Goodbye, social networks…

Siempre he sido una persona solitaria. Me cuesta trabajo hablar con personas reales.

Con la popularización del internet, y los salones de chat, si alguien lo recuerda, me refiero a latinchat y páginas similares, muchos, como yo, creyeron que iba a ser más facil conocer gente, y no solo en tu restringida área geográfica, tenías la posibilidad de conseguir amigos de cualquier parte del mundo. Asi que por ahi encontré gente de España, Argentina, creo que hubo alguien de Ecuador o Paraguay. Sin embargo, observandolo con cuidado, esas personas no eran amigos, sino otros que tenia curiosidad de hablar con alguien de México. ¿Recuerdan una cosa rara llamada ICQ?

Después de las reiteradas presentaciones, la cosa se volvía aburrida rápidamente.

En especial porque solo hablabas. Y si de por si no tenías mucho de que hablar con personas reales, ¿cómo mantendrías una conversación con gente que no conocías en absoluto, sin verla ni oirla? La tecnología avanzó otro tanto y nos trajo el videochat. Adios privacidad. Debías peinarte y cambiarte la camiseta sucia para conversar a través de la computadora, después de resolver el problema de concordar en el horario. Muy semejante a platicar en carne y hueso, así de tedioso. Maldito Skype.

Lo atrayente de las redes sociales, como la primera en la que estuve, hi5.com, era que podías agregar “amigos” a diestra y siniestra, sin preocuparte por conocerlos. Ya tendrías tiempo para eso. Entre más atrayente fuese tu presentación, tu página de inicio, o tu muro, la popularidad aumentaba proporcionalmente. Era genial, al principio. Gente de todos lados mandando solicitudes de amistad.  Con ninguno podías tener una conversación de chat de más de cuatro líneas, pero, ¿que más daba? Lo divertido era ser popular, no conocer gente. Y mucho menos hacer amigos de verdad.

Usar Facebook por primera vez, fue adictivo y emocionante a la vez. Redescubrí a varios contactos de mis anteriores redes sociales, podía ver fotografías, temas, canciones, y lo mejor, compartir mi trabajo como escritora con otros autores, buscar editoriales, revistas para colaborar, páginas de cualquier tema que se me pegara la gana. Un mundo de información a la distancia de un click.

El problema es cuando al mundo no le interesa lo que tu tienes que decir.

Así las cosas, no tardé en descubrir la farsa. Todo se trata de las apariencias. De llamar la atención. De promoverte, o promover algo, para mantenerte por más tiempo en el muro de noticias recientes de conocidos que nunca se tomarán la molestia de mandarte un mensaje para verificar tu existencia.

Porque si eres normal, o una persona profunda que no puede ser identificada mediante una ojeada rápida de diez segundos a su página de información, pasarás totalente desapercibido.

Un día me percaté de que extrañaba las conversaciones.

Debo admitir que me persuadieron muy fácilmente de adquirir un smartphone. Creí que sería útil. Y lo fue, aunque era terriblemente atrayente. Redes sociales, Internet, mensajeria, incontable información disponible al tacto de mis dedos, la posibilidad permante de estar conectada a miles de personas en el mundo… y aún sin nadie para compartir un estado de ánimo. Ya no digamos un café.

No lamenté cuando ese trasto se descompuso. Arranque el cable de mi cerebro, y regresé al mundo fisico.

Mi twitter tiene tiempo que no lo checo. Uno tiene que poner un tweet cada veinte segundos para aparecer en algún lado. Con Facebook, a veces entro, principalmente para poner enlaces de mi blog, o alguna cosilla por ahí. Pero ya no tengo ánimos de ver los muros de los demás, con mi propia estupidez es suficiente. Desde hace años que nadie me envia correos.

Con gusto, veo que el tiempo dedicado antes a babasear en las redes sociales, lo ocupo para escribir, o para mis manualidades (ya terminé dos bufandas y voy por unos cojines), leer algo de la pila de libros pacientes en mi repisa, o quitarle el polvo a mis cómics.

Y, regresando al punto sobre hablar con gente… en este mundo de hipertecnología se esta perdiendo la magia de las palabras. El toque especial de una mirada, la actitud personal, los detalles como tocar la mano, ofrecer un dulce o acompañar a cruzar la calle. Eso es conocer a las personas, compartir cosas reales, crear recuerdos. Porque nunca, por más links de canciones, fotos, o páginas de internert compartidas, repito, eso nunca, sustituirá a ver a los ojos a esa persona que esta frente a ti y preguntarle como se siente.

En mi caso, ya lo conocía, pero nunca me había animado a hablarle. Mi timidez esquizoide, saben. Cierto que las redes sociales lubricaron un poco la relación (lo primero que recuerdo haberle dicho en el Facebook fue, más o menos, de que me caía bien porque cuando yo decía “Constantine”, él no pensaba en Keanu Reeves) pero desde los profundos abismos de mi corazón sabía que las cosas no debían hacerse ahí.

Así que viajé 25 minutos en camión urbano para ir a saludarlo, mas o menos cada dos o tres semanas. Y las cosas me han salido bastante bien desde ese entonces.

Anímense, hablen con gente. Sáquense el cable de la cabeza, apaguen el teléfono, sean egoístas con sus momentos especiales, a el mundo no le interesa lo que estan vistiendo o donde estan comiendo. Lean esto, y cuando terminen, apaguen la computadora, si no tienen nada mejor que hacer.

Dense tiempo para voltear a su alrededor, y preguntarle a la persona más cercana a ustedes: “Hola, ¿Que estás haciendo?”

Si todos lo hicieran, quien sabe, el mundo podría ser un poquito mejor.

telefonoadictos

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