Sangre de Guerra (parte VII)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(continúa…)

–       ¿Esperas algo más? Los hombres de las Fuerzas Especiales no necesitan incentivos para hacer su trabajo. Los hombres de las Fuerzas Especiales desean estar bajo mi mando, sin necesidad de alabanzas o lisonjas, porque ellos saben que trabajo ha de hacerse, tienen lo necesario para hacerlo, y son los mejores de toda la Confederación. Aceptan mis órdenes por la simple razón de que soy su superior, y ellos son superiores a todos los demás. Saben que si me siguen, sobrevivirán a todas las misiones, batallas y enfrentamientos a los que nos enfrentemos. Ellos ponen el resto, están seguros de sí mismos, perfectamente capacitados y entrenados, necesitando tan solo de una guía. Mi guía. ¿Aún quieres que te de ánimos? ¿Apoyo moral? ¿Consejo?

–       ¡No, señor!

–       Partimos a las 0800

Les da la espalda y sale. Detrás de él, el mayor Léonov, y al final, los restantes, dejando atrás al reprendido, siendo el último de éstos quien le da un fuerte manotazo en la cabeza.

–       Imbécil. – agrega, al salir.

Sistema Ninfaide,  planeta Casiopea, en el área conocida como El Valle, campo de batalla actual.

Müller se estremecía en su trinchera cuando veía las estelas de humo oscuro surcar los cielos por encima de su cabeza, rumbo a su propio campamento. Eran las seis de la tarde, pero la niebla y los gases de combustión daban la impresión de que la noche mas oscura caía sobre ellos. En lugar de estrellas, los puntos luminosos de las luces guía de las naves exploradoras ocupaban su lugar en el cielo. Müller se agachaba y abrazaba su arma. Trataba de cerrar los ojos, pero no podía. Los estruendos de los disparos y cañones lo traían constantemente a la realidad.  Polina no se separaba de él. Estaba igual de asustada. Vincent, por su parte, lo observaba todo con minuciosidad, quería recordar cada detalle de esa batalla, y empezar a almacenar anécdotas sangrientas.

La Confederación de Sistemas, mandó con anterioridad a sus comandos especiales para asesinar a los altos mandos del ejército del planeta, además de los más importantes colaboradores del dictador conflictivo de Casiopea. Luego, en un movimiento arriesgado, envió un batallón de sus mejores hombres y tomó la capital del planeta, obligando al dictador a renunciar. El Consejo General de Planetas, apoyó la invasión, en buena parte por la labor de convencimiento de Boris Tubarov, quien les había hablado ampliamente del peligro del sistema militar y sus armas que gobernaba Casiopea. Su dictadura  fue disuelta en el papel, pero generales fieles al mandatario iniciaron un contraataque militar para sacar a la Confederación del planeta, con un llamado de ayuda dirigido al resto de planetas aliados del sistema. Pero la Confederación, en secreto, había ya hablado con todos esos mundos, e incluso logró convencerlos de firmar el Tratado Tallgeese, aislando así a Casiopea de todo auxilio exterior. Por la mano misma de Alexei Tubarov, los generales insurrectos y el mismo dictador cayeron, uno a uno, y bajo una amnistía promovida por la Confederación, los soldados dejaban las armas. Ahora, solamente uno resistía en El Valle, y se decidió a que, si iba a ser derrotado, utilizaría antes las peores armas que nadie podría imaginarse.

–       ¡Máscaras de gas! ¡Máscaras de gas!

–       ¿Qué pasa, Vincent?

–       ¡Polina, ven a ver esto! ¡Y ponte tu máscara!

Un avión rasgó el viento y dejó tras de sí una nube de gas tóxico, corrosivo, que nubló mas la visión de los soldados. Los que no pudieron protegerse a tiempo, cayeron asfixiados casi al instante. Pesado acorazados flotantes ocuparon el cielo, iluminando la tierra con potentes luces, mientras disparaba a los hombres, jeeps, torretas de misiles, tanques y cualquier otra cosas que estuviera al alcance de sus armas. Con un blindaje perfecto, los aviones de ataque de la Confederación casi no le causaban daño. Continuaban su ruta, indetenibles, moviéndose lentamente sobre la fiera batalla.

