Doncella de Venganza (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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Doncella de Venganza

¿Lo escuchas, ahí en el fondo, debajo del silencio? Los gritos apagados de los que ya están muertos. ¿Sientes el frío de sus almas encadenadas? Esperando ahí, bajo la oscuridad. Los ojos que lloran, la mano que ahorca. Sí, aun tú lo has sentido. Cuando estás solo, en esos momentos en que jurarías ser observado, y percibes una mano extraña a punto de tocarte el hombro, pero no hay nadie. Solo tú, el silencio y la oscuridad.

 

Primer día

 

“Lunes 18 de noviembre, año 226 después del Éxodo y la Colonización”

Querido diario:

     Estoy volviéndome loca. Mi mente flota por rumbos extraños, haciéndome sentir más rara de lo usual. Escucho cosas y veo cosas que no existen, más bien, que no deberían existir. Como sí no fuera solamente yo, sino otros anidando en mi cabeza. Pienso ideas que no son mías, se que son de ellos, y las ponen en mi cráneo… ¡pero “ellos” no existen! Estoy enloqueciendo. Y sigo tan sola…”

Una noche pesada cayó sobre la Mansión Bates, sin embargo, no todos se encuentraban dormidos. Ranchi Bates estaba sentada en su cama, abrazando sus rodillas, en un vano intento por mantenerse despierta. Sus sueños intranquilos se habían transformado últimamente en vividas y terroríficas pesadillas, haciéndola retorcerse, sudar y gritar profundamente al despertar, dejando sólo un pálido reflejo del horror padecido, en el oscuro y perdido reino de lo incomprensible. A pesar de todo, no podía continuar sentada el resto de la noche. Paulatinamente se recostó, sus ojos descansaron, mientras su frágil cuerpo reposó sobre su lecho. Una quietud la inundó inesperadamente, mientras  las luces y los sonidos de la habitación se hacen más lejanos e indistintos. Respiró profundamente, y, por un momento, olvidó todo. Hasta que empezó a soñar. Esa noche fueron gusanos. Gusanos traslucidos, permitiendo ver en su interior partes corporales de sus anteriores presas, grande como perros, viscosos, malolientes, arrastrándose lentamente por los pisos y las paredes, dándole a la Mansión Bates el aspecto de estar hecha de carne latiente. Fueron hacia Ranchi, quien aún permanecía en cama, paralizada por el miedo. Los oía estrujarse entre sí y chillar, ansiosos, olisqueando los borde de sus sábanas, trepando sin parar por los doseles y las cortinas, dejando tras de sí un camino de baba espesa. Estaban por todos lados, cubriendo el piso, las ventanas, el techo, la puerta… Uno se puso muy cerca de su pie, pero Ranchi continuaba sin poder moverse, mientras otro se adhierí a su mano y se arrastraba, inmenso y pesado, como una gigantesca babosa hambrienta. Lo sentía en su piel, en su carne.

Ella gritó.

Lejano al principio, pero se volvió pronto agudo, escalofriante. Hacía vibrar los tímpanos y latir el corazón. Punzante, eterno. Si el horror tuviera voz, esa sería seguramente la suya. Pero aunque su grito fue descomunal y colmado de espanto, nadie en la Mansión Bates despiertó. Solo ella abrío los ojos al alba y la realidad.

 

Mañana.

Eran las 06:30 de la mañana, hora en que el radio despertador se enciende. Una voz femenina comenta:

“-… retomando la nota anterior, muchos sectores de nuestra sociedad aplauden la firme posición de nuestro flemático Primer Ministro, Wilhem Bates, al rechazar categóricamente y por principio la posibilidad de establecer algún tipo de contacto con culturas extra terráqueas…-“

Ranchi estába cepillándose los dientes en su baño propio, mientras escucha la voz de su padre en el noticiero. Lo oía más ahí que en casa.

“-… nos mantendremos firmes a nuestras tradiciones y costumbres, tal como lo hemos estado logrando durante estos tres siglos. Continuaremos demostrando nuestra lealtad a la amada Tierra, rechazando todo tipo de tecnología o influencia provenientes de otros mundos, preservando así nuestra identidad planetaria y nuestras más profundas raíces culturales humanas. No necesitamos a la Confederación.“

Ranchi estaba peinando su largo y azabache cabello. Pensó en sus adentros:

<<Bien hecho papá. Asegurándote de que continuemos viviendo en el pasado otros trescientos o cuatrocientos años más>>

La voz carente de tono de la periodista continuó:

“-… este comentario salió a la luz con el motivo del reciente mensaje enviado por la organización interplanetaria llamada Confederación de Sistemas, con el propósito de invitar a nuestro mundo a integrarse a sus filas. Nueva Standford Beta, a través del Gobierno Global, rechazó diplomáticamente cualquier oportunidad de que esto sucediese, además de reforzar medios para frenar y evitar cualquier tipo de invasión ideológica. Pasando a otros asuntos, el Ministro de Economía…-“

Apagó su despertador. Estaba ya vestida para el colegio, con ese feo uniforme que la hacía ver más flacucha que un palo de escoba.

