Sangre de Guerra (parte VIII)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa…)

La RC- P120 era la nave más rápida, más resistente, y la favorita de Alexei Tubarov. Esquivando a los misiles, guío al escuadrón de naves contra los “Limpiadores”, atacando en aparente desorden, pero en perfecta coordinación. No pasó mucho tiempo en que también desde el suelo se dispararon los increíbles rayos PEM que acabaron con los computadores internos de las naves gigantescas. Cuando la última cayó explotando en millones de esquirlas, los hombres de la Confederación gritaron de algarabía. Honraron a los muertos, pero no lloraron por ellos.

Cuartel General de la Confederación de Sistemas. Planeta Colonia Nueva Vladivostok IV.

La estructura orgánica de la Confederación era la siguiente. Todos los planetas y sistemas que la integraban tenían un miembro representativo en el Consejo de Planetas, incluyendo Colonia Nueva Vladivostok IV. De ese Consejo de Planetas, se elegían varios representantes que formaban el Parlamento, órgano que formulaba leyes, proponía acuerdos o reformas, sometidos luego a votación por el Consejo de Planetas. El general Stukov Petrovich era director ejecutivo de la Confederación de Sistemas, y en teoría, no podía influir en las desiciones tomadas por el Consejo o por el Parlamento. Pero eso no importaba. Ahí estaba Boris Tubarov, que avanzó de ser vocero de la Confederación, integrante del Consejo por parte de Nueva Vladivostok IV y ahora, Coordinador del Parlamento, con poder de aprobar o desechar todas las desiciones que ahí se tomaran. No era un secreto que el  verdadero poder de la Confederación de Sistemas se encontraba en Nueva Vladivostok, en los hombros de Stukov Petrovich.

Hoy, una gran reunión se llevaba a cabo en el Parlamento. La confederación ganaba fuerza rápidamente, siendo ya una organización interplanetaria digna de tomarse en cuenta. Pero para lograr su más ambicioso proyecto, es decir, clasificar y regular los contactos entre los mundos, solo faltaba un paso. Y ese paso, el cual los llevaría a liderar a miles de sistemas, estaba a punto de darse.

Boris Tubarov estaba de pie en su palco privado, protegido por las cortinas, observando. Su gemelo, Alexei, llego sigilosamente, pero Boris ya sabia de su existencia allí.

–       Bienvenido. Ponte cómodo. La fiesta apenas empieza.

Allá abajo, adelante del salón cóncavo, en el estado principal, un ser de piel azulada con cabello plateado, sama del planeta Deagea, daba un discurso impresionante.

–       Es casi tan bueno como tú, Boris – anotó Alexei.

–       Es un muchacho apenas, es decir, según la medida de los samas. En realidad tiene más de ochocientos años, en nuestro tiempo. Competencia desleal.

–    ¿No tienes miedo de que robe tu lugar? Gana adeptos

–       Hermano, este es mi campo de batalla. Mis armas son las palabras. Se cada cosa que dirá este jovenzuelo sama. Cada una de sus palabras a la perfección. Si quisiera, podría dejarlo en ridículo.

–       ¿Entonces, que es lo que te detiene?

Boris señaló discretamente el fondo del Parlamento, en la parte en que los asientos comenzaban a hacerse más elevados.

–       Máximo Jefe de la Congregación de Planetas Aliados. Quiere entrar a la Confederación. No como consejero, ni miembro del parlamento, sino como igual del general Stukov. Compartir el poder, llegar a dar órdenes. Siente algo de rivalidad con el general.

Alexei solo asintió con la cabeza.

–       Hisue Langley es un tipo muy necio. – continuó Boris – Militar a la vieja guardia, compañero de armas del general Stukov, incluso de nuestro padre. Si entra a la Confederación, iniciaría una carrera armamentista contra todo el Universo.

–       No es muy diferente de nosotros.

–       Pero carece de carisma. En otra situación, le daría la bienvenida con los brazos abiertos.

–       Solo que ahora…

Boris volvió a señalar de la misma manera discreta el fondo del área, ocupada por un gran número de samas, vistiendo sus mejores atuendos. Eran la realeza de un millar de mundos.

