Sangre de Guerra (parte IX)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa..)

Después de semanas de debates, se decidió que la Congregación de Planetas Aliados era una seria amenaza. Varios mundos cooperaron con materiales para ampliar el poder militar de la Confederación. Aunque algunos no estaban totalmente de acuerdo, aceptaban las decisiones del Consejo – manejado prácticamente por Boris – debido a que preferían pegar primero y no esperar a ser golpeados.  Una intensa guerra se avecinaba.

 

Planeta Amazo 38. Hemisferio 35, paralelo 78, latitud 56. 22:56 horas locales. Lugar del desembarco del batallón 5 de la Confederación de Sistemas. Objetivo de la misión: ganar terreno, invadir la capital, y adquirir las fórmulas de las armas biológicas más complejas jamás concebidas. Los peores horrores son aquellos que el propio ser humano engendra.

Vincent les explicaba a Müller y a Polina el supuesto origen de la Congregación y de la Confederación mientras aterrizaban.

–       Verán… ¡aughh! Existió algo llamado la Alianza Interestelar… no tenia gran alcance, y solo era entre humanoides cero.

–       ¿Humanos? – dijo Müller

–       ¡Sí hombre! Tú, yo, el conductor de esta lata de sardinas. ¡Aprende a volar esta cosa, animal!

–       ¿Entonces?

–       Entonces, Polina, la Alianza se disolvió. Problemas internos. Hubo dos hombres que resaltaron entre todo el desorden que hubo entonces: Hisue Langley, y Stukov Petrovich. Ambos fundaron cada uno por su lado su versión de la antigua – un gran salto de la cabina interrumpió la frase – ¡Alianza! ¡Nos vas a matar antes de aterrizar!

–       Entonces el general Langley y el general Stukov fueron camaradas – dijo Müller.

–       Si, pero existe una rivalidad intensa entre ellos. – finalizó Vincent.

–       Por eso vamos a invadir este planeta, porque pertenece a la Congregación ¿no?- dijo Polina

–       Prestaste atención a la junta de información ¿cierto? – anotó Vincent con ironía.

–       Eres un pedante – y la chica no volvió a hablar en algo de tiempo.

La noche era demasiado silenciosa. Los soldados bajaron junto a un gran número de vehículos. En total eran más de ochocientos mil hombres, se había planeado un movimiento aplastante. Alexei Tubarov estaba en otras misiones secretas, tan peligrosas e importantes que nadie tenía la menor idea de su paradero o función en esta guerra. Su nombre volvió a ser el sinónimo de un fantasma.

– Hemos llegado. – dijo Polina. Cuando vio a su alrededor, murmuró asombrada, abrazando su pesada arma – No lo puedo creer…

Apenas se inició el avance, los soldados se dieron cuenta de que algo estaba mal. No encontraron a nadie esperándolos, solo un campo desierto y oscuro sin fin aguardaba frente a ellos. Los reportes de inteligencia hablaban de virus, pero no sabían exactamente a que se enfrentarían.

–       Amazo 38 es pacífico – dijo Müller al ponerse sus gafas nocturnas – pero es ridículo pensar que no ofrecerán resistencia.

Alguien da la orden de avanzar a través del campo, poniéndolos en movimiento. Mientras caminaban, encontraban dispersos por el suelo extraños hongos verduzcos que explotaban al mínimo movimiento. Los soldados comenzaron a caer, muertos antes de tocar el piso. Los hongos liberaban potentes toxinas al ambiente, funcionando como minas silenciosas.

–       ¡Mascaras de gas! – se oyó a los lejos

–       Vaya si estas cositas son mortales – dijo Vincent –mejor apeguémonos a la misión, debemos llegar a la capital…

–       Creo que la misión ha cambiado. – dijo Polina, mientras mantenía fija su mirada en algo que la tenia horrorizada – La prioridad, supongo, es mantenernos vivos.

De la tierra brotaron ramas, que en velocidad increíble, desarrollaron troncos, hojas y frutos. Los frutos cayeron, continuaron su desarrollo y reventaron, dejando libres a unas criaturas pequeñas, venenosas que se alimentaban de los soldados que atrapaban. Entre más se alimentaban, su tamaño aumentaba desmesuradamente, haciéndose más feroces, más rápidas, mas fuertes.

–       ¿Qué aberración es esa?

Las tropas, unos minutos antes perfectamente ordenadas, estaban ahora presas del caos. Los hombres disparaban sin cesar, rompiendo las formaciones, ya que, justo debajo de sus pies emergían plantas carnívoras capaces de arrancarles las piernas de raíz. Los grandes jefes ignoraban que clase de monstruo estaban alimentando con la carne de su ejército. Pensaron que su multivacuna acabaría con los gérmenes y virus usuales utilizados como armas biológicas. Ignoraban que el sistema Amazo era capaz de crear seres que desarrollaban alas de insecto después de absorber los líquidos vitales de 30 hombres.

