Sangre de Guerra (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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Sangre de Guerra

De los Archivos Históricos de la Duma de los Pueblos, regidora del Sistema Nueva Vladivostok:

“El origen de la Confederación de Sistemas se encuentra en nuestra mano. Primero estuvieron intentos tibios de organizar las civilizaciones conocidas bajo leyes y reglamentos. No nosotros, el Pueblo de Nueva Vladivostok. Nosotros creemos en la fuerza y la entereza, la batalla y la conquista, la victoria y su energizante elixir. De nosotros han nacido reyes, y nuestra raza esta compuesta de ellos”

En los tempranos inicios del Sistema, muchas familias de abolengo se establecieron en los fructíferos mundos que rodeaban a ese sol maduro. La gran mayoría se estableció en el planeta capital, Colonia Nueva Vladivostok IV, organizando su gobierno y élite de acuerdo a sus nuevas y refinadas usanzas. Todas esas familias tenían en común la sangre azul, el gusto por el arte de la genealogía, y una indescriptible pasión por la guerra. Legendarias e inolvidables son ya las proezas de Orumov en la batalla de los planetas externos, o la incansable lucha de Ariel Krushrenada contra los rebeldes de Tulusk. Pero de entre todos estos clanes, solo existía una familia cuya sangre era más preciada que el oro, una familia capaz de conjuntar aristocracia, arrojo, nobleza y riqueza. Ellos portaban como un estandarte su nombre, y lo blandían con orgullo. Ellos eran los Tubarov. Los míticos Tubarov.

Dueños de fortunas inmensas, siendo ya sea políticos, gobernantes, hombres de ciencia e incluso artistas, todos los afortunados en nacer dentro de la dinastía Tubarov tenían asegurado un futuro plagado de poder y abundancia, el derecho a volverse regidores de hombres, destinos, mundos, imperios. La historia de los Tubarov es amplia y nutrida de detalles, forjadores principales de las raíces del Sistema Vladivostok. Los últimos descendientes directos eran los llamados Príncipes Tubarov, hijos del gran Igor Tubarov, general, estratega, empresario; y de Irina Krushrenada, dama poseedora de belleza y fuerza, celosa protectora de sus hijos. Los Príncipes Tubarov, ahora ya mayores de edad, eran los herederos indiscutibles del Imperio, próximos reyes del Sistema, aun cuando sus caracteres fueran totalmente disímiles. Boris, tenía el encanto y la simpatía de la juventud en el rostro, poseedor del don de la palabra y el convencimiento, acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Su hermano, Alexei, era alguien silencioso y sumido en el misterio, su principal atractivo, prefiriendo intimidar a razonar, actuar a esperar respuestas. Boris ordenaba con la palabra, y Alexei dirigía con los hechos. Aún de jóvenes, ambos participaron en cuantiosas guerras, y, después de la prematura muerte de sus padres, continuaron sus trazados caminos bajo la guía de la fuerte figura del General Stukov Petrovich, colega de armas muy cercano a su padre. Ellos perpetuaron su obra, creando a la Confederación de Sistemas, paso a paso, planeta a planeta, letra a letra del Tratado Tallgeese, sin abandonar nunca el mando. Nadie olvidaba que todo ese poder les pertenecía, un poder creado por y para los Príncipes Tubarov.

Pasado.