–       La Unión Astral.

–       Se ven muy ceremoniosos.

–       Son sabios, adelantados tecnológicamente. Ofrecen integrarse a la Confederación y proporcionarnos materiales, ciencia, y recursos biológicos, sin pedir nada a cambio, conformándose con tener un representante en el Parlamento, a pesar de que todos los mundos que integran la Unión Astral son diez veces más que toda la Confederación de Sistemas. También son extremadamente pacíficos.

–       Eso va a ser un problema – dijo Alexei.

–       Y que lo digas. Gracias al discurso favorito de nuestro padre encontré una solución ¿Recuerdas cuando nos hablaba del origen de las guerras?

Alexei trajo a sus pensamientos las palabras de su padre, aquellas palabras que decía cuando quería explicarles el mundo, enseñarles a ser fuertes.

“Hijos, deben saber que los hombres se dividen en dos: aquellos que luchan y aquellos que huyen. Los hombres que luchan aceptan su propia naturaleza, y los que huyen niegan todo, incluso su propio espíritu, el espíritu guerrero que llevamos en nuestro corazón. Se preguntarán si hasta en la paz peleamos, y si, lo hacemos. El humano siempre lucha. Lucha contra la naturaleza, y crea las casas y vestiduras. Lucha contra la enfermedad y crea las medicinas. La vida de todos nosotros es una inevitable batalla contra la adversidad, contra el mundo. Los que huyen de las batallas son cobardes y débiles. Los que luchan, los que cambien y dominan a si mismos y a la vida, son valientes y fuertes. El hombre siempre buscará algo contra que luchar, nuestra existencia gira alrededor de que enemigos derrotar. Cuando encontramos una némesis digna, nos alegramos, ya que al vencerlo, seremos mejores, y no importa si se trata de la vida, la naturaleza, otro hombre e incluso nosotros mismos…”

Hubo un pequeño silencio y ambos oyeron hablar al sama acerca de la paz que traería la Confederación. Alexei comenzó a jugar con su arma.

–       ¿Entraste aquí con eso? – dijo Boris, al servirse una copa de vino, de una pequeña mesa con bebidas en el interior del palco.

–       Soy Alexei Tubarov. Puedo hacer lo que quiera.

–       Como digas – respondió desinteresado, y bebiendo un sorbo granate.

–       Hay algo que te molesta – preguntó Alexei – ¿cierto, Boris?

–       Hisue Langley me causará líos. Será difícil jugar mis cartas. El conoce la verdadera cara de la Confederación y las intenciones reales del General Petrovich. Si llegara a hablar…

–       Te preocupas mucho por el General.

–       Es mi deber.

Alexei apuntó con su arma al Sr. Hisue allá abajo, en el Parlamento.

–       Un disparo. Déjame ayudarte.

Boris bajo el arma de su gemelo.

–       ¿Y permitir que elimines a mi enemigo perfecto? Olvídalo.

–       Ya veo tu truculento plan. ¿Cuándo apretarás el botón rojo?

Boris miró su reloj de cadena.

–       En unos… seis minutos más

El joven sama hablaba emocionando acerca de una nueva era en el Universo. Una era de respeto y paz. Su pueblo estaba complacido. Pero allá arriba, en el área correspondiente a la Congregación de Planetas Aliados, conformada por varias razas distintas, había disgusto. Hisue Langley se levantó de su lugar.

–       Ni las palabras de un sama podrían engatusarme. ¿Creen que con un desarme se traerá armonía al Universo? No, compañeros, necesitamos tener el control, dominar, y solo así regularemos lo que ustedes llaman “contactos dañinos entre civilizaciones.” Sanciones severas, e intervenciones militares a aquellos mundos que continúen rechazando el Tratado Tallgeese. Solo así conseguiremos regir al Universo…

El sama interrumpió, ofuscado.

–       Nuestro objetivo no es regir. Sino proteger.

–       ¿Cómo planeas proteger? – respondió bruscamente el General Hisue – ¿Uniéndonos a los débiles? ¿O castigando a los agresores? Solo podremos castigar si somos los mas fuertes.

