Sangre de Guerra (parte XIV y última)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 
Número de Registro: 03-2009-120213182200-01
Esta obra se encuentra registrada y protegida por la Ley Federal del Derecho de Autor. Queda prohibida cualquier copia, imitación, o utilización sin previa autorización de su legítimo propietario.

(continúa…)

La tranquila luz de la mañana bañó el mundo. Boris permaneció en tu tumba secreta, cubierta por el bosque. Él fue el último de una dinastía de nobles y poderosos, de poder y batallas. Alexei por fin era único, una persona entera, y tenía ahora el trabajo de sentir y vivir por sí mismo. Ya no estaría Boris para compartir el dolor y la pena, ni se encargaría de alegrarse por las pequeñas y múltiples simplicidades de la vida. Alexei ahora estaría realmente solo, sintiendo, viviendo y existiendo, conservando la memoria de lo que hace tiempo fue tener un alma humana en dos cuerpos idénticamente perfectos. No más Tubarov. No más orgullo añejo de familias en decadencia. La historia de Alexei, su historia propia, apenas comenzaba.

Alexei, o Alex T. como ahora se hacia llamar, andaba por aquí y por allá, buscando lugares donde ejercer su oficio. Pensó en ser asesino a sueldo, pero el ser buscado por la ley no era muy atractivo. Además, la paga era pésima. Matón o guardaespaldas, era otra opción, pero los gustos cambian, y de ser un secuaz confiable, podría volverse en alguien que supiera demasiado. Alex no quería nunca mas darle razones a nadie. Así que optó por ser cazarrecompensas.

Andaba en aquel asunto apenas unos meses, cuando se enfrascó en el rastreo de un ladrón muy escurridizo. Buscándole la pista en las calles de ese mundo, vio un cartel, pegado en una oficina de gobierno. Decía:

“… La Confederación de Sistemas es un organismo intergaláctico, sin fines de lucro o políticos, completamente desligado de algún gobierno en particular, cuyo propósito fundamental es vigilar y regular la interacción entre las diversas razas y culturas de este Universo, para así evitar el predominio de las “superdesarrolladas” sobre las menos evolucionadas, y permitir así la libre evolución de todas las civilizaciones sin interferencias de ningún tipo, además de apoyar, en aquellos planetas que lo soliciten, apoyo de nuestro programas de mejoramiento de vida, tecnologías  y justicia…”

Alex escupió al cartel.

–          Al demonio.

Paso un par de días, y su búsqueda terminó por una corretiza llegando a un condominio abandonado. Alex entró desde el techo, rompiendo una ventana del último piso, mientras el pillo se introdujo por una salida de urgencia, huyendo por las escaleras con rumbo a los demás niveles inferiores. Curiosa y extrañamente, otro individuo, alto, fornido, y fuertemente armado, apareció de repente, atravesando la frágil puerta de uno de los departamentos del fondo. Se miraron fijamente, apuntándose. Quisieron seguir la persecución, pero solo lograron acercarse más los cañones de sus armas. Alex tenía en la sien el frío acero de un revólver, y el cañón de una escopeta rozándole las costillas.

–          Apártate – dijo con su tono mas amenazante

–          Soy Thunder. – contestó el otro, apartando un poco el silenciador que se le metía en la mandíbula. – ¿Y tu eres…?

Alex no contestó

–          Como sea. Mira, podemos quedarnos aquí a patearnos los traseros hasta desmembrarnos y hacernos picadillo a fuerza de golpes o… – Alex aguzó la mirada, como si sospechara una trampa – podemos ir tras ese bastardo y repartirnos la mitad de la recompensa. Si intentas algo raro…

–          Si tú intentas algo raro…

En un intercambio de pensamientos, Alex partió a correr por las escaleras y el recién presentado Thunder tomó la salida de emergencia. Cuando el tipo pensó que ya la había librado, ya que solo tenía que abrir la puerta y salir a la calle para tomar un vehículo, el balazo por la espalda le destrozó completamente la rodilla

–          ¡¡Argghh!

–          Quieto. – Alex saltó el último tramo de las escaleras, directo a su presa. Pero este ladrón no estaba desarmado. Sacó una pistola de entre su chaqueta, listo para volarle la cabeza. Pero, otra vez, un tiro en la mano armada le hizo fallar, y por mucho, la puntería. El disparo vino de atrás, por la puerta que sería su futura salida.

