Sangre de Guerra (parte X)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa…)

Murió de forma rápida, pues uno de los mutantes le destrozó el corazón con su enorme garra. Luego, apilaron los cadáveres alrededor de los últimos sobrevivientes, que atestiguaron de lejos la muerte de los jóvenes, y les prendieron fuego, justo antes de que el ciclo vital de la última generación de armas biológicas llegara a su fin. Al amanecer del nuevo día, el campo de Amazo 38 volvió a recuperar su silencio, pero ahora tenia grandes llamaradas de cuerpos humanos calcinados, e incontables mutantes moribundos sobre la tierra. Para eso fueron diseñados, y antes de que el sol llegara a su cúspide, no quedaría ninguno.

Ni Vincent, Müller o Polina llegaron a conocer al legendario Alexei Tubarov.

Futuro

Por irónico que pareciese, el triunfo de la Confederación fue la derrota del poderío de Nueva Vladivostok. El objetivo tan ansiado de unir a tantos mundos, sistemas, razas y civilizaciones, fue posible solo con la promesa de eliminar todo aquello que Vladivostok representaba. Las guerras heroicas, las batallas interminables, el amor al secreto y encubrimiento causaron repudio al resto de los seres pensantes, que, como era la original intención, se consolidaron formando una organización de alcances universales. Las imágenes enviadas por las cámaras equipadas en los uniformes y armas de los soldados confederados muertos, corrieron a la velocidad de la luz por toda la galaxia. Aunque la Confederación de Sistemas intentaba contener y filtrar la información, la noticia de la carnicería aberrante ocurrida en uno de los verdes valles de Amazo 38, impactó tanto a los sistemas confederados como a los congregados. Amazo 38 fue incapaz de guardar silencio, y ocultar lo sucedido, pues observó por días los restos desechos de hombres y mujeres descomponiéndose en el campo de batalla, mientras los mutantes se desintegraban encima de ellos. Asqueado de si mismo, el pueblo de Amazo 38 y millones de mentes en toda la galaxia, testigos directos e indirectos de la tragedia, se preguntaron “¿Este es el camino a la armonía? ¿Esta es la paz de la Confederación de Sistemas? ¿Un ejército completo sucumbiendo en una hecatombe? ¿Y esa era la defensa de la Congregación de Sistemas? ¿Una horda salvaje de monstruos hambrientos y desalmados?”

Cada planeta reflexionó a su tiempo y circunstancia. Mientras unos digerían la masacre, volviéndola algo aceptable e incluso necesario, otros se unían a la conclusión de Amazo 38. Los sistemas pacifistas encontraron, justo en ese momento, más que nunca antes, oídos dispuestos a escucharlos. Y por un sistema convencido, dos o tres se mostraban accesibles a la visión de paz sin armas, al diálogo como método para fincar una relación respetuosa entre incontables culturas. Una idea cristalizó, común a todas las propuestas de los sistemas: las guerras no conducirían a nada.

Sin embargo, esta visión pacifista y conciliadora no nació de los sistemas humanos. El sistema Cristallys,  donde giraba el planeta Deagea, fue uno de los más activos en promoverla. Con sus recursos y tecnología, viajaron por todo la Confederación de Sistemas y hasta donde lo permitiese la Congregación, divulgando la paz y conciliación. Fueron los primeros en llegar a Amazo 38 y ofrecer su apoyo. Cuando la misteriosa muerte del General Hisue Langley ocurrió, los samas ofrecieron su palabra de que la Confederación no aprovecharía ese periodo de inestabilidad para una invasión a gran escala hacia los desconcertados planetas congregados. Asistían a debates y referéndums, exponiendo el punto de vista de Crystallis, comportándose como mediadores entre sistemas hostiles, para resolver sus diferencias. A las razas les maravillaba su paciencia y sabiduría, sus muestras de buena voluntad y fidelidad a la política de no agresión. A pesar de que en su agenda de actividades estaba incluida la invitación a firmar el Tratado Tallgeese, los samas actuaban con tanta cautela que no propiciaron roces entre los sistemas confederados y congregados. Las ex – colonias terrestres eran las más impresionadas, pues los humanos habían demostrado, otra vez, su capacidad para provocarse, entre si, dolor y muerte.Con el fin de obtener paz y concordia la misma humanidad debió aceptar su derrota. Los dioses tuvieron que bajar de las estrellas para impedir nuestra propia autodestrucción.

