Doncella de Venganza (parte XIX)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa…)

El chofer corpulento y el joven de gafas amarillas entraron por la puerta de servicio, y descargaron varias cajas de la camioneta, uniéndose a otros compañeros suyos, que llegaron previamente a la mansión.

– Estamos listos. Tyrone se encargó de la electricidad, Adam de los teléfonos, con lo que trajiste, metimos todas.

– ¿Todas? – el joven se quita el gorro, peinando con la mano sus cabellos dorados, apartándose después las gafas – ¿los demás están en posición?

– Esperan tu orden. Dana ya aseguro el objetivo, y el resto de los hombres ocupan ya la mansión. Max, estamos listos.

Maximilian Timlar abre con un patada la caja de manteles frente a él, y saca un pesado revolver, del puñado de armas escondidas dentro. Verifica que este cargado.

– Cambiemos un mundo.

 

Noche.

Un estruendo saca a Ranchi de su inusualmente pacifico sueño. Extiende una mano sobre la cama para buscar a Derek con el tacto. No lo encuentra. La habitación esta obscura como fauces de lobo. A tientas, prende la lámpara de cabecera, pero no sirvió de mucho. La oscuridad provenía de afuera, absorbiendo la pequeña recamara de huéspedes. Un estruendo más, semejante a una pequeña explosión, llama su interés.

<< Eso no se oye como  una botella de champaña. >>

Habiendo escuchado desde su nacimiento el estallido del corcho al salir disparado de la boquilla, era capaz de identificarlo sin esfuerzo. Ranchi abandonó su último refugio para buscar a su hermano en una de las cocinas cercanas.

<< Ojala y Richard no lo haya atrapado. >>

Inesperadamente, la Mansión Bates permanecía callada, aún en penumbras. Los pasillos carecían de iluminación, y las voces exuberantes de la mañana y tarde se habían perdido.

<< Para ser una de las fiestas de mamá, le falta ambiente. >>

Esperaba chocar con un bullicio infernal, entre mas se acercaba a la cocina, pero no encontró a nadie, a pesar a pesar que las luces estaban encendidas. No había camareros entrando y saliendo, ayudantes o la voz del chef Schieving  vociferando contra los demás. Solo estaba la luz. A Ranchi no le dio buena espina la puerta entrecerrada y se asomó sigilosamente. Al principio, creyó que se trataba de otra alucinación, cerró los ojos, se palmeó la frente y volvió a abrirlos. Regreso un par de pasos después de cerrar la puerta, respiró profundamente y entro de nuevo. Llegó a pellizcarse un brazo. Era inútil. La visión no desaparecía.

– Es real.

<< Esta aquí. >>

Los cocineros y el chef estaban apilados unos uno sobre otro con la ropa blanca manchándose por el fluir de la sangre a través de los múltiples  agujeros de bala perforando sus cuerpos; la cocina tenía un aroma a pólvora, olía a tiroteo reciente. Detrás de la barra, habían abandonado los cadáveres de tres policías degollados. Su sangre se unía con la de los cocineros, formando una fuente en los pies de Ranchi. Atrás, frente a una despensa, varias mucamas yacían con los vestidos desgarrados y heridas por doquier. Una tenía el cuchillo asesino alojado en el pecho, clavándola a la pared. Ranchi se puso en rodillas en medio de esta pesadilla, metiendo las manos en el lago de sangre.

– Es real. Esta vez no lo estoy imaginado. Esta sucediendo.

<< Esta aquí. >>

Entre los brazos y piernas de los cadáveres de blanco, encuentra al mayordomo Richard, aun con esa expresión exclusiva del miedo incontrolable.

– Deja de quejarte. Fue rápido. El ojo estalló, no tuviste tiempo de gritar. Créeme te fue mejor que a ellas.  –  Y señaló a las mujeres amontonadas en el rincón.

Se irguió empapada en sangre, manchándose sin querer el rostro y el cabello.

Al dirigirse a la salida, vio un tentador cuchillo dentro del metálico lavamanos. Pero no lo tomó.

<< El horror, la sangre y el silencio. >>

<< Estoy en casa. >>

Percibió los primeros sonidos de la noche al acercarse a las puertas cerradas de la biblioteca. Gritos y disparos. Observó cautelosamente por una estrecha rendija. El refugio favorito de ella y Derek era ahora un pabellón de ejecuciones. Una veintena de rehenes, hombres y mujeres, colocados en hilera como una exhibición, retorciéndose y suplicando a través de sus mordazas. El terrorista, con tripié y luces, filmaba las ejecuciones poniendo a la víctima ante la cámara antes de dispararle en la sien, mientras decía su nombre y su cargo. Luego, sin piedad o ceremonia, lanzaban el cuerpo aún tibio en una esquina, encima de los anteriores infortunados. Quizás, lo más aterrador para los rehenes restantes, era saber que ellos serían los siguientes.

<< ¿Qué pretenden? >>

Ranchi conocía algunos de los aristócratas atrapados, principalmente políticos amigos de su padre. Varios, efectivamente, merecían la muerte, pero con un poco mas de dignidad.

