Sangre de Guerra (parte III)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(…)

Alexei Tubarov nunca se preguntaba demasiado el porqué de sus misiones, si esos hombres merecían la muerte o la consecuencia de sus actos. Era tan solo una orden, y eso era más que suficiente.

Campo de entrenamiento en Luna Ámbar, cuatro semanas más tarde.

Había una expectación en los cadetes debido a la inesperada llegada del General Tubarov. Ellos no sabían de qué se trataba, ni mucho menos el motivo de su repentina visita. Polina y Müller estaban nuevamente emocionados, recuperando sus esperanzas de conocer al héroe de toda la Confederación. Se hallaban en el comedor, conversando con los demás.

–       ¿Estará aquí para revisar nuestros avances?

Un cadete rubio, ojos cafés, con porte gallardo, se metió en la plática de ambos.

–       Ingenuos. El tiene cosas más importantes que hacer. Aun ignoro porque siguen diciendo que este campo esta a su cargo, le ha pertenecido desde siempre al teniente Marx.

–       ¿Entonces, según tu, que hace aquí? – preguntó Polina, molesta.

–       Su centro personal de operaciones esta en el edificio que no podemos entrar. Estar armando sus planes para otra misión. En este lugar estarán sus armas, su equipo, información. Seguramente volverá a irse de un momento a otro.

–       ¿Cómo sabes eso? – dijo Müller, sorprendido.

–       Digamos que…

La voz del teniente Marx se oyó en la entrada del comedor. Todos se levantaron y se pusieron en fila, para la inspección. Muchos palidecieron de susto al ver a quien estaba acompañando su comandante.

–       Estos son los nuevos reclutas, han recibido el mejor de los entrenamientos posible… le daré sus expedientes.

–       No es necesario.

Caminaban muy rápido, y el general Alexei ni siquiera miraba a los muchachos a sus costados. Tenía en el rostro la expresión de fastidio, como cuando alguien te insiste en hablar de algo que no tienes la intención de saber. Así que cuando el gran Alexei Tubarov paso cerca de Polina, la cual se moría por ser observada, ella intentó de hablarle lo más segura posible.

–       Poli…

Pero el General no tenía tiempo para presentaciones espontáneas. Siguió de largo, sin prestarle atención o percatarse de ella. Polina  sintió el mundo derrumbarse, desvanecerse. Tanto tiempo de esperanzas y expectativas acerca de este encuentro, con la vaga ilusión de que él mismo la asesorara en su entrenamiento, e incluso algún día lucharan juntos en el mismo campo de batalla.  Peor aún, siendo ella el mejor promedio de su clase, la recluta mas comprometida, la mas entregada, debía ser quien llamara la atención del General, que siempre de rodeaba de los mas destacados soldados. Su autoestima bajó mucho cuando descubrió la relación de ese chico que le había hecho la plática minutos antes en el comedor, con el general.

–       Vincent Krushrenada, # 76685155. Gusto en conocerlo

El general esbozó algo parecido a una sonrisa. El teniente Marx le paso rápidamente su expediente y Alexei lo hojeo desinteresado, casi sin verlo.

–       Aun eres un crío.

–       La sangre Krushrenada, general Tubarov

–       Conocí a tu hermano mayor. Buen soldado. Boris tiene mejores relaciones con tu familia, me parece.

–       Los Tubarov y los Krushrenada nos hemos llevado muy bien. Tenemos el mismo espíritu.

–       Llega a adulto. – fue la despedida del General.

–       ¡Si señor!

Alexei continúo rápidamente su camino. Al salir ambos, todos los cadetes rodearon a Vincent, ahora su nuevo ídolo, acosándolo de preguntas de tal forma que él confesó que su prima era una gran amiga de Boris Tubarov, que su padre fue compañero de armas del padre de los gemelos Tubarov, y además otro hermano suyo contrajo nupcias con una prima segunda de éstos. Ambas familias estaban unidas y él había conocido al general, tiempo atrás, en las esporádicas fiestas de los Krushrenada. Terminando la euforia, Vincent sintió las miradas recelosas de Müller y Polina, por lo que decidió acercarse a su mesa y volverse a meter en su conversación.

–       Oigan… siento si se acaso los hice sentir…

–       ¿De que te lamentas? – dijo Müller, ofuscado – eres afortunado de nacimiento

–       Ve a presumir a los otros lo mucho que conoces al General – espetó Polina, visiblemente enfadada.

–       ¡Hey! Nunca presumí de nada. Dije la verdad y nada más.

–       Ahora quien se disculpa soy yo – interrumpió Müller, sonrojado – es que, ¡Caramba! Te reconoció, a ti, entre todos nosotros, caray…

–       Era incapaz de olvidarme. Le hice algunas diabluras cuando nos encontrábamos, aunque claro, mi mamá me defendía en ese entonces ¿O tú no recordarías de un niño pecoso que lanza hielos con una resortera en una boda?