Cinco meses después del incidente en Amazo 38, en las afueras del Cuartel General de la Confederación de Sistemas. Planeta Colonia Nueva Vladivostok IV.

Boris Tubarov había dejado la seguridad de las instalaciones de la Confederación, y caminaba al interior de un bosquecillo en los alrededores. Un poco más allá se alcanzaba la desembocadura de un río, el cual alimentaba al gran lago en las afueras de la ciudad de Xenia. Kyo sa lo había citado allí, y Boris estaba seguro de que hablarían sobre Amazo. A él le incomodaba en cierta forma que Kyo sa fuera tan poco ortodoxo con las normas de la Confederación, es especial a lo referente a la vigilancia. Ciertamente, su popularidad había subido, desde que consiguió ese último y casi incomprensible acuerdo de paz entre Nueva Tokio 16 y Axis, un par de sistemas poseedores de una larga historia mutua de ardides, escaramuzas, traiciones y enemistades. Boris decía no sentirse amenazado por Kyo sa, pero aún así le dedicaba gran parte de su atención intelectual, mientras deambulaba sin rumbo y un poco nervioso entre los árboles. Sin percatarse, llegó a un espacio indudablemente modificado por los asistentes samas de Kyo sa. Había plantas miméticas que cambiaban sus tonos según la incidencia de la luz, creciendo sobre dos paredes de piedra que formaban ángulo recto entre sí, en solo uno de sus extremos. Dos fuentes reposaban en las paredes, y su agua se desbordaba para crear riachuelillos que corrían traviesos hacia el río. A la sombra de las paredes, había una mesa baja y varios cojines para sentarse recién colocados. Boris recordó que los samas amaban la naturaleza, de cualquier planeta que fuese. La única decoración, aparte del hermoso paisaje, era un florero de cristal vacío sobre una columna, justo en la esquina entre los dos muros de piedra. Puesto que Kyo sa no se encontraba, pasó de largo y continuó adentrándose en el bosquecillo. Cerca, entre unos árboles que formaban una barrera a un brazo del río poco profundo, Boris se detuvo. Una dama sama recogía flores entre los juncos que crecían a orillas del agua. Era de mediana estatura, con cabello de suave color turquesa extremadamente largo y brillante, que parecía estar envuelta en una cortina de gemas, con ojos amarillos, grandes y expresivos. Su piel, a diferencia de Kyo sa, que era azulada, era de un blanco perfecto, iluminada por el resplandor de su pelo. Pero, al igual que Kyo sa, quien proyectaba la imagen de un joven amable a pesar de su larga existencia, ella tenía la tez de una adolescente, inocente e ingenua, rebosante de pureza. Las manos delicadas de la sama rozaban levemente las flores, y éstas abandonaban de inmediato sus raíces y la tierra para ir al encuentro de esas manos divinas. Boris no tardó en reconocerla, era la secretaria de Kyo sa.

<< No será humana, pero es preciosa >> pensó Boris << ¿Cómo se sentirá besarla?>>

Experto en el arte de la seducción, se armó de una sonrisa atractiva, y un gesto cautivante, e hizo notar su presencia con el tronar de una rama bajo sus pies. Ella levantó sus amarillos ojos y las miradas de ambos se encontraron. Y las intenciones atrevidas de Boris se esfumaron igual de rápido que su sonrisa. Unas palabras atravesaron su mente.

