Haha (parte I)

I. Una joven

Lloró largo rato. Tenía cantidades inconmensurables de miedo, la cantidad suficiente para atormentar varias vidas. Se encontraba atada, vendada de ojos, y depositada en el suelo, justo como un animal aguardando turno al matadero, intentando producir más que gemidos de su boca amordazada. Giró y chocó con otro cuerpo, el cual se retorció y bufó de la misma manera que el suyo. La puerta crujió, mientras voces masculinas traían consigo pasos pesados.
– ¿Estas son?
Tres, dos que no pasaban de veinticinco y una de al menos cuarenta, aunque bastante atractiva, a pesar del rímel corrido y el pelo enmarañado.
– Las agarramos hace unas horas. Tenemos compradores para las chiquillas, nos falta colocar a la del vestido azul.
– Conozco a alguien. Voy a hacer una llamada.
Cuando los hombres salieron, las mujeres renovaron sus sollozos, con incrementada desesperación. Menos una de ellas, quien se contorsionó para liberar las piernas, a través del hueco de sus brazos, y colocar las manos al frente. Consiguió arrancarse la cinta de los labios, y dijo, mirando fríamente a las otras dos mujeres:
– Silencio.
Sacándose el zapato, alcanzó la navaja de barbero escondida allí. Consiguió liberarse en menos de un minuto, con esa habilidad dada por la práctica. Poseía otra navaja más, oculta en el borde de la chaqueta, además del largo cuchillo adherido al abdomen, oculto por la camisa de estambre que usaba.
A unos metros de ellas, los tratantes de blancas conversaban con cervezas en la mano, estómago y cerebro.
– Hay que desnudarlas para registrarlas bien. Nunca está de más.
– Les quité las carteras y los teléfonos. Y sabes que a Vanko no le gusta que jueguen con sus cosas.
– Serán suyas cuando pague por ellas, carajo.
– Ya sé que te traes. El rumor ese, de la chica demasiado demente para el asilo Arkham…
– Párale. Dime si lo que pasó en la bahía hace una semana fue solo un rumor. A que no, ¿cierto?
– Éstas son normales. Lucen normales.
Su compañero vació media cerveza de un trago.
– Si tu lo dices.
Butcher, la asesina, andaba en Gotham. Butcher, aquella quien te hacía masticar tus propios ojos. Butcher, cuyo disfraz era el de ser una víctima indefensa, sin descripción alguna, foto o rastro, porque todos los que pensaban tener a Butcher sometida, morían, y de formas aberrantes.
– No tardo
Cogió unas tijeras, y fue al cuarto a arrancarles la ropa a las futuras esclavas de dormitorio, con la intención de inspeccionarlas minuciosamente. Sin embargo, cuando abrió la puerta, solo vio a dos.
– ¡Maldi…!
Un frío arañaba el lado derecho de su garganta. Un murmullo le llegó por detrás de la cabeza.
– ¿Cuántos?
– Vete al carajo, perra loca. Tendrás…
Con precisión anatómica, el seno de esas arterias carótidas floreció y regó con sangre borboteante el pecho del hombre.
– Por la forma difícil, entonces.
Ella puso a una chica de rodillas, y le dio un golpecito en la nariz con la navaja ensangrentada.
– Grita.
Y la chica lo hizo. El completo terror estalló por su garganta, usando sus pulmones de combustible, e incluso los dos tratantes que continuaban embriagándose percibieron, muy a pesar de sus obnubilados sentidos, el espanto demoníaco que esa joven transmitía en el grito profundo de las entrañas. Ellos hacían gritar a las mujeres, en bastantes ocasiones, pero nunca con tanta fuerza, nunca con tanto espanto.
– ¿Qué diablos fue eso?
Cuando llegaron a ver, fueron arrastrados y derribados al interior del oscuro cuarto, con movimientos ágiles y salvajes, justo antes de azotar la puerta a sus espaldas. Ella estaba ahí, Butcher, con dos navajas en las manos ensangrentadas, esperando a hacer lo que más le reconfortaba hacer, cosa que escandalizaba a la policía de Gotham y a los clanes criminales del inframundo citadino.
Butcher estaba ahí, con la intención de arrancarles la cara y las lenguas.
Y lo hizo.

