De lo que pensé al visitar la plaza comercial

Sinceramente, no tenía un buen título para este ensayo. Otro de mis defectos como ensayista es que no recuerdo bien los nombres de aquellos textos o autores de donde tomo algunas ideas. Digamos al leer, esos conceptos se integran a mi caótico cerebro, y cuando salen a la superficie, estoy segura de que los saqué de algún sitio, pero no ubico con exactitud de dónde.

Por fortuna, eso no es de mucha importancia ahora.

Donde vivo, no hay mounstruo-mercados. Mi ciudad/pueblo esta en medio de cerros, cerca de Barrio Viejo, a un lado de Rancho Muerto, apenas un poco más allá de San Vengaza y Chicapiedrota la Grande. Afortunadamente llega el internet, el teléfono y la televisión por cable, razón suficiente para que ostentemos el título de ciudad. Los fines de semana, las calles y el mercado se llenan de indigenas nahuas (indígenas de verdad, no las imágenes románticas de los activistas), con sus cargamentos de carbón. El mercado es bonito. A mi me gusta hacer mis compras en el mercado. Y no, no luce como la Central de Abastos, el mercado en mi rancho es solo una calle con puestos ambulantes, que consisten en una lona sobre la carretera y montañas de frutas y verduras coloridas. Usualmente le compro aguacates a un tipo que a todas luces es gay, pero últimanente, a decir por la plática mientras eligo los tomates y la papas, hasta recibir el cambio, ha despertado serias sospechas sobre mi anterior seguridad sobre su identidad sexual.  Ah, quizás si se parezca a la Central, al menos en el griterío.

Tenemos dos centros comerciales modestos, el de más afluencia se caracteriza porque tiene de todo un poco, pasado de moda, y su mas cercano competidor, el que se encuentra solo a cuadra y media, es el baratero, que no tiene surtido, pero despacha pedidos de, digamos, 300 paquetes de papel higiénico del corriente.

En resumidas cuentas, no tengo plazas comerciales cerca. Y con cerca me refiero a llegar caminando. Hace mas o menos un año (supongo, el tiempo es raro en mi universo personal), construyeron una plaza de alta categoría, por decirlo de una manera snob, en la ciudad mas grande de la región, la cual me queda a unos 20 minutos en camión intermunicipal (carezco de coche, padezco de dislexia oculomotora, es decir, no distingo de la derecha o la izquierda cuando me subo a algo con ruedas). Corrijo, la ciudad me queda a 20 minutos, bajándome en la parada del centro, la plaza me queda a 40 minutos, si bien me va.

Así que cuando mi amiga, la que siempre me deja plantada, me dijo que tomáramos un café en dicha plaza, suspiré profundo y traté de verle el lado positivo. Hice todo lo que tenía que hacer, tomé mi bolso y un paraguas, porque ha estado lloviendo fuerte en estos dias, e inicié la travesía que incluyó un camión y un taxi. Llegué media hora antes de la cita, por lo que me dediqué a vagar.

He estado leyendo “Escritos desocupados” de Vivian Abenshushan, mezclandolo con algo de Borges y “Transmetropolitan” de W. Ellis a dosis iguales. Desarrollé una especie de alerta contra el mercantilismo, la voluntad de permanecer incólume ante los embates del consumismo inútil y los vanos símbolos de estatus. Para evitar caer en tentaciones, pues no deseé bajar la guardia en un sitio creado bajo los planes del capitalismo mas voraz que haya existido sobre la tierra, solo tenía en mi cartera lo necesario para pagar el café y los camiones de regreso. Mas seguro, más amarrado.

He hice bien. Decidida a ver todo con ojo crítico, acudí por curiosidad a una juguetería para confirmar los estrambóticos precios de una caja de Legos. Vi algo que confirmó mis temores: un muñeco de Spidey, sencillo, la versión económica, costaba en un centro comercial $99.90, y, por ser dia del niño, hace al menos unas dos semanas, costaba $86.50. Aquí lo vendía a $126. Los números hablan solos.

Cuando esa plaza se inauguró, nadie pensó en lo caro que cuesta la comida en el Samborns, o en lo superfluo de comprar estatuas decorativas para una sala estilo victoriano que nadie tiene. No, la gente llena esa plaza porque quiere sentirse rica, por un momento, tener la ilusión de elegir zapatos de temporada o incluir otro zippo a su coleccion. Ir a un cine con clima, salir a ver tiendas y comer rebanadas de pay de $40. Como lo dije, símbolos de status.

Al llegar, me golpeó el aroma de las papas fritas de un McDonalds justo a la entrada. ¿Cuandos reportajes, cuantas críticas, cuantas sátiras, circulan sobre lo dañino de la carne sintética y las “french fries” con mas grasa por centímetro cúbico jamás concebidas? Y el lugar esta lleno. Y la gente esta comiendo. Escucha, lee (a medias), sospecha, de el tipo de alimento chatarra que se esta llevando a la boca. Con todo, se la traga.

