De la facultad galénica

Con una especial dedicatoria a todos aquellos, en determinado momento, compañeros de armas, los cuales tiene mas de diez años de los cuales no se si están vivos o muertos.

Eres un joven, tienes energías, y una ingenua visión de hombres con batas blancas que salen en las series de televisión curando enfermedades imposibles ayudados de aparatos de diagnóstico casi de ciencia ficción. Oh, claro, quieres ser doctor.

Cuando estas regodeándote de haber pasado el examen a tal o cual universidad, listo para mirar por encima del hombro a aquellos pobres reprobadores, ¡zas! te llega de golpe, el derechazo de la Anatomía (¡No inventes! ¿A poco esos huesos tienen nombre? ¿Me tengo que aprender todas las arterias que van de arriba para abajo en el tracto esofágico? ¿Mencionar los agujeros de la base del cráneo en orden alfabético y por nivel de importancia?) con el uppercut de la Bioquímica en serio.

Ya te estás reponiendo del trancazo, tratando de mantener el look cool del estudiante recien ingresado, entonces te llega la Fisiología (atacándote con el potencial de membrana y adivinar cuantos milivoltios generan los iones Na, el relajo de las hormonas contrarreguladoras y los poderes del plexo parasimpático). Apenas y sobrevives a eso, listo para recibir los embates de la Farmacología (y a recordar los diferentes tipos de efectos de la adrenalina y sus receptores correspondientes, a que parte del cerebro le pegan los anestésicos, y los efectos secundarios mas comunes de los inhibidores de la renina-angiotensina) y la Patología, (a ver, te damos dos fotos de hígados y tienes que descubrir cual esta sano y cual se esta pudriendo de amibiasis).

Luego, casi al final, no sientes lo duro sino lo tupido. Con todas terminando en “logía”, te llueve tanto que buscas un hoyo para enterrarte y no lo encuentras. Trauma (¿A poco hay fracturas con nombre?), Derma (todos los granos lucen iguales), Gastro (desde indigestión hasta cáncer de páncreas) Anestesio (nunca le agarre la onda, para mi lo importante es que los pacientes se duermen) Neuro (malditas epilepsias, y otras enfermedades de nombres raros) Nefro (el riñon y sus piedras)….

Ah, y luego se te ocurre, que, para agarrar mas maña, vas a hacer guardias o visitas de práctica a un hospital de verdad. La primera noche no pasa nada, y estas seguro de que todo se trata de platicar con las enfermeras o hacerte el simpático con los internos o residentes. Pero eso no dura, pues el karma te asegura que algún día te tocará ver al amputado, al niño vomitando en tu pantalón, a la señora parturienta mentándole la madre al doctor, o uno de esos días locos en donde todos los enfermos del continente se apelmazan en el horario de 1 am a 5 am.

No hay problema, te dices, y lo aguantas.

Y cuando llegas al final, y ya te encuentras listo para recibir palmadas en la espalda por el estudiante genial que eres, y esperas la recompensa justa a todos tus sufrimientos, llega el internado. Te son reveladas las misiones importantísimas del interno de pregrado (aunque no siempre en este orden)

1. Aprender desde la primera hora que pisas el hospital el orden y forma de llenado de todos los formatos de ingreso o egreso, además de formas de laboratorio, solicitudes de análisis o estudios de patología, además del orden y mantenimiento de los papiros horádricos inexcrutables, llamados por convención “expediente clínico”.

2. Asistir en CUALQUIER actividad (con albur o sin albur, dependiendo de que tan bien te lleves con tus jefes, es decir, residentes, adscritos, enfermeras, señor de archivo, intendente mandón) en que seas solicitado, sin importar hora, estado físico, estado mental, clima, y procedimiento. Da lo mismo si es canalizar, colocar sonda rectal, sostener separador de cirugía o cachar bebes. Si te descuidas hasta te toca lavar instrumental y hacer las notas del todo el cuerpo médico.

3. Localizar, sea cual el método que utilices, al adscrito cuando le da por perderse durante la guardia. Recuerda, ¡debes encotrarlo a cualquier costo!

