Doncella de Venganza (parte XVII)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen ©
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

Esta obra se encuentra registrada y protegida por la Ley Federal del Derecho de Autor. Queda prohibida cualquier copia, imitación, o utilización sin previa autorización de su legítimo propietario.

(continúa…)

Séptimo día.

Mañana.

El silencio flota en la recámara de Ranchi, quien dejo la cama solo por reflejo. El despertador esta apagado y tiene que consultar la hora en su reloj de pulsera. Recuerda entonces la ajetreada noche anterior, y el tirarse a dormir sin cambiar la ropa en absoluto. Su boca sabia amarga, además de sentirse incómoda y olorosa.

– Necesito un baño

Trató de encender el radio o el reproductor de discos, sin éxito. No había electricidad.

<< Que raro. >>

Durante su larga ducha, desde las siete de la mañana hasta las ocho y media, el silencio continuó. Al cepillarse los dientes, tuvo un mal presentimiento. No era capaz de precisar a que se debía o las bases para esa sensación de fatalidad inminente. Pero algo cambiaría, algo resultaría mal. Se sentó frente al tocador a secarse el cabello, y, al hacerlo, veía sus objetos cotidianos con desazón. Exclamó espontáneamente, al acabar de usar el peine de nácar que le perteneció a su abuela:

-Hoy es el último día.

Repasó la cama, el ropero, los libros, sus únicos confidentes, el oso de felpa sonriendo encima de la colcha, y la familiaridad de su habitación liberó en el corazón de Ranchi una oleada de tristeza. Estaba despidiéndose de su único refugio, separándose de los objetos preciados, sus pequeños tesoros que le proporcionaban minúsculos fragmentos de felicidad. Estaba convencida de iniciar en ese momento un largo y tortuoso viaje, no hacia un lugar mejor, si no a un destino desconocido, un futuro que podría ser mucho peor que el presente. Algo acabaría ese día.

<< Es inevitable. Por fin lo entiendo. >>

Muy lentamente, cerró y guardo en el cajón su crema favorita. Al vestirse, acarició el único suéter que no aborrecía. Recorrió con los dedos los lomos de sus libros preferidos. Con lágrimas en los ojos, abrazó su oso de felpa.

<< Adiós. >>

Salió a desayunar. Al apagar la luz tras de sí, dedicó un último pensamiento a su amada habitación.

<< Ha llegado el último día. Lo perderé todo, finalmente. >>

A pesar de estar sentada la mesa junto a Derek, Ranchi esta exageradamente distraída. No siendo bastante el sentirse deprimida, poseía una barahúnda de voces  fragmentándole la mente, transformando al desayuno en una batalla campal por mantenerse lúcida. Alcanzó a oír como el mayordomo Richard explicaba a Derek los motivos del apagón general de la Mansión Bates, y que tardarían al menos cuatro horas en repararlo, pero nada más.

– ¿Ranchi… estás bien?

Se sorprende así misma tratando de comer sus panqueques, sin embargo es incapaz de ensartarlos en el tenedor. Derek tironeó de su brazo, haciendo que ella girara la cabeza hacia él, aunque sus ojos tardaran un poco más en hacerlo. Ver a su hermanito con gesto de asustado la ayuda a retomar el control de su cuerpo.

– ¿Estas bien?

– Me duele la cabeza

– ¿En serio? –  preguntó suspicazmente el niño – ¿Segura?

– La dichosa fiesta. Hay demasiada gente. Mamá andará seguramente por ahí, histérica, supervisando los detalles. Creo que no me apetece verla, al menos durante toda la mañana.

– Por desgracia – respondió Derek – es inevitable que asistamos ambos a la recepción.

<< Inevitable. >>

Ranchi agita la cabeza, sacudiendo vistosamente su cabello

– Por favor, no repitas esa palabra

– ¿Ine…?

– Esa

– ¿Por qué?

– Digamos que me saca de quicio

– De acuerdo. – continuó Derek, extrañado por esta nueva y excéntrica faceta de su hermana – Vamos a una habitación de huéspedes, en el ala este. Si nos movemos rápido, Richard nos perderá la pista y a mamá no se le ocurriría buscarnos ahí.