Sentirse vivo gastando, trabajar para gastar, vivir para trabajar y volver a gastar de nuevo. Ya que no tenemos poder intelectual, no tenemos identidad social, sentimientos de unidad grupal, nisiquiera familiar, la única forma en que nos sentimos individuos libres y pensantes en ejercer poder a través de la adquisición. Elegimos la compra, ignorando el hecho de que la manipulación viene de tiempo atrás, vemos el dinero salír de la billetera, otro símbolo mas de existencia, de representación ante un sistema cruel y ridículo (“sin dinero no soy nada”) , y obtenemos ese objeto, llámese DVD, llave de tuercas o mascada de poliéster, sin importar el objeto en sí,  solo es la prueba residual de un ejercicio de poder. Por desgracia, en bastantes ocasiones, esto también es una fantasía. La tarjeta esta vacía. Estamos soñando despiertos, estamos comprando deudas, porque somos tan miserables para admitir que el dinero que ostentamos, no existe. Ante tan deprimente visión, la gente busca un desahogo, sentirse de nuevo poderosa, pudiente. Y vuelve a gastar.

Un compañero de trabajo que detesto, pero fingo no hacerlo, porque el es el único que no se ha percatado de lo desquiciada que estoy, me presume de pasar todos los fines de semana en esa plaza. Su última gloria fue comprar mil pesos en ropa, mas específicamente, camisas de $800 rebajadas a $400 (¡50% de descuento!, ¡yeiii! Si supiera que visto camisetas de $50), gracias a un fin de semana de inventario. Lo primero que le dije, y lo admito, fue espontáneo, fue: “¿Que? ¿Había ratas en la bodega?”. Creo que no entendío el chiste.

Estoy leyendo a Jorgue Ibargüengoitia mientra tomo el café, sola. Leo una frase que me hacer carcajear como en mis mejores días. Voltean a verme, se fijan en mi camiseta de algodón, mis pantalones de mezclilla y mis sandalias de tiritas. Por si fuera poco, trate de acomodar mi cabellera de un metro en una trenza bohemia (es decir, desarreglada), y se que he de lucir como una hippie salida del psiquiátrico. Eso no es lo peor, ¡tengo un libro en la mano! ¡y lo estoy leyendo!

El empuje que necesité para salir de esa espiral autodestructiva es el hecho de tener un presupuesto estrecho. Siempre he tenido un presupuesto estrecho, cosa que ha moldeado mis hábitos de consumo. Es decidir entre un coordinado de vestido y zapatos con accesorios de la boutique, o ropa de oferta del supermercado y mi dotación de libros semestral. Cuando tienes tus prioridades bien definidas, además de importarte un carajo lo que los demás piensen, la decisión es fácil.

Camino entre la tiendas tiendas departamentales. No puedo creer que alguien pague mas de $200 por un corrector facial, aún si tiene vitamina E y agentes antioxidantes. Todos esos empleados esclavizados, como lacayos a la espera de las órdenes del noble, quien alzará la mano y les lanzará unas monedas en pago a su servilismo ciego. Pues esa es otra de las fantasías, ellos fingen ser sirvientes, para que nosotros podamos jugar a ser reyes. Yo, por mi parte, avanzo rápido. Es inútil para mi ver cosas que nunca jamás tendré, ni necesitaré, ni querré. Es desperciar tiempo y dinero. Y la verdad, no tengo mucho de ambos.

Encuentro, por fortuna, a una prima y su familia, que me ofrecen llevarme a casa. Cosa buena, porque para regresar tengo dos opciones de transporte, el camión ordinario que atraviesa los cuatro municipios y se va deteniendo en cada barranca (ese chiste lo tomé de un amigo, lo confieso), o el camion directo, cuya diferencia estriba en que toma la autopista y solo hace parada en la barrancas más grandes. De mi amiga, nada. Fue mejor así.

No tiene nada de malo comprar. El chiste es comprar solo cosas que necesitemos. Mi papá traducía todo en leches, “eso me cuesta tantos litros de leche”, “eso sale mas caro que una docena de cajas de leche”, etcétera. El porqué lo hacía, me sigue intrigando, sin embargo mi hipótesis dice que, de todos los artículos básicos de la despensa familiar, los más caros y de los que no podíamos prescindir, eran las leches. Mis padres prefería prescindir de los viajes vacacionales a tener niños desnutridos.

Debemos dejar de alimentar la máquina capitalista, abandonar la visión de que una persona es más exitosa mientras más cosas compre y más dinero gaste. Matar a la serpiente que se muerde su cola. Porque, cuando alguien esta más enfocado en el traje que viste, el celular que usa, el coche que conduce, la casa en que duerme, o los restaurantes en los que come, podemos raspar la superficie con una conversación casual, y, percatarnos que no hay nadie allí abajo. Una cáscara, un envoltorio vacío que cubre la gran nada.

Mi celular se ha descompuesto. Recuerdo el pasear por los aparadores y ver los nuevos modelos, por un instante, se me antoja probarlos. Pero, con una sonrisa, recuerdo mi confiable celular de tabique que cargo en el bolso como repuesto al smarphone falloso. ¿Para que otro teléfono, si mi tabique funciona? ¿Necesito andar cargando algo para darles una excusa a los maleantes de que me asalten? (nunca lo han hecho, quizás porque no les doy motivo a hacerlo). Veo que no tiene caso.

Nadie me habla, de todas maneras. Y doy gracias a Dios por eso.

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Un pensamiento en “De lo que pensé al visitar la plaza comercial

  1. Muy bien, Ceci. Por cierto que ya no tengo dinero en la tarjeta, por comprar demasiado: puros libros. Excelente descripción de tu ambiente y alrededores. Algún día habrá que verlos.

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