Vergessenheit

Al igual que su mamá, la niña tenía un nombre especial. Era el nombre de una musa griega, le dijeron. Una doncella del canto. La niña se llamaba Aedea.

Algunos otros niños de nombres más convencionales, compañeros de escuela, le hacían burlas seguido durante las clases. Sin embargo no era la única causa de que a Aedea, a sus nueve años, la escuela le pareciese un sitio caótico. En principio, eran los gritos escandalosos con voces afiladas o reverberantes. Hasta las canciones escolares y los poemas en grupo sonaban grotescos. Había muchos sonidos discordantes, como el caer de latas, el rasgar de hojas, algún reclamo lejano en los salones contiguos. Aedea prefería no alimentar esa cacofonía con más ruidos inservibles, y por tal razón, escuchaba las lecciones con atención y silencio, comía sin hablar más de lo necesario, escribía o dibujaba pacíficamente. Los motivos de estas costumbres, en apariencia inusuales en los niños, de quienes se supone su gusto por el movimiento y la estridencia es directamente proporcional a su naturaleza saludable; eran, por lo demás, comprensibles.

Aedea aborrecía el ruido descontrolado, sin sentido, desproporcionado de corazón. Ella amaba la música, esos timbres exquisitos danzando en equilibrio, respetuosos de la individualidad, pero a la vez sumándose, aumentando, vibrando, fundiéndose.

Y de todas las músicas que Aedea amaba, la más hermosa, la más mágica, era la voz de su madre.

Su madre le cantaba al dormir, y hacía que sus sueños fuesen alegres, aventuras fantasiosas de dulce aroma.

Aunque en la realidad no había suficiente lugar para las canciones y los unicornios de gelatina con los que soñaba Aedea.

– Pasa al frente y lee la página 32.

Aedea tomó su libro, se levantó con cuidado de no tropezar con el lío de bolsas, mochilas y envoltorios de comida desperdigados, avanzó entre los pupitres, y se colocó nerviosa, con el libro abierto en la página indicada, en el sitio donde todas las miradas caían.

– Empieza.

Por supuesto que Aedea leía, y leía muy bien, su madre le dejaba curiosear esos textos confeccionados con letras exóticas e idiomas confusos, incluso podía recitarlos en voz alta, entendiendo algunos vocablos. Eso no era lo que paralizaba a la pequeña. Era esa atronadora estampida de barullo permanente, el salvaje ataque de palabras mal usadas y peor pronunciadas, destruidas, masacradas.

– ¡Miren! ¡La muda! ¡La muda no puede hablar!

Una pelota de papel golpeó su frente. Más risas, más escándalo. El maestro intentó controlar a los chiquillos, pero sus regaños solo conseguían engordar a la bestia estruendosa que tenía a Aedea del cuello. La niña bajó el libro, ¿qué caso tendría leer, si nadie la escucharía? En su interior, tomó una decisión muy valiente, considerando lo pequeña e inexperta que todavía era.

Cantaría.

Repasó mentalmente su infantil repertorio. Eligió “Vergessenheiht” por su letra y el ritmo pausado de la misma. Abrazó el libro y dio dos suspiros prolongados. Entonces, empezó:

Der drei sherecken, der leiseste… (*)

Muy al principio, las notas se evaporaron contra el caos sonoro del salón. Paulatinamente, la música fue echando raíces, floreciendo y lanzando retoños, dejó de ser volutas de humo pálido contra la tempestad, para volverse flechas, flechas de plata abriéndose paso contra los salvajes sonidos. Los otros niños callaron. El maestro, calló. La canción viajaba como el aroma del incienso, traspasando los muros del salón, las puertas, las ventanas, las persianas, la distancia, las mentes.

Y la escuela completa calló al escuchar la voz de Aedea.

Y la escuela completa quedó estática al escuchar la voz de Aedea.

