Sangre de Guerra (parte V)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(…)

Alexei sale sigilosamente de su base, mientras Boris toma su lugar en la tina. Es cierto, el agua se lleva el dolor y el silencio, los estruendos. Boris se enamoraría de todas, odiaría a todos y sufriría las penas de ambos. Alexei se encargaría de aquellos que se atreviesen a interponerse en su camino, golpeándolos a todos, matándolos a todos. Kulya esta muerto, Boris lo mató. Alexei solo jaló del gatillo. Así debe ser. Así es.

 

Campo de entrenamiento del 5° Batallón en Luna Ámbar.

 

Poco tiempo después, el noticiero dio un reporte especial del ataque por parte del grupo rebelde de Centauros 38 y consecuente asesinato de Carl Town. Esto propició la firma de Tratado Tallgeese y la llegada de ayuda militar proporcionada por la Confederación de Sistemas. Para las personas promedio eso era solo una noticia entre miles, pero para estos cadetes inexpertos, aun finalizando su entrenamiento, era muy importante. El teniente Marx los cito a una junta de información. Vincent, Müller y Polina, como era su costumbre, se sentaron juntos.

Frente a una pantalla, el teniente les explicaba los objetivos de su primera misión, de una manera clara, apoyado por su vara señaladora, muchísimas fotos de satélite de la superficie del planeta, y mapas detallados de cada edificio de la ciudad que atacarían.

–       Será su primera misión, muchachos, así que tengan cuidado. Nuestro trabajo será acabar con los últimos núcleos rebeldes en el área capital del planeta designado como J-38. Rogué mucho a los pomposos del alto mando para que les asignaran esta misión, para demostrarles que ustedes serán lo mejor de la Confederación, así que no me defrauden. Es la clásica operación de entrar, emboscar, y asegurar en zona urbana. Con todo el entrenamiento que llevan en sus espaldas, será coser y cantar.

El teniente Marx los preparó para lo peor. Aún así, había cosas acerca de la guerra que tenían que descubrir por ellos mismos.

Cayeron en paracaídas desde las naves de desembarco que sobrevolaban lo suficientemente alto y rápido para evitar la vigilancia. Estaban en lo que hace un par de meses era una ciudad. Todo el batallón se movía sincronizado, entre los muros derrumbados y los escombros conservando sus mentes frías y enfocadas en el objetivo. Aprovechaban la noche para observar sigilosamente y esconderse de sus enemigos. Dividiéndose en grupos de tres, Müller, Vincent y Polina tenía que encargarse de una bodega en donde supuestamente los rebeldes escondían sus armas. La sangre de Vincent lo convirtió en el líder nato de la misión.  Se acercaban a la puerta de entrada.

–       Müller, a la derecha, Polina, izquierda, me cubrirán.

Vincent tumbó la puerta con una patada. Adentro, estaban torres de cajas, formando pasillos. Caminaron ahí dentro lentamente, protegiéndose unos a otros. Polina temblaba. Un tipo con un arma pequeña saltó frente a ellos, pero Vincent le disparó antes de que pudiera amenazarlo

–       Saben que llegamos ¡Atentos!

Salieron varios más, armados con navajas y armas de bajo calibre, por lo que no eran rivales para los pesados rifles de mira infrarroja de la Confederación. Dispararon y golpearon a los atacantes con una agilidad que rayaba en el instinto.  Polina noqueó a uno con la culata del rifle y lo mandó sobre una hilera de cajas, haciendo que se derrumbaran estrepitosamente, rompiéndose y liberando su contenido. Al verlo, se sintió la persona más miserable del mundo.

–       Comida. Tienen comida. ¿Donde están las armas? Esta gente solo…

Vincent se acercó al tipo inconsciente y le dio un tiro de gracia.

–       ¡Malnacido! ¡Eso no era necesario! – gritó Polina.

–       Recuerda la orden. No prisioneros de guerra.

–       ¿Guerra? ¿Contra quien peleamos?

–       Contra los rebeldes que tenían armas aquí escondidas, ¡Entiende!

