Haha (parte II)

(continúa…)

Durante el viaje en automóvil, la doctora, sentada en la parte trasera, acercó a su boca el reloj de pulsera, para hablar a voz media.

– Edificio Odessa, en el barrio ruso. Una muy buena pista, ¿no crees? A ti también te aconsejaría que dejes esta ciudad. Pero no lo harías aunque quisieras con toda tu alma. Tú, psiquiatras, locura, son el espíritu de Gotham.

IV. En la lavandería.

Existen personas sin brújula moral. No son malvadas, o benévolas, porque ellas no pertenecen a ninguna de estas clasificaciones. Viven siguiendo acción- reacción, deseo-repulsión. Ivana necesitaba dinero para vivir, era una rubia atractiva, por lo que prostituirse era un buen negocio. Cada chica nueva que ingresara al negocio, serían mil billetes. E Ivana aceptó. En estos días, andaba buscando una chica completamente limpia. Cosa rara, en Gotham.

Estaba mordiéndome las uñas pensando en donde conseguirla, cuando vio salir a su vecina, solitaria y callada, como de costumbre, hacia su trabajo, en el restaurante. Ivana era hábil estudiando a las personas, y empezó por meterse a su departamento y revisar cuidadosamente todo. Buscaba lo usual, alcohol, drogas, fotos de hombres, anticonceptivos. Le extrañó descubrir que la habitación de su vecina tenía la limpieza de un hospital y la parquedad de una celda. Revisó la basura, y solo encontró empaques de comida y detergentes. Posteriormente, la siguió. Del restaurante a la casa, de la casa al supermercado, y de regreso a casa. Las únicas veces en que Ivana no podía observarla era durante su turno en el club nocturno, pero estaba segura de que la vecina dormía en esas ingratas horas.

Una vez, se aventuró a tocar su puerta, para pedirle café instantáneo. Su voz era suave, un murmullo, saliendo de una boca delicada y tímida. El pelo negro le caía como una capa y ocultaba su rostro, evitando todo contacto visual. Decir que se hicieron amigas era demasiado, pero al menos intercambiaron nombres.

Jueves por la mañana…

– ¡Buenos días!

– Hola, Ivana.

Otro evento, no planeado, en la lavandería del edificio.

– ¿Cómo has estado? ¿Sigues en el restaurante?

– Pues bien, todo normal. Hice horas extra, por eso he llegado tarde.

Entre el ruido de las máquinas, Ivana estaba lista para cerrar la red. Dijo, fingiendo desinterés, mientras metía una carga de ropa a la lavadora.

– ¿Has ido a alguna fiesta últimamente?

La vecina sacaba camisetas de la secadora, contestó sin mirada.

– No

– ¿Te gustaría ir a una? Es de productores de televisión, con artistas y todo eso. Mi amiga enfermó, y no tengo con quien ir. ¿Qué dices?

– Pues… hablar con gente no es lo mío.

– Salir un rato a pasarla bien no te hará daño. Vas a tener buena comida gratis y toda la bebida que quieras.

Inclinada, cargando de  nuevo la lavadora, dio su primera respuesta a la invitación.

– Gracias, pero…

De momento, una pausa abrupta. Abrupta como un abismo. Las manos sostenían aún los pantalones, el cuerpo congelado en ese instante. Se veía en la penumbra de sus ojos, el acto de pensar. Una idea colosal para siquiera ponerla en frases, ocupó su cerebro. La boca se movió en un par de palabras insonoras. Las cejas y párpados temblaron, indecisos. Miró a Ivana.

– Iré.

Ivana ya contaba con mil billetes en el bolso.

– ¿Te presto un vestido, Dunia?

V. Cerdo.

“¿Cómo demonios terminé aquí? Es demasiado oscuro, hay humo, está repleto de personas. Ni con una semana entera acabaría con todos. Muchas personas me ponen nerviosa. Ese horrible gordo no deja de observarme. Diablos, tengo sed, pero aquí hasta el agua de grifo tendrá drogas. Estoy conteniendo mis respiraciones tratando de evitar un exceso de esta peste en mis pulmones.”

