La mordida de la bruja

gbrom051Ilustración de Gerald Brom

“Con escamas de dragón

las fauces de un tiburón

sangre de una perra en celo

estas garras de mochuelo

y la lengua viperina

de la víbora asesina”

Acto IV, escena primera

Macbeth, W. Shakespeare.

Solo debía agarrar a un niño. Cualquier niño. Eligió a uno, que estaba de espaldas a su mamá. Era alto, de piel clara. Había mucha gente en el mercado, pero si se escabullía, no sería difícil llevárselo. Afuera estaba la camioneta esperando.

Así que tomó la manita del niño, suavecita y tibia, y tiró de ella con violencia. El pequeño gritó. Él no se puso nervioso, todos los niños gritan. Sin embargo, algo salió mal. La mamá del crío no estaba descuidada. Ella también gritó, y fue como un aullido, un chirrido espeluznante que se le clavó en el cráneo. Corrió tirando con salvajismo del brazo del niño que se dejaba caer y también chillaba de forma escandalosa. Nunca le había tocado semejante alboroto. En segundos, percibió que alguien corría a su espalda y se le prendía del cuello de la camisa. Pasó muy rápido. Las mamás corren, si, y tratan de alcanzarlo, pero usualmente gastan más energía en llorar que en perseguirlo. Esta no. Esta señora no solo gritaba como una hiena, corría como una. Él sintió la camisa romperse, y las manos de la señora engancharse en su hombro y cuello. Ella se le estaba trepando de costado, anclándose a su cadera, mientras sus dedos curvados palpaban su rostro, clavándose en el ojo izquierdo, rasgándole el párpado. La otra mano sujetaba el hombro derecho, bajándolo, extendiendo el cuello.

Y cuando éste se encontraba desnudo, latiente, tenso, la madre del pequeño que trataba de robar, lo mordió.

La gente berreaba de horror. Él percibía los dientes romos machacando su piel, y la señora, como un perro de caza, mordía y sacudía la mandíbula con salvaje desesperación. El dolor lo hizo perder el sentido por un momento, a la vez que un ardor nacía de esos dedos de garfio incrustados en el estrecho espacio del párpado inferior, arañando el ojo desnudo. Volvió a sentir otra mordida en la parte más blanda de su rostro, el pómulo, que fue macerado y casi desgarrado. Por fin gritó. La mujer recorría su cuerpo como una serpiente, y asestó una tercera dentellada, en la muñeca, haciéndole soltar al pequeño. Él tiro un golpe a ciegas.

– ¡POLICÍA! ¡POLICÍA! ¡ALGUIEN AGARRE A ESE ENFERMO!

Una multitud lo rodeaba. Alcanzó a ver la señora de rodillas, abrazando al aterrorizado niño. La boca de la mujer estaba roja de sangre. Ella estaba histérica, enfurecida.

-¡Eres un animal! ¡Una bestia! ¿Como puedes hacerle eso a un inocente? ¡Te maldigo infeliz! ¡Estás maldito!

Varias personas cercanas la sujetaron para tranquilizarla, y un par de hombres corpulentos – trabajadores del mercado – le ataron a él las manos. Quizás lo hicieron porque la señora no dejaba de gritar, luciendo capaz de atacar a aquel que no la ayudara.

– ¡Vas a pudrirte en vida, bastardo! ¡Vas a querer morirte y no lo harás! ¿Sabes que será de ti después? ¡Te irás al estómago del diablo! ¡Al maldito infierno, desgraciado! ¡Basura! ¡Vas a pudrirte, escoria!!

Cuando llegó la policía, se sintió aliviado. No era que estuviese muy conectado con los de ministerio público, pero al no haberse llevado al niño, no había razones fuertes para detenerlo. Esperaría a ver quien ponía la demanda, y luego se las cobraría.

Un torpe médico le hizo curación de las mordidas. Estuvo una noche en la celda y salió tranquilo. Investigó si la señora abrió alguna querella en su contra.

Nada.

Eso también era normal. El dolor de sus heridas le alimentaban las ganas de desquitarse. Decidió descansar unos días antes de seguir localizando a la señora. Desde que salió de la celda, no durmió, ni siquiera un minuto. Sentía que el ojo le reventaba, y para colmo, no podía cerrarlo bien. Pasó una semana encerrado en su cuarto. El insomnio era casi total, y cuando la vigila lo agotaba, las imágenes del niño y su madre ocupaban todo su cerebro. Trataba de recordarla, para tener claro su rostro, sin embargo, poco a poco sus rasgos se perdieron entre la miasma de sus pesadillas.

A veces, se veía a su mismo, agarrando en lugar de a un niño, un ratoncito blanco de orejas rosadas. Entonces sentía las garras de una monstruosa rata de pelaje pardo desgarrándole la cabeza. En otras, robaba un perrito tierno, esponjoso, y, acto seguido, una perra rabiosa se le prendía del cuello y lo destrozaba.

Estuvo así varios días.

