Doncella de Venganza (parte VII)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa…)

El sonido de un claxon conocido la saca de sus pensamientos. Durante todo el trayecto a la Mansión permanece callada, apática y ausente. Al desvestirse del uniforme del colegio en su cuarto, repara que su mano derecha pesa más de lo usual. Cuando la alza a la vista, la golpean los recuerdos del museo. Aún tiene la joya alojada en el guantelete que lleva puesto. La gema está en su mano y no puede quitársela.

Tarde

El triste crepúsculo entraba por los hermosos ventanales de la Mansión Bates, tratando de combatir el frío mármol con la tibieza de su luz roja y moribunda. Pero la Mansión Bates siempre salía victoriosa, consiguiendo mantener a toda costa su gélida perfección. Desde el punto de vista estético, era una obra maestra, un elogio de artes. Poseía una arquitectura espléndida, colmada de esculturas, pinturas, fuentes, arcos, vitrales, tapices, buen gusto derrochándose hasta en los cubiertos del magnífico comedor. Cada habitación emanaba, estilo, opulencia. Fue pensada y construida para ser hermosa, más no para que las personas vivieran ahí. Al adentrarse en la Mansión, los individuos se transforman en cuadros, bustos, una pieza más de mobiliario, cuyo único fin es realzar la belleza de la misma. Siempre imperaba el silencio, haciendo que los ecos distantes de los pasos se clavasen más fuertes en nuestras impresiones. Un vacío deseoso de vida, que devoraba almas, voluntades, y no dejaba nada a cambio. Los Bates siempre han poseído a la Mansión, desde su llegada a la Colonia. Los orígenes de Nueva Standford fueron escritos por las pugnas entre dos clases sociales perfectamente diferenciadas: la gente común, “los colonos”, o, como diría alguien sin tacto y exagerada sorna, “los trabajadores de fuerza”, y el otro, los aristócratas, ricos y poderosos, integrantes del Gobierno, y principales defensores de los principios terráqueos. Pertenecientes sin duda a los altos nombres de la aristocracia, los Bates eran los principales dueños de las procesadoras petroleras, abundantes en el planeta. Y a pesar de todo sentido común, continuaban extrayéndolo, refinándolo y utilizándolo. Inclusive lo enviaban a la Tierra, mediante cargueros intersistemas piloteados por computadora, pues nadie de la gente común podía dejar el planeta ni costearse voluntariamente un viaje a la Tierra. Eso estaba reservado a los aristócratas, y, en esos días, muy pocos iban ya. La Madre Tierra se estaba convirtiendo en el vulgo una leyenda, un cuento de hadas, eran tres generaciones pasadas en las que nadie había ido o regresado de ella.

Ranchi estaba acostada boca arriba, en su cama. Solo ella tenía un universo de sonidos golpeando sus oídos, mientras el resto de la Mansión disfrutaba la paz del atardecer. Acaricia la gema al observarla. Las voces se intensifican y se hacen más cristalinas, al hacer contacto sus dedos con esa piedra mágica.

<< Solo tienes que oírlos para conocer su verdad. Escuchar y escuchar. >>

<< ¡Detenlo! ¿Cuántos más tenemos que morir? ¡Puedo verlo cerca de ti! >>

<< La amaba, y me traicionó. Quiero que le digas cuanto la sigo amando, antes de que la mates como la perra que es. Es lo único. >>

<<Te lo suplico… por favor… >>

Al ser interrumpida en su soledad por el mayordomo Richard llamándola a cenar, el espejo intenta platicar de nuevo.

<< ¡Detesto a ese estirado! El planeta podría acabar de irse al carajo y el permanecería quieto como una tumba si mi madre no le dice que se mueva. Tiene el cerebro de una piedra y la imaginación de un ladrillo. Por eso encanta a nuestros padres. Es capaz de encubrir nuestras muertes solo para permanecer en su puesto. >>

Desgraciadamente ella no tenía el talante para platicar con su subconsciente

– Cállate, tú siempre tienes algo que decir.- y cerró la puerta tras de sí.

Solamente cenarían Ranchi y Derek ese día. Los señores Bates, como de costumbre, tenían compromisos. Utilizaban el comedor principal, con toda su pompa y circunstancia, acompañados a sus espaldas por el carcelero Richard. Tanta elegancia quitaba a ellos el apetito, y a Ranchi dio por juguetear un poco con la sopa.

– Srita. Bates, esa no es una actitud propia de una joven con su edad y posición – reprendió Richard – Si no desea comer eso, haré que retiren el plato.

