Sangre de Guerra (parte IV)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(…)

Müller abrazó a Polina, comprendiendo que ese amor el cual ella sentía hacia el General Tubarov acabaría matándola uno de esos días.

Tres semanas más tarde…

Alexei Tubarov ha terminado con una misión. Se dirige a su base personal, un lugar que casi todos los demás llamarían hogar, localizada en el planeta capital, Nueva Vladivostok IV. A la mitad de la noche, entra a sus habitaciones, se quita la coraza abollada y perforada, la malla antibalas, y tira su cuerpo dolorido a una tina de agua tibia recién llenada. Inyecta nanobots médicos en la vena de su brazo izquierdo y los deja hacer tranquilamente su trabajo. Es momento de relajarse. El dolor se disuelve en el agua y el silencio se lleva los estruendos de las balas. Oye a alguien moverse cerca de allí, abrir la puerta de su recámara con pasos rápidos. Se levanta de la tina y toma el arma depositada en el piso, para encontrarse frente a frente con su hermano, quien lleva una toalla en la cintura, una botella de vodka en la mano y un paquete de nanobots médicos en la otra. Boris se mete al baño, dirigiéndose directamente al amplio y lujoso lavamanos.

–          ¿Has regresado? – dice Boris

Alexei no contesta, regresa su arma al suelo, para meterse de nuevo a la tina.

–          Estas cosas son maravillosas – continúa Boris, después de inyectarse una en el mismo brazo que Alexei – estas, y el suero, nos hacen inmortales. Quizás no invencibles, pero sí inmortales.

–          ¿Estas tratando de decirme algo? ¿Qué ha pasado?

–          No. Nada ha pasado. – Boris se mira el rostro en el gran espejo, y de inmediato ve el rostro de su hermano. – Aún usas la mascara ¿cierto?

–          Aún.

Solo un par de pasos de distancia lo separaba de su máscara de combate, producto de incontables ruegos de su madre. Comenzó a usarla desde que tenía edad para salir a misiones de campo.

–          Mamá misma te la mando a diseñar. Su único deseo era que siempre, siempre, conservásemos la igualdad física.- y tomó otro gran trago de vodka, el cual se derramó en parte por la comisura de sus finos labios.

–          ¿Ha pasado algo? ¿Por qué insistes en beber esa cosa, si sabes que no tiene efecto en ti?

–          Por el sabor. Je… demasiado chicos para embriagarnos, pero no para morir, ahora que tenemos edad para por fin olvidar con alcohol, somos demasiado perfectos para ambas. Es lo único que detesto de ese maldito suero.

Alexei se levanta de su tina y toma una toalla blanca de un estante para cubrirse, de la misma forma que su hermano. Ya cerca de él, le aparta la botella de la mano, y sujeta su barbilla para examinar sus pupilas ante la luz.

–          No estoy drogado.

–          Lo pareces.

–          Somos inmunes también a eso.

Al apartarse, ve un moretón en el firme abdomen de Boris.

–          ¿Cómo te hiciste eso?

–          Ah. Eso. Una patada.

–          ¡Una patada! ¿Quién se ha atrevido a hacerlo?

–          El estúpido de Kulya. – Kulya Razmarov, compañero de parrandas de Boris, colega universitario y enemigo permanente – Estaba ebrio. Empezó a decirme algo acerca de su hermana, o prima… el honor, un hijo que tuvo que abortar… No se. ¿Cómo no quería que la besara, si casi me la arroja a los brazos? Con lo hermosa que es esa perra… Hasta tú la encontrarías hermosa.

–          Lo hiciste otra vez, Boris. Caíste en el previsible enredo de Kulya. Te metieron en el juego, deshonraste a la hermana de alguien, a la hija de alguien y ahora… – Alexei no mostraba su enfado, tan solo apartó la mirada de su hermano, se apoyó en el rico lavamanos y comenzó a mirar su propia imagen como si se reprendiese a si mismo. – Solo la besaste ¿eh?

–          Solo la besé. ¿No me crees?

–          Te creo. ¿Por qué Kulya actuaría así? El no te golpearía, aún ebrio.

–          Porque esta celoso. Mi promoción esta cerca, es inevitable y lo que ese bastardo quiere es armarme un escándalo para ensuciar nuestro nombre. ¡Esta rebosante de celos! ¡Me golpeó en la cara! ¡Mírame!

En el apuesto rostro de Boris se veía una pequeña marca de nudillos. Un arañón insignificante, un raspón superficial que no dejaría huellas.

–          Cierto, cierto – dijo Alexei, quitándole importancia. Pero Boris había recordado la ira que quería olvidar, y, viendo a su gemelo a los ojos, la dejó salir.

–          ¡Estábamos bebiendo, tranquilamente! ¡Ese plebeyo de Kulya se emborrachó muy rápido y comenzó a exigirme que desposara a la mujerzuela de su hermana, por una supuesta ofensa que yo no cometí! ¡Me negué y él se lanzó sobre mí! ¡Me golpeó en el rostro, me pateó en el abdomen! ¡Al defenderme, le estrellé una botella en los ojos! ¡A ese imbécil!

–          Ganaste, entonces.

–          ¡No Alexei! ¡No se trata de algo tan mundano como eso! ¡A mí! ¡Como se atrevió! ¿Acaso no te das cuenta? ¡EXIGIRME A MÍ! ¡GOLPEARME A MÍ! ¡A MÍ!

–          ¿Por qué no lo mataste? ¿Por qué si osó ensuciar el nombre Tubarov con algo tan vulgar, no lo desangraste como a un perro? Nadie te lo impedía. ¡Eres Boris Tubarov!

–          Por eso – dijo, en un hilo de voz, mientras la rabia escapaba de su cuerpo – Porque yo no soy tú.

Alexei tomó el arma del suelo, se puso los pantalones, una camiseta limpia y su chaleco antibalas, dirigiéndose rápidamente a la puerta. Pero, allí, en el umbral, se detuvo.

–          Ordénamelo.

–          No Alexei.

–          Ordénamelo.

–          No, Alexei.

–          Quieres que lo mate. Que llene su mentiroso y traicionero cuerpo de balas y le recuerde el significado de nuestro nombre. Lo que somos. Eso quieres.

–          No, Alexei.

–          ¿Algo te detiene? Solo pídelo. Es como…

–          Si yo lo hiciera, porque ambos…

–          Somos uno… tú el corazón…

–          Y tú la razón… yo siento, sufro, si lo odio…

–          Lo mato. Así debe ser. Así es. Una vez lo dijimos, hace tiempo, antes de que el mundo comenzara a rodar para nosotros.

–          Si fuéramos una sola persona…

–          No sobreviviríamos, ya que…

–          Realmente estaríamos solos….

–          Solo dilo, y se hace realidad. Así es siempre, así debe ser.

Boris recupera la entereza. Ve su rostro en el espejo, el rostro de su hermano gemelo. Respira profundo.

–          Ve y hazle entender a este mal nacido hijo de puta que nada ni nadie le dice a los Tubarov lo que tiene o no tiene que hacer. Una ofensa y calumnia de esa magnitud no se perdona. Nunca.

–          Regreso al amanecer.

Alexei sale sigilosamente de su base, mientras Boris toma su lugar en la tina. Es cierto, el agua se lleva el dolor y el silencio, los estruendos. Boris se enamoraría de todas, odiaría a todos y sufriría las penas de ambos. Alexei se encargaría de aquellos que se atreviesen a interponerse en su camino, golpeándolos a todos, matándolos a todos. Kulya esta muerto, Boris lo mató. Alexei solo jaló del gatillo. Así debe ser. Así es.

(..continuará)

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