Recibió una llamada de su empleador. Querían otro niño. Dejó la cama, tomó un baño, ignorando la molestia de las heridas palpitantes, de seguro infectadas, y salió a una plaza. El sol le quemaba. Trató de pasar desapercibido, para buscar un lugar concurrido, donde dejasen a los niños jugar solos. Poco a poco, notó que lo observaban. Unos, de forma discreta, le rehuían. Otros cambiaban sus pasos para evitar pasar cerca de él. Los pequeños, sin excepción, ponían sus rostros temerosos y corrían lejos. Lo señalaban, y sus mamás les hacían guardar esos índices acusadores, mientras, con pavor, los envolvían en sus brazos y huían.

“¿Tendré tan mal las heridas” pensó.

Acercó su rostro a una ventana limpia. Observó. Trató de no gritar.

El ojo y el párpado heridos estaban hinchados grotescamente, de un color verde violáceo, y el ojo sano tenía una secreción amarillenta que escurría por el dorso de la nariz. Su cuello estaba adornado por un rosario de pústulas y abscesos que se expandían desde el arco de los dientes de la aguerrida mordida. El pómulo, aquel donde la señora encajó por segunda vez las mandíbulas, tenía una ámpula moteada de apariencia frágil, tensa de secreciones. En la muñeca, las marcas de los dientes, eran negras y fétidas.

“¡Así no estaba cuando salí de mi cuarto! ¡Las heridas… las heridas no eran así!”

Asustado, buscó un lugar para curarse. El doctor usó guantes y cubrebocas para examinarlo. Le dijo que no podía reintentar suturar las heridas hasta que la infección cediese. Le recetó una docena de medicinas y después, lo despachó. Se sintió como un apestado.

Y lo era.

Volvió a encerrarse y a tomar los medicamentos con compulsión. Lavaba repetidamente sus heridas contaminadas, las cuales, en vez de sanar, parecían profundizarse más y más en su piel. Seguía sin poder dormir en absoluto, seguía teniendo la espeluznantes visiones de ratas y perras, y seguía padeciendo ardores y escozores en sus llagas putrefactas.

A la tercera noche, empezó a vomitar.

Un oleaje hediondo estalló en sus entrañas, lo hizo saltar del sillón para ir al retrete. Mareas y mareas, salían de su garganta, sin pausas, sin piedad. Apenas se vaciaba de podredumbre, el cuerpo de nuevo volvía a repletarse de inmundicias internas, y éstas regresaban a desbordarse por la boca. Sin pausas, sin piedad.

Olvidó cuando comió o bebió por última vez. El teléfono sonaba algunas veces, esporádicamente, pero no alcanzaba a contestar. La última llamada que recibió fue la de un conocido que puso a investigar sobre la señora que lo mordió, para vengarse.

– Nada.

– ¿Como que nada? Un montón de gente vio como la desgraciada se me prendió del cuello. De seguro alguien la recuerda, mira, te lo repito, es bajita, morena…

– Ya se, ya se. Pero la persona que me dices es como la mitad de las mugres viejas que hay en la ciudad. No doy.

– ¿Y el niño?

– Ajá, ¿como piensas que voy a encontrar un “chiquillo güerito”? ¿Así nada mas? Piensa, ¿y si no era de aquí? ¿Y si se largaron?

– ¡Pues búscala, idiota!

Lanzó el teléfono para no sumergirlo en otro nauseabundo chorro de vómito. Fue el último contacto con el mundo exterior. Eso lo puso a reflexionar, porque, a ciencia cierta, le costaba cada vez mas recordar el rostro de la mujer. No la vio completamente, solo la boca. Solo los dientes. Recordaba mucho mejor esos dientes ensangrentados escupiendo palabras sobre él. En algún momento – pues para él ya no había tiempo, solo ilusiones o delirios del tiempo – las imágenes de colmillos horribles ensartándose en su piel sustituyeron a los borrosos recuerdos de su intento de secuestro. Cualquier pensamiento placentero fue sustituido por febriles elucubraciones, temblores y agonías. Toda su vida se reducía a un espasmo, a un dolor, a el hedor que provenía de su cuerpo, a sus intestinos supurando en el interior.

Sumergido en ese estado, notó que casa vez estaba más consciente de lo que ocurría a su alrededor. Podía escuchar las goteras de la casa de arriba, los murmullos de los vecinos preguntándose si habría un animal muerto en su cuarto. Era capaz de de percibir las llagas abriéndose en sus piernas, hinchándose, el lento flujo de los coágulos de la sangre que caían por los bordes, incluso los gérmenes reventando y floreciendo entre los huecos de sus dientes, extendiéndose hacia su garganta.

“No puedo estar sintiendo esto”, se decía.

Sin embargo, lo sentía.

Las palabras de la mujer venían una y otra vez a su mente.