La canción seguía los pasos perfectos del metrónomo cósmico que todos los músicos natos poseen. Cada sílaba encajaba en la sutil melodía que la niña tejía en su garganta. A momentos era como una canción de cuna, el arrullo a un cachorro, en otros, eran expresiones guturales que indicaban desesperación. Terminó con el ritmo de una respiración apagándose, el silencio al tratar de escuchar el tintineo de una campanilla de cristal, minúscula, fantasmal.

Aedea se tomó una pausa para saborear ese silencio. Era sublime. Permaneció, con los ojitos cerrados, con los brazos alrededor del libro, sonriendo, esperando a que el infernal vocerío contraatacara.

Sin embargo, eso no sucedió. Abrió los ojos, y vio a todos los niños detenidos en sus lugares, congelados como estatuas, en actitudes graciosas e incómodas. El rostro del maestro era de lo más cómico. Un niño tenía incrustado el lápiz en la nariz. Otro, petrificado en un bostezo simiesco.

“¿¡Y si están muertos?!”

Corrió a tocar la cara de su compañera de pupitre. Todavía era tibia y suave. Puso la oreja en su pecho. Se oía el tum-tum del corazón. Revisó de la misma manera a otra niña – con los niños se cohibía – hasta cerciorarse de no haber matado a nadie, y de que, en realidad, seguían vivos, pero quietos y ausentes. Resuelto eso, notó el silencio excesivo a su alrededor. Cierto era que le gustaba este pacífico estado, pero incluso ella sabía que algo muy raro ocurría si no podía escucharse absolutamente nada por varios minutos. Liberó a su libro en el pupitre y salió cautelosa del salón.

El conserje permanecía agachado en el acto de recoger un bote de yogur vacío que rodaba lentamente fuera de alcance. Aedea lo observó, mordiéndose el pulgar. Se asomó al salón vecino, descubrió a los niños agachados escribiendo, pero ningún lápiz estaba en acción. La maestra de ese grupo continuaba parada en medio, con una libreta en la mano, pero sin voz saliendo de su boca. En el siguiente salón, otra escena similar. Y en el siguiente, y en el siguiente.

“Las personas… ¡están congeladas! ¿Por qué? ¿Por qué yo no?”

Empezó a sospechar que la canción tenía algo que ver con eso, aunque no sabía como comprobarlo. Estos pensamientos hicieron que los primeros segundos del suceso fueran atemorizantes, aunque no tardó en reunir la confianza necesaria para explorar su fantasía materializada: la escuela en perfecto silencio.

La pequeña niña corrió y jugó en donde antes lo tenía prohibido, los céspedes resguardados, los columpios acaparados por niños de grados mayores, entre las mesas de la cafetería, visitó lugares exclusivos para adultos, aunque con hondas decepciones – el cuarto de maestros era un salón cualquiera, solo que con sillas más enteras, y el cajón del escritorio del director solo guardaba lapiceros viejos y envoltorios de chocolates – y se sentó en el jardín negado a la infancia, feliz, comiendo su almuerzo.

Mientras los demás permanecían suspendidos en mente y cuerpo, Aedea reprodujo las melodías que su madre le cantaba, llevándola hacia torres de cristal bajo nocturnos cielos, donde las personas y el océano compartían el mismo idioma, a lugares de árboles eternos, bajo ramas parlantes, sitios con los que ella soñaba, en donde ella jugaba y reía más alto y con más libertad de lo que podía hacerlo en la vida cotidiana.

Un teléfono sonó en el interior de la dirección. La niña estudió el gran reloj que observaba el patio mayor. Habían pasado dos horas y media. “Así que el tiempo no se detuvo”, pensó. “¿Cuándo volverán a la normalidad?”

El teléfono seguía sonando. Más allá,  se oían las bocinas de un coche que se estacionaba frente a la entrada. El mundo real estaba filtrándose a través del hechizo de Aedea, regresando el movimiento y el bullicio como una avalancha. Guardó rápido sus cosas y miró por las ventanas mientras regresaba a su salón de clases. Un niño parpadeaba por ahí, cuellos y brazos estirándose más allá, una paloma que por fin termina de picotear migas de pan, el efecto de la canción terminaba, ante los ojos de la niña.