Había una tensa calma en ese campo de batalla, plagado de minas terrestres. Los hombres de ambos bandos respiraban miedo. Las luces que surcaban el cielo nocturno en busca de aviones caza les revolvían el estómago de pánico. Moverse era un asunto peligroso. Podría decirse que la situación estaba pareja. El ejército de la Confederación estaba bien atrincherado, con búnkeres vigías y tiradores expertos, además de peinar el espacio aéreo para encontrar signos hostiles. Con lentes de visión nocturna, en todos sus hombres, no había nada que pudiera sorprenderlos. Por otro lado, los comandos de Antulio tenían esos megalásers de alta precisión tierra-tierra y tierra- aire, colocados cada uno a menos de diez metros entre sí, rodeados de soldados fuertemente armados con automáticas en sus trincheras. Sus radares lo veían todo. El más grande, situado atrás de las líneas de batalla, era el “Ojo Mayor”, capaz de detectar a kilómetros las más modernas naves con sistemas de camuflaje. La situación estaba pareja, y cuando algún soldado se aventuraba a observar por encima del ras de la tierra, solo veía un campo interminable y oscuro, un panteón de cruces metálicas, donde los cadáveres aun se movían inquietos en las tumbas.

De pronto, corrió la voz entre los hombres de la Confederación. Un nombre, Alexei Tubarov. La guerra estaba ganada. Con solo escucharlo, se levantó la moral entre los soldados. Alex Tubarov lo solucionaría. El General Tubarov era una leyenda, y su sola presencia aseguraba el éxito. Otro mensaje fue de boca en boca por todos los pelotones. “A la bengala roja, los tiradores, a la bengala azul, avancen”. La expectación era enorme.

       ¡Miren! ¡Allá, en esa trinchera!

       ¿Es? ¿Es él?

       ¡A callar! – dijo un comandante a sus emocionados hombres. Existía un silencio total. Aun así, seguían observando

Protegido por la noche, solo se vio como tres vigías caían de espaldas. Hubo un ligero resplandor dentro del búnker, pero las alarmas no se encendieron. Uno de los lásers gigantescos dio vuelta de 90° y atacó a los demás. Giró de nuevo y destruyó a los búnkers de izquierda, alcanzados por su rayo mortal. Sin desperdiciar tiempo, volteó a sus espaldas y disparó directo al “Ojo Mayor”, con toda su potencia, destruyendo así el sistema de radares. Una bengala roja rasgó el aire desde ahí. Los francotiradores de la Confederación dispararon a todos aquellos hombres desprotegidos que se movían frenéticamente entre los lásers en llamas, tratando de resarcir el daño y encontrar al culpable. Sin embargo el culpable corría ahora hacia el campo de batalla, lanzando una bengala azul al cielo. Los soldados gritaron. Se iniciaba la ofensiva. Los pilotos tuvieron un llamado, proveniente del combate.

       Están recibiendo órdenes directas del general Alexei Tubarov. Sobrevuelen la zona y ataquen los objetivos enemigos designados. Suelten micro robots para ayudar a los combatientes de tierra a pasar el campo.

Con ayuda de los micro robots, las minas terrestres fueron rápidamente anuladas. Los aviones acabaron con los lásers restantes. Los hombres atacaron con energía, exaltados por la proeza del General Tubarov. Aunque, para él, era un trabajo de rutina. Era la última base de los comandos de Antulio. La Confederación había ganado la guerra.

Planeta Colonia Nueva Vladivostok IV. Hemisferio norte, paralelo 68°. Cuartel general de la Confederación de Sistemas.

Un edificio fuertemente resguardado, con un par de guardias en cada entrada, vigilancia por doquier. En la sala de juntas, una docena de representantes de diferentes mundos tenía acaloradas discusiones.

       ¡Eso es invasión!

       ¡Protección de intereses!

       ¡Intervención en políticas externas!

       Están manipulando los gobiernos nativos…

       Eso es una forma de decirlo. ¿usted permanecería pasivo ante tales violaciones de los derechos humanos?

       ¿Derechos humanos? ¿Qué son los derechos humanos antes las naciones no humanoides – cero?

       ¡Nuestra política es la no-intervención!

       Es decir la indolencia…

Boris Tubarov observaba la escena con cuidado. Planeaba estrategias, estaba en su elemento.

       Señores, señores…

Boris Tubarov era el vocero de la Confederación de Sistemas. Un papel muy importante, considerando su joven edad. Los diplomáticos callaron.