–       ¡No Vincent! ¡Peleamos contra gente que atesora comida!

Polina disparo hacia los cargamentos que estaban al fondo, y de los agujeros de bala brotaron ríos de semillas.

–       ¿Qué estamos haciendo aquí, Müller? – y el chico respondió, debatiéndose entre el asco y la indolencia.

–       Siguiendo órdenes, Polina.

Sinceramente, ella nunca se había preguntado a si misma el porque de unirse a la Confederación. Lo hizo en su momento tan solo para conocer al legendario Alexei Tubarov. Pero ¿estaría dispuesta a matar personas que solo deseaban una vida digna, sin hambrunas e injusticias? Pues eso era lo que querían los rebeldes de Centauros 38. Solo vivir en paz. Como seres humanos.

 

Presente.

 

Instalaciones personales del General Tubarov, en Luna Ámbar. Dos semanas después.

Encerrado en la negritud de su aislamiento, rodeado de libros y penumbra, Alexei se concentraba específicamente dos horas diarias en olvidar. Olvidaba los rostros de aquellos que había matado, el olor de la sangre y de la pólvora. Trataba también de olvidar los gritos, los gritos que toda persona da cuando se da cuenta que va a morir. Normalmente los soldados no gritan, pero no todas las personas que Alexei había matado a lo largo de sus misiones eran soldados. Y a pesar de esos esfuerzos, no podía olvidar los gritos. Lo acompañaban perpetuamente. Al inicio, eran claros, reconocibles, para ir paulatinamente fundiéndose en uno solo, amorfo, indetenible. Alexei lo oía cada vez que estaba en silencio, como un velo en sus oídos, semejante al sonido de la interferencia radial, al murmullo de un canal muerto en la televisión. Por supuesto, el gran e implacable Alexei logró disminuir al mínimo los sonidos generados por la muerte de sus objetivos, sus rostros, sus miradas vacías, y esas sensaciones secretas, a la vista de sus hombres, no le afectaban. Solo él sabía que los gritos nunca se iban, manchando su silencio, el cual desde hace mucho tiempo, desde la primera vez que disparó un arma, dejó de existir para él. Cualquiera hubiese enloquecido. Pero no el glorioso General Alexei Tubarov. Todos los días, sin excepción, se levanta de su lecho, carga su arma, se coloca la máscara, y parte, ausente de dudas y esperanzas, a la siguiente misión, tan solo continuar haciendo lo que sabia hacer mejor, aquello para lo cual fue entrenado. Sus pensamientos huían del pasado y rechazaban el futuro, ayudándose a olvidar el significado del remordimiento, porque, a pesar de tantas muertes, de tanta destrucción, demoliciones y operaciones sangrientas, solo era un trabajo. Un trabajo de tantos. Órdenes. Órdenes y nada más.

–    La operación fue un éxito, Alexei

El Director de la Confederación de Sistemas, Stukov Petrovich fue al encuentro del General Alexei, con motivo de su último encargo, en una de las frías mansiones de la dinastía Tubarov. Mientras Stukov se sentía cómodo y en confianza, Alexei permanecía ajeno y distante, sin hablar de lo estrictamente necesario.

–    Era mi deber, General Petrovich.

Stukov observó con interés una colección de pinturas adornando el estudio del hace tiempo fallecido Rheneas Tubarov, tío abuelo de los Príncipes.

–    ¿Sabes porque pedí verte aquí? – preguntó Petrovich. Alexei no respondió.

–       Quería decirte esto en completa privacidad. Tú y tu gemelo son piezas vitales para la Confederación. Cada vez hay más planetas en cola para firmar con nosotros y rogarnos para que resolvamos sus problemas. Y eso debo agradecérselo a la labia de Boris y a tu liderazgo, Alexei. Ambos han hecho un buen trabajo.

–       Gracias, general

–       Estoy pensando muy seriamente en ascenderlos a ambos de puesto. Es decir, Boris sería ya un miembro del Consejo y tú serías jefe de tácticas, con poder sobre cada soldado en la Confederación entera – Ahora dedicaba codiciosas miradas al sillón de piel de varias generaciones de antigüedad – ¿Te gusta la idea?

