Sangre de Guerra (parte II)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(…)

–       ¿Acabamos prima? – le pregunta Guy, al apagar su cámara.

–       Si, primito. – responde ella al quitarse el audífono y desconectar el micrófono – Eso es todo. Por desgracia, todo lo que voy a obtener de él.

 

Campo de entrenamiento en Luna Ámbar, en la órbita de Nueva Vladivostok IV.

 

– Quizás lo entiendas mejor, – decía un sargento a un joven recluta que llenaba nervioso sus formatos de enrolamiento al ejército – si te cuento una experiencia propia:

“Yo empecé como guardia, en una base localizada en las lunas de Tsar. Era algo viejo para ese puesto, comparado contigo, pero uno no puede dejar ser soldado así a la primera. Estábamos siendo invadidos por fuerzas de la Congregación de Planetas, y sabía que llegarían a mi puesto de un momento a otro, en cuestión de minutos. Y lo hicieron. Soldados y armas, estallando la puerta, a punto de volarme los sesos. Y llegó el. El Gran Alexei Tubarov, Destrozó de un puñetazo el panel de ventilación, dejándose caer por allí, en medio de todos, disparando y disparando tantas rondas en el camino que tres ya estaban fríos cuando acabó de tocar el piso. Era joven, muy joven, en ese entonces. Les pateó el trasero a esos cinco, tan rápido que le perdí la pista. No les valieron de nada las pesadas armas multimunición, las corazas de adanmátium aligerado ni la vista infrarroja. Con un carajo, no. Antes de que parpadearan, el Gran Alexei Tubarov les había cortado el cuello como pollos y se encontraban retorciéndose en el suelo. Mirándome con sus ojos negros, solo dijo:

–       Toma las armas. Asegura el área y cerciórate de que no haya más.

Solo eso. Nada de discursos bonitos, palabras vacías o caravana inútil. Me salvó la vida, pero no había porque agradecérselo. Estaba haciendo su trabajo, y la única forma de corresponderle era haciendo el mío. Lo único que necesitaba eran órdenes. Solo órdenes. Simples y claras. La certeza absoluta de que él ganará, y de que, si lo sigues, vas a vivir. ¿Qué otra garantía, otro aliciente mejor que ese? Vivir”

El joven, ahora decidido, firmó la última solicitud, y dándole la mano efusivamente al sargento que lo atendía en la ventanilla, dejó la fila y se unió al resto de los demás. Quizás no sobreviviese mucho tiempo. Sin embargo, ¡La emocionante vida que le esperaba!

Con los anuncios de “salvar a tu raza y proteger al Universo” miles de jóvenes ingresaban a las filas de la Confederación, para desempeñar cualquier cargo en el ejército, fuerzas acuáticas y aéreas: pilotos, soldados rasos, ingenieros, médicos, técnicos, inteligencia, etc. Los exámenes podrían considerarse rigurosos, y existía cierta predilección por los humanos en todas las pruebas de selección. Al final, después de semanas de evaluaciones se asignaba el número de batallón y campo de entrenamiento, donde vivirían con sus demás compañeros. El quinto batallón estaba muy emocionado, ya que tendría de supervisor nada  más y nada menos que al General Alexei Tubarov. Müller, un chico de rizos oscuros y piel morena, temblaba de nervios. Volteaba a ver a sus compañeros igual de estresados que él. En cambio, una chica de ojos azules, a su izquierda, parecía sonreír.

–       ¿No esta nerviosa?

Estaban sentados en las barracas, esperando al supervisor.

–       Polina Strurova, número 16714382, Quinto Batallón. No, estoy emocionada.

–       En ese caso, Müller Hänser, 99765110, Quinto Batallón. Yo estoy petrificado. Conocer al general Alexei es algo… increíble. El entrenamiento será durísimo. Seremos la élite.

–       Yo estudie varios años para poder entrar. Tuve también que aprender a conducir varios vehículos, artes marciales, técnicas de combate…

–       Igual yo. Por fortuna, Salí bien en el examen.