       Señores, observemos los hechos cuidadosamente. ¿Cuál fue el propósito de la Confederación de Sistemas al emprender una acción militar en contra de Antulio? ¿Qué factores nos condujeron a eso? Para responder a estas preguntas, deberemos entonces revisar los propósitos de la Confederación misma.

Continuó, entre el silencio de su expectante público.

       Nosotros, la Confederación de Sistemas, deseamos la armonía entre planetas de diferentes culturas. Con la proliferación de los viajes intersistemas, los mundos más desarrollados invaden, pacífica o agresivamente, a aquellos con menos recursos y los “educan” a su manera, quizás con buenas intenciones. Eliminan así la idiosincrasia nativa, y el producto de cientos de miles de años de evolución. Si este fenómeno continua por el Universo, muchas civilizaciones quedarán arrasadas por contactos no controlados con otras, supuestamente mas avanzadas. Nuestro objetivo es regular estos contactos, clasificar los mundos y protegerlos, además de promover tratos amistosos y de mutuo beneficio entre cualquier mundo con cualquier raza.

       ¿Eso que tiene que ver con la invasión de Antulio?

La intervención agreste de un político novato alegró a Boris. Lo incitó a  utilizar sus mejores cartas.

El planeta Antulio tiene un enorme poderío económico. Es un mundo comerciante, en plena carrera armamentista. Los informes, confiables, por cierto, nos hablan de una invasión a gran escala de su planeta vecino, Tïro, un mundo sin la capacidad tecnológica suficiente para defenderse. Tïro nos pidió ayuda, y nosotros atacamos a lo que consideramos un enemigo potencial, no solo para Tïro y planetas circunvecinos, sino para la misma Confederación. Sabrá usted que los planetas que han firmado el Tratado Tallgeese son aun muy escasos. Apoyaremos a cada uno de ellos con todas nuestras fuerzas, e incluso convenceremos a más planetas de unirse al tratado y aceptar la supervisión y ayuda de la Confederación de Sistemas.

El emisario de Ra-Saler, un ser de barbas verdes y piel azulada, dio un comentario atrevido.

–       ¿No será en realidad por proteger los recursos naturales de Tïro? ¿Los yacimientos de adanmátium de cientos de miles de kilómetros de diámetro en la superficie, que los nativos no aprovechan?

Boris Tubarov demostró porque era el vocero de la Confederación de Sistemas

–       Todos los planetas tienen algo que les interesa a otros: adanmátium, agua, hierro, recursos naturales. ¿Ha visitado Tïro, visir Raj?

El emisario de Ra-Saler permaneció turbado y con la boca cerrada.

–       Tïro tiene incontables bellezas, sus habitantes tiene una filosofía basada en la hermandad y paz, prefiriendo morir ellos mismos que lastimar a cualquier forma de vida. Créame, y pregunte al Primer Ministro de Tïro si no esta conforme, nosotros, la Confederación de Sistemas, no queremos sus bosques, su agua o su adanmátium. Queremos proteger esa maravillosa cultura, esa sabia filosofía, de mundos avariciosos y conquistadores como Antulio. Esa es nuestra misión.

Los diplomáticos callaron un momento. Se levantaron de sus asientos y aplaudieron efusivamente a las palabras del general Boris Tubarov.

Afuera…

Guy estaba algo nervioso. Quitaba y ponía el protector de su cámara varias veces. Jeanine tardaba algo en regresar, y lo había dejado solo. Después de todo, solo era un camarógrafo principiante. Ella regresó, recién maquillada, sosteniendo su delgado micrófono inalámbrico, portando una sonrisa digna de su programa propio de TV.

–       ¿Listo? – dijo, al cerrar despacio la puerta del tocador de damas.

–       Si. Eso creo. ¿Y usted?

