Doncella de Venganza (parte XXIII)

(continúa…)

Ranchi y Derek exploraron el interior de la nave, un futuro que sus padres les negaban continuamente, no solo a ellos, sino a un mundo entero. El futuro estaba ahí, solo tenían que extender las manos y alcanzarlo, para sumergirse en él.

Tarde.

Thunder silbaba plácidamente al sacar una lata de cerveza del refrigerador. Los niños Bates curioseaban por ahí, seguidos discretamente por él mismo. Alex se acerca sin hacer absolutamente nada de ruido.

– ¿Les decimos? – pregunta Thunder al abrir su lata.
– Adelante.

Derek le enseña a Ranchi como funcionaba la holovisión, y zapeaban entre los mil quinientos canales recibidos, divirtiéndose de lo lindo, cuando Thunder y Alex los hicieron sentarse en los sillones raídos del área de telecomunicaciones.

– Antes que nada, Srita. Bates, ¿Cómo se siente? – dijo Alex, tan rígido como una estatua.
– Bien. – Contestó ella, controlando su tartamudeo – Yo y Derek estamos bien.
– Enhorabuena. Entonces, pasemos a otro asunto. Señorita…
– Por favor, llámame Ranchi. Ranchi y Derek. Olvidemos el “Bates”
– Si eso desea… Ranchi. Tenemos un problema. Un problema económico.
– La cuestión – intervino Thunder – es que mataste a nuestro objetivo.
– ¿Timlar?
– Ése.
– Según las reglas de los cazarrecompensas, si matas al objetivo de alguien, ya sea intencional o accidentalmente, debes pagarle el monto completo de la recompensa ofrecida por él. En este caso, estamos hablando de unos…
– Cinco millones de créditos – puntualizó Alex.
– ¿QUÉ COSA?
– Verás, nosotros realizamos una buena serie de gastos para venir a este sistema, introducirnos de incógnito e investigar. Esperábamos recuperar con creces la inversión al capturar a Timlar, pero…
– ¡Mataste al rajado bastardo!
– ¡Hey! Estaba poseída por los espíritus. ¡No quería hacerlo!
– ¿Qué te dije acerca de las reglas de los cazarrecompensas?
– Pero no tenemos nada. ¡La fortuna entera de los Bates desapareció!
– Tenemos eso en cuenta – dijo Alex – Así que, considerando su precaria posición, decidimos hacerles una oferta.
– Se me bajan a la de ya a Nueva Standford Primera para conseguir el dinero y a quedarse definitivamente o…
– Trabajan para saldar la deuda. Es una deuda seria, así que será un trabajo serio. Muy en serio.

Los niños intercambiaron miradas, y estaban dispuestos a dar su respuesta cuando Alex los interrumpió nuevamente.

– Tienen ocho horas para pensarlo. La última transmisión de su sistema reporta que el Sr. Robinson llamará a la Confederación, así que nos iremos lo más rápido posible, antes de que nos relacionen con lo ocurrido.

Sin decir más, se despidió con una cabezada, dio la media vuelta y salió de la sala. Thunder permaneció con ellos unos momentos más, degustando su cerveza.

– Chica, ¿ya viste como esta tu planeta?

Ranchi negó con la cabeza.

– Presta. – le apartó el control de las manos y apuntó a la pantalla. – Imágenes de las cámaras exteriores del Deathbird, y algunas sondas vigía.

Un atardecer oscuro de Nueva Standford, con el sol escondiéndose detrás del planeta, como si se incrustara en él, mientras la negra superficie era iluminada con ríos de fuego, apareciendo esporádicamente hongos blanquecinos de las explosiones nucleares.

– A que nunca creíste ver como se calcinaba tu mundo por… – miró al niño – ¿Cómo dices que se llamaba?
– Televisión.
– Esa antigüedad. Te veré al rato. Chica, preparas la cena.
– ¿Yo? – Preguntó Ranchi desafiante – ¿Por qué?
– Esta en tus genes.
– Aja.
– Los hombres tenemos un cromosoma Y, que anula los poderes del X.

Las mujeres tiene dos X, así que se amplifican, por eso las mujeres saben hacer cosas de mujeres, como lavar, limpiar, cocinar, cosas de esas.

– Thunder, nunca he tomado una sartén en mi vida.
– Aprenderás rápido. Esta en tus genes.

El fortachón los deja finalmente solos, sin darle oportunidad a ella para discutir. Los niños volvieron a ver su maltrecho planeta, incendiándose como la cabeza de un fósforo. En su noche, la superficie llameante brillaba con más brío. Podía verse una que otra nave escapando de allí, encaminarse a los otros dos planetas vecinos, absorbidos por la distancia. Ranchi pensó en un momento en las personas a bordo de esas naves, embarcadas en un nuevo Éxodo, abandonando el fantasma de la Amada Tierra. Una vida nueva, para todos. Eso era algo bueno.