<< Tu no debes verme así. >>

La dama sama tenía una expresión enigmática, mezcla de sorpresa y altivez. Erguida en toda su altura, su semblante era gélido y lejano. Parecía capaz de matarlo solo con el color de sus ojos. Boris tuvo un arranque de vergüenza. Retrocedió de inmediato y regresó al punto de reunión.

<< Que raro. Nunca me había sentido así. Es una secretaria, sama, pero secretaria. >>

El camino de retorno era más rápido, sin embargo, sus ideas lo eran más.

<< Sama. Yo soy un humano, y siempre lo seré a pesar de todo, hasta que muera. Ella es una sama. Y ser un sama implica ser muchísimo mas que un humano, debo admitirlo. Más hermosa, longeva, incomprensible. Inalcanzable. Como una estrella. O una diosa. >>

Kyo sa acomodaba los lirios que su secretaria había recogido momentos antes, en el florero de cristal. Sobre la mesa, aguardaba un porta documentos cerrado. Boris estaba solo con él, sin dejar de tener un mal presentimiento.

– Saludos, Boris – dijo jovialmente el sama – ¿Te gusta mi nueva oficina?

Boris dejó salir una risilla despectiva.

– Tienes razón – continuó Kyo sa con buen ánimo. – No es cómoda desde tu punto de vista, escribir o hacer correcciones a los informes se complica un poco, y más si necesitar llamar a alguien para cuestionamientos verbales. Sin embargo, me permite hacer algo que no puedo conseguir tranquilamente en el Complejo.

– ¿Y eso es? – preguntó Boris

– Pensar – Kyo sa dirigió sus azules y etéreos ojos al lejano río. En este momento, Boris, tu yo, mas que nada, necesitamos pensar. Acompáñame.

Ambos fueron hacia el río, por las orillas del bosquecillo. Kyo sa continuó la conversación.

– Sabes lo que pasó en Amazo 38. Una matanza inenarrable. Las consecuencias de ese evento han resultado benéficas para nosotros, a la vez que contraproducentes.

– La muerte de Hisue Langley ha facilitado las cosas. – agregó Boris. Kyo sa sonrió de forma melancólica.

– Solo ustedes los humanos tienen la capacidad de ver la muerte de otras personas como algo positivo. Los samas duramos siglos, y por eso evitamos a toda costa la pérdida de vidas. Nos compadecemos por aquello que no pudieron disfrutar, el camino perdido que nosotros, probablemente, ya recorrimos. Pero me estoy desviando del tema. – E hizo la siguiente pregunta sin cambiar la tonalidad de su voz – ¿Sabes quien mató a Hisue Langley?

Boris no respondió.

– Eso es algo de lo que solo tú y yo tenemos conocimiento. Limpio, sin evidencias. Cada vez es mejor en lo que hace.

Caminaron otro corto trecho, envueltos en lo tibio del atardecer. Boris, a diferencia de Kyo sa, estaba volviéndose taciturno.

– Después de lo de Amazo, se generaron reacciones inmensas. En primer lugar, Amazo ofrece sus disculpas a la Confederación. Como prueba de su arrepentimiento, nos dan el control de su gobierno, recursos naturales y han destruido todas sus reservas de armas biológicas. Desean que nunca vuelva a ocurrir otro combate de esa magnitud. Firmaron el Tratado Tallgeese hace semanas.

– Estaba al tanto de eso. Y opino que hemos sido demasiado blandos. Ellos no perdieron a ningún soldado – dijo Boris.

– Argumentan que solo se defendían. Desde que desarrollaron ese armamento a base de ingeniería biológica, no cuentan con fuerzas armadas, llámense ejércitos o vehículos convencionales. Toda su defensa se basa en la tecnología de recombinación de genes. No conocían la magnitud de un ataque a gran escala, nunca habían participado en alguno. Seamos sinceros, Boris, el sistema Amazo 38 es neutral. Si bien pertenecía a la Congregación, no firmó la declaración de guerra del general Langley. El sistema Amazo 38 no era un objetivo militar.