El mejor escondite no es una cueva o una mina. Para evitar la atención del mundo, lo mejor es aparentar ser una ordinaria, incluso predecible y aburrida. Ser exactamente lo que el resto de la gente piensa encontrar al verte a la cara. Responder justo de la manera en que los demás esperan escucharte. Pocos ahondan en una persona normal. Así, los mayores horrores o los más preciosos milagros pueden existir entre la curiosa multitud. Justo como en esta ocasión, en que todos ven una oveja metida entre lobos, cuando en verdad es una carnicera, inspeccionando ganado en el rastro.

“Una noche desperdiciada. Nadie que valga la pena, solo ejecutivos presuntuosos con sus rameras de alta categoría. Artistas de poca monta. Mala suerte, Ivana no me trajo a una fiesta realmente buena. Ese maldito gordo no deja de seguirme. Diablos. Viene por mí.”

Una manaza alcanzó a Dunia en la nuca, ella resistió, pero recibió una bofetada que la hizo perder el equilibrio. El hombre obeso la tomó como una muñeca, y él la alzó con sus brazos. El resto de los convidados vio a la chica chillar mientras luchaba, ignorando la infructuosa defensa contra su captor antes de perderse, en las escaleras hacia los pisos superiores, sin interrumpir sus tragos.”

“¡Es fuerte! A pesar de una bola de grasa.”

El inmenso monstruo lanzó a la chica sobre la cama, abalanzándose sobre ella con los ojos enrojecidos, sujetando el cuello del vestido ceñido, arrancándolo de un tirón. No ve la piel de la chica. Estaba cubierta de cuchillos.

“¡Ja! ¡Imbécil!”

Un poco menos ebrio, se hubiese dado cuenta. El resto de las mujeres luchaban por mostrar su cuerpo, y esta chica traía un vestido largo de muñecas a tobillos, una chica que no bebía, ni bailaba, comía o siquiera reía. Una joven, en apariencia inocente, forrada de navajas, en medio de criminales, no podía ser más que Butcher.

– Sí que pareces un cerdo.

En un movimiento, Dunia sacó un cuchillo largo de su brazo, enterrándolo en las mejillas de su agresor. Una más salió de otro escondrijo en el cuerpo de Dunia y penetró la base muscular de las mandíbula, hasta chocar con el paladar. Con una patada se lo sacó de encima. El hombre trató de defenderse, y sacarse los cuchillos, sin embargo, Dunia estaba libre de movimientos, armada con un machete corto, antes hábilmente oculto en el interior de sus muslos. Él ha visto las noticias, las fotos – ¡trabaja en la televisión! – sabe que tratará de luchar contra ella, aunque será inútil, porque está encerrado con Butcher, quien está en perfecta forma, y el obeso, con la boca destrozada. Solo puede pensar en que terminase rápido.

Al parecer no fue así.

“¿Cómo será hacer filetes con él?”

VI. En las cenizas.

– ¡Ustedes quieren joderme!

– Harvey, por favor.

Lo peculiar de esta escena era adivinar cuál fue el único crimen que no se cometió allí. Aun no entraban los detectives al edificio, y ya estaban quebrándose la cabeza.

– Soy todo oídos, Ottis.

– Bullock. Señorita Montoya.

– ¿Tiene algo para nosotros, capitán?

– Qué no tengo.

El capitán de bomberos y los detectives observaban el edificio renegrido y aún humeante desde la acera de enfrente.

– Para empezar, las salidas de emergencia estaban cerradas, incluyendo la entrada principal.

– Este tipo de lugares no sigue los protocolos de seguridad.

– Estaban cerradas por dentro. Atrancadas con muebles, unas encadenadas. Alguien selló el edificio desde el interior y luego le prendió fuego.

Entraron los tres por una puerta de servicio lateral, abierta a hachazos. Había galones de gasolina destruidos.

– Encontramos restos de combustible, – narró el bombero – por todo el piso inferior, además de cajas de licor rotas. Si no fue provocado, me como mi casco.