– ¡De rodillas! – gritaba el comandante, quien manejaba la cámara, a un sudoroso hombre con el traje casimir arruinado – ¡Mira a la lente! – el ejecutor le arrancó la cinta sobre los labios y amenazó rápidamente con su pistola.

-Yo… no… no he hecho nada – balbuceaba el acusado tratando de no romper a llorar.

– ¡Di tu nombre! ¡Profesión y cargo!

– Marcus Swift. – sacudía las manos atadas a la espalda, pero el mercenario que lo sujetaba del cuello no le daba oportunidad a más – Egresado de la Universidad… diplomático… yo no he hecho nada.

– Diplomático. Un cargo muy productivo para la sociedad. ¿Qué hacías para su alteza Bates?

– Ocupaba… yo era… soy… por favor, no entiendo que quiere de mi… el Primer Ministro…

– ¡¡El Primer Ministro es un cerdo egoísta, manipulador y ególatra!! ¡Al igual ustedes, lacayos viviendo a costa de los colonos! ¿Eres aristócrata?

– Si – instantáneamente, el Sr. Swift se percató de su gravísimo error- ¡No! ¡No lo soy!

Cada palabra pronunciada por el comandante hervía de odio y desprecio. Al parecer sí creía en la causa.

– Por lo visto, estas orgulloso de tu historia. La mía dice, hasta donde yo se, que los colonos llegaron a este planeta, lo hicieron habitable y construyeron las ciudades con sudor y sus propias vidas. ¿Qué hacían los aristócratas? Mandar. Sentarse en sus tronos y exigir obediencia de los “no nacidos en la Tierra”. Los aristócratas devoran el trabajo de los colonos, envician con drogas y alcohol para mantenerlos tranquilos mientras haraganean, idolatrando la roca obsoleta  que continúan llamando Tierra. Aristócrata de mierda.

– ¡No! – gritó desesperado el próximo ejecutado -¡Nunca lo he sido! – Sin embargo, sus suplicas vueltas explicaciones eran inservibles.

– Por tu clase, y por pertenecer a la corte del corrupto Ministro Bates, tu condena – la pistola sobre la oreja del señor Swift presionó aún más – es la muerte.

Ranchi estaba a punto de tratar de detener ese asesinato sin sentido, siendo sorprendida justo en ese momento por una poderosa mano que le sujetó el suéter y la blusa por la espalda, elevándola como si fuese una cría de gato transportada a su nuevo nido. Empujó los batientes de la puerta con las narices, y, antes de poder zafarse, un vozarrón proveniente de un casco de motociclista  profirió en maldiciones, sacudiéndola como una muñeca de trapo.

– ¡Pelmazos! ¡La entrada sin vigilancia, miren la cosita que los espiaba! – y la agitó ante el resto de mercenarios, como si no fuese lo suficiente notoria.

– ¡Bájame bruto! ¡O juro que te voy a…! – gritó Ranchi, sin ser atendida por su captor, quien siguió con sus improperios.

– Mejor lo llevaré yo mismo con Timlar, zoquetes, porque son capaces de perderla de nuevo. ¿Dónde rajados de está?

– ¿Quién diablos eres tú? – el comandante olvidó de momento la ejecución, para acercarse a los recién llegados.

– Estoy con el escuadrón de Dana. H. Gordy. Me envió a echarles una mano.

– Dana no me comentó nada de eso.

– Te llamó por radio varias veces. Al ver que no respondías, vine a investigar.

Pero el comandante seguía sin tragárselo. Ranchi notó que el bruto la sujetaba con firmeza, casi protegiéndola con su poderoso brazo.

– No te creo.

– Ese es tu problema.

– Enséñame tu cara.

– Diablos, no. – el captor de Ranchi hizo sonar su casco con dos golpecitos del cañón de su gran revólver – He oído de sus gatillos inquietos siempre atinándole a las cabezas. Vi sus pequeños accidentes en Nueva Soho y, no gracias, aun quiero mis sesos adentro del cráneo.

– Estas haciendo que pierda la paciencia, imbécil.

– Y tú me estás retrasando. ¿O prefieres que te reporte a Timlar que no le entregaste a la niña Bates de inmediato?

– Seré yo quien la lleve al tercer piso, mientras tú…

– ¿Seguro que es el tercero? Dana menciono el segundo.

– ¡Tercer piso! – gritó endiablado el comandante – ¡Sala magna! ¡Estoy seguro idiota! ¡Entrégamela!

– Gracias malnacido. Es justo lo que necesitaba saber.