Boris hizo su silbido peculiar entre dientes cuando una de sus estratagemas queda al descubierto. La orden de invadir y robar las fórmulas de las armas biológicas mas poderosas jamás concebidas fue dada en secreto por su jefe directo, Stukov Petrovich.

– Dirán cualquier cosa por salvarse. – Comentó Boris – Al menos ya están integrados a la Confederación.

– Ellos y el noventa y cinco por ciento de la Congregación, la cual, en lugar de disolverse, decidió unirse a la Confederación, y no solo eso, se comprometen a extender el alcance del Tratado a todos los sistemas posibles.

Kyo sa comenzó a trepar por un árbol de frutos rojos y vistosos, dejando a Boris estupefacto, no solo por verlo encaramarse por las ramas como un chico, sino por la abrumadora noticia que acababa de recibir.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo consiguieron eso? ¿Por qué no me lo han comunicado? ¿Quién esta al tanto de esa solicitud?

Kyo sa bajó de un salto con varios frutos que de cerca parecían manzanas. Eligio uno, lo examinó de cerca, y le dio una gran mordida. Y agregó, como no quiere la cosa, mientras masticaba.

– En teoría.

– ¿Podrías hacerme el favor de explicarte? – el violento talante de Boris lo hacia alzar la voz notoriamente.

– La catástrofe de Amazo 38 abrió los ojos de casi todos los sistemas conocidos. Se percataron de que, si continuamos por el mismo camino llevado hasta ahora, habrá millones de muertes antes de llegar a un acuerdo. Así que no desean más guerras, y su búsqueda de paz los atrae a la Confederación.

– Suena excelente – dijo Boris – ¿Entonces porque dices que, “en teoría”, los sistemas ex congregados firmarán el Tratado? ¿Cuál es el problema?

Kyo sa continuaba comiendo, y a decir por la manera en como lo hacía, o la fruta era deliciosa, o el tenía mucha hambre. Se alejó un poco de Boris en dirección al río.

– Uno no puede obtener lo mejor de la vida sin hacer algo a cambio. El sacrificio no es dejar de hacer lo que amas, sino lograr cosas que nunca te hubieses imaginado capaz de hacer. Por ejemplo, para tomar la fruta que tengo ahora, debí subir al árbol con mis propias manos, sin importar lo que pensaras de mí, o el riesgo de caerme. Nosotros no podemos ser una organización que habla de paz y tener ejércitos de millones de soldados apostados en cada sistema integrante. No podemos hablar de igualdad cuando la totalidad de los directivos son humanos con rango militar. Si queremos que esos sistemas se unan a la Confederación, debemos ceder a algunas de sus demandas.

– Debí sospecharlo. Demandas. Cambios. ¿Podrías ser más específico?

– Un desarme. Disminución de armas y efectivos. La salida de la milicia de los altos mandos ejecutivos de la Confederación de Sistemas.

Boris lucía molesto. Y lo estaba. Sacó un puro de su uniforme de gala y lo encendió. Tomó una profunda bocanada para inundar sus pulmones y exhaló, diciendo:

– Locos. Locos o idiotas. Te agradezco que no me hayas invitado a participar en las negociaciones, hubiera perdido la cabeza. No tengo tiempo que perder oyendo esas estúpidas…

– Aún no has escuchado la tercera petición.

Boris clavó la mirada en Kyo sa, quien era inmune a sus ojos negros y lacerantes.

– Quieren la ejecución del general Alexei Tubarov.

Boris dejo de ver a Kyo sa y se enfocó en el río. Estaban casi a la orilla. El agua parecía una cama de cuentas de cristal, que al chocar entre sí, cantaban un murmullo adormecedor.

– ¿Por qué? – preguntó, después de unos momentos.