Decididos, dejaron las sillas y huyeron del comedor logrando esquivar a su carcelero. Una demencia cursi cubría la Mansión Bates. Personas de limpieza, encargados de los arreglos, técnicos colocando cámaras y detectores de metales, ayudantes de las cocinas organizando los víveres para la cena, mozos puliendo la cubertería de plata, limpiando las valiosas vajillas, floristas cerciorándose de que las delicadas y raras especies terráqueas permanecieran inmaculadas en sus jarrones. Y más allá, levantaban un templete para la orquesta de cámara, transportando con precaución extrema los instrumentos musicales. Con todo, esta horda tenía que arreglárselas sin electricidad, compitiendo por espacio contra una docena de ingenieros inspeccionando centímetro a centímetro de la instalación. Para colmo, cantidades anormales de reporteros husmeaban con cámaras y grabadoras, molestando a los trabajadores, especialmente al regimiento de policías, sobrepasado en número y actividad, ineficaz en mantener el orden en ese torbellino de personas ocupadas y malhumoradas.

– Por cada uno que consiguen identificar y registrar, diez acceden a la Mansión por la puerta principal sin problemas. – comentó Derek tratando de alegrar un poco a su hermana. El abrió la puerta de la habitación, y casi tirando de su mano, lleva a Ranchi al borde de la cama.

– Recuéstate.

– Estoy bien.

– ¿Tienes hambre? Casi no comiste en el desayuno. Espera, conseguiré algo sabroso. Vuelvo enseguida.

– Derek, en serio, no…

Pero el niño estaba ya cerrando la puerta al irse.

– ¡No tardo!

Así, Ranchi se encontró nuevamente sola. Se acostó en esa cama desconocida, abrazando la fría almohada, cuidando quedar de espaldas al espejo del tocador vacío. Hubiese dado lo que fuera por regresar solo una semana en el tiempo, cuando su mundo era sencillo, mamá, papá, cerrar la boca y esconderse, tratan de crecer y sobrevivir. A su debida hora, casarse con un patán ansioso de integrarse en la fortuna familiar, igual que su padre, para derrocharla sin vergüenza en vicios y mujeres. Ranchi, como su madre seguiría cerrando la boca, convenciéndose a sí misma de lo bien que estarían las cosas. Desgraciadamente, Ranchi había cambiado hace tan solo una semana. Ahora escuchaba las voces de los muertos. Empezó a llorar, con energía, con rabia, cubriendo su rostro con la almohada. Y el silencio de la soledad se rompió:

<< ¿Por qué estas llorando? >>

Ranchi respondió explosivamente.

– ¡Porque odio estar aquí! ¡Porque no quiero tener cadáveres hablándome a cada momento, pidiéndome hacer atrocidades! ¡Deseo ser normal! ¡Una chica normal!

<< Nunca lo hemos sido. Pensé que estaba claro. Nuestra concepción misma… >>

– ¡Cállate!

<< Somos extrañas, inusuales, pero podemos ser felices. Ser normal no significa siempre ser feliz. Nosotras podemos serlo. >>

– ¡CÁLLATE! ¿TU QUE SABES?

<< Yo soy tú. >>

– ¿En serio? – la chica estaba inflamada de ánimo destructivo, tenía que liberarlo, aun contra ella misma. – Entonces ¿Por qué me sermoneas? ¿No deberías sentir mi angustia?

De rodillas sobre la cama. Con los puños estrujando la colcha, gritaba. El reflejo suyo, por otro lado, no se enfadaba, ni decepcionaba, mucho menos alimentaba la discusión.

<< Aun no aceptas tu naturaleza. Por eso todavía puedes verme. >>

Ranchi dejó de mirar al espejo y volvió a recostarse. Los espíritus no la dejaban tranquila.

<< Esta vivo. >>

<< Libre. >>

<< Tienes que matarlo o nunca se detendrá. >>

<< Sádico. Enfermo. Animal. >>

<< Egoísta. Debe morir. >>

<< La venganza más grande. >>

– ¡Por todos los cielos! – se retorcía bajo la colcha – ¿De quien están hablando? Andrew esta muerto, deberían estar contentos.

Los recuerdos avanzaron como páginas de un libro. El secuestro, Andrew, el rayo, Alex y más precisamente, unas palabras de Alex. De pronto, lo resolvió. Tuvo la impresión de que le abrían el cráneo con un hacha ¿Por qué no lo había descubierto antes?