–       ¡Este ataque es desmesurado! – gritaba Polina con desesperación mientras disparaba su arma sin descanso – ¿Por qué hacen esto? ¡Solo queríamos ayudarlos!

Müller contestó, asustado y jadeante:

–       ¡Despierta Polina! ¡Nosotros somos los malos!

La sinfonía macabra de gritos y alaridos llegaba a los oídos de todos los que aterrizaron en Amazo 38, haciéndolos correr entre pesadillas malditas, nacidas en el ambiente, informes y poderosas como el miedo que atrapaba a los soldados. Millares de nuevos monstruos acababan con los soldados, mientras muchos mas morían gracias a un virus extraño que atacaba el cerebro, para deformarlos, enloquecerlos y hacerlos atacar a sus propios compañeros. Así una escena de cualquier infierno concebido estaba siendo observada por los ojos de Müller y su fiel compañera Polina, quienes corrían ansiosamente entre las balas y los mutantes, buscando un lugar seguro para esconderse, esquivando las flores que liberaban espinas ponzoñosas, nubes de bichos succionadores de sangre, además de ese maldito bosque grotesco, el cual sencillamente no paraba de crecer. Llegaron a preguntarse el porqué habían sido lo suficientemente estúpidos para integrarse a la Confederación con el ingenuo propósito de conocer a Alexei Tubarov, un ser tan legendario e irreal como un cuento de hadas.

– Manténgase unidos – decía Vincent, el único que mantenía la cabeza fría – Vamos a reagruparnos. ¡Síganme!

Vincent le hacía honor a su apellido. Tenía presente a todo momento la fama de los Krushrenada y sus glorias obtenidas. Hallaba valor en las hazañas de sus antepasados, convenciéndose de que esa misma sangre arrojada y heroica era bombeada violentamente por su corazón. Aún si así fuese, en esos momentos, Vincent no era mejor que sus compañeros, sin exactamente igual a ellos, jóvenes soldados atrapados en una batalla atroz, sin honor o motivo. Apareciendo de la nada, miles de seres humanoides con garras y colmillos infectos los rodeaban. Los jóvenes disparaban sus armas sin descanso, tras la guía de Vincent, quien, a pesar de lo horroroso de la batalla, conservaba la energía y el entusiasmo necesarios para sacarlos vivos de allí y lo más enteros posibles. Buscaban un vehículo, para alejarse e ir en busca de las naves de evacuación. Desgraciadamente, un gran desorden les complicaba organizar la huida, pues las criaturas brotaban por doquier, incluyendo ahora plantas que asfixiaban a los hombres e insectos portadores de enfermedades fulminantes, impidiendo que los comandantes pudieran concentrarse en la retirada. El último intento de replegarse fue frustrado cuando uno de esos árboles pensantes apareció repentinamente en medio de la formación, y, a pesar de los disparos, lanzó lianas y succionó los líquidos de quienes tenia a su alcance, nutriéndose así lo suficientemente rápido para dar sus pavorosos frutos. Polina observó el florecer del monstruo, y los inútiles esfuerzos para sobrevivir a él.

–       ¿Qué vamos a hacer ahora?

Una manada de recién formados homúnculos fotosintéticos se había trepado a los vehículos, y se divertía corroyéndolos con su saliva ácida al arrancarlos a pedazos.

–       Aguantar, Polina, vendrán por nosotros. Estoy seguro de ello. Debemos buscar un refugio y reorganizarnos con los demás o estos bichos nos van a tragar. Usen sus lanzallamas, eso los mantendrá a raya por un buen rato.

Polina era buena con las armas. Su problema era que no se decidía a usarlas. Y cuando lo hacia, aún tenía un pesado sentimiento de culpa. Pero su vida nunca había estado tan en riesgo como ahora, así que esto le ayudó a deshacerse de una vez por todas con el miedo que le restaba. Fue entrenada para matar, al igual que Müller y Vincent, pero ella conservaba aún su espíritu inocente. Y ese espíritu se destrozaba al contacto de esta batalla grotesca. Corrieron los tres y encontraron una trinchera, por lo que saltaron dentro de ella, arrojando antes varias descargas de lanzallamas.

– ¿Con eso será suficiente?

– Espero, Müller, espero.