– Objetivamente, lo inculpan de la muerte del general Langley.

– Tonterías. Les importa un bledo si esta muerto o vivo, y mucho menos quien lo mató.

– Si lo hizo, sabemos que obedecía órdenes.

– Claro.

– Entonces sabemos también quien le dio esas órdenes.

Boris miró de nuevo a Kyo sa, pero esta vez, con duda en el rostro. ¿Qué trataba de decir?

– Continua.

– No es secreto que Petrovich y tu son los únicos que ejercen influencia en Alexei. Si dices que solo obedecía órdenes, entonces delegas la responsabilidad del asesinato directamente a tu superior. Lo mismo sucede si tú asumes la responsabilidad. La otra opción es decir que Alexei actuó por su propia cuenta.

– Pero podemos inculpar a otro. No tiene que ser Alexei.

– Inculpar, bonita palabra humana. Podría ser buena idea, pero ellos quieren a Alexei.

– Repito, les importa un carajo si quien haya matado a Langley, lo único que desean es la cabeza de mi hermano gemelo.

– Exacto.

– Son unos enfermos. ¿Qué opina el resto del Parlamento?

– Su opinión no sirve de nada. Recuerda que para la firma del Tratado Tallgeese solo fungen como testigos. Todo queda entre Stukov y los sistemas solicitantes, es decir entre ellos y tú. Ese candado legal para evitar que miembros de la Confederación ajenos a ustedes promovieran o negaran la invitación a otros sistemas es problemático en ocasiones.

– Esto es ridículo. Completamente ridículo. Y deja de lado el sarcasmo, no te va. ¿Quién dirigió las negociaciones? ¿Cómo permitieron que se llegara a esto?

– Algunos miembros del Consejo y varios nobles de la realeza sama. Lograron aplacar sus demandas…

– ¿Aplacar sus demandas? – interrumpió Boris con una carcajada siniestra y otra bocanada de humo – ¡No lo creo! ¡Me están pidiendo que mande al patíbulo a mi gemelo!

– Sabes que el subiría con gusto si se lo pidieras.

Boris, con una agilidad felina, desenfundó un arma de entre su uniforme y la puso en la frente de Kyo sa.

– ¡Nunca desearía la muerte de mi gemelo! ¿Cómo osas insinuarlo? ¡Mi hermano, mi único hermano!

– Ese es el precio del sueño que tú construiste. Para alcanzar tu objetivo, habrá que matar a una persona más. Obtendrás la poderosa Confederación de Sistemas que siempre deseaste. Tu creación.

– ¿Una muerte más? ¿Por qué no la tuya? Puedo decir cualquier excusa, deshacerme de tu cuerpo y nadie sospecharía de mí.

Kyo sa mantenía la serenidad.

– En verdad. Podrás engañarlos a todos. Pero, ¿podrás engañarte a tu mismo?

<< ¿Podrás olvidar los rostros de los muertos? >>

Boris sintió como una descarga eléctrica recorría su espina dorsal, pero no abandonó su posición.

– Deja de hacer eso. ¡Deja de meterte en mis pensamientos!

– ¿Disculpa? – preguntó Kyo sa, completamente extrañado.

– Ustedes los samas son famosos por sus habilidades extrasensoriales. Se dice que son capaces de manipular las ideas de los que tienen a su alcance.

Kyo sa rió con energía.

– Lo siento, Boris, pero no puedo hacerlo, mucho menos decirte que pensar. Realmente me gustaría, así no cometerías tantos errores, o aplacaría tu sufrimiento. Pero solo despierto ideas y sensaciones que niegas y ocultas en el fondo de tu ser. Aquello de lo que me acusas, vive dentro de ti.

– ¿Sufrir, dices? Otra patraña tuya. ¡Yo no sufro! – arremetió Boris.