–       ¿Cuántos puntos tuviste?

–       845 ¿Y tú?

–       998

–       ¡998! ¿Que estas haciendo en “comandos especiales”? Deberías estar en ingeniería, comunicaciones, o mejor ¡Inteligencia!

–       No… – Polina se sonrojó en poco – quería conocer al legendario Alexei Tubarov.

–       ¿Por eso entraste aquí? Curioso, ambos tenemos la misma razón. Ese hombre es genial. Dicen que acabo con una base de más cien enemigos el solo.

–       Además de que es un excelente piloto. Sabe volar los cazas espaciales como nadie. Cuando él esta en el campo de batalla, pelea hombro con hombro con los soldados de mas bajo rango. Y es letal.

–       Tuvo entrenamiento de espionaje, durante mucho tiempo fue agente de inteligencia. Sabe esconderse y matar de formas silenciosas y rápidas.

–       Ojala y nos enseñe algo de eso. No aguanto las ganas de verlo.

Un grito del guardia anuncia la llegada del supervisor. Todos los reclutas se pusieron en fila, listos para la inspección. Un teniente entró con los expedientes, para comenzar a pasar lista. Müller y Polina se llevaron la decepción de su vida. Él no era Alexei Tubarov.

–       Adams

–       ¡Presente, señor!

–       Rodríguez…

–       ¡Presente señor!

–       Strurova

–       ¡Presente…. Señor!

Al terminar, de pasar lista, el teniente les dio un discurso de bienvenida, las instrucciones, la repartición de clases, y el reglamento. Era un buen maestro y muy amable, pero Müller y Polina no asimilaban la idea. Polina por fin desoyó los consejos de Müller y alzó la mano.

–       ¿Alguna pregunta, soldado?

–       Usted… es decir… ¡ejem! ¿Cuándo vendrá a supervisarnos el General Tubarov?

–       No tengo idea – contestó con gesto sincero – Mira, soy el encargado del entrenamiento de este batallón. Cuando ascendieron al General Tubarov al rango que ahora tiene, le asignaron el manejo de este lugar, como lo establecen los estatutos. Solo vino aquí, hace unos… dos años y medio o un poco más, y me dijo que podía seguir haciendo lo que he estado haciendo por más de treinta años: entrenar reclutas, dándome poderes totales para manejar el batallón y las instalaciones. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Polina no estaba tan conforme. El teniente Marx lo noto, y él, con su buen sentido del humor y conocedor del carácter inestable de Alexei, amplio su respuesta.

–       Mira, niña, ambos tenemos las mismas ganas de conocerlo. Pero él no es hombre de estarse en un solo lugar. En estos momentos ha de estar en algún planeta lejano, peleando en una guerra. Así que mejor no esperes verlo. Como te dije, yo tengo más de dos años de haberlo hecho, y no duro mucho el encuentro, solo el tiempo en que firmo un papel en donde decía diplomáticamente que todo esto le importaba un bledo.

Los rostros de Müller y Polina se torcieron en una mueca de desencanto. El general Tubarov era una leyenda, en todo el sentido de la palabra.

 

Cuartel General de la Confederación de Sistemas. Planeta Colonia Nueva Vladivostok IV.

Boris jugaba bien con ambos lados de la moneda. A menudo era él quien le daba las misiones a Alexei, en representación del Director de la Confederación de Sistemas, Stukov Petrovich. Boris y Alexei vivían en el complejo, pero en áreas completamente distintas. También eran muy disímiles en sus hábitos y costumbres. Estaban en un café vacío en el interior del Complejo. Solo un mesero los estaba atendiendo.

–       Vodka, por favor ¿tiene tabaco?

–       ¿Alguno en especial? – preguntó el mesero

–       Habanos de la colonia Guayma, y nada más para mí.

–       ¿Desea usted algo, general Alexei?