–          El tipo dijo “quieto”. Significa que no puedes hacer ni un rajado movimiento.

Thunder acabó así con la misión. Después de recibir la recompensa, le invitó un trago a Alex.

–          Anda, no seas afeminado – y Thunder le dio un imprudente puñetazo en el brazo, su forma de ser cortés. Alex trato de no perder los estribos.

–          No, gracias

Alex se dirigió a una gasolinera, a comprar algo de comer. Thunder lo seguía, por la calle, a pocos pasos.

–          Aléjate de mi – dijo Alex

–          ¡Cálmate hombre! – dijo Thunder, levantando las manos. -Voy al bar que esta junto. Maldición…

Sus caminos por fin se separaron, pero solo por unos momentos, pues el despachador le comunicó a Alex que no vendían nada parecido a víveres, y que si tenía hambre, el tugurio de junto era lo más parecido a un restaurante.

–          Lo siento… señor – dijo el minúsculo empleado, encogiéndose tras el mostrador.

Alex miraba con gesto desaprobatorio el bar a medio bloque de distancia.

–          Estúpido planeta de transportistas

–          Estoy de acuerdo con usted, señor

Momentos después…

–          ¡Así que viniste! – saludo Thunder con cerveza en mano

–          Cierra la boca – saludó Alex.

En la barra Alex ocupó el único asiento libre: junto a Thunder. No les quedo otra opción que conversar

–          Vete al demonio – dijo Thunder, entre trago de cerveza y eructo estridente.

–          Púdrete, infeliz – contestó Alex, sin mirarlo siquiera.

El sucio y oloroso cantinero se acercó a Alex

–          ¿Qué va a querer?

–          Comida – clavó su mirada asesina – Lo que sea, bien cocido.

–          En un momento – y se perdió aterrorizado por la puerta de servicio.

Otra vez solos. Thunder dijo algo que le hizo girar la cabeza a Alex.

–          Y bueno… ¿Qué rajados hace un ex mercenario de Nueva Vladivostok por estos rumbos?

Alex estaba listo para saltar sobre Thunder y arrancarle la lengua para hacérsela tragar.

–          ¡Quieto demonios! ¡Relájate!

–          ¿Quién te has creído, entrometido?

–          Ese acento chistoso que te cargas grita a pársecs que eres de Nueva Vladivostok. Arrastras las erres y cada vez que dices algo con “k” parece que escupes una bola de pelo. Lo de ex mercenario, pues, tienes una puntería increíble. Podría afirmar que incluso controlas los latidos del corazón para no alterar el pulso ¿cierto?

Alex continuaba silencioso. El cantinero le trajo un enorme bistec con papas fritas y una cerveza. Continuó ignorando a Thunder, y comió su cena.

–          31, 32, 33, 34, 35, …

Golpeó la barra con el puño que tenia el cuchillo. No importaba que estuviera medio oxidado y sin filo. Definitivamente iba a usarlo.

–          Una mas y… – dijo amenazadoramente.

–          Eres de buena familia. Das exactamente cuarenta mordidas antes de tragarte lo que tienes en el buche. Una costumbre de ricos, si no me equivoco.

–          Ahora yo voy a decirte lo que descubrí de ti, – replicó Alex – eres un infeliz perdedor que tiene la mala idea de entrometerte en vidas que le no conciernen. Si vuelves a hablarme o siquiera a volver a mirarme más de cinco segundos seguidos, te voy a sacar las tripas con el tenedor y las voy a agregar a mi plato ¿lo entiendes?

Thunder, burlonamente, contestó.

–          A la orden, sargento

Alex continuó cenando. Sin embargo, no aguantó hacerle una corrección.

–          General

–          ¿Qué?

–          Fui general

–          Antes de que el gobierno de tu planeta se fuera al demonio. Creo yo.

–          Algo así ¿de donde sacaste lo de ex mercenario?

–          En estos tiempos la milicia te habrá corrido a patadas. Supongo que por eso habrás entrado al negocio de cazarrecompensas.

–          ¿Y tú?