– ¿No sufres cuando ves las imágenes de las guerras que incitaste? ¿Al leer las listas de fallecidos en operaciones que tu ordenaste? ¿Al ver a esas viudas y huérfanos acudir por tu piedad, clamando por los esposos y padres enviados a morir por tu causa en planetas lejanos?

Boris no dijo nada y se limitó a mirarlo con odio.

– Déjame preguntarte algo personal, – dijo Kyo sa – ¿Anoche dormiste solo?

– No es de tu incumbencia – respondió Boris.

– Tu fama como amante de la compañía femenina es tremenda y no te juzgo. Solo quería saber el motivo.

<< Para olvidar. Ellas me ayudan a olvidar. >>

Boris aferraba el mango de su arma.

– Por las noches – continuó Kyo sa – nos visitan las memorias. Con ellas vienen nuestras culpas. Quizás por eso necesitas a alguien que te distraiga, que borre, aunque sea por un momento, esos recuerdos.

Boris estaba firme y rígido, apuntando a Kyo sa. Por instantes, lucía idéntico a su gemelo.

– Baja el arma, Boris – dijo Kyo sa

– No. – contestó, sin tensar un solo músculo.

– Se que no vas a disparar.

– ¿Estas seguro?

– Si. Tú también lo estás. Deja de tratar de engañarte a ti mismo.

<< Alexei dispararía. Le volaría la cabeza, saldría ileso y podría dejarlo atrás. Pero yo no soy Alexei. >>

Boris guardó el arma. Por primera vez en su vida entera, perdía el control de la situación. Lucía derrotado. Tardó un rato en condensar sus siguientes preguntas.

– ¿Qué pasaría si Stukov Petrovich no acepta? ¿Si yo no firmo?

– Le salvarías la vida a Alexei. Los ex integrantes de la Congregación, al ver que el principal sospechoso del asesinato del general Langley sigue libre, impune y protegido por el alto mando, desistirían de su integración al Tratado Tallgeese y se retirarían del acuerdo de no agresión. Algunos amenazarán con retomar sus territorios cedidos a la Confederación, con Amazo 38 encabezando la lista, o recuperar los recursos donados para nuestra infraestructura. Los sistemas recién incluidos notarán que preferimos proteger a un agente encubierto que negociar con docenas de sistemas, y dejarían el Tratado, en el mejor de los casos.

– ¿Y en el peor? – preguntó Boris, Kyo sa parecía haber vivido esa situación con años de anticipación. Probablemente así fuese.

– Los acuerdos de paz podrían verse afectados, dada la caída de nuestra credibilidad, ya sea en mayor o menor medida. ¿Nuestras acciones? Intervenir en pos de nuestros integrantes, y quizás lleguemos a la invasión de sistemas hostiles. Con suerte, nuestros ejércitos saldrían victoriosos. Pero habrá sistemas que reorganizarán la ofensiva. Como tu lo dijiste una vez, ¿cuánto tiempo tardarán en liberarse utilizando las mismas armas que nosotros usamos para sojuzgarlos?

<< Podría nunca ocurrir. Podría ocurrir. Una guerra por la galaxia entera. ¿Qué es mejor, confiar en la esperanza ciega o en el derrotismo previsor? Miles de millones de muertes. >>

El sama se apartó lentamente. Boris mojaba sus botas con el agua del río, silencioso, hermético.

– Cualquier decisión tomada por ti será apoyada incondicionalmente por la realeza sama y el Parlamento. Respetaremos lo que tú digas, sin reproches o cuestionamientos, no importando el resultado de dicha decisión. A fin de cuentas, eres el vocero único y directo de Stukov Petrovich, y esa fue la condición para la firma del Tratado. La dimisión inmediata del Director General, Stukov Petrovich, y la salida de la Colonia Nueva Vladivostok IV de los puestos de alta jerarquía, o la ejecución inmediata de Alexei Tubarov. Desgraciadamente, tú te encontrabas en medio.