– No puedo evitar salir de mi habitación – se decía al observarse amargamente al espejo – por más que quiera. Al menos puedo tratar de regresar lo más rápido posible. Allá afuera es un lugar peligroso.

Tuvo una extraña sensación cuando cruzó el umbral de la puerta y dio una última mirada a su reflejo. Por un pequeño instante, creyó ver su imagen permaneciendo encerrada en el espejo, saludándola.

El padre de Ranchi era el primer Ministro del Gobierno Global del planeta Nueva Standford Beta, y esto era decir que casi nunca tenía tiempo para ella o su hermano menor, de ocho años. En realidad, como Primer Ministro nunca tenía tiempo para nada ni nadie. Su esposa la Primera Dama, Mildred Bates, cumplía con todas las obligaciones que su posición le exigía. Dama de sociedad, aristócrata por herencia y gusto, evitaba por todos los medios pasar tiempo en exceso con sus hijos “La maternidad no era para mí” decía orgullosa en sus reuniones de té. Entonces, los menesteres de la vida diaria, como el desayuno e ir a la escuela, le concernían al mayordomo Richard, hombre en la madurez de la edad, firme como un árbol y con cerebro de piedra. Y Richard, encargado totalmente de que los niños Bates fuesen atendidos y educados como debiese, los apuraba ahora a comer y a subir a la limosina sin perder un solo segundo. Claro Richard no era ni un padre ni una madre, pero a él no le interesaba serlo. A nadie la interesaba serlo.

Lo único tolerable del trayecto a la abarrotada ciudad de Nueva Londres Tercera, era que podría conversar con Derek, su hermano menor. A esa edad, su increíble genialidad era explotada inhumanamente. No obstante estar matriculado en más materias que cualquier estudiante avanzando de la Universidad de Nueva Londres, todavía tenía que aguantar las titánicas sesiones con tutores privados. El no era tratado como un niño, sino como un experimento de laboratorio.

–          Te ves desvelada, Ranchi – dijo Derek, con voz queda.

–          Si… – contesto ella, desanimada.

–          ¿Pesadillas?

Ranchi asintió.

– Si quieres, trataré de escaparme de mi tutor de física aplicada hoy en la tarde. Podríamos… platicar. Sin que nos oigan.

La ternura de Derek siempre conseguía florecer una sonrisa en el pálido rostro de Ranchi. Su inocencia era como una estrella, flotando alto en un mundo de niebla fría, a la cual Ranchi giraba la vista cuando la tristeza era insoportable. Derek, el niño genio, al igual que ella, adolescente inadaptada, no era feliz. La única cosa que hacían soportable su mundo gris y vacío, era ese profundo y puro amor de hermanos que se tenían, el cual, hasta el momento, aun nadie había reparado en tratar de destruir.

Un graffiti estuvo pintado una vez en alguna de las paredes traseras del colegio de Nuestra Señora de la Piedad, a donde Ranchi asistía ahora:

“El cielo se ha quedado en la Tierra y a Nueva Stand nos hemos traído  el infierno”

Los estudiantes comunes no entendían la metáfora, pero para Ranchi, presente cuando el director y dos conserjes lo borraban con brochazos de pintura blanca, era poesía descarnada. Sentía eso todos los días de su vida. Ranchi tenía el cuerpo de una niña de doce años, conociendo apenas la pubertad, un pelo largo, lacio y azabache, origen de innumerables bromas de mal gusto, y hasta esos días, usaba gafas de mica, acentuando su aspecto de nerd. Tartamudeaba al ponerse nerviosa, y tropezaba a menudo, cayendo al suelo muy regularmente de formas absurdas y graciosas. Está demás decir que no tenía amigos, permaneciendo la mayor parte del tiempo sola, leyendo en la biblioteca o en algún rincón oscuro del gran jardín. Entraba solo al salón en tiempo de clase, o si no tenía opción. Ella trataba de ocultarse siempre, pues la regla era que, si alguien estaba aburrido o simplemente deseaba hacer reír al otro, molestase a Ranchi.

Ella, a esa hora de la mañana, caminaba rápidamente por los pasillos, queriendo pasar desapercibida hasta su próxima materia, cuando uno de los varios bravucones que paseaban ociosos se fijo en su presencia.