El entrenamiento de la Confederación es el mejor de cualquier parte de la galaxia. Es necesario ver como se movían estos muchachos, jóvenes, que en otro tiempo y en otro momento estarían en la escuela, con aventuras de adolescentes y enamoramientos, luchando como profesionales, disparando y coordinándose perfectamente, en medio de un túnel oscuro lleno de hierros retorcidos y cadáveres a medio masticar. Müller, por ejemplo, era muy inseguro acerca de su capacidad. A menudo se preguntaba si había tomado la decisión correcta. Al disparar, su primera preocupación era saber su le había dado al blanco, y que cosa haría en caso de haber fallado. Pocas veces se daba cuenta que su puntería era la estándar de todos los soldados de la Confederación: perfecta.

– Cero sobrevivientes según mi cuenta – dijo Vincent

– Y la mía – agregó Polina

– La mía también – dijo Müller.

– Vamos bien – añadió Vincent, al recargar cartuchos compactos de combustible para su lanzallamas. Polina lo interrogó encogida de miedo.

-¿Cómo eres capaz de decir eso?

– Estamos vivos, Polina, y eso es lo mejor que nos puede pasar.

La trinchera no estaba bien excavada en algunas zonas, y recorría sinuosamente el campo de batalla, con la intención de dirigirse al centro de mando y al área de aterrizaje de vehículos aéreos, lugar más probable de llegada de las naves de salvamento y, quizás con algo de suerte, lugar de reunión del resto de sobrevivientes. No había luz de ninguna de las lunas, y los tres compañeros usaban ahora sus googles de visión nocturna. Muy seguramente fue hecha por la avanzada, los primeros hombres que llegaron con 5 horas de anticipación a la gran invasión programada a Amazo 38, destruida también seguramente por la primera generación de mutantes vegetales, antes de que alcanzaran los 3 metros de altura y la capacidad de emponzoñar el aire con su aliento.

–       ¡Alto! – Vincent levantó la mano con el puño cerrado. Hizo después una señal con sus dedos que significaba alerta.

Polina solo alcanzaba a oír zumbidos. Veía el fuego a su alrededor, y a sus camaradas morir de formas espantosas, mientras ella tenia que caminar por encima de sus despojos, con el miedo de que algunas de esas cosas se percatara de su existencia. La invasión se torno rápidamente en una masacre, gracias a esas armas biológicas tan novedosas, las cuales no se detendrían hasta acabar con todos los seres vivos a su alcance. Por supuesto que la llamada de auxilio fue enviada hace horas a la base espacial, pero las naves de salvamento tenían que lidiar con extraños insectos que taladraban los cascos y descomponían los circuitos, haciéndolas estrellarse. Escondidos en esos hoyos en la tierra, no sabían que hacer. No tenían órdenes que seguir. Avanzaban entonces con extrema cautela, y cuando Vincent marcó la pausa, estaban en un recodo estrecho. A la vuelta se escuchaba un sonido gorgoteante, entre tintineos metálicos.

– Müller – susurró Vincent – verifica.

El chico sabía de antemano que la siguiente visión sería espantosa. Y en el fondo, se negaba a moverse. Sin embargo, en ese momento Vincent era su superior, jefe de la compañía, y le había dado una orden clara y directa. Como buen soldado de la Confederación, debía obedecer. Empuñó su arma y miró a Polina, pálida y con el rostro tenso.

– Cúbreme.

Una bestia colosal estaba de espalda a ellos, a medio camino. Los huesos que crecían desmesuradamente en el interior de ese cuerpo deforme protuían rasgando la piel húmeda y los músculos voluminosos. Sus seis extremidades terminaban en garras. Con éstas, arrancaba los uniformes y armas de los soldados a sus pies. Los despedazaba, acercándolos a su horrible boca, una especie de nidos de gusanos, sorbedora de carne y sangre. El montó de cuerpos lucía sin vida, aun algunos de ellos parecían tratar de aferrarse a ella, retorciéndose espasmódicamente. Müller retrocedió lentamente. Aunque su voz sonaba segura, el horror permanecía en él.

–    Segmento bloqueado. Hay que retroceder y buscar otra vía.

Continuaron deslizándose como sombras dentro del caos y la perdición, en busca de un fantástico escape, seguramente imposible. De todas maneras, tendrían que intentarlo.

–       ¿Ves la base? – preguntó Polina, cuando, varios metros mas allá, en otra ruta distinta, Müller alzo su cabeza por encima del nivel del suelo para ver el panorama. – ¿Los comandantes siguen vivos?

–       No lo creo… – contesto Müller – Mira hacia allá.

Consiguieron llegar al final del camino creado por las trincheras y escombros. Por desgracia, su meta, el campamento base, estaba inundado de lianas estrujantes y árboles malditos, con enjambres de monstruos moviéndose a su alrededor.