–          Autodidacta

–          ¿Nada más?

–          Nada mas

Alex continuó comiendo, pero miraba discretamente como el recién conocido Thunder saboreaba su cerveza y encendía un puro.

–          A todo esto, ni nos hemos presentado – dijo el observado Thunder.

–          No, no lo hemos hecho – respondió secamente Alex, con un tonillo que trataba de demostrar falta total de interés. ¿Diría su nombre, ese nombre que lo acompañó desde la cuna hasta su supuesta tumba, guiador de destinos, idolatrado y recordado por miles? Lo pensó con cuidado. Sería mejor no hacerlo  – Alex T.

Esperó la reacción. Dejó pasar un bocado.

–          Thunder X.

–          Bien.

–          Bien.

Thunder se metió un puño de maní rancio en la boca y se abocó a mirar el partido de blitz-ball en el holovisor. Alex tuvo una inusitada sensación de libertad. Podía decir cualquier cosa, cualquier mentira, cualquier idiotez, y a ese tipo le importaría un carajo. Por fin halló a alguien a quien no le interesaba el pasado. Un par de individuos tratando de vivir sus vidas en el mayor anonimato posible.

Al salir del bar, Alex continuó intentando seguir su propio rumbo, pero Thunder lo acompañó al enorme estacionamiento de naves espaciales compactas. Al ver al RCP – 120, tuvo una loca idea.

–          Buena nave

Alex se sintió orgulloso

–          Es la mejor – aunque luego, se le enfriaron los ánimos – bueno, lo sería, si lograra repararla. Son pequeños detalles, pero no consigo los materiales ni herramientas.

–          Yo tengo una nave enorme, e igual necesita ajustes. No tengo ni la menor idea de que le pasa, así que te propongo un trato. Puedes llevar tu lata a la mía, y repararla con lo que encuentres dentro, hay tanta basura allí, que algo te ha de servir, y, cuando acabes, le das una checada a la mía.

–          ¿Me viste cara de mecánico? – dijo Alex

–          ¡Joder, no! Pero admito que en esas cosas tú sabes mucho más que yo ¿Qué opinas?

–          ¿Es grande?

–          Muy grande.

Poco después, en un valle alejado de ese mundo…

–          ¡Rayos!! – exclamó Alex.

–          Si. – dijo Thunder – Te presento a… mi nave. Aun no la bautizo

–          ¿Cómo un vago como tu obtuvo una nave nodriza maiar de 18ª generación?

–          Larga historia.

–          ¿Mataste a alguien? ¿La robaste?

–          Larga historia.

–          Como gustes. No había subido a una de esas desde hace mucho.

Thunder abrió el enorme hangar para alojar el vehículo preciado de Alex. Adentro, ambos deambularon por lo oscuros pasillos, siguiendo unos cables y cuerdas (porque a menudo se perdía) hasta llegar a la sala de control. Las sorpresas no acababan para Alex.

–          ¿Y esto?

La sala de control era la casa de Thunder. Ahí había una cama desatendida, comida en latas, cervezas, muchas cervezas, pilas de ropa y números atrasados de “Los cien más buscados por toda la galaxia”

–          Mi humilde y hogareño hogar – presentó Thunder.

–          No se dice “hogareño hogar” – dijo Alex

–          Yo digo lo que quiero.

–          Además, “nido de alimañas” es la expresión correcta.

–          Malnacido.

–          ¿Qué es lo que…? Pongámosle nombre antes a tu nave. Una nave de esta envergadura siempre tiene que nombrarse.

–          “Black”

–          Muy simple ¿”Deathbird”?

–          ¡Deathbird! Vientos. Me lo quedo.

–          Entonces ¿Qué tiene el Deathbird?

–          No arranca

Alex se sentó en las consolas y tecleó algo en ellas. Varias pantallas que según Thunder no servían, prendieron y dieron información del estado general.

–          Listo – dijo Alex después de algunos minutos.

–          ¿Ya? – preguntó Thunder. – ¿Qué carajos le hiciste?

–          Una de las baterías de materia negra se agotó. Redirigí la energía de otra batería vecina hacia los sistemas eléctricos de arranque. La agotada se recargará pronto.

–          Si, como sea.