– ¡Bueno días, su alteza Bates! ¡Papá se oyó muy bien en el radio hoy! ¿No es así? Aunque… – gritaba, llamando la atención de sus compañeros, cargando cada palabra con sorna y desprecio –  una duda sigue aquejándonos a todos los ciudadanos ¡No ha declarado oficialmente tú adopción! ¿Cuándo aclarará eso, eh?

Carcajadas ardientes como brasas caían en la desprotegida Ranchi. Trató de acelerar el paso, peso en su ensimismamiento, choco con otro joven que venía en dirección contraria, haciéndole dejar caer sus libros y blocks de notas. Musito algo como un “lo siento”, pero el muchacho también estaba aburrido.

– Vaya, para ser aristócrata eres demasiado torpecita. Seguramente no eres capaz de dar dos pasos en tu casa sin romper algo. Veamos, – tomó un libro del suelo – aburrido, aburrido, aburrido… – decía mientras pasaba las hojas ausente de cuidado o interés. –  iPuaj! iPayton! A ver si tú encuentras algo que valga la pena entre tanta basura.

El libro salió disparado de la mano del joven, a otro situado varios pasos atrás de Ranchi. Mirándolo como si fuera un calcetín sucio lo aventó a otro compañero.

– Tonta –dijo el iniciador de la broma –  ¿No vas a ir por él? – Golpeó con brusquedad su hombro empujándola hacia atrás –  Muévete, estúpida.

Ranchi asustada, corrió hacia el último en tener su libro. Justo antes de tomarlo, salió volando a otra mano, y ella volvió a correr tras él torpemente. Las risas y las burlas eran como balas, una lluvia de puñales enterrándose en su alma. Anteriormente, una situación así hubiera continuado por un buen rato, hasta la aburrición de los muchachos o la llegada de un prefecto. Ranchi correría entonces al baño más cercano a llorar sola, derramando lágrimas de vergüenza y rabia. Sin embargo, eso no fue exactamente lo que ocurrió en esta ocasión.

<< Estoy harta. >>

Ella tropieza, cae de rodillas, mientras otra tormenta de carcajadas la cubre de pies a cabeza. Antes de apoyarse para dejar el suelo, ve sus manos, encontrándolas bañadas de sangre.

<< ¿Me habrá cortado con algo? No siento nada>>

El piso está inundado de sangre, ha caído un charco profundo oscuro con olor penetrante. Ella no puede creerlo. Alza la mirada de sus manos y rodillas, su rostro se encuentra con una luz rojiza, un atardecer tardío y melancólico, desabordándose por los ventanales rotos. Todo está pintado de sangre. Levantándose lentamente, ella se pregunta si eso era real, o una ilusión, si había quedado inconsciente o cayó dentro de una de sus propias pesadillas. A su izquierda, no muy lejos, descubre los cadáveres decapitados de la pandilla de bravucones, con la sangre fluyendo aún de los tocones de sus cuellos. Unos aún se retuercen.

<<< ¿Y las cabezas? >>

Al apartarse el cabello de la frente, percibe humedad que mancha de más rojo las yemas de sus dedos. Con cautela, ve hacia arriba, encontrando la respuesta. Colgados del techo, están los cráneos hendidos de los muchachos, y, al parecer, de muchos más, pues todo el suelo está cubierto con la sangre y los sesos que gotean lentamente ellos. Ranchi observa consternada. El techo esta repleto de cabezas colgantes, cercenadas brutalmente. Incontables cabezas. Une voz susurrante lejana y confusa, acaricia el oído de Ranchi:

<< No lo permitas>>

Otra diferente, más cercana y vibrante agregó:

<< Mátalos a todos>>

Un coro amorfo, discordante, unido tan solo por repetir las mismas palabras dice sin cesar:

<< No lo permitas. Mátalos a todos. A todos. Mátalos ya. Mátalos a todos. >>

Ella esta a punto de gritar, sin embargo, hace un esfuerzo superior a sus fuerzas, y aprieta los párpados, aferrando sus oídos con ambas manos hasta dolerle.

<< ¡No sé donde estoy, pero quiero irme! >>

-¿Qué te pasa ahora cerebrito?

Ante ella la realidad retorna. La luz del próximo medio día, la limpieza aséptica del plantel, personas y maestros caminando entre los salones, y, por desgracia, los bravucones.

-¡Bah! ¡Vámonos!

Uno de ellos lanza su libro a la cabeza, Ranchi hace caso omiso del duro golpe en su sien y continua estática, sin mover una fibra de su cuerpo. Antes de atreverse a dar un paso escucha claramente a un niño pequeño, compartiéndole un secreto.

<<Tú eres la Doncella de Venganza>>

El significado de esas últimas palabras, ella no lo sabía.

El mediodía y un par de horas después del medio día habían pasado, y el odioso momento de regresar a la Mansión Bates no podía aplazarse más para Ranchi. Por cierto, ni Ranchi o Derek llamaban “casa” u “hogar” a la Mansión. No vivían, estaban recluidos allí.

