Sangre de Guerra (parte VI)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

Esta obra se encuentra registrada y protegida por la Ley Federal del Derecho de Autor. Queda prohibida cualquier copia, imitación, o utilización sin previa autorización de su legítimo propietario.

 (continua…)

–       En ese caso – dijo Boris – te daré tu siguiente misión. Planeta Casiopea, sistema Ninfaide. Invasión y derrocamiento del sistema de gobierno. Su presidente amenazó con declarar la guerra a su planeta vecino, Dréyade, si firmaba el Tratado Tallgeese. Dréyade nos pidió que interviniéramos. Teme por su seguridad.

–       Entiendo ¿Algo más?

–       De preferencia, si es que es posible- Boris acabó de arreglarse y se dirige a la salida, de nuevo a la fiesta – destruye sus plantas de materia negra. Así ayudaremos a un par de planetas que desean expandir sus zonas de comercio.

–       Acepto la misión. Partiré al amanecer

–       Ese es mi gemelo. Buena suerte

–       No la necesito.

 

Campo de entrenamiento Luna Ámbar, Ocho meses después…

               Todos los que ingresaban a la milicia de la Confederación tenían la esperanza de pertenecer a las Fuerzas Especiales, un batallón de soldados entrenados hasta el límite, responsables de misiones secretas y operaciones imposibles, aquellos que escribían en la sombra la verdadera historia de la Confederación. No solamente eso, sino que tenían una gran oportunidad: la posibilidad de trabajar hombro con hombro con el General Alexei Tubarov, Comandante en Jefe de las mismas Fuerzas Especiales. Poseían varias bases, siendo la más concurrida la ubicada en Luna Ámbar, donde se entrenaban por dieciséis horas diarias, en férrea disciplina. El coordinador de la base era el Mayor Léonov, mano derecha indiscutible del General Tubarov, y éste se encargaba, entre muchas cosas, de la selección de los nuevos reclutas. Léonov nunca se agotaba de recordarles su lugar y posición dentro de la Confederación, haciendo especial hincapié en el respeto al rango y a la privacía del General. Él se encargaba de alimentar su imagen, mantenerla intacta y viva, y sólo él podía hablarle abiertamente, pues lo conocía de tiempo atrás, siendo su tutor en los tiempos mozos de Alexei. Aún así, Alexei no lo consideraba su amigo. Un muro infranqueable de rangos estaba entre ellos. El mayor Léonov aceptaba gustoso su puesto de subordinado, cumpliendo con sus deberes con devoción, enriqueciendo el mito de su General. Pues para el resto de los demás, Alexei Tubarov solo era eso. Un nombre glorioso bajo cuya sombra todos querían cobijarse. Los integrantes de las Fuerzas Especiales fomentaban la imagen oscura e inalcanzable de su líder, para volverse a sí mismos oscuros e inalcanzables. Todos conocían su rutina, el despertar temprano junto al sol, comidas ligeras y completamente a solas, entrenamientos de tiro y técnicas de combate solo con un par de elegidos en completo silencio. Tampoco nadie lo veía llegar o partir de la base, ni siquiera dormir. Podía estar allí o no estar, siendo del encanto de cualquiera, la idea de la sigilosa figura de Alexei rondando por allí. Quizás, con el tiempo y entrenamiento, podrían ser como él. Y cuando el nombre de Alexei comenzaba a flaquear, sus más fervientes seguidores lo nutrían con nuevos mitos y anécdotas. Para cuando él hablaba con los pocos elegidos de Léonov para apoyarlo en una misión, era ante ellos un dios, un ser irreal que le concedió la oportunidad de su visión, de ser parte de otra batalla increíble.

En este momento, en Luna Ámbar, Alexei Tubarov planeaba con cuidado su nueva misión. Estaba en su despacho, un salón amplio tapizado de libros, cuadros y bustos, iluminado levemente por la pantalla de la computadora con la que trabajaba. Un ventanal cubierto de tapices y cortinas de terciopelo detenía los rojizos colores del ocaso, asemejando el rico despacho de Alexei a un museo sacado de un sueño febril. La colección de espadas cuidadosamente colocadas en vitrinas, en el fondo de la habitación, se veía realmente tétrica a esa hora del día. 

–       Mayor Léonov. – dijo Alexei, accionando el intercomunicador que tenia en su escritorio, a la derecha.