–       Me alegro por Boris. Por mi parte, le agradecería que desistiera.

El general se extrañó por la petición de Alexei.

–       ¿Algún problema?

–       No puedo estarme quieto. Dirigir una guerra a años luz de distancia de las tropas no es mi idea de luchar, señor.

–       Citando las palabras de tu hermano, eres un hombre de acción.

–       Efectivamente señor.

–       En ese caso, te otorgo libertad absoluta en tus desiciones. Puedes disponer de hombres y recursos de la Confederación como se te ocurra. Te lo confieso, hubiera preferido que tomases el puesto de estratega principal.

–       Me moriría de aburrimiento, señor.

Cuando Boris Tubarov fue nombrado miembro del Parlamento y representante de Nueva Vladivostok en el Consejo de Planetas, organizó una magnifica fiesta e invitó a todos sus camaradas, amigos, y familiares. La reunión seria en su mansión personal, otra de tantas pertenecientes a su acaudalada familia. En media algarabía, Boris subió a las habitaciones de su gemelo, a ver que le impedía bajar a la fiesta. Lo encontró haciendo ejercicio, en las barras paralelas.

– ¡Alexei! – dijo al abrir la puerta con algo de discreción y cerrarla tras de sí – ¿no piensas bajar? Todos están allí, y la señorita Katrina Orumov ha estado preguntando por ti toda la noche.

Alexei no dejaba de dar giros. Pareciera que no le prestaba atención a su hermano.

–       No. Diles… diles lo que quieras.

–       Le romperás el corazón a una bella chica, déjame decirte.

–       Tú estarás allí para consolarla, ¿O me equivoco?

Boris buscó un espejo y empezó a acomodarse la corbata, el saco, la capa y el cabello.

–       Solo aprovecho mis cualidades. La vida es corta y esas damas no andarán tras de mí para siempre. Como gemelos que somos, deberías aprovechas mi apuesto rostro para divertirte un rato. Consigue un par de novias, que no sean celosas, por supuesto, o solo una, si gustas. Olvídate del amor, si quieres, pero al menos harás feliz a una de tus tantas seguidoras, Alexei.

–       Desperdiciaría mi tiempo – agregó al momento, como una reflexión – ninguna de ellas estará a mi lado cuando mas lo necesite.

Boris tuvo una idea chistosa. Quiso decirle “¿entonces porque no buscas una novia soldado?” Sin embargo sabía bien el significado de las palabras de Alexei. El nunca había tenido novias, amantes o amigas, porque consideraba que las mujeres eran débiles, tan solo un estorbo o una distracción. Además, una mujer que lograra combatir a su lado debería ser demasiado masculina  para tener el mismo nivel que Alexei, quien no se daría el lujo de rescatar a una damisela en apuros. Tenia un carácter muy competitivo, si encontrara a alguien con el mismo gusto y habilidad bélicas lo mas probable es que acabara matándola. La otra persona tendría que estar igual de psicótica para sobrevivir a ese ritmo. Cuando la vida esta siempre colgando de un hilo, no dan muchas ganas de compartirla.

–       En ese caso – dijo Boris – te daré tu siguiente misión. Planeta Casiopea, sistema Ninfaide. Invasión y derrocamiento del sistema de gobierno. Su presidente amenazó con declarar la guerra a su planeta vecino, Dréyade, si firmaba el Tratado Tallgeese. Dréyade nos pidió que interviniéramos. Teme por su seguridad.

–       Entiendo ¿Algo más?

–       De preferencia, si es que es posible- Boris acabó de arreglarse y se dirige a la salida, de nuevo a la fiesta – destruye sus plantas de materia negra. Así ayudaremos a un par de planetas que desean expandir sus zonas de comercio.

–       Acepto la misión. Partiré al amanecer

–       Ese es mi gemelo. Buena suerte

–       No la necesito.

(continuará…

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