Mamá, ¿porqué estás triste?

– Mamá, ¿porqué estás triste?

– No estoy triste, cielo

Momentos antes, había prendido la computadora, y la luz de la pantalla lastimó mis ojos llorosos e irritados. Poseída por una densa melancolía, tenía inspiración para escribir. Entré a mi blog, revisé las estadísticas, prefigurando el título, y el esbozo de los primeros párrafos en mi mente. Los temas previstos eran amor no correspondido, vacío existencial, apatía o el infierno en la cáscara de una nuez. Aún no lo decidía.

– Tienes los ojos rojos, ¿estabas llorando?

– Solo me arden, nada más.

“Los trozos de mi vida quedaron desperdigados en el instante en que la realidad alcanzó mis sueños juveniles de amor e independencia, colocándoles la pesada e ineludible cadena de la culpa y responsabilidad. Ser madre, ser padre, serlo todo y más que todo, para un ser inocente, puro. Darle la espalda a eso era abandonar a ese ser al mundo voraz. Sin embargo ¿Mis deseos? ¿Y el antídoto a mi soledad?”

– ¿Segura que no estás triste?

– No, mi cielo, no lo estoy.

Froto los restos de lágrima contra mis párpados hinchados, levantando mis anteojos. Respiro hondo. Modulo mi voz hasta sonar relajada, consiguiendo que deje de vibrar. Lo miro ahí parado. con cara de preocupación. Los niños se aterran cuando ven llorar a sus madres.

– Estoy bien, chiqui. ¿Querías algo?

– Tengo sed.

Dejo el escritorio, voy al refrigerador, sirvo un poco de jugo en un vaso y le agrego agua tibia. Regreso, y él sigue ahí.

– Toma

– ¿Que estás haciendo?

– Checaba unas cosas.

“¿Porqué a unas mujeres les tocan las rosas y los galanes con serenata? ¿Porque yo tengo que luchar por todo? ¿Pagar con sacrificios cada gota arrancada de alegría? Con las noches con el universo cayendo sobre mis hombros…”

– Mamá.

– ¿Si?

– ¿En serio que no estás triste? Parece que estas llorando.

– Estoy bien. Si ya te acabaste el jugo, deja el vaso en el lavadero.

Corre, con esa energía característica de su edad. Aprovecho para respirar aún más profundo, volviéndome a secar los ojos con la manga de la camisa. Al volver, se coloca a mi lado.

– ¿Ya acabaste de checar tus cosas?

– Falta poco, casi termino.

– Es que quería jugar en la compu contigo.

– Dame unos minutos, tráete una silla.

Veo que no podré escribir el ensayo, porque él arrastra una silla enorme y debo ayudarlo para incrustarla en el pequeño espacio restante entre mi escritorio y el archivero. Él se sienta y espera.

“Lo único que puedo hacer ahora es escoger los mejores trozos de mi vida, los más brillantes, lo más aromáticos, los de mejor sabor, y tratar de armar algo que no se desmorone con mis suspiros. Intentar embonar cada astilla, cada esquirla, con la argamasa del tiempo. Aceptar que el mundo esta hecho de caretas, amigos falsos, trabajos desagradables, amantes fríos. Un lugar en donde debo aceptar que las personas somos humos efímeros en un perpetuo anochecer. Risas hipócritas y caricias ruines…”

– Mamá, ¿ya acabaste ahora?

– Estoy cerrando sesión. ¿Quieres jugar “Nitrome must die?

– ¡Siiii! ¿Que es eso – señala uno de los artículos de mi blog “Apocalipsis zombie” – ¡Quiero ver!

– Tiene imágenes feas.

– Solo tantito.

Hojeamos el artículo rápidamente.

– ¿Tú escribiste todo eso? – dice él

– Si.

– Se ve bonito.

Cierro sesión en una red social.

– Quiero ver ese vídeo – dice él. – ¡Es Batman contra Darth Vader!

– Esta bien, chiqui.

El vídeo solo dura 5:20 minutos, o algo así,y  él lo disfruta, aunque le explico algunas cosas, como que es un vídeo de broma con tipos que usan disfraces de convención de cómics. Su último comentario, al final, es:

– Ah… yo quería que ganara Batman.

Una sonrisa nacida de alguna remota grieta de mi alma aflora a mi rostro.

– ¿Empiezas a jugar mientras me hago un café?

– Si, mamá.

Usa la computadora con demasiada confianza para su edad. Una cafetera preparada me espera en la cocina, aromatizando el ambiente de mi casa. Mientras me sirvo café con leche en polvo y azúcar, oigo a mis padres conversar.

Llueve.

– Regresé.

– Puse el nivel en pausa.

El juego es una explosión preepiléptica de colores y disparos tipo caricatura contra robots y pulpos de goma. En algún momento, mientras el microscópico avatar de mi personaje sale volando al accionar un arma que lanza tostadas quemadas, un ataque espontáneo de risa nos llega a los dos. Yo río. Y él se ríe, de verme reír.

“Si la realidad en una ilusión, ¿porque habría de preocuparme? Terminará con un punto al final de un párrafo, con el arrugar de una carta vieja, con el evitar incómodo de miradas, con el silencio, con el olvido. Y seré más poderosa, porque seré la soñadora del mundo. Y cuando me aburra, despertaré. Porque todo y todos aquellos que me lastiman, solo solo ideas, y las ideas no dejan huella en una mente que no desea albergarlas. Despertaré y el mundo se esfumará. Y yo existiré.”

Él me mira. Presiento su intención de preguntar algo, pero sigue jugando. Quizás desea preguntar: “mamá, ¿ya no estás triste?”. Pero él sabe – y yo se que sabe – que cuando mamá tiene en la mano una taza de ese café oloroso y amargo, es que ella empieza a sentirse mejor.

Al tiempo en que me voy al sillón a escribir estas palabras en papel, lo oigo y veo jugar, entrar en ese mundo donde él tiene el absoluto poder, la imaginación suprema.

– Mamá, ¿que estás escribiendo?

– Cosas, cielo.

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