II. Escena del crimen.
– Que me jodan.
– Repetiste eso cincuenta y ocho veces ayer, Harvey.
– Me escucharás diciéndolo todo el maldito día, Renee, así que acostúmbrate.
La detective Montoya dejó de poner atención a su compañero y esquivó a los paramédicos que sacaban a las mujeres encamilladas. Preguntó, solo por preguntar, sabía de antemano que Harvey no le daría una respuesta profesional.
– ¿Dijeron algo las testigos?
– Una declaró que se volverá adicta a los sedantes, y la otra asegura que nunca pondrá un pie fuera de su habitación el resto de su vida.
Montoya miró analíticamente la escena del crimen. Musitó, antes de exhalar.
– Yo tampoco lo haría.
El olor de la sangre y la carne se habían impregnado a los tapices, las pesadas cortinas negras, incluso a la madera de los pocos muebles. La piel por un lado, limpia y tensa, sostenida por clavos. – “¿De dónde los consiguió?” pensó Montoya, mientras la escena le recordaba a esas fotos viejas del taller de un taxonomista o peletero rural – Los órganos, por otro, clasificados, revueltos en cuestión de víctimas, pero agrupados según sus características nutrimentales – “Hígados. Algo se trae con los hígados.” – y los huesos, separados por longitud y grosor. Como novedad, las cabezas son fáciles de encontrar, aunque sin piel facial, pero identificables por los dientes.
– ¿Qué hay en los baldes?
– Ya lo sabes, aunque te daré una pista. Asado familiar.
– Ugh.
– Cortes gruesos, perfectos para brochetas o estofado.
– Cierra la boca, Harvey.
– Las chicas lo vieron todo.
Fue el primer estremecimiento que tuvo Montoya desde que entró a la habitación.
– ¡Dios…!
– Ella no las sacó del cuarto. Sospecho que tenía prisa. Esto lleva tiempo, ¿Cuánto fue esta vez? ¿Ocho horas? ¿Diez? ¿Incluso cinco? Debía moverse rápido, antes de que los mastodontes de Vanko vinieran por las mujeres. Si durante el descuartizamiento obtuvo información de estos proxenetas, no podremos saberlo. Las testigos se desconectaron de la realidad cuando empezó a despellejar vivo al primero.
– Así que trabajaban para el traficante estrella del distrito sur, Vanko Smolensko.
– Uno de ellos era Tim Alexander, “Little Tim”.
– ¿Ya lo identificó el forense?
– Vi su cartera. Como te decía, Little Tim y sus esbirros secuentraban mujeres limpias para renovar el personal de los prostíbulos de Vanko, quien a veces inspeccionaba la mercancía en persona antes de llevarlas a los burdeles. Hemos agarrado a varios compinches suyos, pero nunca le pudimos poner la mano encima.
Un patrullero entra temerosamente. Lleva un paquete de donas y dos vasos térmicos de café.
– De…tectives… Sr. Bullock, sin jalea…
– Gracias chico.
– ¿Tengo que quedarme? – preguntó el patrullero atemorizado.
– No, piérdete.
Y el joven patrullero deja a Bullock ofreciéndole a Montoya uno de los vasos de café y una dona de la caja.
– ¿Cómo diablos puedes comer en esta escena del crimen? – preguntó la detective, al aceptar el café.
– Hambre y una insensibilidad a las tripas. – respondió metiéndose media dona glaseada a la boca – Te recomiendo que la vayas desarrollando, porque si Butcher…
Era una voz de anciana la que se oyó a sus espaldas. Una voz con el timbre del tiempo, la autoridad, y el conocimiento.
– Detectives.
Montoya giró sobresaltada y la dona de Bullock se quedó a medio trayecto de la orofaringe.
– Disculpen la intromisión. Soy la doctora Mei Akutagawa, psiquiatra asignada a la señorita Raskólnikof durante mi estadía laboral en el asilo Arkham. Les suplico que nunca, al menos durante mi presencia, utilicen el aberrante y groseramente inculto apelativo que los amarillistas medios informativos de Gotham le han adjudicado a mi paciente.
La doctora estaba acompañada de un joven, japonés como ella, quizás su médico asistente, o incluso un familiar.
– Me ha llamado el comisionado Gordon para asistirlos en el caso, por si se preguntan el motivo de mi presencia.
Señaló las cabezas cortadas a menos de medio metro de sus pies, con la punta de su bastón.
– Sin cara, no hay persona, no hay identidad. Dunia le dijo a estos criminales, “ustedes son carne, huesos, músculos, animales”. ¿Y no es inquietante, ver el cráneo embarrado de sangre y trozos de piel, aún retorciéndose?
Retirándose, dedicó una mirada a la piel clavada en las paredes.
– La señorita Raskólnikof no es una de esos villanos vulgares que usan disfraces temáticos para presumir el único e insignificante trauma que los exime de ser ladrones o asesinos corrientes, villanos a los cuales ustedes están acostumbrados a capturar y lanzar de cabeza al manicomio, como si fueses fenómenos escalofriantes.
La doctora se retiró con ayuda de su joven asistente, haciendo un alto, al lado del detective Bullock.
– Ella necesita ayuda psiquiátrica. Su mente está enferma. Y entre más la llamemos Dunia Raskólnikof, y no… – la anciana se agitó con un genuino espasmo de asco. – será lo mejor. Por ende, para todos nosotros. Con respecto a las caras de las víctimas…
Montoya y Bullock permanecían a la expectativa. Ella sin moverse y él sin tragar el bocado de dona que casi lo asfixia.
– Busquen en los tractos digestivos. Probablemente les forzó a deglutirlas. Buenas tardes.
El tenso silencio dejado a la partida de la doctora Akutagawa fue interrumpido por el tronido que surgió de la garganta de Bullock. Finalmente la dona prosiguió su camino.
– Cielos…
– Si.
– Afortunadamente no leyó mis reportes.
– ¿Porqué, Harvey?
– Yo la llamo Butcher todo el tiempo.