No necesita decir más. Léonov deja de inmediato lo que esta haciendo y acude a su llamado. Abre lentamente la pesada puerta de madera y asoma solo la mitad del cuerpo.

–       ¿Desea algo, General?

–       He terminado la etapa de planificación. Reúne a veinticinco comandos, para una reunión a las 20:00 horas locales. Ellos me acompañarán.

–       ¿Algunas características en especial?

–       Es una misión urbana. Elige a los que tengan más experiencia en el área. Lo demás, a tu criterio.

–       ¿Otra cosa más?

–       Nada por el momento. Puedes retirarte.

–       A sus órdenes, General Tubarov.

De todos sus subordinados, el más respetado era, obviamente, el Mayor Léonov. Se le consideraba su portavoz oficial, aquel único que conocía la enigmática voluntad del General. Nadie dudaba que sus elecciones fueran del agrado de él. Al poco rato, reunió a los comandos, citándolos en una sala de juntas, con orden de confidencialidad absoluta. Ya sentados, les dirigió unas palabras.

–       Los he escogido para apoyar al General en una misión de suma importancia para la Confederación. No necesito recordarles que pertenecen a la élite de las Fuerzas Especiales y lo que eso significa, pero si quiero mencionarles que los he elegido principalmente por su capacidad de obedecer órdenes. No los escogí por su inteligencia, valentía o habilidades. Los elegí de entre todos los reclutas de la base porque hacen a la perfección lo que un buen soldado debe de hacer. Obedecer órdenes.

–       ¿Usted nos explicará la misión?

–       No – dijo Alexei Tubarov al entrar de improviso a la sala. – Lo haré yo.

Recibiéndolo con un fuerte saludo militar, le dan el uso completo de la palabra y del sistema de proyecciones holográficas. Comienza a explicar los objetivos de una manera tan segura que da la impresión de hablar en pasado, como si hubiese obtenido desde este momento la victoria. Al terminar, después de encomendarle al mayor Léonov entregarle los documentos necesarios a cada uno, les da la despedida.

–       Partimos mañana a las 0800.

Un soldado atrevido, no tan intimidado por el legendario apellido Tubarov, deja salir un comentario a media voz:

–       ¿Eso es todo? Al menos nos hubiese dado algo de ánimos.

Sus compañeros escuchan y voltean al instante, con ojos de desaprobación, mientras Léonov intenta adelantarse a darle una clara llamada de atención, pero Alexei lo detiene al levantar su dedo índice.

–       ¿Esperabas un discurso de aliento, chico? ¿Tus anteriores superiores te acostumbraron a eso?

El soldado no sabe que contestar. Solo balbucea aterrado.

–       Yo…

–       Supongo que esperas encontrar en mis palabras algo que mejore tu puntería, te concentre más, mejore tus reflejos o tu resistencia. ¿Piensas que lo que yo te diga te hará más eficaz en la misión? Si piensas eso, entonces no tienes lo suficiente para estar con nosotros ahora. Es decir, si algo tan vano como palabras te afecta tanto, mejorando o empeorando tus capacidades, deduzco la inmensa cantidad de defectos que te aquejan. ¿O me equivoco, soldado?

–       No, señor

–       Es decir, ¿tienes lo que se necesita?

–       ¡Si señor!

–       ¿Esperas algo más? Los hombres de las Fuerzas Especiales no necesitan incentivos para hacer su trabajo. Los hombres de las Fuerzas Especiales desean estar bajo mi mando, sin necesidad de alabanzas o lisonjas, porque ellos saben que trabajo ha de hacerse, tienen lo necesario para hacerlo, y son los mejores de toda la Confederación. Aceptan mis órdenes por la simple razón de que soy su superior, y ellos son superiores a todos los demás. Saben que si me siguen, sobrevivirán a todas las misiones, batallas y enfrentamientos a los que nos enfrentemos. Ellos ponen el resto, están seguros de sí mismos, perfectamente capacitados y entrenados, necesitando tan solo de una guía. Mi guía. ¿Aún quieres que te de ánimos? ¿Apoyo moral? ¿Consejo?

–       ¡No, señor!

–       Partimos a las 0800

Les da la espalda y sale. Detrás de él, el mayor Léonov, y al final, los restantes, dejando atrás al reprendido, siendo el último de éstos quien le da un fuerte manotazo en la cabeza.

–       Imbécil. – agrega, al salir. 

(continuará…)

Anuncios

Animate! Deja un comentario. Todos son valiosos

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s