Cuando se sentó en su pupitre, sus compañeros y el maestro iniciaban el despertar. Fueron varios minutos de perplejidad, en donde nadie quería decir la primera palabra. El maestro con cara atontada, fue lentamente a su escritorio, cabizbajo pero muy atento, tratando de obtener pistas a su alrededor sobre que fue lo que ocurrió, tratando de disimular a la vez su nivel real de aturdimiento y desorientación. Cuando cayó en cuenta que los niños empezarían a ponerse nerviosos, y debía dar algún tipo de explicación, se levantó del asiento, hablando temblorosamente:

– Clase…

Aedea se partía de la risa por dentro. Aún más cuando el timbre automatizado indicó el final de las clases. Decidió ayudar a su maestro, levantando la mano para hablar.

– ¿Si, Aedea?

– ¿Verdad que usted dijo que si todos leíamos bien, no nos dejaría deberes?

El maestro tartamudeó.

– Ah… ¿dije eso?

– Si, lo dijo – aseguró Aedea

– En ese caso…

– Ya todos pasamos a leer, y lo hicimos bien. Por eso nos tardamos tanto. Usted lo prometió.

– ¿Lo prometí? – dijo el maestro, completamente perdido.

– Si, lo hizo. – insistió la niña.

– Pues…

– ¿Guardamos nuestras cosas? – insistió Aedea, con tal de salirse con la suya – Ya sonó el timbre.

El maestro sentía las piezas faltantes en el rompecabezas de su memoria. Muchos datos no tenían sentido, pues había olvidado bastantes cosas, cosas importantes, como las lecciones impartidas el día de hoy, su número telefónico completo, el nombre de su esposa o la dirección de su casa. Tampoco estaba seguro de poder volver a recordarlas alguna vez, así que solo le quedaba fingir normalidad.

– Está bien. Prepárense para salir.

Ese fue uno de los días más felices en la vida de Aedea.

 

Más tarde, en la noche. Hora de dormir.

Papá ya se había despedido, y mamá estaba sentada en la cama, con hilo y aguja, arreglando la espalda de un cocodrilo de trapo.

– Cuéntame otra vez como conociste a papá – decía la niña. Su madre respondió, sin levantar los ojos de la labor.

– Me ayudó a cambiar los fusibles de la casa de la abuela. Le invité a cenar, el me invitó un café, y eso es todo.

Aedea peinaba los rojos cabellos de estambre en la cabeza de su muñeca.

– ¿Se ve linda así, mamá?

– Si, muy linda. Cielo, quiero preguntarte una cosa, ¿Qué canción usaste en la escuela hoy? ¿Vergessenheit?

Aedea sintió un sobresalto terrible. Ignoraba como su madre logró averiguar tal cosa.

– ¿Cómo lo sabes?

– Las mamás tenemos poderes, también dotes de observación. Tu maestro lucía aterrorizado, parecía que no sabía donde estaba, a decir verdad, la escuela entera. Algunos niños dijeron que mágicamente el reloj avanzó casi tres horas, de las cuales nadie recuerda nada. Muchos lo explicaron como una confusión en el horario, una distracción que no tomaron en serio. Pero eso no fue lo que ocurrió. – La mamá miró a la niña con cierta complicidad – ¿cierto?

– Yo no sabía que pasaría. – dijo Aedea apesadumbrada – La canté porque me pareció bonita.

– ¿Y solo por eso la cantaste?

– La canté porque quería que los demás dejaran de gritar. Es decir, si yo cantaba algo lindo, mis compañeros quizás quisieran escucharme y entonces dejarían de hacer tanto ruido para poder oírme. Gritaban mucho.

La mamá continuó zurciendo al muñeco. Y la conversación.