Un hombre a medio carbonizar estaba recostado sobre la lujosa recepción.

– Sospecho que el guardia no estaba en condiciones de dar la alarma.

– ¿Por qué no me sorprende?

– En verdad no creo que haya inhabilitado todas las alarmas, solo evitó la llamada automática de emergencia a policía y bomberos. Con desactivar los elevadores y obstruir las escaleras en algunos pisos, tuvo suficiente para armar un infierno.

– Entonces, según tus deducciones, Otis, mataron al guardia, sellaron los pisos superiores e iniciaron el incendio. Adentro estaban tan ebrios y drogados que el edificio pudo haberse estado quemando por días y ni cuenta se hubiesen dado.

Los bomberos ya habían retirado los escombros y obstáculos en las escaleras. Así que subieron al piso principal.

– Santa Madre de Jesucristo.
Los asistentes del forense recogían pistas de las cenizas. Los paramédicos ya habían atendido a los escasos sobrevivientes, antes de enviarlos al Hospital General. El área misma, un caos inenarrable. Montoya pensaba en voz alta.

-Esto comenzó como una decadente fiesta de celebridades, los testigos aun no están en condiciones de declarar. Como si tuviesen mucho que decir.

– ¿Qué hacemos? ¿Contamos las cabezas y los cuerpos por separado, dejándole al tipo de la morgue el trabajo de emparejarlos?

Escucharon unas voces en japonés. La voz masculina, ahora en español, discutía con un oficial, mientras unos pausados pasos acompañados del “tok” de un bastón entraban al destrozado salón de fiestas.

– Detectives.

– Doctora Akutagawa.

– Señora – intervino Bullock – no tiene porque ver esto.

– Difiero. Si tengo.

Ya sea por no hacer enojar a la venerable anciana, o debido a la punzante mirada de su acompañante recién llegado al salón, Bullock, e incluida Montoya, aceptaron la presencia de la psiquiatra. Vagabundearon por los restos destruidos. Objetos superfluos hechos cenizas, los últimos cadáveres en ser recogidos se aferraban a sus rictus de desesperación y espanto.

– Espero que ésta haya sido una visita inútil, doctora. Aún no tengo claro porque sospecha de la intervención de Dunia en este crimen. Su modus operandi característico es inexistente.

– Reviso todos los crímenes serios en Gotham, detective Montoya.

El grito de Bullock sobresaltó a las damas.

– ¡Suban! ¡Encontré lo que busca la doctora!
Montoya y el joven asistieron a la psiquiatra con las intrincadas escaleras. El fuego no fue tan cruel en este piso, aún podían observarse los colores ahumados de tapices y alfombras. El llamado de Bullock emergió de una puerta manchada de sangre, vigilada por dos policías de caras verdosas.

– Oh, no.

En el buró izquierdo, descansaba la cabeza, sin ojos, sin lengua. La cama, empapada, era el mostrador, cubierta con todos los productos que un carnicero experto, con una variada colección de cuchillos afilados, podría obtener de una res de buena talla. Los huesos inútiles aguardaban en una esquina, para los perros. Cuatro jamones, colgados con la gracia de la improvisación, colgaban del techo. René percibió el estremecimiento de la doctora, pues aún la sostenía del brazo, tras atestiguar tras sus gafas las acciones de su paciente.

– Lo único claro para mi es que la señorita Raskólnikof – dijo Bullock haciendo énfasis en el apellido de Dunia, con el propósito de hacerle saber a la doctora Akutagawa que hacía caso de sus recomendaciones – rebanó a este como a un cerdo, y mata mafiosos como pollos.

La anciana psiquiatra permaneció silenciosa. La palabra “mafiosos” causó ideas reverberantes.

– Con su permiso.

Ella y su asistente se retiraron, dejando al cuerpo de policía continuar con las investigaciones. Montoya tomó notas, al tiempo que Bullock encendió un cigarrillo.

– Ve este desastre – dijo, después de jalar una generosa bocanada – y aún se enfada de que la nombremos Butcher.

(continuará…)

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