Derek salía más tarde de la Universidad, así que Ranchi estaba sola, en el asiento del pasajero en esa lujosa antigüedad moviéndose por las calles de Nueva Londres. Una ciudad falsificada, copia demasiado fiel de lugares arcaicos y decadentes. Uno nunca podría sentirse pertenecer ahí. Posiblemente eso deseaban los planificadores, el que sus habitantes tuviesen siempre ese deseo imperioso de regresar al verdadero origen, a la lejana y, posiblemente muerta Tierra. Por supuesto, tenía edificios grandes y lujosos, condominios, complejos habitacionales, plazas comerciales, estadios… pero se sentían fríos y vacíos, destinados a la ruina desde el momento mismo de su construcción. Incluso los jardines y parques tenían esa visión de invierno perpetuo, aferrarse a florecer en una tierra infértil, crecer y reverdecer en un mundo moribundo.

Ranchi veía por la ventanilla con la barbilla apoyada en una mano. Observaba a todas esas gentes en su vaivén interminable, carentes de sentido, sin propósito. Moviéndose sólo por el hábito de hacerlo. El porqué, no importaba.

<<Son normales>> pensaba <<Daría lo que fuera por ser normal>>

Estaba empezando a sumirse en una de sus continuas depresiones, cuando la asaltó una sensación de ser observada fijamente. Giró la cabeza de improviso y descubrió los ojos del chofer enmarcados en el espejo del retrovisor, fijados en ella y sin ningún intento de disimulo. La joven se percibió indefensa, intimidada, sus mejillas se ruborizaron levemente y, para escapar de esa bochornosa situación, fingió buscar algo en su mochila, tratando de sacudirse esa inquietante mirada de encima. El semáforo cambió de rojo a verde, el automóvil se movió y el chofer volvió de nuevo su atención hacia la abarrotada calle. Hubiese sido el fin del incidente, a no ser de esas palabras inesperadas, salidas del ambiente.

<<Malnacido. No te fijes en él. Es un cerdo. Querrá hacerte lo mismo que me hizo a mí. Cerdo asqueroso>>

Otro mensaje críptico roza sin previo aviso el oído de Ranchi.

<<El hombre vestido de negro, en la moto del mismo color, lleva siguiéndolos casi seis cuadras. Pasará a tu lado en la próxima intersección. >>

Una inquieta multitud de pensamientos burbujean en la mente de la chica.

<< ¿De dónde salen esas voces? >>

Quería hablar con alguien, quien fuera. Por desgracia, no hay otro ser humano cerca más que el chofer indiscreto y algo – una especie de premonición, un sentido de alerta – gritaba sin cesar que no era nada sensato dirigirle la palabra, sin contar la advertencia misteriosa de la voz sin rostro escuchaba apenas unos momentos . Ranchi cerró los ojos, respiro hondo y empezó a repetirse a sí misma cientos de veces, tratando de convencerse:

<<No estoy loca. No oí nada, los nervios y la adolescencia. Eso es>>

El automóvil continúa su ruta, encontrándose con el próximo semáforo, antes de doblar a la derecha para unirse al trayecto de otra repleta avenida. Súbitamente, una idea apareció ante ella.

<< ¡Semáforo! ¿Estará en rojo? >>

Deseando no ver a nadie, se acercó un poco a la ventanilla de su izquierda, la más próxima. Junto al auto estaba una motocicleta negra, deportiva, con pintura impecable, sobre la cual viajaba un hombre alto, vestido con una gabardina, y toda esa oscuridad alrededor suyo no hacía más que resaltar lo blanco de su tez, y potenciar su apostura. Traía gafas de sol, su cabello negro y corto estaba un poco revuelto por el viento. Y sin embargo, lo más importante del encuentro, es que estaba mirándola. A través de las gafas, la ventanilla y la corta distancia, la observaba.

Así fue como Ranchi lo conoció. Misterioso, distante, increíblemente real. El automóvil se movió, entonces la veloz motocicleta tomó distancia, perdiéndose en los torrentes del tráfico.

Confundida, Ranchi se sumergió en sus turbulentos pensamientos, flotando entre cientos de preguntas, ausente de rumbo.

Sin percatarse de lo que hacía, una débil sonrisa ocupó sus labios.

<<A pesar de todo, era muy guapo…>>

Desafortunadamente, la leve alegría de su rostro se disolvió al continuar el retorno, pues él seguía siendo la visón fugaz de un extraño desconocido y ella se dirigía a la fría Mansión Bates, sin escapatoria o alternativa. El mundo seguía corriendo delante suyo, sin muestras de detenerse.

(continuará…)

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