– Timlar. “Millones de muertes sin sentido.” Millones…

Se sintió muy tonta por haber creído que la muerte de su pervertido chofer sería el final de todo. Cierto, cumplió una venganza. Pero siempre hay otros demonios sueltos, arrancando vidas, sembrando venganzas. Millones de venganzas, en el caso de Timlar.

– Quieren que mate a Max Timlar

<< ¿Lo ves? >>

Ranchi se encontró de nuevo en el espejo.

-En serio, no quería gritarte. No lo entendía. Dejaron este mundo sin oportunidad de desquitarse. Para esto estoy ¿cierto? Para ayudar a los muertos a cobrarse.

<< Mas bien, por los vivos. >>

– ¿Los vivos?

<< No eres la única presa de Timlar. >>

En el espejo, Derek abre la puerta, jalando un carrito de servicio repleto de platos.

<< Derek. >>

El niño encontró a su hermana tumbada de lado, cubierta aún con la colcha

– ¿Estas despierta? Hice bocadillos.

– No tengo hambre – contestó entre su nido de almohadas. La idea de su desprotegido hermano al alcance de ese psicópata esfumaba su apetito

– Anda, por favor

Derek acercó el carrito a la cama, haciendo tintinear los vasos y los platos.

– Saque algo de la cocina. Nadie me vio.

Ranchi emergió de su mortaja y observó al niño a través de sus párpados hinchados. Tanta ternura era irresistible.

– Gracias, en realidad…

– Mira – el niño le acercó un plato – emparedados. Este es de mermelada, este de mantequilla y este es de…- separó los panes para escudriñar en su interior – creo que de queso, pero no recuerdo de cual le puse. Los hice yo solo.

Ella sonrió contra su voluntad. Deseaba permanecer aislada y triste, pero la inocencia del niño levantaba su ánimo.

– Traje bebida también ¿Quieres?

– En serio…

– Es jugo. Adivina cual.

– Manzana.

-¡Exacto! ¿Cómo lo supiste?

La chica continuaba callada, algo confundida y desganada, pero mejoraba. Derek puso ante ella una caja de pañuelos.

– Sospeché que llorarías – el toma otro plato – Puedes acabártelos. Encontré pastel de fresa en una nevera sin vigilancia y te lo traje, pero si no se te antoja, me lo puedo comer yo.

– Eres muy atento esta mañana, Derek – dijo Ranchi tratando de parecer alegre.

El niño dejo el pastel y toco con cariño la mano derecha de su hermana, donde reposaba la gema..

– Vi esta joya desde el otro día, pero no te dije nada. Note también que la usas todo el tiempo, tratando de esconderla bajo las mangas de la ropa.

– Olvídalo – dijo Ranchi mostrándose desinteresada.

– Debí decir algo.

– No importa.

-Tenía tanto miedo de que papá descubriera lo que hice, que lo ignoré. Lo siento.

El niño estaba profundamente acongojado. Por su rasgos infantiles podía verse lo serio que estaba, lo arrepentido que se sentía. Ranchi recordó que no solo ella sufría dentro de la Mansión Bates, sino también él. El niño genio encerrado en solitario, estudiado y examinado como un experimento de laboratorio. Solo se tenían el uno al otro, y Ranchi estuvo a punto de olvidar lo importante que era eso.

– Derek…

– Soy yo quien debe apoyarte, tu debes contarme tus problemas y o resolverlos. Se supone que soy un genio.

– Hermanito – intervino Ranchi dulcemente – el hecho de que seas demasiado inteligente no significa que tengas mas responsabilidades. Eres un niño pequeño.

– Pero soy tu hermano.

– Y yo soy tu hermana mayor – Ranchi le plantó un beso en la frente

– Quiero tu bienestar – continuó Derek – y esta semana te he visto alterada, a veces actúas raro…

– Eso es algo…

– Prometo ayudarte, como sea, de cualquier forma

<< Tú no eres la única presa de Timlar. >>

La puerta se abre bruscamente, sorprendiendo a los niños. La alta silueta de Richard, recta y rígida, se impone en la intimidad de la habitación.

-Su madre, la señora Bates, solicita su presencia de inmediato.

Ranchi y Derek se toman de las manos para seguir a su carcelero. El pequeño, asustado camina casi adherido a la pierna de su hermana, sin embargo, Ranchi no tiene miedo. Esta ocupada con una idea singular que le brotó de repente

<<Puedo matarla, si quiero>>

(continuará…)

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