Y después de un chasquido de dedos, un mesero le quitó su entretenimiento momentáneo. Entonces alzó la mirada de la mesa y Ranchi se percató de que Derek tampoco comía. En honor a la verdad, lucía peor que ella. Se le veía cansado, ojeroso, nervioso, con los ojos enrojecidos. Aprovechando una distracción del mayordomo, le preguntó:

– ¿Sucede algo?

– Pues…- fue lo que alcanzó a contestar, antes de la interrupción de su vigilante.

-Hora del segundo plato

Ante ellos se hallaba un platillo muy pretencioso y nada paladeable, semejante a berenjenas rellenas de requesón y crema ácida, mas otro ingrediente misterioso, otorgándole un color rosado. Los hermanos ocultaron una simultánea mueca de asco. Derek tuvo una idea para conseguir un rato a solas con su hermana, originada en esa grotesca comida.

– Esta crudo

El mayordomo no esperaba una respuesta parecida.

-¿Perdone?

– Digo que esto -y Derek enterró su tenedor como asta bandera en medio del plato – esta crudo ¿Han cambiado al chef?

– No, señor.

– Averigua entonces el motivo de habérnoslos servido así. No debe tener este tipo de olor a hierbas silvestres, te lo puedo asegurar porque lo he comido antes.

– Disculpe, señor, pero puedo decirle…

– A mi madre le desagradaría saber – continuo Derek sin tregua – el hecho de que usted ya no nos atienda como es debido. Quizás ella considere sustituirlo, o removerlo de nuestro servicio.

Richard frunció el ceño, y de mala gana, se llevo los platos a la cocina. Justo al dejar el comedor, Derek y Ranchi se acercaron presurosos a hablar entre sí con la voz más baja posible.

-¡Estoy en serios problemas, hermanita! ¡Muy serios!

-Antes que nada, relájate. Debes contarme todo.

-Si papá se entera, me mata. No he podido dormir de la preocupación, el no debe enterarse porque si lo hace…

Ahora si Ranchi estaba asustada. No ha habido travesura de Derek capaz de no permitirle dormir.

– ¿Qué paso? ¿Qué hiciste?

– Promete que no te vas a enojar.

– Prometido.

– Promete que no le vas a decir a papá.

– Prometido también, pero para que te saque de ésta, debes…

– ¡Papá me va a matar!

– ¡Derek!

– De acuerdo, resulta ser…- unos pasos se acercaban rápidamente – Diablos, es Richard. Mañana, a las cinco en la biblioteca. Hora de la tarea, así que nadie nos molestará.

– ¿Y tus tutores?

– Veré como me deshago de ellos. ¡Tienes que ayudarme!

Se sentaron en sus lugares en el momento preciso de la entrada del mayordomo con un carrito y dos filetes al limón. Trae una cara avinagrada y los sirve sin decir una sola palabra, sin embargo, no intenta disimular en nada su enojo. Mientras comen, los hermanos sonríen. Al menos la estrategia de Derek valió la pena.

Noche

Una tormenta eléctrica brilla en los cielos, azotando con pesadas gotas de agua la ventana de Ranchi, quien intentaba dormir, mas sin embargo, los relámpagos atraían demasiado su atención. Deberían ser  ya más de la once de la noche, habían apagado las luces de la Mansión y ningún sonido interrumpía el fragor de los truenos, haciéndolos oírse más fuertes y terriblemente cercanos. Abandonando la idea de permanecer acostada, Ranchi se sienta en la cama.

– Recuerdo que tuve un sueño – dice refiriéndose al espejo, sin mirarlo- de una chica bailando con los rayos. Caían en sus pies y manos, jugando con ella.

Por fin busca a su reflejo, pero este no se encuentra, solo la imagen de su cama vacía.

-¿A dónde habrá ido?

Un relámpago estalla justo detrás de la mansión, en un viejo olmo de los jardines. Ranchi saltó y corrió a su ventana.

-¡Llegué tarde a verlo! ¡Maldición! Me gustaría que cayera otro exactamente ahí, solo para observarlo. Sería divertido.

Un grave retumbo inesperado cimbró los muros del edificio, acompañando al gigantesco relámpago golpeando de nuevo ese árbol, justo en el mismo punto.

Increíble.

-¡Por todos los cielos! No puede ser.

La tormenta continuaba furiosa, sin embargo, la guerra de truenos se detuvo. La mente de Ranchi trabajaba.

<< ¿Por qué no? Podría ser, con todo lo ocurrido… solo hay una forma de saberlo. >>

-Uno más. En el mismo lugar.

Una portentosa saeta golpeó y carbonizo el tronco, siguiendo las órdenes de Ranchi. Para cualquiera, el hecho de ver a tres rayos caer en idéntica posición sería maravilloso, pero ante los ojos de la chica aún no era suficiente.