Boris parecía haberse transformado en una estatua de piedra. Solo sus labios se movieron ligeramente.

– ¿Por qué él?

Kyo sa le respondió pacientemente.

– Como sama, te diría que probablemente debieron pensarlo mejor antes de promocionarlo como implacable mercader de la muerte, o como símbolo glorioso de regimientos suicidas. En mi opinión como consejero de la Confederación, diría que los sistemas ex congregados temen, de forma velada, una rebelión organizada por Alexei, dado su franco apoyo a la milicia. Es un símbolo tan fuerte como tú, aunque tu estás relacionado con políticos, y el, con asesinatos.

– Misiones. – corrigió Boris.

– El hecho de que Stukov los ordenara no los transforma en algo correcto. Ante los ojos de la galaxia, aquel que mata es un…

Boris levantó la mano disimuladamente, interviniendo a Kyo sa. Su gesticulación indicaba algo semejante al dolor, como si no quisiera oír esa palabra. Pero Kyo sa solo le estaba dando un respiro.

– … asesino.

– No… – murmuró Boris. – Él solo obedece órdenes. No es ninguna amenaza.

– Ha matado sin compasión, sin preguntarse el porque de sus actos. Para eso fue educado. No tiene miedos, dudas o remordimientos. Algunos lo ven como una especie de robot frío y sin sentimientos, hecho exclusivamente para matar y matar.

– ¡¡NO!! – gritó Boris desde sus entrañas. El sama continuaba imperturbable. -¡SOLO OBEDECE ÓRDENES!

– ¿Cuáles eran esas órdenes, Boris? ¿Qué tipo de órdenes le das a tu gemelo?

<< Asesinos. Para eso nos criaron. >>

Boris retomó el control de sí rápidamente. Paso una mano por su cabello. El puro aún estaba encendido, así que tomó una bocanada profunda. Kyo sa observaba a las brillantes plumas de las aves volando sobre el agua, y bajo el prolongado crepúsculo.

– En cierta forma, tú también lo eres.

La quietud amplificaba los latidos del corazón de Boris. Un silencio perfecto, sin cabida en su mente tormentosa.

– Aunque matas de forma diferente. – Continuó el sama – Y ambos olvidan de forma diferente. Tú, rodeándote de placeres, y Alexei, enclaustrándose en si mismo.

Boris caminó lentamente hacia el lago, siguiendo la orilla del río. Kyo sa permaneció en su lugar.

– ¿Dices que apoyarán cualquier decisión que tome? ¿Cualquiera?

– Cualquiera. Supongo que deberás discutirlo con el general Petrovich, para el también será sumamente difícil de…

– Innecesario. Se de antemano la elección que tomará. ¿Tenemos un plazo para responder?

– No.

– ¿Alguna otra información que debas comunicarme?

– Ninguna. Ahora sabes lo mismo que yo.

– De acuerdo. Necesito pensarlo.

– Por supuesto.

– Te veré mas tarde.

Kyo sa se perdió en la vegetación. Boris anduvo automáticamente hacia el lago. Recordaba fragmentos inconexos del pasado. La imagen de su madre entregándoles sus máscaras, antes de combatir por primera ocasión al lado de su padre. Cuando se volvieron de repente lo suficientemente hombres para quitarle la vida a los demás.

<< Tenía miedo. Dios, temblaba de pánico. Extrañaba a mamá, el palacio, los juegos de caza. Creí que me volvería loco. Pero tú estabas a mi lado. Y yo te miraba disparar y matar. Y era como si yo mismo lo estuviese haciendo. >>

Alexei y Boris, Boris y Alexei, siempre rondando el uno al otro. Les enseñaron que la muerte era magnífica, que el honor y el deber iban más allá del individuo. De cualquier individuo.

El clima se enfrió. El lago Ryazan estaba estático bajo la niebla, que empezaba a emerger. Boris miró y recordó.

