos regados, recordaban el cuarto de juego de un niño aburrido de romper sus juguetes. Uno parecía haberse disparado a sí mismo, Montoya aún no dilucidaba el porqué. Vanko Smolensko, el gran traficante, el jefe único y poderoso de la mafia rusa en Gotham, lloraba y babeaba abrazado a la cabeza mal cercenada de su hijo León.

– Con un maldito carajo.

Vanko aferró aún más fuerte la cabeza cuando percibió a los policías rodeándolo. Gritó y sollozó, sin articular vocablos entendibles.

– Está desconectado – dijo Montoya – Quién sabe a dónde llevó Butcher la mente de este criminal.

– De algo estoy seguro… – dijo Bullock, e hizo una pausa dramática.

Vanko comenzó a golpearse la cabeza contra el piso, con tanta violencia que los policías tuvieron que sujetarlo.

– ¿Si Harvey?

– No es bonito.

Revisaron toda el área más de cuatro veces. Los muelles estaban limpios, los botes intactos. Los helicópteros no reportaron movimiento sobre la superficie del río, desde hacía más de tres horas. La bodega seguía rodeada de patrullas, a tal nivel, que las ambulancias no pudieron acercarse a la entrada y debieron llevarse a los tres sobrevivientes – Vanko y los dos heridos del piso inferior – cargados en hombros por los paramédicos.

Una lluvia fría e intensa cayó sobre la ciudad, un intento de purificación. Los mirones se alejaron de inmediato, y los policías cerraron sus chaquetas, realizando sus tareas con más rapidez aún. Montoya miró compasiva al hombre delirante en camisa de fuerza, atado a la camilla. Seguramente, Vanko iría a Arkham.

– Esto fue todo lo que Dunia nos dejó.

Encontraron algunos cuerpos más, a orillas del río, bañados por la lluvia persistente, los primeros que recibieron el embate de la violencia insana de Butcher, quizás los vigías a las afueras del muelle. Su sangre se unía en un solo cauce, disolviéndose, en las lágrimas de Gotham.

(continuará…)

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