–       Un vaso de agua.

El mesero se despidió cortésmente. En instantes, regresó con vasos, encendedor, cenicero y una campanilla de bronce por si se le volvía a necesitar.

–       Hermano, ¿Solo agua? Prueba un poco de vodka, o vino, si prefieres.

–       No, gracias. Sabes los efectos que causa el alcohol. Necesito estar siempre al cien por ciento.

–       ¿Aun cuando estas dentro de la base, con tu hermano? Como quieras. Cada quien tiene sus vicios.

–       ¿Para que me querías?

–       ¡Vamos, Alexei! ¿Desde cuando no tenemos una simple charla?

–       Nunca hemos tenido una simple charla. Nuestro padre no nos fomentó la… cortesía

–       El viejo era un ex – militar de la Alianza. Éramos sus soldados favoritos, aun cuando solo tuviéramos seis años. ¿Recuerdas la manera de saludarlo? Decíamos “¡si, señor!” “lo que usted ordene”. Aprendí a disparar antes que a leer bien. En realidad, tú aprendiste antes. Mamá había sido una sargento, que fue a dar una presentación en el cuartel de papá, así se conocieron ¿Recuerdas?

Alexei solo se limito a decir, con un gélido tono de voz:

–       Si

Boris siguió rememorando en voz alta:

–       Mamá… era una mujer muy fuerte. Nos dijo que ella no sitio los dolores del parto. Solo nos vio salir de su vientre, y luego se enteró que la habían operado sin anestesia. Pero nunca sintió dolor, y nunca se quejó. Después, se endulzó al vernos tan chicos, como dos gotas de agua. Las historias antes de dormir, que nos relataba, eran acerca de batallas. Guerras mitológicas, de hombres, de historia antigua, modernas. A ti te gustaban las historias de héroes, me parece.

–       Solo tengo en mi memoria, el hecho de que nos confundía a menudo. – respondió Alexei – Nos cambiaba de nombre hasta el momento en que empezamos a hablar.

–       Cierto. Ya no sabía si mi nombre era Boris o Alexei. Era muy divertido. Mamá decía que si nos juntábamos haríamos una persona completa. Que por eso éramos tan distintos, aunque nuestros cuerpos no tuvieran ninguna diferencia. Te miro ahora, y parece que hablo conmigo mismo – y agregó, en voz baja, casi para si – con mi lado oscuro.

–       ¿Para que me querías?

En ese momento, regreso a la mente de Boris otras de las palabras de su madre. Ella decía que Alexei tenía la mente, mientras que él conservaba el corazón.

–       Existe un sistema, el sistema Centauros 38. –continuó, después de un trago de vodka –  Una colonia humana que se estableció en cuatro planetas alrededor del un Sol relativamente joven. Tienen la tecnología, tienen la cultura, tienen el interés. Les ofrecimos integrarse al Tratado Tallgeese como miembros activos, pero existe un líder…

Boris sacó un sobre con varios documentos clasificados, fotos, copias de expediente y un par de memorias.

–       Él no esta de acuerdo con los principios de la Confederación. Tiene un gran poder en su parlamento, y los cuatro ministros no firmarán nada si el no da la aprobación. Además, tienen problemas internos, insurrectos que tratan de cambiar el sistema de gobierno.

–       ¿Cuál es mi misión? – dijo Alexei

–       Eliminar a Carl Town de manera tal, que culpen a los rebeldes. Los ministros querrán ayuda, firmarán y nosotros entramos. Simple. Carl Town es un blanco franco de los rebeldes, así que eso lo hará creíble, y aumentará la paranoia.

–       ¿Inestabilizar al gobierno?

–       No, solo convencerlos de que nos necesitan.

Alexei Tubarov nunca se preguntaba demasiado el porqué de sus misiones, si esos hombres merecían la muerte o la consecuencia de sus actos. Era tan solo una orden, y eso era más que suficiente.

(continuará…)

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