–       ¿Qué demonios es eso?

–       ¡Al resguardo! ¡Que no los vea! – gritó un soldado al aire, justo antes de ser acribillado por una de las infinitas armas de la nave ofensiva.

Polina y sus dos camaradas se acomodaron en la trinchera.

–       Son Limpiadoras. Bases aéreas que disparan hacia todos lados, destruirlas es imposible, ya que tienen demasiadas armas… su método de operación es solamente pasar por encima, destruyendo por doquier, mientras resiste el resto de los ataques.

–       ¡Cielos!

–       Una es temible

–       Entonces, imagina una veintena.

Gigantescos ovoides metálicos rodeados por decenas de aviones que trataban de buscar un punto débil es esos fuertes voladores, avanzaban firmemente por El Valle, causando severos destrozos en las tropas de la Confederación, gracias a la infinidad y variedad de proyectiles. Pero el último general libre de Casiopea pensó que eso no era suficiente. Así, envió otro monstruoso vehículo, para terminar de aplastar a sus enemigos, una alta  torre mecánica, la cual se movía gracias a sus bandas de oruga. Su punto fuerte, era igual que al de las naves aéreas, el blindaje. Ningún ataque de los hombres de la Confederación parecía dañarlas, mientras que estas torres disparaban y disparaban rondas sin fin, basándose su estrategia en separar a las tropas, rodearlas en pequeñas islas y eliminarlos. Los proyectiles que usaban perforaban todas las armaduras de los hombres, quienes no tenían defensa contra este tipo de armas. Era muy difícil esquivarlas o esconderse de ellas, porque tenían incontables cámaras que veían en todas direcciones.

– Dios mío… – Polina nunca había sentido tanto miedo en su vida.

El cielo, gracias al humo del fuego, era negro ahora. Los soldados no sabían si aun era día o noche. Solo veían oscuridad.

Müller seguía intentando cerrar los ojos. La tierra temblaba por las explosiones y los gritos de dolor perforaban sus tímpanos. Veía a su alrededor jóvenes como él escondiéndose, de las luces mortales de esas horrendas esferas que disparaban muy cerca, fallando por centímetros. Pareciese que sus balas eran infinitas, creando una tormenta de plomo que caía inevitablemente sobre sus cabezas. Arriba, los aviones derribados se rodeaban en llamas cayendo a pedazos sobre sus antiguos compañeros, convertidos en herrumbre ardiendo. Los “Limpiadores” seguían moviéndose sin cambiar su ruta un solo metro, íntegros, sin rasguño alguno. Las torres móviles encerraban a las tropas. Y en el momento más álgido, cuando se acercaban peligrosamente a la base, los “Limpiadores” casi acababan con la flota aérea, varios mensajeros – comandos especiales, aquellos que trabajan directamente con el General Alexei –  se movieron rápidamente, entres los pocos hombres que se escondían entre las ruinas. Uno llego a donde estaban los tres camaradas.

–       Soy Vladimir Antropov, de las Fuerzas Especiales, ¿ustedes?

–       Vincent Krush… – contestó entre la sorpresa

–       Solo nombres de pila, no hay mucho tiempo para formalidades

–       ¡Vincent!

–       Müller.

–       Me llamo Polina.

–       Bueno, chicos, su nueva misión es esta: escoltarme hasta una de esas mierdas rodantes, hasta que yo dispare esto – Vladimir descuelga de su hombro un gran cilindro metálico, del cual saco varias piezas, armando rápidamente una arma sofisticada y peligrosa.

–       ¡Un cañón portátil de pulso electromagnético! – gritó Müller

–       ¡Silencio! El enemigo no debe saberlo. Bueno…- un pitido sonó en su reloj. Todo el escuadrón estaba sincronizado – Suerte chicos. ¡Ahora!