–       Ese no es el punto de vista de la Confederación.

–       Pero es el punto de vista del resto de los Sistemas. Recuerden que no solo los samas dominan el Parlamento. Algunos tenemos una visión más realista de la situación.

–       ¡Usted no tiene el derecho…!!!

Boris Tubarov salió de su palco.

–       Hora del espectáculo – dijo.

–       Suerte – dijo Alexei.

–       No la necesito.

Una discusión estaba a punto de darse. El Parlamento empezó a agitarse, y mas arriba, los miembros del Consejo de Planetas deseaban calmar la situación. Cuando Boris Tubarov entro por una puerta lateral, en dirección al estrado, reinó el silencio. Él les daría la verdad, él lograría unirlos.

–       Lo hiciste bien, Kyo-sa, permíteme.

–       Gracias, general Tubarov. El uso de la palabra es suyo. – y se apartó, saliendo de la escena.

El Gran Boris Tubarov subió al estrado. Su gloria, a diferencia de su hermano, no era con las armas o las guerras. Se trataba de gobernar, de convencer, de manipular con las palabras, del reino de la intriga y la sospecha.  Con la frialdad con la que Alexei disparaba un arma, Boris daba sus discursos, impecables, sin fallas, provistos de lógica perfecta y razón incuestionable. Todos, atentos a su voz, vieron como dirigió su mirada al General Hisue Langley, de una manera fría e impersonal.

–       Nuestro compañero Kyo-sa tiene razón, General Langley, El propósito de la Confederación no es dominar, sino ayudar. Proteger a los débiles, frenar a los insensatos. El punto de vista que usted toma como verdadero solo origina conflictos ¿Cuánto tiempo duraría su “orden”, su “paz”?. ¿Cuánto tiempo tendría usted antes de que la gente se levante en armas y utiliza los mismos medios que usó para sojuzgarlos, con el fin de liberarse? El General Stukov Petrovich solo esta interesado en preservar las culturas de mundos indefensos, y para eso, necesita el apoyo de otros, quienes realmente le darán la fuerza a su creación, a los cimientos de la Confederación de Sistemas.

Hisue Langley se sintió ofendido. Arremetió, con la voz quebrada de la ira. Odiaba en realidad al General Stukov.

–       Usted, Boris Tubarov, ha estado vendiendo esa mentira…

Pero Boris no se dejaría intimidar.

–       El General Stukov desea forjar alianzas duraderas con cualquier raza que así lo desee, para formar un órgano de ayuda interplanetaria. Esto solo será posible si todos y cada uno de los miembros de esta junta aceptan renovar sus firmas en el Tratado Tallgeese, comprometiéndose en no dar la espalda a la Confederación de Sistemas por ningún motivo. Si desean integrar algún nuevo miembro al Parlamento de la Confederación, para representarlos de manera adecuada, son libres de hacerlo. Con su participación, la Confederación de Sistemas podrá ser al fin una realidad palpable e innegable, y podremos evitar amenazas de mundos que comparten la ideología de dominar, invadir y sojuzgar.

Todos los miembros del Consejo de Planetas (contando los nuevos integrantes) comenzaron a hablar en sus propios idiomas. Boris consiguió terminar su primer acto con elegancia. Allá arriba, su gemelo sonreía. Sin embargo Hisue Langley estaba a reventar. Su ego no permitía haber sido ignorado por el resto del Consejo, ridiculizado y echado a menos. Incluso varios representantes de su propia organización comenzaron a pensar en integrarse al Tratado Tallgeese.  Eso no era lo que tenía planeado, y dijo lo que exactamente Boris quería oír.

–       ¡TODOS SON UNOS TONTOS!

Un segundo silencio cubrió el auditorio. Recobrando la cordura, el general Langley se disculpó. A su manera.

