Haha (parte III)

(continúa…)

Ella y su asistente se retiraron, dejando al cuerpo de policía continuar con las investigaciones. Montoya tomó notas, al tiempo que Bullock encendió un cigarrillo.
– Ve este desastre – dijo, después de jalar una generosa bocanada – y aún se enfada de que la nombremos Butcher.

VII. La realidad de las cosas.
El coche corría erráticamente por las calles nocturnas de Gotham, ignorando las leyes de tránsito. Su conductora estaba ensangrentada, con el vestido rasgado, al borde de un colapso nervioso. El maquillaje corrido nos contaba acerca de llanto y gritos. Una cortada en abdomen y muslo izquierdo decía que se estrujó a través de una ventana estrecha, para salvar la vida. El coche frenó de golpe frente al edificio de apartamentos, la mujer se lanzó por la portezuela, dejada a medio cerrar y corrió, descalza, pues perdió las zapatillas hace horas, por la acera y hacia el interior, sin detenerse por las heridas en los talones, causadas por caminar sobre vidrios rotos. La adrenalina anulaba el dolor y le imprimía velocidad. Subió las escaleras y abrió con ansiedad el departamento, usando la llave escondida en un basurero del pasillo. Tras azotar con pánico la puerta, apoyó su espalda en ella, concentrándose en respirar.
Fue cuando se percató de la luz prendida en la cocina, y el agua corriente de la ducha.
Sigilosamente, investigó primero en la cocina. Bastantes cuchillos estaban remojándose en el fregadero. El agua jabonosa era roja intensa. Trozos de piel y grasa flotaban en ese caldo bermejo. Moviéndose en reversa, hacia la salida, cubriéndose la boca para no emitir ningún tipo de sonido, regresaba a la salida. Sin embargo, azotó la puerta muy fuerte.
– Hola, Ivana.
Dunia lucía recién bañada, vestida ligeramente con camiseta holgada y shorts, también descalza. El aliento lo tenía de dentífrico mentolado. Era la representación de una tranquilidad sosegada, la cual cubría sangrientas tormentas.
Ivana dejó salir un chillido y trató de huir, sin resultado, pues Dunia la sometió hábil y fácilmente, derribándola, torciéndole la muñeca y el hombro, en dolorosos ángulos anómalos.
– ¿Cuánto?
Alcanzó a balbucear incoherencias. Dunia giró la muñeca un poquito más.
– ¿Cuánto?
– Mil dólares. ¡Mil dólares!
– ¿Dónde?
– ¡Debajo de la cama! ¡Hay una caja de seguridad!
Arrastró a la prostituta hasta la habitación, donde Dunia la obligó a abrir la caja. Temblorosa, Ivana giró el seguro hasta dar con la combinación. Sacó casi 600,000 dólares.
– Bien.
– ¡Déjame ir! – Suplicó Ivana – ¡Déjame ir! ¡Es tuyo! ¡Consérvalo todo!
La voz de Dunia, fría y monocromática, hería tanto como sus navajas.
– Eres una perra.
Ivana insistió en liberarse de Dunia. Rogó, retorció, lloró. Sin fortuna.
– Por favor, por favor, no diré nada, a nadie. ¡Desapareceré! ¡Me voy lejos! ¡Dejaré Gotham!
– Cállate.
Dunia la abofeteó.
– Las perras no sirven para comer – dijo Dunia – pero pueden olfatear presas, si son entrenadas. Conoces a los del negocio, así que a ellos me llevarás.
El rostro embarrado de Ivana perdió los pocos colores que retenía, palideciendo más allá de lo creíble.
– No, no, no, estás… ellos… uno no se mete con ellos… causarás una guerra… ¡Van a matarme!
– Por supuesto. Lo harán rápido, quizás de forma menos dolorosa y más limpia que yo. Así que eso sería lo mejor para ti. Porque yo te mantendré viva y consciente, mientras hables. Cada que te niegues, o me mientas, obtendrás un castigo. Un castigo doloroso.
Tomó a Ivana del cuello, hasta que su rostro estuvo a la altura suficiente para recibir un puñetazo brutal. Sus labios, antes sensuales, quedaron reducidos a pulpa chorreante.
– Hoy duermes en el baño.
La encerró junto a la tina de agua sucia, con los despojos de la ropa de Dunia. En la mañana, Ivana se enjuagó la cara hinchada en el lavamanos, llorosa, aterrorizada, antes de que su nueva dueña le pasara prendas nuevas y un ungüento para las heridas. A modo de desayuno, recibió un cuenco de agua potable y un tazón de galletas para perro.