El grandulón dejó caer a Ranchi con un empujón hacía abajo, para obligarla a apoyar los codos y rodillas al piso, mientras el mandaba a volar al comandante unos tres metros de espaldas con un excelente gancho al hígado. Casi instantáneamente disparó con su inmensa arma en la mano derecha a los dos mercenarios que corrían a intentar llevarse a Ranchi. Solo necesitó girar sobre sí, manteniendo una pierna en su misma posición, para interceptar al tipo que iba directo a golpearle la nuca con el mango de su metralleta. La chica no alcanzó a ver en que momento desenfundó la escopeta de triple cañón, pero si cuando se la enterró en el abdomen, ensartándolo como una brocheta. Ni bien terminaba de morirse, cuando el grandulón  disparó con el arma metida en el cuerpo del mercenario derribando al último de ellos, quien los apuntaba desde el fondo de la biblioteca. Habían pasado poco más de un minuto, cuando mucho, y cuatro cadáveres más aparecieron en la escena. Desde la perspectiva de Ranchi, este hombre era un gigante.

– ¡Maldito embustero!

El comandante logra alzar medio cuerpo para dispararles. Ella levantó sin dudarlo la mano con la joya puesta y gritó:

– ¡NO!

Un pálido campo de fuerza detuvo las balas en el aire, haciéndolas remaches incandescentes. Dos miradas sorprendidas captaron esa aura protectora alrededor de Ranchi y el grandulón, pero solo una recobró la concentración cuando la delgada esfera azul se desvanecía después de detener la última bala fallida.

– Buena distracción, pequeña

El comandante cayo muerto por los disparos del gigante, sin tiempo a comprender lo que había sucedido. Ranchi lo veía exhalar por última vez, mientras éste luchaba por sacar su escopeta de entre las costillas donde estaba atascada.

– ¡Rajado pedazo de carne muerte! ¡Suelta mi arma! ¡Carajo! ¡Esta porquería me sofoca! – Con la mano libre se apartó el casco, y, ahí adentro estaba…

– ¡THUNDER! – Ranchi saltó de alegría y abrazó afectuosamente la pierna del cazarrecompensas, haciéndolo tambalearse ligeramente – ¡Creí que jamás te vería! ¡Estupendo! ¡Genial!

– Igualmente…- por fin zafó su escopeta y la sacudía de sangre y vísceras – ¡Ya suéltame! ¡Debería azotarte por pasear en la Mansión en estado de trance! ¿Qué te pasa?

– ¡Hey! Antes que nada ¿tú que haces en la Mansión?

– Timlar. No pongas esa cara, ya sabías eso. Logramos meternos en su organización apenas ayer. Vamos a cazarlo como a una rata, pero tú te vas a esconder muy bien, porque ese bastardo tiene a tu familia, y te quiere a ti para completar la colección.

– ¿Mi familia? ¿Derek está con ellos?

– Los sacrificará como pollos, para instaurar su utopía paradisíaca o alguna tontería similar. Está rabioso, buscándote hasta por debajo de las alfombras. Alex ya esta con tu hermano, pero de momento no puede hacer nada hasta que llegue a darle un empujón.

La alegría de Ranchi fue demasiado efímera. Cubrió su rostro con ambas manos, pensando desesperadamente “¿Qué voy a hacer ahora?”

– Cosa curiosa. – dijo Thunder

Ranchi entendió que se refería a la gema celeste enigmática en el dorso de la mano derecha. Se apenó y volvió a esconderla bajo la manga.

– Creía que no conocías tecnología extraterráquea.

– No es tecnología – ella cambio abruptamente el tema – Thunder ¿Sabes llegar a la Sala Magna?

– Eso espero

– Bueno. Si ya viste esto… – descubrió la gema – supongo que no habrá problema si ves esto otro.

Ranchi atravesó un portal hacía el mundo negativo que tenía a sus espaldas, y desapareció sin despedirse. Thunder arqueó las cejas.

– Una rajada súper heroína.

Cortó las cuerdas del Sr. Swift y lanzó la navaja al alcance de su mano.

– Va a tener que liberarse usted mismo, además de soltar a los demás. No tengo problemas en hacerlo yo, pero hay cosas que hacer. Por cierto, a la primera oportunidad, lárguense de aquí.

 

Maximiliam Timlar era partidario de la violencia. De la violencia con un fin. Estaba seguro de que lo arrebatado era lo ganado, de que si alguien vencía en una disputa, era porque estaba en lo correcto. Viajó de mundo en mundo para incitar rebeliones, guiar revoluciones y derrocar gobiernos. Si uno le preguntase el porqué de sus acciones, respondería diciendo que en las sociedades siempre deben de haber revueltas, y el fin último de los gobiernos es ser destruidos. Luego diría que su misión es despertar a los sumisos y alentar a los reprimidos. Obviamente, el no le confía a nadie su ilusión de ser nombrado máximo libertador y forjador de naciones, o el deseo oculto de regir un planeta sostenido en los hombros de sus seguidores. Por otro lado, revisando la ficha criminal de la Confederación de Sistemas, se encuentra una descripción de Maximiliam Timlar como un hombre obsesionado por el poder, cuya satisfacción se asienta en disponer de vidas y recursos, excusándose con motivos políticos. Pero es solo un ejercicio déspota de creación y destrucción, manipular a la humanidad para beneficio propio. Y los que lo conocen en persona, muy pocos, dirían que a Timlar simplemente le gusta matar personas.

(continuará…)

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