III. Evaluación psiquiátrica.

La entrevista fue realizada en la habitación de Allison, apropiada para una niña de doce años, no para una joven egresada de la Facultad de Economía.

“Es más vieja que mi abuela” pensaba Allison, quien, para protegerse del mundo, se había arropado permanentemente con un edredón de estampado infantil, dejando solo un atisbo de su rostro y cabello al exterior. “¿Qué hace ella aquí?” se preguntó “¿Porqué no pueden dejarme tranquila?”

– Hueles bien – dijo la doctora – ¿Rosas con un toque cítrico?

– El hecho de que no deje mi habitación – respondió Allison a la defensiva – no significa que no me duche. Papá y mamá me dejan estar aquí todo el tiempo. Están todas mis cosas. ¿Usted cree que volveré allá afuera después de…? – la joven tiembla – Es horrible allá afuera. No volveré. Seré tan vieja como usted aquí adentro y moriré.

La doctora se levantó y tomó una muñeca depositada sobre la cama. Observándola con curiosidad, lanza palabras sin intención.

– Sayonara zetsubou sensei.

– ¿Qué dice?

– Es un anime que veía mi nieto. ¿Sabes lo que es anime?

– Sí, si se. Me gusta.

– Perfecto. En la serie que te mencioné, había un episodio que me recordó a ti. Una chica que nunca quería salir de su habitación. Sin embargo no importó, porque tomaba clases por Internet.

– La mandó llamar mi papá, ¿cierto, doctora Aku… Atu…? ¿Cómo se pronuncia su nombre?

– Akutagawa. Llámame Mei. Estás equivocada, Allison querida, no, no me mandó llamar ninguno de tus padres. Vine a verte a ti. Personalmente.

La anciana doctora volvió a sentarse de cuclillas ante el edredón parlante, ofreciéndole la muñeca de trapo. Una mano brotó de entre los pliegues, tomó la muñeca y volvió a sumergirse entre la tela acolchada.

– Supo de mí por la policía. Quiere que le cuente lo que pasó.

– Es verdad, me gustaría oír tu versión. Sin embargo, estoy aquí por un amigo. A él también le gustaría saber lo que tienes que decir.

– ¿Su amigo es policía?

– No. Podríamos llamarlo otro paciente. Le gustan los efectos dramáticos, el color negro, salir por las noches y ponerle nombre a sus vehículos y a cuanto artilugio usa. Hasta tiene una señal luminosa sobre el techo de la estación de policía.

Allison muestra su cabeza, bajando el edredón a los hombros. Tiene los ojos azules abiertos a más no poder.

– ¿Lo conoce? ¿Lo ha visto? ¿Es real?

– Sí, a las tres preguntas. Él esta interesado en ti, Allison.

– ¿ÉL?

– En efecto.

– Pero tengo miedo. No quiero pensar en eso. Es feo.

– Puedes ser valiente. El único lugar a donde tienes que ir es a tu mente, a uno de tantos recuerdos archivados allí. Puedes ser valiente como él.

Allison repitió la última frase, haciendo resonar su voz en la concavidad de su cráneo.

– Ser valiente como él.