“Vas a pudrirte en vida”

Fue incapaz de levantarse. Las piernas le habían flaqueado después de un infinito acceso de vómito que lo debilitó e hizo caer. Su cuerpo se transformó poco a poco en una cataplasma grotesca, de secreciones, sangre e insectos. La infección del ojo contaminó a el resto de su cara, haciéndola perder forma y volviéndola un cúmulo de pústulas. De la muñeca, una gangrena viajó por los huesos, quebrándolos en su trayecto por el interior. Desde el cuello, la piel se hinchaba y reventaba, como una cáscara descompuesta, moviéndose con paciencia, hacia las vecindades de su organismo.

Y él podía sentirlo todo.

Intentó buscar arrepentimiento en su alma para ver si así se liberaba de esa maldición. Pidió disculpas imaginarias todos aquellos que lastimó. Pidió perdón por asesinar, robar y mentir. Buscó en su mente imágenes del Cristo, de la Virgen y de los santos a quienes les ponían velas y oraciones. Juró con solemnidad enderezarse si sanaba. Rogó y rogó, en silencio, de corazón y, aparentemente, con sinceridad.

Pero nada de eso funcionó.

Optó por odiar a la mujer y al niño, deseando miles de formas de destruirlos y humillarlos, torturarlos, hacerlos sufrir por tan, desde su punto de vista, injusto castigo, consolándose con la idea de que nadie, ni siquiera él, merecía tal tortura. Sin embargo, ese odio se volvía contra si mismo, y, en lugar de ver a madre e hijo sumergidos en dolor, acudían las imágenes aterradoras de bestias demoníacas que salivaban al esperar probar su carne.

El perdón y la misericordia que le negó a otros, las solicitaba para él.

Pero el perdón no llegaba, ni la cura, ni el descanso, ni el olvido, ni la muerte.

“Vas a querer morirte y no lo harás”

Un objeto con filo, se concentró a buscar un objeto con filo. Arrastrándose alcanzó un sucio vaso de cristal sobre la mesa, y moviéndola, lo hizo caer. Morir, dormir, descansar, cerrar lo ojos y alejarse de esta horrible situación. Si, deseaba morir, hubiese cambiado su dinero, sus influencias, su supuesto poder, solo porque alguien llegase y le hiciere el favor de volarle los sesos. Le daba asco ver su propia mano verdosa e hinchada. Tomó el vaso quebrado y trató de cortarse la venas lo más profundamente posible. No era sangre lo que salía.

Era pus.

Un ronco lamento, el llorar de un monstruo, asustó a los vecinos. Pudo escuchar las sirenas de la policía, los pasos y los gritos. Incapaz ya de hablar o emitir sonido alguno, percibió con alegría interna la patada que derrumbó la puerta.

– ¡Rayos! ¡Que asco! ¡Le salen cucarachas por todos lados!

– Ni se acerquen al cadáver. Es cosa del forense.

– ¿Seguro que está muerto?

– ¿A poco te parece una cosa viva?

“Pero lo soy” pensaba. “¡Soy alguien vivo! ¡Estoy vivo! ¡Quiero morir! ¡Pero no puedo!”

Hombres con máscaras y guantes lo subieron a una camilla recubierta con plástico y lo llevaron a la morgue. En algún momento, sus párpados se endurecieron y no pudo cerrarlos, por lo que veía todo con el escozor de ojos resecos y ulcerados. Atestiguó su propia disección apresurada, las caras de repulsión involuntaria de los forenses, nombrando a los hongos y colonias de parásitos que anidaron en sus órganos. Algún familiar lo identificó, solicitando de inmediato su cremación.

Sería quemado vivo.

Notó los despojos putrefactos de su cuerpo siendo colocados en un ataúd barato. El movimiento hacia el interior del horno. El calor ascendiendo, el crujir de la madera. Las llamas envolviéndolo, la piel hincharse y estallar. Incluso a los insectos tratando de escapar sin éxito de esa caja quemándose.

“El fuego me matará, todo esto va a terminar pronto, ya no puedo seguir sufriendo dolor si soy solo cenizas.”

Dicen que en verdad, nadie cree en el Infierno. Quieren creer, así como quieren creer en el Paraíso, sin embargo, en el último momento, albergan la esperanza de que solo se tratase de cuentos para asustar a los crédulos. Él, por supuesto, no creía en el Infierno. No quería hacerlo.

“¡Irás al estómago del Diablo! ¡Al maldito infierno!”

El fuego parecía hacerse más cruel y violento. Y en vez de perder sensaciones, se hacían más intensas. Ahora oía gritos. Gritos terribles. Una ráfaga ardiente le arrancó trozos de piel enferma, a la par de un olor nauseabundo permeando sus pulmones deshechos. El ataúd y las paredes del horno habían sido tragados por las llamas. Libre en ellas, él se encontró capaz de alzar la cabeza, el cuello, el torso, y finalmente, ponerse de pie.

Entonces, vio a la bestia. Tenía tres cuencas en el cráneo inmenso, y cada cuenca tenía miles de ojos observándolo, y debajo, una boca hecha de miles de bocas.

Él vio los dientes de esas bocas. Y supo donde pasaría el resto de la eternidad.

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