<< Era como este. No, más pequeño. Decíamos que era nuestro. El único lugar donde te vi reír. Reír de verdad, de alegría y felicidad. Acordamos ahí que cada vez que viese en el espejo no me vería, sino a ti, y viceversa. Así siempre estaríamos juntos. >>

Boris tuvo un escalofrío. Pero no se apartó de la orilla del lago. No dejó de pensar.

<< Nunca te he visto besar a una chica. A decir verdad, nunca te he visto dar demostraciones de afecto a absolutamente nadie, aparte de nuestros padres. Y desde que ellos murieron, solo somos tú y yo. >>

Era hora de regresar. Las piernas de Boris lo conducían por el sendero de retorno, mientras su cabeza se llenaba de remordimientos y sus ojos de sucesos extinguidos.

<< Balashikha. Recuerdo esa colonia. No debíamos pasar de veinte años. Pero combatimos con los mejores, y regresamos a casa victoriosos. Eliminé a dieciséis enemigos. En cambio, tú sobrepasaste las dos docenas. Les dijimos a todos que la cantidad de muertos la dividiríamos siempre entre nosotros dos. Aún seguimos haciéndolo. >>

Varias lámparas eléctricas colgadas de las ramas iluminaban a Boris, guiándolo. Seguramente Kyo sa las mandó a colocar.

<< ¿Cuánto vino y cuantas mujeres necesitaré para olvidar miles de millones de muertes? >>

Por primera ocasión, Boris se sintió absolutamente vacío. Tenía bellezas a su alrededor, pero era incapaz de disfrutar la impresionante quietud del bosque. ¿De que le servía ahora el apellido Tubarov, las riquezas de la familia, el respeto del Parlamento, la adoración de las damas, el poder político, si era incapaz de salvar lo único importante para él? El abolengo y el orgullo son inútiles, si no sirven para proteger lo más preciado de nosotros. Boris descubrió ese agujero en su alma, un abismo furioso que tarde o temprano lo devoraría entero.

<< Me gustaría saber, Alexei, que harías tú en mi lugar. >>

El camino de luces lo llevó a la oficina al aire libre. El documento aún aguardaba en la mesa baja, teniendo a un lado la pluma de cristal de Kyo sa y una fragante taza de té, depositada seguramente por su secretaria. Boris se acomodó con desenfado entre los cojines, abrió el sobre, leyó el documento lentamente, solo una vez, y volvió a ponerlo sobre la mesa.

<< Tomarías la misma decisión que yo he tomado ahora, supongo. Somos gemelos. >>

Boris Tubarov estaba en una encrucijada terrible. La muerte de su hermano gemelo o llevar a miles de mundos a una guerra sin sentido. Ninguna de ambas acciones tendrá un fin siquiera aceptable. ¿Cuál sería la peor? ¿Qué pena lo enloquecería más rápido? El había matado a muchos de esta manera. Había dispuesto de los destinos de incontables personas. Por un instante pensó lo que hubiera pasado si otro nombre ajeno a él tuviera que tomar esa decisión. Se percató entonces del significado de un simple garabato en una hoja de papel.

<<Hacer lo correcto. A ambos nos gusta eso. Hacer lo correcto, a  cualquier costo.>>

Más tarde, la secretaria sama de Kyo sa se acercó en absoluto silencio a la oficina del bosque. Vio partir a Boris, con paso enérgico hacia el Complejo. Esperó a que se alejara lo suficiente y luego, como solo pueden moverse las damas sama, alcanzó la mesa. Encontró el documento, la pluma de su jefe y la taza de té a medio vaciar. El documento estaba firmado, manchado imperceptiblemente con una pequeña gota de agua en la esquina inferior izquierda. Pensando que era té, lo acercó a su nariz. Con su fino olfato, capaz de diferenciar miles de esencias, se dio cuenta de que no se trataba de té.

Era una lágrima solitaria en una hoja de papel.

(continuará…)

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