La doctora Akutagawa se reacomodó en su sitio.

– ¿Lista?

– Supongo. ¿Él lo sabrá todo?

– Iniciaré a grabar cuando tú lo indiques.

El edredón se sacudió, mientras Allison volvía a cubrirse la cabeza.

– Ya.

– Por tu madre, se que fuiste a cenar con tus amigas – la doctora encendió una pequeña grabadora digital que tenía en el bolsillo – y dejaste el centro comercial a las diez de la noche. ¿Qué pasó después?

– Bajé al estacionamiento, y caminé. Sentí que alguien me seguía y fui más rápido, ellos… ellos se echaron encima de mí… uno me tapó la boca y el otro sujetó mis brazos así…

En actitud infantil, Allison recreaba su secuestro. El edredón cayó de nuevo, dejando ver su rostro macilento, el pelo limpio pero desarreglado, y ojos extraviados en escalofriantes memorias.

– Me cargaron a una camioneta… oí el portazo y el arrancar del motor… otra persona lloraba como yo, sentía su cuerpo a mi lado… las dos llorabamos mucho… los hombres hablaban, eran groseros… decían chistes malos, insultos… Decían “con esta son tres…” “¿De donde tomaron a la primera?” “Afuera del edificio Odessa, en el barrio ruso, fue fácil, no gritó demasiado” Se reían, se reían…

La doctora intervino, para tranquilizar a la joven.

– Trata de eliminar esas palabras, y concentra los recuerdos en las sensaciones del ambiente.

– El viaje… nos cubrieron los ojos, sentía manos duras arrastrándome… estuvimos en el piso, no se… horas, horas… Después, nos revisaron… Ella, ella no había llorado, era rara… tan tranquila, y después…

Allison entró en una especia de ausencia. Movía sus manos mecánicamente, en secuencias alejadas de sus palabras temblorosas.

– Mamá me enseñó a limpiar un pollo antes de hornearlo. Mi mamá arranca la piel de un tirón – el lenguaje corporal ilustra las acciones narradas por la chica – mete la mano en el espacio debajo de la pechuga y saca las vísceras, raspa y raspa, hasta que no quede nada. Mami corta la cabeza y las patas, porque éstas no se comen. A veces, desencaja las alas del pollo, haciendo así – con un brusco movimiento de brazos y hombros ejemplifica el acto de tronar las articulaciones. – para que papá las pueda cortar. Cuando lo queremos entero, o lo corta en piezas. La carne de pollo es suavecita. A mí me gustan los muslos de pollo.

La doctora Akutagawa continuó.

– Así las encontró el detective Bullock.

Allison volvió a cubrirse la cabeza con el edredón. Sus manos vibraban.

– Te lo agradezco – comentó la doctora – me has dado una pista muy importante. Tu ayuda fue más útil que toda la policía. Quiero que reflexiones en esto cuando me vaya. ¿De acuerdo?

– Trataré.

– Estás viva

– ¿Cómo dice?

– Piénsalo. ¿y si no hubieses coincidido con Dunia, la chica que asesinó a tus secuestradores? Probablemente estarías en estos momentos atrapada en uno de los prostíbulos de la mafia. Entonces ¿Qué sería peor? ¿Un recuerdo terrible o una existencia terrible?

La anciana se levantó lentamente con ayuda de su bastón.

– Quizás presenciar esos homicidios fue lo que te liberó de un largo calvario. Estás aquí, en tu linda habitación, segura, bajo el amparo de tus padres. ¿Eso no te inspira una pizca de confianza?

– No.

– De acuerdo, si tu madre pregunta – la doctora se despidió con una sonrisa – dile que traté de hacerte salir de tu habitación. Estaba muy preocupada. Fue un gusto conocerte, Allison.

– Espere.

– ¿Si?

– Dígale a mi madre que, tal vez, en unas semanas, baje a la cocina.

– Cuando en algún momento, juntes la suficiente valentía y arrojo para acerarte a la puerta principal, hazte un  favor a ti misma.

– ¿Cuál?

– Deja esta maldita ciudad.

Durante el viaje en automóvil, la doctora, sentada en la parte trasera, acercó a su boca el reloj de pulsera, para hablar a voz media.

– Edificio Odessa, en el barrio ruso. Una muy buena pista, ¿no crees? A ti también te aconsejaría que dejes esta ciudad. Pero no lo harías aunque quisieras con toda tu alma. Tú, psiquiatras, locura, son el espíritu de Gotham.

(continuará…)

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