-En el árbol de la izquierda. Otro.

El asombroso milagro volvía a repetirse, convenciéndola de que cuantiosos gigowatts obedecían los caprichos de su voluntad. Ella olvidaba la cautela y la cordura, y dio rienda suelta a su recién descubierta habilidad destructiva.

-En el pino más alto. Dos.

Varios habitantes de la Mansión, asustados ya por lo bizarro de la tormenta, dejaron sus habitaciones para ser testigos de cómo dos relámpagos destrozados un tronco bajo la salvaje lluvia, mientras el terror subía por su sangre ante tal inquietante fenómeno lejos de su entendimiento. Pero nadie tuvo la ocurrencia de hacer lo que Ranchi hacía, correr descalza en pijama por los oscuros pasillos en dirección a la azotea, detenida en seco por una idea repentina.

<< ¡Estúpida! ¡Puedo teletransportarme directamente a la tercera planta! He estado ahí, lo recuerdo bien, es cosa de concentrarme. >>

Sin tardanza alguna, el portal apareció ante ella, quien entró enseguida en el. La terraza y su cielo libre la esperaban en el paso siguiente.

<< Escaleras inútiles. Puedo volar. >>

Sus ideas liberaron a su cuerpo del suelo, dejando bajo sus pies la terraza y flotando sobre la lluvia y el viento helado, alcanzando así el techo del tejado. Ranchi no poseía el total control de sí, se trataba más de los espíritus utilizándola como canal, despertando a la Doncella de la Venganza. Un frenesí sobrenatural embriagaba su cabeza. Comenzó a irradiar luz celeste por los ojos, y un vapor espeso rodeaba sus manos y sus pies, luchando contra el aullido del viento tratando de destrozar su delicado cuerpo, que se mantenía firme a su precaria posición.

-¡A mí!

El huracán de alaridos y gritos la inundaba de rabia ajena. Un sinfín de voces, mensajes, súplicas sin respuesta.

<< ¡Grítalo! Reclama tu puesto>>

<< Tú eres nuestra. >>

La gema se enciende con fuego celeste. Los rayos se han condensado en sus palmas, creando un orbe de poder místico. Ranchi siente la electricidad arrastrarse por sus nervios, deslizarse por cada una de sus fibras musculares, abordando en su cerebro y friéndolo despiadadamente. Los fantasmas asaltan su boca y desgarran su garganta. Con una voz ajena a la suya, con una energía que no le pertenecía, estremeció a la tormenta, aguardando sin miedo los relámpagos azules descendiendo del negro cielo directamente a sus manos abiertas

– ¡YO SOY LA DONCELLA DE VENGANZA!

Un relámpago zafiro casi divino, monstruoso e iracundo, rompe la tempestad moribunda por su centro al abandonar las estrellas y desciende velozmente por el éter, hasta golpear con toda su fuerza la frente de Ranchi, quien ni siquiera alcanza a gritar. Su frágil organismo se desvanece, sumergido violentamente en una negritud informe, al extraviarse su mente en las profundidades de la inconsciencia. El último recuerdo del evento es el poder eléctrico anidando dentro de ella.

–          Yo soy la Doncella…

Unas dos o tres horas antes del amanecer Ranchi despierta en su cama por estar titiritando fuertemente.

-¡Cielos! ¿Por que tendré tanto…? ¡Dios, estoy empapada!

Su azabache y largo cabello estaba mojado hasta la raíz, al igual que su ropa, sábanas y buena parte del colchón. Temblando de frío apartó sus ropas chorreantes mientras buscaba algo seco en el ropero. El reflejo en el espejo bostezó perezosamente al observarla con curiosidad.

– ¿Dónde te metiste?- le preguntó Ranchi al ponerse un camisón limpio sobre su desnudez.

<< Por ahí. ¿A ti que te paso?>> respondió la Ranchi del espejo, restregándose los ojos << ¿Por qué me despertaste? Estaba soñando con el caballero negro.>>

Al ponerse unas calcetas secas, le dio por comentar en voz alta.

– ¿Qué me pasó? No tengo la menor idea, creí que tu lo sabrías

<< ¿Yo? Yo estaba dormida >>

–          Por cierto, la chica del sueño que te conté la otra ocasión era yo. Siempre fui yo. Aunque sucede algo curioso.

<< ¿Qué cosa? >> Agregó el reflejo por pura cortesía, porque ya se estaba metiendo de nuevo a la cama cuando Ranchi continuaba sentada meditando.

– No recuerdo si estaba bailando.

 (continuará…)

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