–       ¿En serio? – preguntó Müller, sin decidirse a reírse o asombrarse.

–       Era un malcriado en ese entonces. Lo sigo siendo ¿saben una cosa? – Vincent le dio un fuerte jalón a Müller y le paso el brazo por el cuello con efusividad – Seríamos excelentes amigos, ¡Me agradan! ¿Qué opinas?

–       Por mi… no hay problema… ¡Suéltame! ¡Estas asfixiándome!

Polina estaba sumida en sus pensamientos. Tenía la mirada baja, fijada en la mesa. No parecía tranquila, ni haber dejado atrás el fallido encuentro con el general.  Müller lo percibió, además de Vincent, ya que su repentina alegría no había encontrado eco en ella.

–       ¿Pasa algo? – preguntó Vincent – ¿Te podemos ayudar?

–       No, no –contestó Polina – es cosa mía. Es que… no, no puedo permitir que esto acabe así, aquí, tan de repente.

–       ¿A que… te refieres?

–       ¡Al general, tonto! ¡tu estas tranquilo porque lo conoces, pero yo… no! Y no tienes idea de cuanto quiero conocerlo, tan solo verlo, tan solo que él pronuncie mi nombre, que me vea, que sepa que existo. – exclamo con fervor, temblando de emoción.

–       Polina…

–       Si supieras cuanto me he esforzado por llegar hasta donde estoy, estudios, entrenamiento, – la voz de la chica se hacia trizas – mi familia, todo para tener el privilegio que tú tienes, y que …

–       ¿No merezco? – interrumpió Vincent – Lo pensaste, Polina, admítelo.

Ella no contestó. Tenía la mandíbula trabada de desesperación y rabia. Parecía que rompería a llorar de un momento a otro. Vincent y Müller se percataron de sus sentimientos, y, con los ojos, se decidieron apoyarla, no dejarla sola. Pero la verdad tenía que decirse, por cruel que fuera.

–       Mira, esta bien, lo admito, Polina, esto que tu llamas privilegio lo tengo de nacimiento, el apellido Krushrenada y la cercanía de las familias, pero… hey, no es la gran cosa. No lo conozco, no he intercambiado más de cinco palabras con él, y estoy muy seguro de que después del saludo de hoy nunca más me volverá a hablar.

–       Polina… – intervino Müller – yo también quiero conocer al general, tu lo sabes, pero, él… bueno, ya sabes es… es el general, Polina. Cielos… para él solo somos… números…

Y la joven replicó furibunda:

–       ¡No! ¡no puede ser cierto!

–       Te dije que no lo conozco, – continuó Vincent – pero si se algo de él, chica. Para el gran General Alexei Tubarov lo único que existe en el mundo son las guerras. Y algo mejor que las guerras, son la victoria en las guerras.

Polina se restregó el rostro con las manos.

–       Déjenme sola un momento, por favor. Los veo después

–       De acuerdo.

Se levantó de la mesa, y sin mostrar sus ojos vidriosos, salio del comedor.

–       Enamorada hasta los huesos – dijo Vincent

–       Lo siento por ella, digo, el general nunca le corresponderá, por muy buena soldado que fuera. O ¿tu… piensas que habría alguna… ya sabes? Polina es guapa. Muy inteligente.

–       ¿Oportunidad? Diablos, no. Ni una sola. Antes la Confederación se desarma en pedazos.

Esa noche, Polina les hizo llegar un mensaje a sus amigos y les dijo que escabulliría en las barracas en busca del dormitorio del general. Vincent y Müller trataron de disuadirla de que no lo hiciera, pero fue de igual manera. La esperaron en su habitación, para saber los resultados de su incursión, si es que podía contarlo. A las pocas horas de su partida, ella regresó, llorando amargamente. Müller pensó lo peor.

–       ¡Polina!

–       ¡Chica! ¿Qué paso? – dijo Vincent – ¿Te descubrieron?

Entre sollozo y sollozo, relató lo sucedido.

–       Entré al edificio, nadie me vio, todo era perfecto… logre encontrar su habitación, y, al entrar en ella… ¡no estaba! ¡no estaba! Se fue de incógnito, engañó a sus propios guardias… ¡se esfumó!… a quien sabe donde…

Lanzándose a su cama, continuo su tristeza, alimentando su frustración con lágrimas.

–       No saben que ganas tenía de verlo… quería verlo… no saben que ganas tenía…

Müller abrazó a Polina, comprendiendo que ese amor el cual ella sentía hacia el General Tubarov acabaría matándola uno de esos días.

(continuará…)

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