–       Disculpen el exabrupto, miembros del Consejo. Pero no puedo creer que ignoren las similitudes entre mi organización y la Confederación. El General Petrovich y yo no somos tan diferentes como les han hecho creer. Ambos tenemos un ejército bien entrenado y numeroso, ambos tenemos armas, ambos amamos la milicia. Solo que yo decidí venir personalmente a decirles lo que creo se debe hacer, y Stukov manda a su mejor víbora enjoyada a cubrirles de seda lo mismo que les estoy diciendo. La Confederación acabará por…

–       Eso es una afrenta personal, General. – interrumpió Boris con voz de trueno -No es recomendable que por diferencias personales con el General Stukov, usted ensucie su nombre y el de su Organización. Siente rencor, porque sus políticas represivas no tienen cabida aquí,

–       Yo no puedo injuriar a tu amo, – arremetió el General Langley – pero tu si estas en libertad de injuriarme a mi, y exponerme como el tirano de tu obra, por lo que llamas “políticas represivas” Mis políticas represivas han creado la Congregación de Planetas Aliados, mis políticas represivas la han mantenido a pesar de los ataques a traición que Stukov Petrovich manda sin descanso con tal de eliminarme. Mis políticas represivas aumentaron el número de planetas que la integran. El general Petrovich no podrá cambiar eso.

–       La Confederación nunca ha efectuado ataques a traición a la Congregación, general.  Otra difamación suya más, y será una incitación a guerra.

–       ¿Guerra? ¿Quiere guerra? La Confederación de Sistemas no son  más que un montón de razas pusilánimes. Verán como sus planetas se integraran a la Congregación, ya sea por voluntad propia o por las armas, si es necesario. La Confederación carece del poder para enfrentarme.

–       No hable sin conocer, general. Nos ha declarado la guerra

Y el grito del general acabo con las dudas de la Confederación y con los problemas de Boris.

–       ¡Destruiré a  Petrovich y ustedes se irán con él!

Hisue Langley dejó enfurecido el auditorio, y detrás suyo, todos los representantes de la Congregación de Planetas Aliados. Se había dejado una seria amenaza en el aire, la promesa de una guerra brutal, cuyas proporciones desbordaban la imaginación de cualquiera de los allí presentes. Por otro lado, gracias a su terca actitud, su pobre visión y orgullo desmesurado, fue fácilmente manipulado por Boris Tubarov como una marioneta. El segundo acto acabó, y ahora, el gran final, la suma de todos los esfuerzos, vería la luz de la realidad.

–       Señores, miembros del Parlamento, integrantes del Consejo…

La repentina partida del Sr. Langley turbó a todos los presentes. Una seria amenaza fue pronunciada. El enemigo que tanto deseaba Boris por fin había aparecido.

–       Tenemos la fuerza para repeler los embates y evitar el colapso de la Confederación. No hagamos paso de las palabras altaneras de Hisue Langley. Unámonos todos, para darnos lo mejor de nuestras culturas, para preservar nuestra seguridad y la seguridad de todos los planetas vecinos ¿Ven ahora la necesidad de la Confederación? Solo la unión traerá una nueva era de protección y paz entre todas las razas. La Confederación mostrará su utilidad al no permitir que existan dirigentes planetarios con tan mala actitud y ambiciones egoístas, como el Sr. Langley ha demostrado poseer.  No podemos esperar que la Congregación de el primer paso y comience a invadir mundos inocentes – Boris alzó la voz, tan solo lo necesario para realzar su discurso – ¡Debemos actuar! ¡Combatamos por la seguridad! ¡Luchemos por la paz! ¡La victoria será para nosotros!

Hubo un gran revuelo. Los representantes discutían entre sí, los comos y los porqués, los dondes y los cuandos. Boris disfrutaba la vista, mientras su gemelo lo miraba a él, y se admiraba de cómo lograba ganar guerras sin un solo disparo, dominarlos con tan solo palabras.

Después de semanas de debates, se decidió que la Congregación de Planetas Aliados era una seria amenaza. Varios mundos cooperaron con materiales para ampliar el poder militar de la Confederación. Aunque algunos no estaban totalmente de acuerdo, aceptaban las decisiones del Consejo – manejado prácticamente por Boris – debido a que preferían pegar primero y no esperar a ser golpeados.

Una intensa guerra se avecinaba.

(continuará…)

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