4. Ir por las tortas.

Tus instrucciones típicas suenan mas o menos así:

“Ahorita que te eches los ingresos subes a piso para ayudar con las notas, vas al laboratorio por los resultados, llevas las solicitudes al radiólogo y de paso dejas las interconsultas. Y luego te lanzas aqui al puesto de enfrente, le dices a la señora que luego le damos, ya sabe ella que son para el Dr… te traes dos de milanesa, una de jamón y para el adscrito una de chorizo con aguacate. Y una coca, no pepsi.”

Sobrevives. Claro, ¿porque no habrías de hacerlo? Ya te llevas con todos los doctores, y lograste que esa enfermera aceptara la salida al cine. Ysi eres chica, le haces la plática al residente más guapo de la guardia. Te mueves como pez en el agua dentro del hospital.

Es cuando te sacan de la pescera.

Un buen día descubres que de todos los libros que leíste, te falto el más importante: una guía roji, o un buen compendio de mapas. Y te preguntas donde queda Palo Verde, Tecama, Playa Vicente o Colonia Monterrey (¿Municipio de que? ¿En el kilómetro cuanto de cual carretera?). Llegan las suposiciones histéricas y el terror. Oh, si, el terror.

Eres lanzado con lo poco o mucho que tengas en la cabeza a un rancho en donde, con suerte, hablarán español, tendrán servicios sanitarios básicos y una vía de comunicación que no se colapse fácilmente. Aqui tu arma no es el conocimiento, si no las relaciones públicas. En serio. Llevarte bien con el vecino o no fastidiar a las enfermeras hará la diferencia entre un servicio social placentero o un maldito infierno. En las reuniones mensuales con todos los pasantes te entregarán una caja con formatos para rellenar, vacunas antirrábicas (si, te toca vacunar perros), tres cajas de paracetamol, algunas botellas de ampicilina y algo de agua bendita (como placebo.)

Estás acostumbrado a la asistencia, a que otros te den tips para ver que tiene el paciente. Cuando te llega ese viejecito de 79 años a la consulta y tu tratas de desplegar tus conocimientos de neumología, el solo repite dos palabras, variando entre la obstinación y la desesperacíon:

– Tengo tos.

Es el momento de los topes en el escritorio y cuando vas a tu farmacia, mientras piensas en que carajo le das, encuentras que solo tienes dos opciones, ambroxol y dextrometorfano.

Cierto es que puedes llegar a pasarla mal. Sin embargo, entre tu y todos los pasantes llegan a una triste conclusión: ustedes lo pasan mal un año. La gente de esos pueblos, la pasa mal toda su vida.

Pero supongamos que no es así. Que todo fue miel sobre hojuelas. Piensas en la titulacíon, liberacíon del servicio, y todos esos trámites.Andaba yo por esos trances y cuando me dieron mi honroso título, invité a mis dos únicas amigas de la facultad con las cuales no había perdido contacto a comer. No recuerdo porque fue que solo puede ofrecerles hot dogs. Entonces mi mejor amiga levantó su vaso de refresco y dijo solemne:

– Bienvenida seas, al desempleo.

Aunque, claro, si te colaste a una residencia y posterior especialidad, esto se retrasa varios años. Perteneces siendo por un tiempo de la élite hospitalaria, empiezas como un aprendiz de los grandes maestros médicos. Y terminas siendo un anestesiólogo, un cirujano o un pediatra desempleado.

¿Que sigue luego? Corretear como perro tras chuleta, la plaza en algún hospital gubernamental, abrir tu propia clínica, con dinero mágicamente sacado de alguna herencia familiar, un préstamo a veinte años o tener tres o cuatro trabajos a la vez (turnos matutino, vespertino, jornada acumulada, cubrevacaciones y alguna urgencia que caiga) para lograr esa camioneta con la cual soñabas, las casas lujosas, algunas ex-esposa(o)s y todos los demás lujos que te mereces por estudiar tanto y salvar vidas.

Un amigo que me conoce más de lo que ambos queremos admitir me dijo anoche:

“Como todo en la vida, es una gran experiencia, debes vivir algunas cosas para saber que no te gustan.”

Entonces, cuando alguien me llega a preguntar que porque no seguí el camino que se supone debí seguir, respondo:

– Yo soy escritora.

 

 

 

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