– “Vergessenheit” significa olvido. Por eso quedaron así. Esos no son los efectos exactos, ciertamente, quizás hubo alguna entonación inadecuada, o alguna sílaba fuera de ritmo, pero debo admitir que tienes una voz muy poderosa, hijita. ¿Aprendiste la canción del libro que estaba empastando la otra tarde?

– Me la cantaste una vez, y me gustó bastante. Fui a tu escritorio, y ahí estaba el libro donde la leíste, no le entendí mucho, pero recordé los sonidos y cómo cantarla.

– ¿De solo escucharme? – añadió la mamá.

– Si.

La herida en la espalda del cocodrilo casi sanaba.

– A mi me enseñó a cantar la abuela Ünterdorf. Igual que tú, leía las canciones y me las aprendía casi de inmediato. Pero ella tenía todos esos papeles viejos llenos de arañas, las partituras, amontonados en cajones. Yo limpié la casa de la abuela, copié las partituras en computadora y mandé los originales mohosos a cuanto museo de arte encontré por Internet. – Sonrió ampliamente al decir – Tengo unos sellos postales de Copenhague.

– ¿Hiciste todo eso porque la abuela murió?

– No amor, justamente al revés. Lo hice porque yo ya no era una alumna, sino una maestra. La abuela me heredó esa responsabilidad, y cuando yo acepté que tomaría su lugar como portadora de ese conocimiento, ella pudo descansar. Tenía más de seiscientos años esperando a que alguien tomara su trabajo.

– Entonces no descansó, murió – corrigió Aedea.

– Morir, descansar – dijo su madre – no hay mucha diferencia, cariño. Ya como maestra, debía yo de organizar ese conocimiento para tenerlo listo.

– ¿Listo para que?

– Listo para ti, por supuesto.

– ¿Para mi? – Dijo una niña sorprendida – ¿Ya sabias desde entonces que yo sería tu hija?

– Bueno, en verdad no. Sabía que tendría una alumna, y sabía que tendría una hija, pero no estaba segura de que ambas fuesen la misma persona. A veces si lo es, otras no. Y definitivamente nunca imaginé que tendría que enseñarte desde tan pequeña.

– Que bueno que fui tu hija, si no, no me enseñarías.

– Claro que no, amor. Al volverte mi alumna, te volverías mi hija, así como la señora Ünterdorf se volvió mi madre, y por lo tanto, tu abuela.

El muñeco salió triunfante de la cirugía reconstructiva. Galia miró con amor y un suspiro relajado a su retoño, Aedea, y expresó un pensamiento relativamente incoherente, pero atinado.

– Lo más perfecto del Universo.

Por supuesto, la niña no entendió.

– ¿De que hablas, mamá?

Galia trató de decirlo en otras palabras.

– De que me alegra mucho ser tu madre, y me alegra mucho de que tú seas mi hija. Así como eres, ni un pelo más, ni un pelo menos.

Aedea se colgó del cuello de su madre y le dio un amoroso beso en la mejilla. Galia la estrujó tiernamente, para sentir su pequeño corazón, alojado en ese frágil torso que aparentemente se quebraría con facilidad.

– Mamá…

– Dime

– Entonces, ¿Cómo se llama eso que tenemos?

– ¿Eso que tenemos?

– El poder cantar y hacer cosas con las canciones

– ¡Ah! Es un poder muy, muy, pero que muy antiguo. Desde el inicio de los hombres. Solo hay una persona con ese poder cada generación. Antes de mi, estuvo Isabella LaFountaine, pero no aceptó ser maestra. Luego aparecí yo, y al parecer, seguirás tú, claro, depende de que tanto te esmeres por aprender y que tanto pueda yo enseñarte.

– ¿Y como se llama este poder?

Galia respondió, breve, enérgicamente, tratando de condensar tiempos, significados, nombres y recuerdos en un solo sonido de su boca.

– Vox.

 

 

(*) “De los tres horrores, el más silencioso…”

 

Fin de la serie. 

Anuncios

Animate! Deja un comentario. Todos son valiosos

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s