<< El mundo entero arderá >>

– Hermanita…
– ¿Si?
– ¿En realidad te encuentras bien?
– Si. – Ranchi cambió el canal, y el holovisor volvió a emitir imágenes tridimensionales de un programa de variedades colorido y escandaloso. – ¿Crees que nos dejen quedarnos?
– Se que lo harán.
– ¿Por qué estás tan seguro?

El niño contestó con alegría.

– ¡Soy un genio!

Un par de horas más tarde, justo cuando Ranchi y Derek descongelaban carne en el microondas, Thunder se aseguró de que nadie lo siguiese y entró a su propia habitación. Dentro del desorden monstruoso imperante, localizó la cama, se lanzó sobre ella, y buscó bajo el colchón. Sacó un estuche de discos, aquél que Ranchi les entregó días antes, abriéndolo con emoción. Tomando de guía un trozo de cable amarillo con bordes abiertos, puesto entre las páginas, descubrió hasta ese momento, que faltaban seis discos.

– ¡Carajo! ¡¡Supersoldado!!

Alex estaba en otra área, donde tenían varias computadoras. Lo especial era la conexión directa a la red galáctica de información: Net. Tenía en ese momento dos terminales encendidas, pero al parecer no encontraba aquellos que buscaba afanosamente en su tecleo frenético. La dificultad fue resuelta cuando Thunder entró por la puerta con su lata de cerveza en la mano izquierda y un disco negro en la derecha.

– Cuanto a que los códigos no entran. – le acercó el disco a Alex – Faltan las contraseñas.

Alex gruñó e insertó el disco en una ranura de su computadora.

– No puedo creer que Timlar almacenara información en estas reliquias.
– Recuerda que en Nueva Standford Segunda se hubiese visto muy raro con esas memorias de silex ultradelgadas. Debía adaptarse a lo que tenía.
– Pero discos…
– Deja de quejarte. ¿Confirmaste tus sospechas?
– El niño copió los números bancarios de Timlar y su gente. Las contraseñas y saldos aproximados. Son tres juegos de contraseñas por un número, por lo que se trata de mucho dinero.
– ¿Cuánto?
– Me llevará tiempo vaciarlas todas. El maldito fragmentó todo su capital en cientos de cuentas.
– Pero son de tres contraseñas, compadre. Ya sabes, una contraseña si es menor de cien mil créditos, dos, si es mas de cien mil, y menos de quinientos mil, y las de tres…
– Mas de quinientos mil hasta los diez millones, exceptuando las de cuatro y cinco contraseñas, obviamente mejores, pero no creo que Timlar metiera tanto dinero en un solo banco. Repito, me llevará tiempo. Posiblemente muchas estén vacías.
– Oye, y ¿si lo que sacamos de estas cuentas salda la deuda de los principitos?
– ¿Los niños Bates? ¿Por qué lo preguntas?
– Digo, nos habrán pagado sin saberlo. La recompensa estaría saldada.
– No me hagas decirte de nuevo que tardaré comprobando…
– Ese no es mi punto.
Alex se entretuvo momentáneamente pasando datos mediante la interfaz holográfica. Tocaba una pantalla con el dedo, y arrastraba una secuencia de números, mirándose en tercera dimensión al pasar por el aire, y luego los colocaba en la segunda pantalla, pegándolos con un golpecito en el renglón vacío. No funcionaba a la perfección porque el proyector parpadeaba y unos números caían, pero las computadoras hacían su mejor esfuerzo. Al fin, respondió.
– Me da pánico imaginar lo que pasaría si la chica anduviese sola, sin vigilancia, en un mundo indefenso. Viste lo que hizo. Esas habilidades parecen, además de inexplicables y espeluznantes, listas para salirse de control. Podría causar muchas más catástrofes de las ocurridas ahora. Dañar no tan solo a los demás, sino a ella misma.
– Yo pensaba en el chiquillo – dijo Thunder – Lo que fue capaz de crear, engañado por un fanático traicionero. Alguien podría aprovecharse de su genialidad, engatusándolo, obligarlo a hacer algo rajadamente peligroso, como una mega bomba, un arma que fría planetas… que se yo. Él es el genio. También necesitaría vigilancia, tenerlo bajo cuidado.
– Ranchi es más vulnerable que Derek. Detecté algo, en su interior, algo que no domina del todo. Una especie de… – y agregó, como queriendo involucrar a Thunder en sus propias desiciones – Viste lo que hizo.
– Entonces nos los quedamos. Ni una sílaba de las cuentas millonarias secretas de Maxie, ¿entendido?
Alex retornó a las pantallas, acomodando ese revoltijo de información antes de intentar buscar en Bussines-net los bancos correspondientes

.
– Considerando – dijo, sin mirar a su colega – que deseen quedarse.

Thunder estaba retirándose, compactando la lata vacía en su musculosa mano.

– Relájate. La chica no se irá.
Le sonríe pícaramente a Alex, aunque éste no lo ve. Pero capta la intención.

(concluirá…)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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