Salieron rápidamente, sin saber bien lo que hacían y como lo estaban haciendo. Solo seguían sus instintos fabricados, el producto de su entrenamiento que aún no concluía del todo.  En el momento justo, Vladimir disparó contra la torre más cercana, y el disparó apagó todos los dispositivos electrónicos que poseía, volviéndose entonces un gran montón de chatarra.

–       ¡Excelente!– dijo Vladimir – pero no podemos acabar aquí. ¡Síganme mocosos!

Escondiéndose por entre el fuego y los escombros, continuaron. Müller y Polina seguían asustados, temerosos de encontrarse con un cadáver despedazado, o peor aún, una mina intacta. En cambio, Vincent seguía velozmente al nuevo héroe, tratando de aprender, de memorizar.

–       ¿Cómo le hiciste para pertenecer a los comandos especiales?

–       Chico…

–       Solo dime eso.

–       Primero crece. Luego, sobrevive a todas las batallas que puedas. Y luego, quizás, algún día hagas algo que llame la atención del general. Entonces, deberás sobrevivir a todas las batallas a las que él vaya. En ese momento podrías considerarte un comando especial.

–       ¿Y lucharé con el General?

–       ¿Por qué no? Quizás tengas más suerte que yo.

–       ¿A que te refieres?

–       Nunca he visto al general en persona.

Por todo el Valle, varios comandos especiales estaban haciendo exactamente lo mismo. Con el nuevo espacio libre ganado, la segunda parte del plan del General Tubarov tuvo lugar en el campo de batalla.

–       ¡Lo han hecho bien, chicos! – dijo Vladimir- ¡Buena escolta!

–       He matado por lo menos a una docena…- murmuró Polina

–       ¡Estúpidos! ¡No deberían meterse con la Confederación! – interrumpió exaltado Vincent.

–       ¡Calma! – bramó Vladimir – ¡Aún falta una!

Salieron de su último escondite, eliminando a los soldados que llegaban a detenerlos. Vladimir estaba a punto de volver a disparar su cañón, cuando fue puesto en la mira de una de las miles de armas de la torre. Cientos de balas lo atravesaron, haciendo que cayera muerto en el acto.

–       ¡Vladimir! – gritó aterrorizada la chica.

–       ¡Olvida eso Polina! ¡Aún nos falta una!

Vincent tomó rápidamente el cañón cargado, cumpliendo con la misión del ahora ya fallecido Vladimir. Disparó seguro a su objetivo, como si hubiera sido él quien estuviera a cargo todo este tiempo, transformando así a la última torre del flanco este en corazas inservibles.

–       ¿Ahora que, Vincent? Todavía están las malditas “Limpiadoras”

–       Ahora vamos a ganar esta batalla. – y les explico lo que pudo escuchar de Vladimir cuando aun estaba con vida y en el campo de batalla.

–       El segundo paso del General Tubarov consistía en mandar naves experimentales cargadas con las armas de PEM, mientras que, en tierra, serían desplegadas torretas móviles con misiles del mismo tipo, tierra-aire, con el firme propósito de derribar a esas porquerías voladoras.

–       ¿El general? ¿Dónde está? – preguntó Polina, esperanzada, con la firme intención de ver a su ídolo en acción. Vincent señaló al cielo

–       Tienes el honor de saber que esta en el mismo campo de batalla que tú. Confórmate con eso.

La RC- P120 era la nave más rápida, más resistente, y la favorita de Alexei Tubarov. Esquivando a los misiles, guío al escuadrón de naves contra los “Limpiadores”, atacando en aparente desorden, pero en perfecta coordinación. No pasó mucho tiempo en que también desde el suelo se dispararon los increíbles rayos PEM que acabaron con los computadores internos de las naves gigantescas. Cuando la última cayó explotando en millones de esquirlas, los hombres de la Confederación gritaron de algarabía. Honraron a los muertos, pero no lloraron por ellos.

 (continuará…)

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