Contra las predicciones de Alex, el recién nombrado Deathbird estaba bien diseñado y conservado, lo cual era increíble, considerando el dueño que tenía.

–          Cuentas con un cañón de antimateria completamente funcional. Felicitaciones, probablemente eres uno de los últimos en el universo que pueden jactarse de eso.

–          Me quieres ver la cara. Esta nave no tiene armas. La vi de cabo a rabo y no le encontré ninguna. Además, ¡los cañones de antimateria no existen!

Alex continúo tecleando y levanto una pequeña cubierta transparente, donde estaba un redondeado botón azul. Lo aplastó de un puñetazo firme, y, por la ventana se observó como emergía el enorme cilindro con señales de alerta que lanzó un poderoso rayo oscuro fulminando una colina cercana en miles de escombros incandescentes.

–          ¿Decías?

–          ¡Santa rajadura! Eres bueno. A propósito, que le harás a la … tu cosa esa

–          ¿Mi nave?

–          ¡Esa! ¿Cómo le pusiste?

–          Mmm… no lo había pensado. Apokalipsis. Me gusta como suena.

–          Es tu nave, pero igual no suena mal.

Thunder se apartó y se tiro de bruces en un sillón de hilachas.

–          Ponte cómodo.

–          Prefiero empezar a arreglar mi nave ahora mismo

–          Como quieras ¿Una cerveza?

–          No, gracias. ¿Tienes herramientas?

–          En ese armario pero ¡No!…

Alex lo abrió sin previo aviso, y una montaña de chatarra le cayó encima

–          Genial.

–          Usa lo que te sirva.

Se quita el chaleco, lo dobla y deja por allí, mientras recogía algo que parecían destornilladores

–          Mi nave… es decir, el Deathbird es tan grande que si te quedas un par de semanas ni cuenta me voy a dar.

–          Gracias

–          También he de tener polizontes. Si encuentras alguno, ¿lo matas por mí?

–          Si

Al salir de la sala de navegación…

–          ¿Por qué las luces siguen apagadas?

–          Problemas técnicos.

–          ¿Cómo llego entonces al hangar?

–          Sigue el cable azul.

–          Tienes ocho cables azules.

–          Carajo.

Ya a su lado, entre la maraña de guías, comenzó a guiarlo por el rumbo correcto.

–          Hay que hacerle muchos arreglos.

–          A mi me gusta así, además, tu solo estas de paso ¿no?

–          Te recuerdo que pediste ayuda. Es tu nave, pero puedes no ser el capitán. Mientras esté en el Deathbird habrá una cadena de mando.

–          Al carajo tu basura militar.

–          Si es así, me largo y te dejo con tus reactores a punto de explotar.

–          ¿Están a punto de explotar?

Alex no contestó, pero le sonrió de una manera muy extraña. Thunder optó por creerle. Las consecuencias serían menores.

–          OK, OK, yo capitán, y tu…

–          ¿Sabes algo de estrategia? ¿De protocolos interestelares?

–          Púdrete.

–          Lo dejaremos a un volado – Alex sacó una moneda de su pantalón – cara, yo capitán, cruz, tu. ¿Dudas?

–          Tírala de una vez.

Lanzó la arcaica moneda al aire, donde dio varios giros antes de ser interceptada en su caída por la mano de Thunder

–          Mierda.

–          Tú serás segundo al mando.

–          ¿A quien más podrías poner?

–          Calma. Cuando el Apokalipsis esté a punto todo el Deathbird será para ti

–          Sigue siendo MI nave, aún cuando tú seas el capitán.

–          Si, si, ahora llévame al hangar.

–          ¿Podrías echarle un ojo después a los sistemas eléctricos? Es fastidioso usar lámparas cada vez que quiero ir al baño

–          A su momento

–          Espero que no tarde

–          Cállate y muévete

–          Tu no me mandas

–          Pues tú no obedeces. Estamos a mano

Así, discutiendo y alegando, este disparejo dúo se internó en las entrañas metálicas del recién nombrado Deathbird.

¡Ah… el inicio de una entrañable amistad! Si. Seguro…

 

continúa en “Doncella de Venganza (parte I)” 

Anuncios

Animate! Deja un comentario. Todos son valiosos

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s