–       Aguantaremos. – dijo Vincent – Verán, saldremos vivos de ésta, lo recordaremos y nos alegraremos. Seremos héroes, los sobrevivientes a la gran batalla de Amazo 38

–       ¿Por mantenernos vivos? Eso si que es irónico

–       Cierren la boca por el amor de Dios – interrumpió Polina casi al borde de alzar la voz – estamos…

Varias explosiones retumbaron en la tierra. Los gritos eran cada vez menos y más lejanos, ya no se oía tan seguido el disparo de las armas. El silencio comenzaba a cubrir de nuevo el campo de batalla. Polina sentían más miedo que nunca. Pero no tenia tiempo ni ganas de pensar en otra cosa que no sea mantenerse viva, ni siquiera en dejarse llevar por esa esperanza romántica de que Alexei Tubarov vendría a rescatarla. Si quería permanecer entera, tendría que hacerlo por su propia cuenta.

–       ¿Oyes eso Müller?

–       ¿Qué? ¿Qué cosa?

–       Las naves de salvamento no son.

–       ¡Silencio! Se escuchan como chillidos, aullidos. Los mutantes, ya son capaces de comunicarse entre sí…

Un metro más arriba de sus cabezas, yacían los cuerpos de cientos de miles de soldados confederados. El hombre contra sus demonios, y la guerra voraz, alimentándose y engordando a base de los derrotados. Unos pocos, resistían. Pero los mutantes eran ahora más inteligentes, atacaban con más saña. Su tarea, para lo que fueron creados, era simple. No dejar un solo hombre vivo. Y un grito agudo que hirió los tímpanos de los 3 compañeros indico la evolución de una nueva ola de mutantes. Seres de complexión semihumana prodigiosamente fuertes se acercaban a ellos, y derribaban los estorbos de chatarra, olfateando la sangre humana de sus presas. Varios de ellos se acercaban a su escondite actual.

–       ¡Larguémonos de aquí, ahora! – gritó Müller.

Vincent, logró salir de un salto de la trinchera, con Müller y Polina pisándole los talones. Fueron detectados por los mutantes, que comenzaron a perseguirlos.

–       ¡Todo el lugar esta cubierto! ¡Maldición!

–       ¡Allá! ¡Sobrevivientes!

Varios soldados ofrecían pesada resistencia en los restos de un búnker con municiones explosivas en su armamento. Vincent comenzó a guiarlos entre los escombros, trazando una ruta segura hacia esa dirección.

–       Müller, nos arriesgaremos a revelar nuestra posición. Lanza una bengala. Estamos muy cerca de ellos, cubrirán nuestra salida

–       ¿Lo dices en serio?

–       No estamos a mas de 500 m

Escondiéndose entre los escombros, lograron despistar a varios monstruos. Sin embargo, otros, bestias humanoides de piel grisácea y colmillos estaban ya vigilándolos de cerca, rodeándolos sin que se dieran cuenta. En el último trayecto, había que avanzar al descubierto. Al llegar a un claro, donde tenían que correr para volver a ponerse al refugio de un camión en llamas, los monstruos saltaron sobre ellos, chillando de manera espeluznante. Uno fue directamente sobre Vincent, quien se defendió al instante.

–       ¡Vincent! ¡Vincent!!

Aunque Müller y Polina dispararon sobre el mutante que atacó a su amigo, éste ya lo había atravesado de lado a lado con una enorme garra retráctil que brotaba de su brazo izquierdo. Ahora iba hacia Polina.

–       ¡Maldito engendro!

Ella disparó cientos de cargas, las últimas de su arma, logrando detener al monstruo. Sin embargo, no se percato de otro más que se abalanzaba por su costado. Müller se interceptó en su trayecto y rodó un par de veces con él, hiriéndolo lo más que podía con su navaja. Polina, apenas se percató de lo ocurrido, disparó. Pero la fuerza del mutante era mayor que la de Müller, y fácilmente logro quebrarle el cuello una vez que lo tuvo en su mano.

–       Dios, Dios, Dios…

Estaba sola. Dos mutantes más llegaron allí.

–       Müller, nunca me abandonaste. Ni siquiera tu, Vincent. Se que me están esperando. No tardare mucho… así bajaremos los tres juntos al infierno.

Murió de forma rápida, pues uno de los mutantes le destrozó el corazón con su enorme garra. Luego, apilaron los cadáveres alrededor de los últimos sobrevivientes, que atestiguaron de lejos la muerte de los jóvenes, y les prendieron fuego, justo antes de que el ciclo vital de la última generación de armas biológicas llegara a su fin. Al amanecer del nuevo día, el campo de Amazo 38 volvió a recuperar su silencio, pero ahora tenia grandes llamaradas de cuerpos humanos calcinados, e incontables mutantes moribundos sobre la tierra. Para eso fueron diseñados, y antes de que el sol llegara a su cúspide, no quedaría ninguno.

Ni Vincent, Müller o Polina llegaron a conocer al legendario Alexei Tubarov.

(continuará….)

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