VIII. Monólogo
Para la anciana señora Akutagawa, la noche no tenía horas. Iniciaba cuando el sol se escondía completamente, y terminaba cuando su luminosidad pasaba por las ventanas. La noche era, entonces, un vasto período, de informe e ingobernable oscuridad.
En esta noche, amenizada por los ruidos citadinos y el aroma del té, Mei, la abuela Mei, escribía un intrincado análisis psicopatológico de Dunia Raskólnikof. Interpoló datos de una colosal cantidad de expedientes psiquiátricos, entrevistas médicas, estudios criminalísticos, evidencias físicas, y cualquier dato últil para armar el rompecabezas de su teoría, aún cuando ésta, vista desde arriba, era bastante elemental: a Dunia, la enfermaba Gotham.
Una cortina ondeó con violencia. La anciana dejó el escritorio y fue, tomándose su tiempo, a cerrarla.
– ¿Estas ahí?
Respuesta inexistente. La anciana tocó un botón de su reloj de pulsera.
– Seas tú o no, quiero confiarte algo. Asegurarme de que no malinterpretes mis intenciones. Siempre la he visto como paciente. Desde que la trajiste desnuda, envuelta en un mantel, con las uñas y el cabello ensangrentados, la he vuelto mi paciente. Lo admito con vergüenza profesional, ella es una de mis grandes fracasos. Fui incapaz de sanarla antes de que la soltaran. Sí, debí luchar más contra el consejo médico, declararla enferma intratable, encerrarla con camisa de fuerza encadenada y doble dosis de somníferos. Lamentablemente, creí de manera ingenua que Dunia estaba a un paso de recuperarse. Lucía tan dulce, tan inocente… tan sana. Eso era lo que los psiquiatras ansiábamos ver. Deseábamos declararla cuerda para deshacernos de ella, para ignorarla, aún cuando eso significó cerrar los ojos ante su mente profundamente enferma.
El sillón recibió a la anciana. La cortina continuó sacudiéndose.
– ¿Qué pasará cuando sea aprehendida por la policía?
El estudio permanecía en penumbra, suavemente iluminado por la lámpara de escritorio en el escritorio de la psiquiatra. Al fondo, la voz de Gotham.
– La persecución, el circo, el juicio, el patíbulo, la ejecución, los abogados, Arkham. En Arkham la tratarán de nuevo, sin embargo, ahora, con mi ausencia, ¿bajo que tratamiento será sometida? La declararán sana, lo sé, sana, únicamente para desocupar una habitación del abarrotado asilo. La sacarán a Gotham. Y volverá a matar. Ése ha sido el problema. Mi diagnóstico no puede ser más claro. El tratamiento, también. Sacarla de aquí, llevarla a otro sitio, en un espacio donde iniciar el largo y tortuoso camino a la cordura.
Tomó una pausa. Observó su acuario, donde los peces tropicales asiáticos dormitaban sobre la arena.
– No trato de encubrir crímenes o ayudar en el escape de una asesina. Otros pacientes previos, en mi vida profesional, han lidiado con alucinaciones, manías, fetiches, obsesiones. Mi paciente mata personas. Es lamentable, cierto, pero no me corresponde juzgar esas muertes o dolerme por las familias. Debo curar al paciente, es decir, apartarlo del asesinato. Lo que nos lleva a mi teoría, alejar a Dunia de la influencia de esta tenebrosa y maligna ciudad. Ignoro si funcione. Pero dejarla en Arkham es impensable. El nuevo director esta ahí por influencias políticas, no le interesa el bienestar de los pacientes, solo piensa en presupuestos, drogas experimentales potentes, regresar a las lobotomías y electroshocks… No se molestaría en…
La doctora Akutagawa cubrió su rostro con las manos moteadas de manchas seniles, inclinándose en un espasmo de aflicción.
– ¿Qué será de mi pobre Dunia? Ya no estaré allí para cuidarla.
La cortina ondeó con violencia. Al fondo, la voz de Gotham.

(continuará…)

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