–       Háblame de tú, Guy. Relájate, es solo un par de preguntas. Los interceptaremos en su camino a la salida. Filmaremos minuto y medio, y lo tendremos listo para el noticiero de las ocho. Está todo planeado.

–       ¿Y si no se detiene?

–       Se detendrá. Él nos pidió este pequeño tiempo. Publicidad.

–       Es que hay tanta gente. Y tantos soldados. Sabes que policías los tolero, pero en cuanto a los soldados, aún no me acostumbro.

– ¿Qué esperabas, ingenuote? Estamos en el Cuartel General de la Confederación de Sistemas. Hay mucha seguridad aquí.

–       A mi ya me revisaron tres veces. La cámara por poco la desarman.

–       Hoy hay una junta de varios enviados de civilizaciones no humanoides, para tratar de convencerlos de firmar el Tratado Tallgeese.

Sonido de armas y voces. La junta ha terminado, y los emisarios han comenzado a salir. Jeanine, la reportera oficial de Noticias Centrales lleva a su joven y asustado camarógrafo justo en medio de todo el alboroto. Hay mucha gente, incluyendo seguridad, políticos, empresarios, y círculos de poder mucho más altos. Guy, siguiendo su instinto, enciende la cámara, siguiendo los rostros y las acciones de todos los presentes, tratando de plasmar sus memorias e impresiones en el disco digital. Conocía con anterioridad al hombre que bajaba la escalinata principal, con paso rápido y firme, el famoso General Alexei Tubarov, acompañado de 3 soldados con armadura de fibra de carbono, viéndolo caminar hacia la salida alterna, para perderse finalmente en una puerta custodiada por dos soldados más, quienes los siguen de inmediato. Mediante el zoom, logra grabar en su mente el perfecto rostro del General Alexei Tubarov, preguntándose, justo en el momento menos indicado “¿Cómo alguien como él, metido en tantas guerras, no tiene ninguna cicatriz?” De pronto, es sacado de su reflexión por un pellizco en las costillas.

–       ¡Auch!

–       ¡Guy! ¡Aquí viene! ¡Empieza a filmar la salida del General Boris Tubarov! ¡Apresúrate!

Reenfocando la mirada, por las mismas escalinatas, sigue el descenso del General Boris Tubarov. No puede creerlo. Son idénticos.

–       ¡Hey! ¿no… había… salió?

–       ¡Shhht! – le dice Jeanine al oído – ¡Bobo! ¡Son gemelos! ¡Eso te pasa por no interesarte en política!

Aun cuando a la cámara ambos fuesen el mismo, el general Boris irradia una atmósfera diferente a su hermano. Sonríe, saluda, se detiene y deleita al mundo con su presencia. Incluso la fría pupila de la cámara puede percibir el calor que emana de su ser. Como la reportera lo había dicho, ella se adelanta un par de pasos y él se detiene justo a un lado, enfrente de Guy y su cámara.

–       General Tubarov, ¿Me permitiría?

–       Solo un par de preguntas. La comitiva no puede esperar.

El chico no entiende ni recuerda alguna cosa de lo que Jeanine, su prima mayor, le cuestiona al importantísimo General Tubarov. Él solo ve como ella se sonroja y trata de ocultar lo mucho que le agrada su voz, percibir el aroma de su aliento y esa cercanía tibia de su rostro. Él, por otro lado, pareciese que la estuviese seduciendo o invitándola a cenar, no hablando de tratados, política o cosas de esas. Al final, él se aleja y la cámara de Guy graba sin querer como Jeanine lo sigue con los ojos, de la cabeza a los pies, y él, como buen caballero, le regresa la mirada indiscreta. Pero solo la mirada. Después de todo, es una simple reportera.

–       ¿Acabamos prima? – le pregunta Guy, al apagar su cámara.

–       Si, primito. – responde ella al quitarse el audífono y desconectar el micrófono – Eso es todo. Por desgracia, todo lo que voy a obtener de él.

(continuará…)

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